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COSTUMBRISMO Y TRADICIÓN EN LA VIVIENDA POPULAR

LOPEZ ISUNZA, Manuel

Publicado en el año 1991 en la Revista de Folklore número 122.

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El arraigado instinto territorial hace cantar al pájaro para delimitar su espacio vital y evitar así intrusiones de sus competidores. Hay mamíferos que fijan sus linderos territoriales mediante señales de diversa índole; la Naturaleza parece haber dotado a todos ellos, y muy especialmente al hombre, de una marcada propensión a reservarse para sobrevivir parte del mundo en el que viven. Este instinto territorial se complementa con el de la posesión de una guarida o vivienda, recinto intangible y siempre defendido a ultranza, buscando asimismo la forma de hacerlo lo más grato y acogedor posible. Por esta razón la morada del hombre se convierte, por regla general, en un Compendio del folklore de un lugar, ya que, insensiblemente, se introduce en aquélla sus costumbres, sus creencias, sus tradiciones e incluso su artesanía, con las que está familiarizado desde que nace y forman su ambiente doméstico. Así ha sido desde la prehistoria, en la que ya el hombre primitivo acondicionó y adornó, en la corta medida de sus posibilidades, las cavernas, de acuerdo con lo que bullía en su alma sencilla y primigenia, pero, no obstante, capaz de crear obras de arte de gran calidad, como las pinturas rupestres sobradamente conocidas. El «instinto de la vivienda», así como el afán de decorarla y hacerla lo más grata posible mediante todo lo que resulta familiar es uno de los «universales» del alma humana. Hablamos, por supuesto, de la vivienda típica de una región, exceptuando, claro está, aquellas otras que por diversas circunstancias se acogen acostumbres o modas ajenas.

Es obvio que el emplazamiento de una vivienda está determinado principalmente por factores tales Como la obtención de alimentos, agua, materiales; por las vías de comunicación, la climatología y el paisaje, entre otros; pero a todos estos condicionantes se superponen, de forma más o menos manifiesta, los componentes del folklore de un pueblo, de su alma colectiva, en suma.

La primera dificultad con que se tropieza para deslindar en cuanto a la edificación de las viviendas lo tradicional y local de lo adventicio y foráneo es que la facilidad de comunicaciones -donde existan- ha modificado el empleo de los materiales constructivos; así -por citar sólo algunos ejemplos-, en algunas localidades el hierro importado ha sustituido a la madera en la barandilla de los balcones, y el encalado de la fachada ha cubierto las piedras, a veces bellas, nobles y austeras, que generalmente procedían del entorno inmediato o más próximo, por lo que solían ser del mismo color del suelo, con el que entonaban hasta el punto de que desde lejos se confundían. Con frecuencia, para adquirir una idea exacta de la arquitectura popular de un territorio hay que acudir a los pueblos abandonados por sus habitantes; deprimente recurso, aunque su fantasmagórico aspecto suele brindar la posibilidad de encontrar las construcciones, o lo que de ellas quede, originales. Y esto es así porque los pueblos aún habitados acusan el deterioro de la arquitectura local tradicional causado por lo que llamamos progreso, y no resulta extraño ver parches de uralita en una palloza asturiana, lucense o leonesa, o en una de las bellas casas de la comarca de Serralbo o de cualquier pueblo de los Pirineos. Asimismo, en un bienintencionado aunque no siempre afortunado intento de conservar la arquitectura tradicional, se han construido chalets que tratan de reproducir, sin conseguirlo, un modelo de casa antigua. Lamentablemente, la proliferación de pueblos abandonados prosigue, a pesar de algunos tímidos intentos de la Administración por detenerla. Es sintomático el hecho de que durante el desarrollismo de los años sesenta fueran vendidos al Patrimonio Forestal del Estado pueblos enteros del Alto Aragón, por citar un caso entre otros varios.

Es evidente que muchas costumbres reflejadas en la arquitectura popular provienen de las circunstancias impuestas por el medio: el clima y los materiales disponibles ocupan el primer puesto en orden a su importancia como factores determinantes. Un forastero puede percatarse de la climatología predominante en una región observando la inclinación de las vertientes de los tejados, e igualmente por los materiales empleados, vislumbrar el carácter botánico o petrográfico de la comarca. Las chimeneas son un valioso indicio de costumbres resultantes de una experiencia de siglos: su altura, su forma cilíndrica, prismática o tronco-cónica, y la orientación hacia el viento dominante, para conseguir la mayor eficacia y no dar lugar .a que se verifiquen estos refranes :

«Chimenea que tira poco, el humo a los ojos.»

«Casa humosa, gotera enojosa y mujer contenciosa, no hay peor cosa.»

En algunos pueblos es creencia popular que ciertos maleficios podían entrar por las chimeneas, razón por la que éstas se remataban con el llamado «espantabrujas», que podía revestir diferentes formas: rostros humanos, una cruz, etc. Para reforzar esta precaución solía hacerse otra cruz en las cenizas que quedaban en el hogar después de apagado el fuego, antes de irse a la cama. Entre los seres malévolos que podían entrar por las chimeneas o por los demás huecos de la casa, figuran en el folklore vasco el Basajaún o «Señor del Bosque», que era un horrible personaje tan forzudo como peludo. Las brujas y meigas (meigos en León) son seres que colaboran con el demonio, del cual obtienen poderes extraordinarios. Suelen vivir en cuevas, rodeados de gatos negros y lechuzas. La voz vasca «sorgiñ» aparece en toponímicos como Sorginzilo, Sorgiñerreka o Sorgiñetxe, lugares donde se supone que moraban las brujas. El Busgosu asturiano, tan peludo como el Basajaún, y recubierto de musgo, arrastra a las mozas hacia su cueva, en donde las viola. No estaba de más, no, la colocación de los «espantabrujas» .

Estrechamente relacionado con la chimenea está el hogar, vocablo que por extensión semántica y por la singular importancia que reviste en una casa, se ha convertido en sinónimo de vivienda. Allí donde la dureza del clima lo exige, se convierte el hogar en centro de reunión de sus moradores. Suele colocarse en un lateral de la cocina, pero en algunos lugares de gélidos inviernos, como en el Pirineo aragonés, es frecuente que se halle en el centro, de donde su calor irradia por igual al resto de la habitación-cocina que hace de cuarto de estar, de comedor, y donde en ocasiones se recibe a las visitas. La «tizonera» consiste en una plataforma de piedra en la que se enciende el fuego - «tizón en la casa y candil en la plaza» dice el refrán-. Se impide que rueden los leños fuera de la tizonera mediante unos morillos, por lo general de hierro, de los cuales existen preciosos ejemplares elaborados por hábiles artesanos. Todo el hogar suele estar rodeado de bancos de madera con sus correspondientes mesas. Completan estos pequeños museos de artesanía las tenazas para manejar y desunir la leña ardiendo, pues de lo contrario resultaría lo que nos dice otro refrán: «Leña apretada, cocina ahumada». También están los trébedes para apoyar los pucheros, los espetones para la carne y algunos candiles, aunque ya no estén en uso. Resumiendo: «Mi casa y mi hogaza, y de mi hogar la brasa.»

Todavía quedan en algunas casas señoriales del Alto Aragón y en las de ciertos pueblos deshabitados, suelos de cantos rodados formando dibujos. Siempre fueron de muy costosa factura y, en la actualidad, prohibitivos, por la mucha mano de obra capacitada, dificilísima de conseguir; razón por la que constituyen verdaderas y primorosas rarezas.

Algo imprescindible en algunas viviendas fue el pozo, y aún lo sigue siendo en muchos casos. A falta de pozo particular había los de uso público, que solían estar rematados por un tejadillo cónico o de cubierta a dos aguas.

Otra manifestación de las costumbres locales, muy extendida en algunas comarcas, ha sido la de colocar en las fachadas de las casas baldosas que indican el año de su construcción y, a veces, el nombre de quien la mandó erigir, así Como símbolos y leyendas piadosas. Mucho más humildes son algunas casas de la pradera cantábrica -naturalmente, no me refiero a las espléndidas y señoriales casonas que aún subsisten-. Suelen ser más bien pequeñas cabañas, cuya base es de piedra, y la techumbre, de escoberas o piornos. En Galicia utilizan el material denominado «barrotillo» que no es más que un trenzado de cañas relleno de cascajo y barro, revestido de cal.

En el capítulo XVIII, tomo II del Quijote, que trata del encuentro del hidalgo manchego con el caballero del Verde Gabán, se describe la casa de éste; descripción comentada por Azorín en su libro Lecturas españolas y que, resumida, viene a decir lo siguiente:

La casa es ancha y cómoda; cuenta con un amplio patio, una bodega con su jaraiz y una cueva a cuyas paredes hay arrimadas unas tinajas fabricadas por los hábiles alfareros del Toboso. En la sala hay un armario con libros, unas cornucopias y unos anchos sillones tapizados. Agrega Azorín que en la casa se respira un ambiente de sosiego y de paz, que reina un orden perfecto y que «la ropa blanca está guardada con cuidado en unos grandes arcaces de pino en que se ponen unos membrillos y unas olorosas raíces de enebro (...). y un silencio profundo, un silencio ideal, un silencio que sosiega los nervios y os invita al trabajo, un silencio que Cervantes califica de 'maravilloso' y que dice que es lo que más ha sorprendido a Don Quijote reina en toda la casa.» Todo ello nos transporta mentalmente a una hermosa vivienda de pueblo donde las costumbres y la tradición perduran y que en ciertos aspectos despierta nuestra envidia por el afortunado caballero del Verde Gabán que vivía en una casa así y no en una de los ruidosos hacinamientos urbanos actuales.

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LIBROS CONSULTADOS:

"Arquitectura popular de Serrablo". José Garcés Romeo, Julio GaVin Moya, Enrique Satue Olivan. "Colección de Estudios Altoaragoneses". Nº. 26. Instituto de Estudios Altoaragoneses.

"Enciclopedia de la Naturaleza de España", tomo 2,. "El bosque atlántico". Guillermo Palomero et al. Editorial Debate / Circulo.

Idem. tomo 7. "La pradera cantábrica ". María Adoración Abella et al.

"Refranero General Ideológico Español". Luis Martínez Kleiser. Real Academia Española. Edición facsímil. Editorial Hernando.

"Lecturas españolas". Azorín. Colección Austral. Espasa Calpe, S. A.