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MICROLITOS Y MEGALITOS FUNERARIOS EN ALCANTARA (Cáceres)

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 1991 en la Revista de Folklore número 125.

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I. A MODO DE INTRODUCCION
Gran número de las ermitas que hoy se levantan en nuestros campos no son otra cosa que la cristianización de lugares que en la más remota antigüedad fueron el marco en el que se desarrolló un culto pagano. Los mitos y los ritos relacionados con la sacralización de las aguas, de los bosques o de las fuerzas de la Naturaleza, que debieron tener su origen en un período preindoeuropeo, acabaron siendo adaptados por la religión romana. Incluso los nuevos dioses que arribaron con las legiones de Roma fueron asimilados a las más antiguas divinidades. Quiere esto decir que los atributos de los unos y de los otros eran semejantes. La diosa celta Ataecina es identificada por Proserpina y con el tiempo prestará su nombre a la indígena. Lo mismo sucede con el romano Júpiter respecto al hispano Candamio. Los ejemplos podrían multiplicarse.

Con la llegada del cristianismo vamos a asistir a un hecho semejante. La cultura eclesiástica tratará de imponerse y derrotar a la cultura pagana mediante tres procesos: 1) La destrucción de todo lo pagano; 2) La sustitución de los viejos cultos por otros cristianos parecidos (obliteración); y 3) La conservación de las formas rituales, aunque mutilando el significado (desnaturalización). Son los dos últimos aspectos, es decir, la sustitución de cultos siempre que no suponga una ruptura y la conservación de los actos aunque orientados a las nuevas divinidades, los que incidirán en nuestra región. El cristianismo se va a encontrar con formas culturales aprovechables y no dudará en sacarles partido. La cautela y la buena vista de algunos pontífices deben ser reseñadas en este apartado. Conocido es cómo el papa Gregorio el Magno se dirige a los evangelizadores de Inglaterra indicándoles que destruyan sus ídolos, mas no los lugares sagrados donde éstos se custodian, ya que una vez purificados, servirán para acoger los altares y las reliquias de los nuevos santos impuestos. Esta permanencia de los lugares permitirá la familiarización de los naturales con la nueva fe. Incluso aboga por la continuidad formal de las fiestas paganas. Dice: "Y puesto que se solía sacrificar muchos bueyes a los demonios, es necesario conservar, no obstante, cambiada, esta costumbre asimismo, haciendo un combite... No se inmolen ya animales al diablo, pero mátense y cómanse en alabanza de Dios...".

Es así como la iglesia, ante la imposibilidad de eliminar las antiguas creencias se ve obligada a importar, crear e inventar santos cuyos atributos y, en ocasiones, hasta el nombre sean una copia de las deidades a las que se encargan de suplantar. Santa Marina ocupará en Ahigal un templo dedicado a la romana Venus Marina; San Pedro Apóstol sustituye en Torrejoncillo a Júpiter como dios fecundador y hacedor de la lluvia; el ángel guerrero San Gabriel ocupa el puesto de Marte... y las grandes diosas de la fertilidad y de la Naturaleza toman los nombres, por citar algunos ejemplos, de Nuestra Señora de Argeme en Coria, de Nuestra Señora del Casar en Portaje, de Nuestra Señora del Encinar en Ceclavín. de Nuestra Señora de la Luz en Arroyo de la Luz, de Nuestra Señora de la O en Navas del Madroño y en Garrovillas, y. por supuesto, de Nuestra Señora de los Hitos en Alcántara.

II.LA LEYENDA y LA COSTUMBRE

Creo recordar que fue en el año 1980 cuando don Julio Castaño, entonces secretario del Ayuntamiento de Alcántara, me relató una vieja costumbre en torno a Nuestra Señora de los Hitos y que se desarrollaba en las proximidades de su santuario. Los naturales de la villa encontraban la razón de ser de la práctica en un hecho histórico concreto. Hagamos una breve narración:

A principios del siglo XVIII se sufre en la Península la llamada Guerra de Sucesión. La población de Alcántara fue testigo directo de la crisis y de sus fatales consecuencias. Un arco del puente romano es destruido, al tiempo que uno de los bandos contendientes en la lucha convierte en polvorín la ermita de la patrona. Quiso la mala fortuna que el polvorín explosionase, acarreando la práctica ruina del edificio y la pulverización de la imagen de mármol de la Virgen de los Hitos. Los efectos de la onda expansiva, según la creencia popular, arrojaron la corona de plata de Nuestra Señora a varias docenas de metros del edificio y su choque con el suelo produjo un cráter, un hoyo de aproximadamente un metro de profundidad. No bastó con que los devotos recogieran la joya de la Virgen, sino que a partir de aquel momento y por espacio de más de doscientos años los romeros depositaron guijarros en aquel punto para que nadie jamás pisara el lugar que había tocado la corona.

El agujero se cubrió de cuarcitas, pero los peregrinos siguieron transportando piedras y formaron un montículo. Del volumen acumulado puede darnos una idea el hecho de que, en la década de 1930, una vez recogidas, bastaron para construir varios kms. de carretera.

Es mi opinión que nos hallamos ante un fábula creada en un tiempo muy cercano a nosotros para explicar un hecho, el de acumular piedras, al que los naturales no le encuentran una razón lógica. Con todo, hallamos en ella aspectos reseñables: Por ejemplo, la presencia de un hoyo o un pozo, es decir, una abertura en la tierra que los alcantarinos dan como segura y producida por la acción milagrosa de la corona de la Virgen.

No es la primera vez que a Vírgenes, a santas o a genios se les hace causantes de inverosímiles huellas que casi siempre responden a grabados u otras actuaciones llevadas a cabo por nuestros remotos antepasados o que ya eran conocidos por éstos. Si vamos a Roncesvalles nos encontraremos con el corte que el mítico Roldán hiciera en una roca con su espada. En una piedra del alto de Andia se ven marcados los dedos del gentil que quiso arrojarla sobre el pueblo de Torano. Las huellas de los pies de los santos y de las pezuñas de sus animales se observan en algunas rocas. Por el Puerto de Plasencia están fijados en un canchal los pasos de la Sagrada Familia, que dicen que por allí pasaron cuando huían a Egipto. Las rodillas de San Pedro de Alcántara quedaron grabadas en una piedra cuando se agachó para beber agua al río de los Angeles. Aún se cree que algunas fuentes manaron de la pisada del caballo de San Fausto o de S. Víctor. Todas estas marcas o huellas producidas milagrosamente son objeto de una casi veneración y cuidado de quienes habitan en las inmediaciones.

Sin embargo, lo que ocurre en Alcántara es todo lo contrario, algo así como un intento de borrar el hecho milagroso ocultándolo bajo una imponente masa de piedras, lo que ya resulta poco menos que sorprendente. Por otro lado, un comportamiento idéntico al de Alcántara existe en una población cacereña muy emparentada con esta villa. Se trata de Torrequemada. Los peregrinos que acuden a la ermita de la Virgen del Salor arrojan piedras por un hueco próximo al río. Así lo hacen y no tienen argumentos que expliquen su proceder. Tanto la actuación de Torrequemada como la de Alcántara responde a un viejo ritual condicionado por unas primitivas creencias, para cuyo conocimiento o comprensión debemos recurrir a los oportunos paralelismos.

III.HACIA UN CULTO A LOS MUERTOS

En el período paleolítico, los hombres del "Aziliense" habían desarrollado un arte consistente en pintar en ciertos cantos rodados una serie de puntos y de signos, que hoy nos resulta difícil de interpretar, aunque todo apunta a que están estrechamente relacionados con culto a los muertos. No hay que olvidar que los indios dakotas de América del Norte pintan guijarros y los adoran como a sus antepasados. Este mismo simbolismo religioso lo hallamos en las Nuevas Hébridas. “Churingas” llaman a estas pequeñas piedras en Australia y en Tasmania, donde con sentido animista las consideran las almas de los muertos. En Australia no se puede dar patadas a las piedras de determinadas características por creerse que son purgatorios de las almas. Cabal y Castelo afirman que los rollos de los amilladoiros, nombre que en Galicia reciben estas pedreras, son almas redimidas del purgatorio frío, que no pudieron cumplir su promesas. Para el profesor Dominik Joseph Wölfel "los montones de piedras a los que cada uno de los que pasan añade una”, constituyen una prueba elocuente del culto a lo antepasados.

La cristianización ha hecho mella en estos monumentos culturales y funerarios. En la Alberca, Salamanca, al tirar la piedra al montón que existe en el camino de la ermita de Majadas Viejas rezan una oración por los difuntos de la familia. En lo alto de la pedrera han colocado un cruz. Es lo mismo que ocurre en la pedrera de la Cruz de Ferro de Foncebadón (León), en la Cruz de Portela de Padornelo (Zamora), en el Crucero de la Coruña y en tantos otros amilladoiros que marcan los caminos de los santuarios gallegos; Monte de San Marcos, San Andrés de Teixido... Eran estos puntos, antes de que la iglesia levantara sus santuarios, las entradas a los infiernos, al mundo de ultratumba, a donde las almas habían de acudir en peregrinaje sin retorno. Vuelve a contar Constantino Cabal que los romeros que van hasta Ortegal ven marchar las almas convertidas en animalillos. Pero son muchos los peregrinos que llevan piedras al santuario, ya que suponen que bastantes almas se hacen guijarros y nunca llegarían al punto de su obligado reposo.

Estas mismas creencias guiaron el viejo comportamiento de los habitantes de las tierras de Alcántara y posiblemente de amplias áreas de los que hoy se llaman Portugal y Extremadura. El continuo trasiego de piedras, en nuestra opinión, no respondía más que al acercamiento de las almas a su meta definitiva, es decir, al paraíso ubicado entre las márgenes del Tajo y del Salor, en las profundidades de la tierra. No en vano formóse la pedrera sobre un hueco, que la tradición atribuye al impacto de la corona de la Virgen de los Hitos. Es precisamente el hoyo el que posibilita el paso de las almas a las entrañas de la tierra, donde al difunto le aguarda un auténtico paraíso.

IV.ALCANTARA, UN SANTUARIO FUNERARIO

Que las tierras alcantarinas del sur del Tajo fueron un espacio sagrado relacionado con el culto a los muertos es algo que nos parece evidente. La toponimia de uno de los ríos de la zona, el Salor, nos reafirma en la hipótesis. Salor fue antes Salvor, y Salvor es Salvador. Salvador es el que salva, el que hace posible que las almas lleguen a su destino final.

Pero hay más. En la Edad del Bronce estos lugares serán elegidos para grandes enterramientos. Medio centenar de sepulturas megalíticas, los llamados dólmenes, han sido descubiertos por estos campos, suponiendo un pequeño residuo de los que en otros tiempos existieron. Los dólmenes nos hablan de una creencia en el más allá, de una vida que guarda semejanzas con la terrena. Si consideramos a Alcántara una meta funeraria, nos asalta la posibilidad de que hasta aquí fueran traídos los restos y las cenizas de muchos muertos a leguas de distancia. Sólo el aquí enterrado alcanzaba con seguridad la vida de ultratumba. Sin embargo, este traslado funerario requería grandes esfuerzos que únicamente los poderosos podían acometer: construcción del dolmen, procesión mortuoria, enterramientos de armas, etc. El dolmen es la alegoría de la Gran Madre, la que luego será Nuestra Señora de los Hitos, la que hace posible el nuevo renacer. Tal vez los no pudientes debieron conformarse con agarrarse al simbolismo, grabando una figura dolménica y un círculo en representación del alma. En los petroglifos de Alcántara vemos redondeles con pedúnculos o pequeñas líneas que salen de él. ¿A qué se parece más que a la cámara funeraria y al correspondiente pasillo que la comunica con el exterior?

¿Y qué decir de esos hoyos labrados en la superficie de los grabados rupestres? Los arqueólogos los llaman cazoletas y sobre ellas dan múltiples interpretaciones, a las que en ocasiones llegan tras una desvinculación del conjunto en el que se inscriben. Algunos apuntan su carácter funerario a causa de una similitud o parecido de forma con objetos utilizados en los cultos mortuorios, como por ejemplo los supuestos espejos que aparecen en las estelas decoradas extremeñas.

También nosotros aceptamos el sentido funerario de las cazoletas que aparecen en los grabados rupestres de Alcántara, ubicados en las fincas “Campos de Agua" y “Esparragosillo", que con gran acierto han sido estudiados por Clemente Montano y Manuel Iglesias. Pero, sin embargo, nuestra interpretación busca la base o, mejor aún, se sustenta en la base etnográfica y costumbrista. Creemos que la cazoleta es un recipiente que, de forma simbólica o real, está destinado a llenarse de agua. ¿Para qué? Recordemos la vieja práctica de lavar el cuerpo antes de entregarlo a la tierra y de purificar el alma mediante el agua para que encuentre vía libre hacia el paraíso. En el vecino pueblo de Navas del Madroño, aún en este siglo, tras producirse una muerte se vaciaban todos los recipientes de agua que había en la casa, ya que existía la creencia de que el alma, al separarse del cuerpo, buscaba un lugar para purificarse y, lógicamente lo hacía en el agua que tuviera más cerca. El líquido se derramaba. según decían en el pueblo, para que nadie lo utilizara y cargara con las culpas del difunto. Esta creencia de Navas del Madroño, que fue general en toda la zona y que nació en épocas remotas, nos habla de la necesidad de la lustración. El agua recogida en las cazoletas serviría para lavar y purificar las almas que llegaban a este santuario funerario de Alcántara que, como ya hemos dicho, se sitúa entre los ríos Tajo y Salor.

Y sólo queda un paso para lanzar una nueva afirmación: que los guijarros que se acumulaban junto a la Ermita de Nuestra Señora de los Hitos eran purificados mediante el agua para que las almas que habían tomado como residencia provisional estas piedras pudieran disfrutar de una nueva vida. Es claro el simbolismo de la inmersión. Esta equivale a la muerte, a la disolución del pasado. Todo lo que se sumerge “muere", pero al mismo tiempo el agua regenera y hace posible otro renacimiento. Cabría decir que el agua acaba de "matar" al muerto para darle una vida o existencia en el más allá.

Hagamos aquí un paréntesis para indicar brevemente rituales de inmersión con fines regeneradores. Las antiguas deidades de la fecundidad y de la agricultura recibían un baño sagrado para que, puesto que estaban totalmente agotadas, es decir, "muertas", recuperaran sus fuerzas y aseguraran el renacer de la Naturaleza. El ya citado San Pedro Apóstol de Torrejoncillo, heredero de estos viejos dioses, era arrojado a la laguna cuando no mandaba lluvia a requerimiento de sus devotos. De la práctica eran víctimas otros santos extremeños: San Bernabé, San Antonio, San Marcos... Este acto, que hoy consideraríamos irreverente, encuentra su razón de ser en el deseo de que mediante la inmersión y contacto con el agua estas deidades "mueran" simbólicamente y también simbólicamente renazcan cargadas de energía para cumplir su cometido.

V .-LA VIDA POST MORTEM EN LAS MARGENES DEL TAJO

Volvamos a Alcántara y al lavatorio purificador de las almas encasilladas en las piedras. No es el agua lustral un agua cualquiera; ha de sacralizarse por medio de ritualizaciones, advocaciones o manifestación de la presencia sagrada en la fuente o en el río. La arqueología, concretamente un ara votiva localizada en Alcántara, nos habla de un dios de carácter acuático o protector de las aguas. Se trata del dios Navi, al que "hizo un voto con ánimo agradable" una tal Boutio, hijo de Antubel. ¿Qué mejor que la utilización de una agua puesta bajo la protección de un dios indígena para el simbólico lavatorio de las almas que marchan a la otra vida?

Los dólmenes, las cazoletas, la pedrera y los antiguos menhires de los que tomó nombre la Virgen de los Hitos nos hablan de unas creencias indígenas en el más allá y de la existencia de un santuario funerario en estas tierras de Alcántara en el que se desarrollara una vida de ultratumba. Incluso, con los datos que poseemos cabría intuir cómo el hombre imagina su andadura después de la muerte. En el grabado de "Campos de Agua", al decir de los estudiosos anteriormente citados, se representan dos barcos flotando sobre las aguas. Esa apreciación nos parece totalmente cierta, lo que nos lleva a interpretar tales figuras dentro del contexto funerario, aunque barajando dos posibles significados. Primero, que estos barcos no sean más que una alegoría de la conducción de las almas a su nuevo mundo, al igual que sucede en múltiples religiones antiguas; y segundo, que el grabado sea un reflejo sintetizado de una escena de la vida en el más allá. De ser cierto el último de los casos, se nos está informando de una ocupación pesquera en el otro mundo, que nada tiene de extraño si tenemos en cuenta que esta zona se halla avenada de múltiples charcas y corrientes fluviales: Tajo, Alagón, Salor, Jastín, Jumadiel, Las Vacas... Y, sobre todo si tenemos presente que el marco geográfico de ultratumba está concebido a imagen y semejanza del terrenal, aunque sujeto a una cierta sublimación y abundancia en lo que se refiere a satisfacer las necesidades más elementales, cual son las derivadas de la alimentación. Por esto hay que pensar en el más allá como un paraíso donde se prodigan en exceso la caza, la pesca y la recolección.

En apoyo de lo anterior encontramos otro elemento en el mismo petroglifo de "Campos de Agua". Este es un carro. Su sentido funerario viene a confirmarlo el hecho de que son bastantes los carros aparecidos en tumbas prerromanas de Hispania. El más conocido es el de Mérida, fechado en torno al siglo VI antes de Cristo, que quizás sea la datación que hayamos de dar al grabado de Alcántara, aunque la esquematización de las ruedas induce a que se le atribuya una mayor proximidad a nuestra era. Se representa en el carro de Mérida una escena de cacería en la que participan dos perros (uno ha desaparecido), un jabalí y un caballo. El jabalí es un animal estrechamente vinculado con las creencias funerarias. La descripción del carro de Mérida nos recuerda el viejo escudo de armas de un pueblo de esta comarca: Arroyo de la Luz, antes Arroyo del Puerco. En él se nos muestra un jinete alanceando un jabalí. Para los arroyanos su heráldica es la expresión plástica de un mito al que nosotros encontramos raíces prerromanas y que debió ser conocido, dada su proximidad, en toda la comarca de Alcántara.

El carro de Mérida, el escudo arroyano y el carro del petroglifo de Alcántara responden, en palabras que son del prehistoriador José María Blázquez, a "la creencia en unos campos de caza en la ultratumba, donde los difuntos se pasaban practicando su deporte favorito". Uno de los animales cazados en el paraíso cinegético del más allá es el ciervo. Tres figuras de esta especie, que entre los lusitanos tenía un carácter netamente funerario, se han representado esquematizadas en el petroglifo de "Esparragosillo". Para Mircea Eliade el ciervo entre las poblaciones celtas, y esa etnia ocupaba estas tierras de Alcántara, era un animal funerario y guía de los muertos. Apunta el investigador romano que a causa de la renovación periódica de la cornamenta, el ciervo estaba considerado como símbolo de la muerte y de la resurrección.

La actividad cinegética en el más allá requiere de armas del mismo tipo que las utilizadas en la vida. Tal vez muchas de las líneas que observamos en los petroglifos citados son la representación esquemática de lanzas, hachas o cuchillos, así como de trampas, si es que como trampas para la caza de animales consideramos a los escalariformes y tectiformes que imprimieron nuestros remotos antepasados. Estas mismas armas, ahora verdaderas, se depositan en los dólmenes para que acompañen a los difuntos a los infiernos. Si el medio centenar de estos monumentos funerarios contabilizados en Alcántara no hubieran sido saqueados por los "buscatesoros", que han venido proliferando desde época romana, ahora podría sacarse a la luz un ajuar consistente en objetos del tipo de los señalados, que nos informarían exhaustivamente de las creencias en la vida de ultratumba que someramente enuncian los grabados y la pedrera del Santuario de la Virgen de los Hitos.

Con posterioridad a la época referida seguirá viva la idea del santuario funerario de Alcántara, centrado en tomo a la ermita de la patrona. Por consiguiente, no es extraño que en un muro del atrio se conservara una lápida romana de carácter necrológico que, ya que en el siglo XVI, fue recogida por Florián Docampo en su obra titulada "Cuatro libros primeros de la Crónica General de España". Dicha lápida se traduce del siguiente modo: "Camira, hija de Tongio, de 30 años; Tongio, hijo de Sulia, de 50 años, aquí yacen. Séaos la tierra leve. Su hermana Cilea la erigió".

VI.ALCANTARA FUE OTRO COMPOSTELA

Sin que conozcamos la ilazón o continuidad de estas creencias sobre el mundo de ultratumba en estos lugares en los primeros tiempos del cristianismo lusitano, parece que los árabes que aquí se asientan participan de esas mismas concepciones y a su vez las transmiten a los pueblos que habitan Alcántara tras la Reconquista. Sabemos que en esta población existió una mezquita sobre la que se construyó la primitiva iglesia románica de Santa María de Almocóvar. Para unos este nombre viene de "Al Mocovara" y significa lugar alto; para otros, la raiz hay que buscarla en la también palabra árabe " Al Maqabir", cuya traducción es la de cementerio. Lógicamente nos quedamos con la segunda hipótesis, ya que no solamente sirve de nexo con las primitivas creencias que hemos expuesto, sino también con las ideas de algunas tribus preárabes. Como ejemplo citamos a los sudaneses, que asimilan ciertas piedras a sus antepasados, y al pueblo khasis, que siguen pensando que la Gran Madre del clan está representada en los dólmenes. La reconquista de Alcántara por Alfonso IX de León, en 1213, va a permitir la llegada de repobladores que se van a topar con costumbres y creencias semejantes a las de sus tierras de origen. A todas ellas las vestirán con la capa de la cristianización. La mezquita, como se ha dicho, se transforma en templo de Santa María de Almocóvar. Se erige, si es que no existía desde tiempos visigóticos, la ermita de Nuestra Señora de los Hitos, que creencias y tradición emparentan con el ya centro de la cristiandad y fin de peregrinaciones de los vivos y de sus almas desde los remotos tiempos, es decir, Santiago de Compostela. Veamos paralelismos.

Díjose desde antiguo que en Galicia se situaba el infierno, infierno en el sentido del más allá, del mundo de ultratumba, y que la entrada o agujero, para penetrar en aquél se encontraba en Compostela. Dicen algunos etimologistas que Compostela debe su nombre a compositum, con su lógico significado de cementerio. Y en Alcántara también existió un hueco, el supuestamente hecho por la corona de la Virgen, a través del cual las almas pasaban a su otra existencia. En Compostela se alzaba un betillo, una columna, una piedra sagrada, como la del Pilar de Zaragoza y como las que a buen seguro, ya que tenemos noticias de ellas, se alzaban en los campos de Alcántara y que dieron nombre a la virgen de los Hitos. Más tarde volveremos sobre el particular. A Compostela llegó la leyenda de Santiago, asesor de los ejércitos reconquistadores y protagonista de victorias contra los moros. Y en Alcántara también surgió la leyenda o pseudohistoria. Hasta aquí arribó Santiago, al que el pueblo sincopó y convirtió en Sago o en Yago que, como el de Compostela, puso su confianza en la Virgen y asesoró a las tropas cristianas en su lucha contra los agarenos. Quieren las crónicas que él aconsejara al maestre de la orden de Alcántara don Martín Yáñez de la Barbuda para tomar Granada en el año 1394. La expedición acabó en la desgracia y con la vida del maestre Fray Martín, hombre valiente al decir de su epitafio: "Aquí yaz aquel que par neva cosa nunca eve pavor en seu corazón". Como bien iniciado en las creencias en el más allá, fue su deseo enterrarse en Alcántara, donde siempre estuvo el santuario funerario, la puerta de entrada al paraiso. Creo que Sago o Yago, el Santiago alcantarino, ermitaño de la Virgen de los Hitos, ha sido víctima de una deformación legendaria para encubrir los errores del cid Yáñez de la Barbuda. Pero dejemos a Juan Sago o Juan Yago, cuya fonética apenas distinguimos del Sant-Iago con que las crónicas medievales nombran al discípulo evangelizador de la Península.

Cuando a principios del siglo IX se instaura la que luego será llamada Ruta Jacobea no parece que se haga otra cosa que institucionalizar, cargándolo de simbolismo cristiano, un camino de peregrinación hacia Finisterre, hacia el fin del mundo, que los celtas ya habían recorrido veinte siglos antes, seguramente en busca de la "tierra prometida", de aquel lugar en el que el sol muere cada tarde tragado por las aguas del mar para volver a resurgir con más brío a la mañana siguiente. Esta ficción, realidad para el primitivo habitante hispano, satisface al anhelo humano de inmortalidad. Llegando al Finisterre, a la que desde antiguo es Costa de la Muerte, el alma podrá resucitar, aunque esta resurrección sólo sea para vivir en el más allá. Semejante concepción no alteraría nuestros planteamientos, si bien exigiría ligeras modificaciones con lo anteriormente expuesto. De este modo el santuario funerario de Alcántara no sería más que una residencia provisional en el peregrinaje de las almas hacia los fines de la tierra o el paraíso que nosotros hemos localizado en Galicia pero que otros, no sin razón, sitúan en la isla de Irlanda. Al último de los supuestos quizás aludan los barcos representados en el petroglifo de “Campos de Agua", por cuanto que ellos serían los transportadores de las almas a los parajes irlandeses, aunque quizás sólo hagan referencia a la simple conducción de las almas. En este peregrinaje hacia el noroeste de las llamas del santuario alcantarino fue necesario el auxilio de un guía. Pero, ¿sabemos nosotros de que guía se trata?

Recordemos que en los primeros siglos del cristianismo en Hispania San Martín de Braga o Dumiense señala la costumbre de arrojar piedras a determinados puntos de los caminos a un dios que identifica con Mercurio: "(...) o Mercurio homines transeuntes iactitis lapidibus acervos petratum pro sacrificio reddunt". En la mitología grecorromana Mercurio es el encargado de conducir las almas de los muertos hasta los infiernos, así como de traerlos de nuevo a la tierra después de permanecer mil años en la otra vida. De Mercurio conocemos cuatro inscripciones en la provincia de Cáceres, halladas respectivamente en Salvatierra de Santiago, Cáparra, Valencia de Alcántara y Alcuéscar. Por la primera de ellas conocemos que Mercurio suplanta al dios indígena Coluale. En honor de uno y de otro se levantaban grandes piedras al borde de los caminos. Estas piedras llamábanse en griego Hermes, nombre dado al dios conductor de los hombres cuando vivos y de las almas cuando muertos. Es el papel desempeñado por los dioses viales romanos, que en Alcántara, después de la reconquista, ceden sus bártulos al heredero San Julián el Hospitalario, al que dedican el viejo templo romano que Cayo Julio Lácer había erigido en honor de los dioses Romúleos y del César.

La hagiografía nos presenta a San Julián como un joven cazador a punto de disparar su ballesta contra un ciervo en los bosques charros. El animal se detiene, le mira de frente y le hace una terrible profecía: "No tiene nada de extraño que quiera matarme quien terminará por matar a sus propios padres". Para librarse del fatal anuncio huye de la casa paterna y se encamina hacia Portugal, donde casa con una hermosa y noble viuda. Entretanto los ancianos padres buscan al hijo desaparecido, llegan al castillo de éste y son alegremente recibidos al conocer la nuera quiénes eran, hasta el punto de brindarles su propio lecho para dormir. Por la noche llega Julián al castillo, entra en su cuarto y ve entre penumbras en el lecho conyugal a un hombre y una mujer. Créyendose deshonrado, clava el puñal en los cuerpos de sus propios padres. Después marchará a Roma para implorar el perdón del papa y éste le manda en penitencia, puesto que son siglos de peregrinación, situarse junto a un río para transportar a los romeros de una orilla a la otra. Este será San Julián, a quienes invocan los peregrinos a Compostela rezando un padrenuestro por el alma de sus padres.

Con San Julián se pierde ya parte del primitivo y doble significado de la conducción. Desaparece su carácter funerario para conservar únicamente el atributo de guía de los peregrinos a Compostela, asunto éste que nos parece añadido "a posteriori" y que borra la primitiva función de conductor de las almas.

La hagiografía, o si se quiere, la historia legendaria mantiene, no obstante, elementos de claras resonancias funerarias analizadas desde el punto de vista del simbolismo. San Julián se nos presenta como un cazador dispuesto a matar un ciervo. Si vemos al ciervo como un animal infernal, y ésta es nuestra opinión, entonces tendremos en San Julián la proyección de aquel alma que ya disfruta del paraíso cinegético de ultratumba. Su relación con la muerte se palpa en todo momento, especialmente en el cumplimiento del oráculo del ciervo, es decir, cuando mata a sus padres. Pero también en las oraciones por los difuntos como forma de pago a este especial Carón y, por supuesto, en lo que él supone de recordatorio del más allá. No es casual, en este sentido, que en un muro de viejo hospital de peregrinos anejo a la iglesia de San Julián, en Salamanca, permanezca impertérrita al paso del tiempo la siguiente inscripción: "Quien da consejos ciertos / a los vivos son los muertos". Y tampoco es casualidad que tras la cristianización del templo romano de Alcántara y su puesta bajo la advocación de San Julián se colocará sobre el vértice del frontón una peana con las calaveras del Gólgota, que en la restauración de 1858 fue trasladada al testero opuesto. Estas calaveras nos acercan y nos reafirman en el carácter funerario, conductor de los muertos, del santo Hospitalario, así como de una continuidad funcional dentro del espacio geográfico de Alcántara.

VII.-NUEVAMENTE LAS PIEDRAS

Sin perder el hilo con lo anterior vamos a fijarnos en otro aspecto relacionado con la Virgen de los Hitos, concretamente el que deriva del nombre de la patrona de Alcántara. La palabra hito es sinónimo de mojón, menhir o simplemente de "petras fictas" o "petras fixas", como aparece en los documentos a partir del siglo VIII. La presencia de estas piedras en Alcántara y en un punto específico nos lo indica, además de su existencia real, la advocación con la que se conoce a Nuestra Señora. Sin embargo, complicado nos resulta conocer las razones que llevaron a los remotos antepasados a clavar estas inmensas moles líticas. Nadie puede pensar que el ingente esfuerzo que llevaba esta actuación obedeciera solamente a un capricho. Estos menhires, siempre en nuestra opinión, responden a una funcionalidad que quizás escape a la interpretación que nos aventuramos a dar.

Ya hace años escribí un pequeño artículo para la revista de la Asociación Cultural “Historia y Arte de Alcántara" y en él me expresaba en estos términos: "Los hitos o menhires neolíticos habían sido levantados en los campos alcantarinos por aquellos hombres semiagricultores con la finalidad de ejercer un dominio o influir de alguna manera sobre los agentes de la Naturaleza. Su perfecto conocimiento de la magia hemeopática (o imitativa), basada en la primitiva ley de que lo semejante produce lo semejante, era una razón suficiente para convencerse de que estas piedras hitas, que consideraban animadas, se encargarían de asegurar el crecimiento de las plantas y de que éstas alcanzarán su misma altura y esbeltez". Esta es una creencia muy generalizada entre los primitivos pueblos actuales, e incluso, los libros de divulgación etnográfica nos presentan variadas gamas de tales comportamientos que nos hablan de una confianza en la eficacia mágica de la piedras. Pongamos el ejemplo de los indios peruanos, que emplean ciertas piedras para aumentar la cosecha de maiz, otras para mejorar las cosechas de patatas y otras para que el ganado se reproduzca. La forma, el color, la solidez, el peso y el tamaño obran el milagro de ellas esperado.

Pero una piedra, un hito o un menhir nunca fue objeto de devoción, veneración y de respeto en sí mismo, sino por aquellos que implicaba y significaba, es decir, por lo que tenía de proyección. Por este motivo la mayoría de la piedras relacionadas con el culto han tenido un fin utilitario. Ya hemos visto la influencia de los hitos en el crecimiento de los vegetales. Sin embargo, no es todo; se nos antoja que los menhires de Alcántara participaron de otra función complementaria: fueron guardianes de las sepulturas. Tal interés movió a los que erigieron el menhir de Mas d'Azaïs sobre un depósito mortuorio. ¿Y no es un depósito mortuorio, aunque simbólico, la pedrera sobre la que estaban los hitos, al lado de la cual se levantó el Santuario de Nuestra Señora? Estas descomunales piedras, según la acertada opinión dé Eliade, protegían contra los animales, contra los ladrones y especialmente contra la muerte después de la muerte; porque la piedra era incorruptible, y el alma del muerto había de subsistir, como ella, indefinidamente, sin disgregarse.

Llegados a este punto es muy probable que una duda asalte a los lectores: ¿Cómo la muerte, o lo que es igual, un monumento funerario, en este caso el menhir, es engendrador de vida? Baste el recurrir al simbolismo cristiano cuando dice que es necesario que muera el grano para que nazca la espiga. Volvamos un poco hacia atrás para ver las piedras del santuario de Alcántara convertidas en habitáculo de los antepasados y para ver a ese hito o menhir sirviendo de aglutinador de todos ellos. El alma está "fijada" a la piedra. Esta fijación lítica es la que permite a los vivos el obligarla a actuar de una manera positiva y benéfica, convirtiéndola en instrumento de fecundación de las mujeres y de los campos. No en vano muchas de las piedras o monumentos funerarios son considerados desde antiguo como sanadores de la esterilidad y los lugares donde se ubican sirvieron de escenario, también desde siempre, a las romerías encaminadas a lograr la eclosión de la Naturaleza.

En todas la partes del mundo se creyó en alguna ocasión en el poder fertilizador de los megalitos. En el folklore peninsular permanece fresco el recuerdo de ciertas piedras que, por dormir sobre ellas, por frotarse el cuerpo, etc., facilitaban una rápida concepción de las estériles. No es necesario salirnos de Cáceres para encontrar ejemplo que nos ilustre sobre el particular. La piedra bamboleante (oscilante) que existía en las inmediaciones de Montánchez era un fácil recurso para que las mujeres alcanzaran la fertilidad. Hasta allí iban todas las estériles que deseaban descendencia y, abrazándose a la misma, la movían ligeramente. En Casar de Cáceres los matrimonios sin hijos acudían a yacer a la lancha de Valdejuán, una piedra plana de grandes proporciones situada a unos doce kilómetros del pueblo. Acto seguido la mujer movía un cancho oscilante que había en el centro de la mencionada lancha. Eso era más que suficiente para que la hembra alcanzara la fecundidad. Es muy posible que las mujeres de Alcántara también pidieran descendencia a sus hitos o menhires, confiando en el espíritu de los antepasados habitantes de esas piedras, antes de que la Virgen de los Hitos cargara con la responsabilidad de satisfacer a sus suplicantes devotas. No fue más que una modificación motivada por las continuas condenas contra la confianza que los humanos tenían en el poder de las piedras. Léanse, como muestra, el "De correctione rusticorum" de San Martín Dumiense, el canon 73 del III Concilio de Bracara Augusta (año 572), el canon 11 del XII Concilio de Toledo (año 681) y el canon 2 del XVI Concilio de Toledo (año 693). Estas y otras anatematizaciones posteriores son la prueba más clara de lo arraigado que estaba este tipo de costumbre.

El poder fertilizador del hito, además de en la virtud adquirida por ser habitáculo de almas de antepasados, lo encontramos en la forma fálica de estas piedras sepulcrales. puesto que el falo es desde la prehistoria el símbolo de existencia, de fuerza y de duración. Es, en definitiva, un elemento masculino, ¿Cómo es posible que un elemento masculino dé nombre a una realidad femenina, es decir, a la Virgen de los Hitos? Digamos en primer lugar que esto no es cierto. aunque para confirmar tal aseveración hayamos de remontamos a miles de años.

El griego Hesiodo nos canta en su Teoginia a la pareja divina cielo-tierra, que, por otro lado, es uno de los aspectos centrales de todo el funcionamiento mitológico universal. En gran parte de las mitologías el cielo desempeñó el papel de divinidad suprema, de Dios fecundador, mientras que la tierra asumía la función de su compañera, la dea mater, la gran diosa que ha de ser fertilizada. La lluvia viene del cielo y, en consecuencia, es asimilada al semen del dios esposo de la Tierra Madre. Esta apreciación es recogida en el lenguaje coloquial de hoy cuando se habla de la necesidad de que caiga agua que fertilice los campos. Todo lo que ha estado en contacto con el cielo participa de la fuerza fecundadora, como ocurre con las llamadas "piedras de rayo" que se creen caídas con la tormenta y con los meteoros. Estas se clavan en la tierra, penetran en ella: es la unión del cielo y la tierra, del dios celeste y de la dea mater. Con el tiempo otras piedras, quizás supuestamente caídas del cielo, se emplearán como símbolo fálico del dios de la tormenta y serán hincadas en el suelo para posibilitar la fertilidad y el renacer de la Naturaleza. Así, siempre desde nuestra perspectiva, ocurrió con los hitos o menhires de Alcántara.

La revolución religiosa que supone el cristianismo obliga al correspondiente cambio o mutación. El dios celeste toma nombre de un santo cristiano. mientras que el papel de la dea mater, la diosa de la vegetación, la tierra fertilizada, acaba siendo asumida por cualquiera de las numerosas advocaciones marianas. Nuestra Señora de los Hitos es una de estas herederas de la Gran Madre de la Naturaleza, que venimos interpretando como la tierra. De este modo nosotros traducimos a Nuestra Señora la Virgen de los Hitos como "Nuestra Señora de la tierra sobre la que están clavados los hitos".

Para terminar quiero fijarme solamente en la vieja fecha de la celebración de la romería de la patrona de Alcántara: 25 de marzo. Se conmemora en ese día la Encarnación del Hijo de Dios, cuando el "Verbo se hizo carne en el vientre de María". La Virgen de los Hitos asoma de nuevo su origen de diosa de la fertilidad. Cristo, según una antigua tradición que recuerda Lactancio, resucitaba ese día tras haber muerto el 23 de marzo, al igual que Atis y al igual que otros dioses hijos de la Gran Madre. La resurrección de Cristo equivale a un renacimiento dentro del cuerpo virginal de Nuestra Señora de los Hitos. Es la muerte y es la vida; son dos aspectos contradictorios que en Alcántara se conjugan en torno a la viejas tradiciones de la Virgen de los Hitos, una Virgen que es expresión cultural de todo un pueblo desde hace milenios.

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