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La Vena Poética en el Folklore Rural

LERA DE ISLA, Angel

Publicado en el año 1981 en la Revista de Folklore número 10.

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A manera de prólogo

Urueña, en la provincia de Valladolid, es una villa asentada al borde mismo de los Montes de Torozos. Es, pues, un balcón que ni colocado a posta para contemplar a placer cómo se ensancha Castilla, abriéndose Tierra de Campos adelante, en una inmensa llanura sin más límites que los que nos ponga la capacidad física de nuestros asombrados ojos.

La villa de Urueña se halla totalmente cercada por las venerables piedras de una fuerte muralla, señoreada por un castillo que conserva huellas de importantes acontecimientos históricos. Este recinto amurallado fue en tiempos una acrópolis de la Edad Media.

El páramo reseco, el monte de robustas encinas, la llanura infinita, jugosa de vida cereal, bajo un cielo casi siempre azul, son la ocasión de que los habitantes de Urueña sean dados a echar a volar su imaginación a regiones del pensamiento en las que se funden lo real y lo fantástico en una comezón poética de historia, tradición y leyenda.

Así se explica que quienes en semejante escenario habitan se sientan propicios a la aventura poética y que sus manifestaciones folklóricas tengan sobre todo un signo poético. Desde que yo era muy niño -y no sé si será necesario decir que yo tuve el privilegio de nacer en Urueña-, conocí en mi pueblo a varios, muchos hombres de avanzada edad que se sabían de memoria viejos romances, como el de "Gerineldo", el del "Conde Olinos", el de "Los siete Infantes de Lara" , pero sobre todo los que se referían a sucesos históricos acaecidos en Urueña misma. Aquellos hombres, algunos de ellos analfabetos, no sólo se habían aprendido de memoria tales romances, sino que los recitaban con cierto donaire en reuniones familiares, como con ocasión de bodas, bautizados o en otros festejos.

De entonces recuerdo yo algunos fragmentos de aquellos viejos romances, tales como el que relata la desgraciada aventura del conde don Pedro Vélez, preso en el castillo de Urueña, por sentencia del rey don Sancho III, el Deseado:

Alterada está Castilla
por un caso deshonesto.
El conde don Pedro Vélez
en palacio ha sido preso,
yaciendo con una prima
del rey don Sancho Tercero,
las calzas en los tobillos,
jubón y paños abiertos,
la infanta estaba en camisa
del estrado haciendo lecho,
casi medio destocada,
con el rostro descompuesto.

El caso pide castigo.
No lo permite el estado,
porque era el conde en Castilla
gran señor y emparentado
de suerte que por el rey
fuera el juicio conmutado
de darle perpetua cárcel,
para lo cual fue llevado
en el castillo de Urueña,
adonde fuera entregado.

"No le den cosa ninguna
donde pueda estar echado,
y de cuatro en cuatro meses
le sea un miembro quitado
hasta que con el dolor
su vivir fuese acabado".

También recuerdo haber oído a aquellos viejos rapsodas de mi pueblo recitar con gran entonación el romance de don Bueso. Muy cerca de la villa de Urueña había unos restos de un antiguo monasterio, que parece ser que, en tiempos, había alcanzado gran predicamento. En mis tiempos, se decía que aquello había sido el "Monasterio del Hueso". El único vestigio que yo conocí de tal monasterio fue la torre, que se conservaba solitaria en medio de una finca de labor. Tendría yo edad de unos diez años cuando tuve la pena de presenciar la voladura de aquella hermosa torre, un prisma hexagonal, de blanca piedra bien labrada, muy airosa, muy bonita, que cayó por la explosión de una carga de dinamita colocada de propósito en su base.

Del romance que a este propósito solían recitar los viejos del lugar solamente recuerdo alguna estrofa:

"Camina don Bueso,
Mañanica fría,
a tierra de moros
a buscar amiga"

O según otra versión:

"En una mañana fría
camina campos don Bueso,
a tierra de moros va,
tras un amor traicionero,
que si Castilla está en paz,
su razón no está en sosiego".

Parece ser que aquel don Bueso del romance era un legendario personaje francés, pues como rezaba el romance,

"Un alto hombre de Francia
que don Bueso era llamado".

Don Bueso murió a manos de Bernardo del Carpio, según cuenta el romance. En Urueña seguimos llamando "el Hueso" a aquellas tierras en las que estuvo asentado el aludido monasterio.

Y VAMOS CON EL FOLKLORE

Aparte de estas razones históricas, de muy lejanos tiempos, quiero referirme muy concretamente a lo propiamente folklórico que encierra mi pueblo. La vena poética a que yo aludía al principio de este trabajo hay que buscarla ahora en el modo digamos "literario" de celebrar ciertos acontecimientos de la vida lugareña ordinaria, "del vivir de cada día", al menos en los tiempos en que yo viví mi niñez dentro de los muros de mi vieja y noble e ilustre villa.

Cantar en elogio de Urueña

La primera manifestación folklórica que quiero destacar es el cantar en el que los urueñeses ensalzamos a nuestro pueblo. ¿Quién lo escribió? ¿Quién le puso música? ...Aquí sí que la única respuesta posible es "el pueblo". El cantar en que se ensalza al pueblo de Urueña llegó a ser como si dijéramos "el himno oficial" de Urueña. Lo oí cantar muchas, muchísimas veces. Sin embargo, ahora ni siquiera sé si en Urueña sigue cantándose. Decía así:

Viva Urueña porque tiene
una muralla famosa,
un Consistorio bonito
y una Virgen milagrosa.
Un clima sano
y un encinar,
y una llanura
Que es como el mar.
Que es como el mar,
y es una flor.
No hay en España
pueblo mejor.

Se cantaba a modo de jota, y la entradilla era "Viva Urueña porque tiene"...

La Virgen de la Anunciada

La Virgen de la Anunciada es, desde siempre, la Patrona de "Urueña. Se cuenta que un pastor encontró un día, nadie sabe cuántos años hace, una muñeca en pleno campo, la guardó en su zurrón para llevársela a su casa, y dársela a una nietecita. Cuando el pastor, ya en su casa, fue a sacar la muñeca de su zurrón, se encontró con la sorpresa de que la muñeca no estaba allí. Después, la muñeca aparecía en el mismo sitio donde la había encontrado. Aquella muñequita era la Virgen, y los vecinos de Urueña interpretaron el hecho como el deseo de la Virgen de que en aquel lugar levantaran un Santuario o Ermita. Así se hizo. Allí se levantó lo que en los años que yo he conocido llamábamos ya "la Ermita Vieja". Yo no he conocido más que la Ermita que aún hoy se conserva, como a dos kilómetros del pueblo, y que, por cierto, además de lugar de gran devoción de los urueñeses, es un singular y muy notable monumento artístico, pues la gran autoridad en esta materia de don Francisco Antón ha dicho: "El templo de la Anunciada, ejemplar de un arte románico absolutamente insólito en la comarca, reproduce modelos pirenaicos catalanes de los más antiguos y puros".

Hay una copla popular que dice, un poco con aire zumbón:

Virgen de la Anunciada,
buena es tu fiesta;
pero cuesta trabajo
subir la cuesta.

A la Virgen de la Anunciada acude Urúeña para pedir ayuda en los momentos desgraciados. ¿Quién podría hoy decir qué persona escribió y puso su tonillo al cántico popular con que Uruéña pide a la Virgen la lluvia en dolorosos tiempos de pertinaz sequía? y sin embargo, todos los vecinos de Urueña lo hemos cantado en tono de súplica, sin pararnos a investigar quién es el autor. El autor es el pueblo.

Virgen la Anunciada,
hermoso clavel,
mándanos la lluvia,
que empiece a llover.

Hemos visto el campo
recién florecido,
y por falta de agua
vémosle abatido.

Virgen la Anunciada,
linda y bella flor,
mándanos la lluvia,
tened compasión.

Los hijos de Urueña,
siempre agradecidos,
te aclaman por Madre
y piden tu auxilio.

El incendio de Urueña

Dada la situación topográfica de Urueña, vientos fortísimos soplan con frecuencia, y pese a estar el caserío protegido por la muralla, se ocasionan con cierta facilidad grandes incendios. Es memorable muy especialmente el que casi redujo totalmente a cenizas al pueblo el día 9 de octubre de 1876. Con este infausto motivo, alguien -quizás la vena poética del folklore urueñés, siempre pronta a surgir- escribió un largo romance sobre "el horrible suceso y grande desgracia acaecida el día 9 del presente mes de octubre en el pueblo de Urueña, donde se han quemado 120 casas y todos los granos, habiendo huido los ganados al campo, espantados por las llamas".

Quién será capaz, Dios mío,
de referir las tristezas:
madres con niños en brazos
y ancianos que andar no puedan,
huyendo van de las llamas
y con voces lastimeras
dicen al padre, al hermano,
que abandonen las viviendas,
que dejen arder las casas
y que no se comprometan
a perder ellos la vida
sólo por salvar la hacienda.

De los pueblos inmediatos,
cuando les llegó la nueva,
acudieron presurosos,
pero tarde auxilio llega,
que ya ciento veinte casas
hechas cenizas se encuentran
y convertido en cenizas
cuanto en las casas encierran,
y llorando la desgracia,
les animan y consuelan,
ofreciendo generosos
amparo, favor y hacienda.

No sigo copiando, porque el romance es demasiado largo. Pero no quiero dejar pasar esta oportunidad para agradecer a mi querido amigo y compañero de afanes literarios, Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña, quien en su bellísimo "Romance de Urueña", a mí dedicado, expresó poéticamente este dolor de Urueña en esta estrofa:

Bajo la lumbre solar
-finales del ochocientos-
la acrópolis castellana
se sublimó por el fuego.

Cantar "los pajaritos".

Otro buen amigo mío, Antonio C. Castanedo, ha aludido recientemente a una vieja tradición folklórica de Urueña: la costumbre de que al día siguiente de la boda, se cumplía una especie de rito, que era bajar por la cuesta hacia la ermita de la Anunciada "a correr a la novia", de la mano del novio, ya marido. Es cierto que hubo esa costumbre. Pero yo quiero, a este propósito, añadir otra vieja tradición, que dudo mucho que esté aún vigente: cantar "los pajaritos" durante el banquete de la boda. Era una especie de pugilato entre todos los asistentes al banquete, para ver quién tenía más ingenio en inventar letrillas bien rimadas. La vena poética, amigos.

La cosa empezaba generalmente con esta estrofa:

Cantaban los pajaritos
a la sombra de un magnolio
y en su lenguaje decían
vivan los señores novios.

Y aquí venía el intervenir los invitados para lucir su ingenio, porque cada estrofa que aportaba uno de los invitados era seguida por ésta:

Esta sí que se lleva la gala,
ésta sí que se lleva la flor;
ésta sí que se lleva la gala,
ésta sí, que las otras no.

Cada invitado iba "sacando de su cabeza" otra estrofa parecida, que siempre merecía el beneplácito de la concurrencia al banquete con la que empieza "Esta sí que se lleva la gala..." Unos ejemplos recordados:

Cantaban los pajaritos
a la sombra de una encina,
y en su lenguaje decían
viva la señora madrina.

Cantaban los pajaritos
a la sombra de un olivo,
y en su lenguaje decían
que viva el señor padrino.

Seguían otros inventando estrofas alusivas a los padres de los novios, al cura que los casó, a quien regaló el vino para la mesa..., y a cada una de esas coplas se coreaba. "Esta sí que se lleva la gala..."

Al final, todos cantaban esta extraña estrofa:

Cuatro toledanas
vienen de Logroño
a servir a la mesa
de los señores novios

Nunca pude saber la razón de que unas toledanas vinieran de Logroño, si no era por el afán de buscar forzados asonantes.

Acontecimientos locales

Tal era la afición, en los tiempos a que vengo refiriéndome, a comentar "en verso" cuanto ocurría en Urueña, que era frecuente ver cómo había siempre quien hiciera versos con cualquier motivo local.

Recuerdo haber oído en el portal de la iglesia recitar los versos del día de San Antón. Los mozos del pueblo acudían en tal día a bendecir el ganado y, caballeros en mulas o en borricos bien enjaezados, recitaban romances que nadie sabía quién los había "sacado", a veces con cierta mordacidad, sobre temas que a la sazón estuvieran de actualidad local. Recuerdo -de hace nada menos que sesenta años- parte de uno de aquellos romances, en los que, como las costumbres son las costumbres, podía decirse todo cuanto no se atrevería nadie a decir en otras circunstancias.

¡Oh, glorioso San Antón!
Aquí te vengo a contar
que el alcalde de este pueblo
se está portando muy mal.
En la carretera nueva
se ha gastado un dineral,
y estamos sin carretera
y ahora manda trabajar
gratis a "tós" los obreros,
porque ya no tiene un real.
Once mil metros de piedra
nos dice que hay que arrimar,
haciéndonos falta tiempo
para ganar nuestro pan.

Recuerdo también, de cuando yo no tendría más de ocho o nueve años, que con motivo de un baile, se cantaron por el pueblo unos versos con un sonsonete musical, de los que no recuerdo más que dos estrofas:

Los señoritos de Urueña
les gusta mucho alternar
y no tienen tres pesetas
para pagar un local.
En la escuela de los niños
baile quisieron tener
fueron a ver al maestro,
que si se la "quié" ceder.
El maestro les contesta
con muchísima razón
que la escuela de los niños
tiene una misión mayor.

Sigue todo el relato de la cuestión, que yo no recuerdo con exactitud.

Baste, pues, de momento, como muestra de lo que yo considero vena poética que preside siempre todo el folklore de este medio rural, representado en este caso por Urueña, en la provincia de Valladolid.