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LA MOLINERIA EN LA DANZA Y EN LA MUSICA

AGUIRRE SORONDO, Antxon

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 101.

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Después de más de un lustro investigando sobre la molinería he recogido las más diversas tradiciones y manifestaciones relacionadas con este viejo oficio, que a la sazón constituyó en sus orígenes uno de los primeros actos «inteligentes» del género humano. Fruto de aquel trabajo fue mi TRATADO DE MOLINOLOGIA (LOS MOLINOS DE GUIPUZCOA), recientemente publicado, en cuyas casi mil páginas abordamos el fenómeno de la molienda desde sus más diversas perspectivas (antropológica, etnológica, arqueológica, legislativa, social, cultural...), amén de «biografías» de 661 molinos guipuzcoanos cuya existencia presente o pasada hemos comprobado.

En las páginas que siguen esbozaremos unas pinceladas sobre la influencia de la molinería en especialidades folklóricas y artísticas, tales como la danza y la música. Por supuesto, existen muchas otras tradiciones con la misma referencia, pero nos conformamos con ocupar el espacio de que disponemos con algunos ejemplos a nuestro juicio significativos.

DANZA

Se llama molinete a una danza propia de los derviches (religiosos musulmanes que han hecho voto de pobreza, en este caso pertenecientes a la cofradía religiosa de los «mawlawiyya» o derviches danzantes), que se ejecutaba en las mezquitas para celebrar la fiesta de Menclao, su fundador. Cabe recordar aquí que Beethoven incluyó esta danza en la obertura de «Las ruinas de Atenas».

Denominase asimismo molinete a cierta figura coreográfica en la que las bailarinas unen sus manos derechas, al tiempo que agarran con la contraria a su pareja, haciendo así girar todo el conjunto alrededor de un punto central, dando una vuelta completa o media (medio molinete), y balanceándose de un lado a otro. Se ejecuta esta figura a inspiración del movimiento del molino, como su mismo nombre indica.

El almud o «almute» en lengua vasca -típica medida de granos, confeccionada en madera con forma paralepípeda, que para ser legal debía estar sellado con el escudo de la villa-, sirvió de utensilio para un baile de la montaña navarra denominada «La Danza del Almute», consistente en cambiar de pie sobre el recipiente sin perder el equilibrio y manteniendo siempre una pierna en alto (como es característico de las danzas vascas). El Padre Donostia, insigne historiador, fue el primero en dar constancia escrita de su existencia a través de las páginas del periódico donostiarra «El Día» (24 de febrero de 1931).

Todos hemos visto en alguna ocasión bailar las tradicionales «muiñeiras», una de las peculiaridades músico-coreográficas más características del folklore gallego. «Muiñeira» quiere decir molinera, por lo que su origen y el porqué de esta denominación es motivo de discrepancia entre los especialistas. Así, mientras unos sostienen que esta danza nació en los molinos, pues se bailaba para entretener las a veces largas esperas mientras el grano era triturado por la máquina, otros investigadores encuentran enormes semejanzas entre la muiñeira y la danza que los celtas ejecutaban como estímulo ante las contiendas bélicas. De ser cierta la segunda hipótesis nos hallaríamos ante un extraordinario residuo de la cultura celta, pero seguiríamos ignorando el sentido de su apelativo.

La estructura musical de la «muiñeira» es rítmica, siempre en orden ternario y con desarrollo simétrico. En tanto que danza también posee una constitución diáfana, aunque con ligeras variantes en cada zona. En la «invitación» los bailarines agitan las castañuelas, dan saltos, mueven cabeza y manos, e incluso guiñan a su pareja. A continuación comienzan los movimientos y figuras, sean por parejas aisladas o colectivamente bajo la dirección de un guía. Entre la variedad de éstos mencionaremos el «paseo de rueda» y los «puntos», estos últimos reservados a los varones (información facilitada por Dña. Begoña Bas, del Museo Arqueológico e Histórico de La Coruña).

Molineros es el nombre de un baile del folklore andaluz, dentro de la especialidad llamada «de palillos», algunos de cuyos pasos acusan leves influjos del flamenco. Tan solo indicar que gozó de un relativo auge a finales del siglo pasado, coincidiendo con la primera gran ola de popularidad de los programas escénicos de baile español.

Para terminar con este apartado traemos a colación un ejemplo de danza clásica: «El Molino Encantado», obra coreográfica de David Lichine a partir de un argumento de él mismo y de L. Vaillat y partitura musical de Schübert -de su lieder «Die schöne Müllerin», compuesto en 1823 a partir de 20 poemas y con música inspirada voluntariamente en el folklore de la Alemania del sur estrenada en Londres el 14 de julio de 1949 a cargo del Gran Ballet del Marqués de Cuevas.

MUSICA

Enlazamos el apartado dedicado a la danza con este sobre la música recordando una composición que estará en la memoria del aficionado: nos referimos a «La Danza del Molinero», fragmento de la inmortal obra «El Sombrero de Tres Picos» del maestro Manuel de Falla, que además ha sido y es frecuentemente escenificada por coreógrafos de todo el mundo.

Mi buen amigo e investigador Jimeno Jurio me recuerda el título de una zarzuela muy popular en su momento: «El Molinero de Subiza», estrenada en Madrid el año 1870, con letra de Luis de Eguilaz y música de Cristóbal Oudrid. Al respecto aclara Jurio que «en Subiza hubo al menos dos molinos. En la actualidad todavía, cerca del nacedero de aguas que abasteció a Pamplona, queda el edificio en ruinas de uno de ellos».

«Molinos de Viento» es una opereta en un acto, con música de Pablo de Luna y letra de Luis Pascual Frutos, puesta en escena por primera vez el 3 de febrero de 1911 en el desaparecido teatro Eslava de Madrid.

Líneas arriba nos referimos a «La Danza del Almute», de la que se ocupó Vidal Pérez de Villarreal en el número 26 de los Cuadernos de Etnografía de Navarra, donde recopiló las primeras informaciones conocidas sobre esta tradición también en su vertiente musical:

«Una de las muchas melodías referentes a esta danza vio la luz en (la revista) Gure-Herria el año 1931; es la recogida en 1930 en Alcoz, valle de Ulzama (Navarra), por Antonio Ciáurriz que entonces tenía 73 años. En la obra "Nafarroako Euskal Kantu Zaharrak" (del P. Jorge de Riezu» se publica otra, recogida por Rodney Gallop en Navarte (Bertizarana) en 1925.»

El propio P. Riezu nos ha aportado otra información sobre la cuestión que nos ocupa, de la que él es un experto en tanto que hijo de una familia de molineros. Rememora Riezu -quien, entre otros muchos galardones, recibió el prestigioso Premio Manuel de Lekuona de la Sociedad de Estudios Vascos el año 1985- en una carta personal que nos dirigió, cómo en su niñez «a menudo mi padre tocaba en la bandurria la Jota del Molinero de Subiza, acompañado por mí en la guitarra».

«Recuerdo -prosigue el insigne musicólogo- una cancioncita alemana, muy bonita, con letra de Eichendorff. Es muy popular en Alemania, y dice así, según mi traducción, un tanto libre si se mira a la literalidad, pero la creo exacta en el pensamiento:

1. En un fresco valle gira la rueda de un molino. Mi Amor, que allí vivía, ha desaparecido.

2. Prometióme fidelidad, dióme en prenda un anillo. Rompió ella su palabra, y saltó en dos pedazos mi anillo.

3. Querría vagar por el mundo, cantando, como un juglar, de casa en casa mis canciones.

4. Querría entrar a caballo en reñido combate; vivaquear en noche oscura al amor del fuego.

5. Oigo rodar el molino, y ya no sé lo que quiero: lo mejor, morir, así por fin hallaría reposo.»

Hasta aquí llega esta breve exposición con la que hemos pretendido dejar constancia de la presencia de la molinería en el folklore -y en general en todas las artes populares hasta tiempos no muy lejanos-, presencia que se explica por la importancia que para las economías rurales tuvo la molinería en tanto que actividad básica para el consumo humano y animal.