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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1989 en la Revista de Folklore número 102.

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Editorial

El ser humano de nuestros días necesita, a veces de modo acuciante, el amparo o el refugio de la imagen televisiva para sentirse vivo, acompañado. Es realmente una referencia cultural y social que pesa mucho dentro de la comunidad en que vivimos; las opiniones de los demás, escuchadas o vistas en el ágora de la pequeña pantalla, sirven para construir o modificar nuestra propia opinión en vez de llegar a ella por procesos personales y de reflexión. Sea como fuere, el hecho es que esa realidad influye en muchos de los elementos que componen la cultura tradicional, entre ellos, las fiestas. Estas no alcanzan la categoría de importantes si no son contempladas por cientos o miles de personas, espectadores pasivos rara vez incorporados a la trama del espectáculo, como recordábamos en pasado editorial. Es necesario que estudiosos y especialistas, cada uno en su terreno, devuelvan a cada fiesta su sentido esencial. ¿Que es un acto llevado a cabo por una cofradía con diez personas? Pues acéptese el valor de la calidad y no el de la cantidad; lo contrario sería falsear el verdadero sentido del mismo acto, sea éste votivo, lúdico o de celebración. Tanto los especialistas (que son quienes preparan la fiesta) como los estudiosos (que son quienes la describen), como, por supuesto, los espectadores (que son quienes con su actitud aceptan o rechazan la puesta en escena) tienen su papel determinado. Desde luego que sin especialista o sin espectadores las fiestas no existirían. Pero ¿qué sería de la memoria histórica de algunas celebraciones si no las hubiesen descrito detalladamente estudiosos de otros tiempos?