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ROMANCES Y CUENTOS DE LA EMIGRACIÓN (II)

GARCIA MATEOS, Ramón

Publicado en el año 1991 en la Revista de Folklore número 126.

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Muy poca atención por parte de críticos y especialistas, se le ha prestado a los cuentos populares españoles hasta fechas muy recientes; y ello a pesar de que la larguísima tradición de este género, va desde la Edad Media -testimonios nos dejaron don Juan Manuel en El conde Lucanor o Juan Ruiz Arcipreste de Hita, en el Libro del Buen Amor- hasta nuestros días, cuando aún perviven en la memoria popular hermosas versiones de cuentos -ahí están esos cuentos castellanos de tradición oral, sesenta y tres cuentos recogidos en la provincia de Valladolid por Joaquín Díaz y anotados por Maxime Chevalier ( Valladolid 1983).

En la tradición oral española tenemos nuestros “Pulgarcitos”·"Cenicientas", "Barbazules", "Príncipes durmientes”... propios y autóctonos, aunque curiosamente conozcamos más y mejor las versiones europeas de estos temas difundidas por los Hermano Grimm Andersen o Perrault. Y tenemos también otros muchos relatos y leyendas relaciona das con nuestra historia transformada en cuentos con su particular idiosincrasia.

El cuento popular -según una de las definiciones más extendida, aunque seamos poco amigos de definiciones- es un relato de tradición oral, de
corta extensión, que se desarrolla argumentalmente en dos partes, la mayoría de las veces, y que pertenece a un patrimonio cultural colectivo; algunos estudiosos del tema señalan que ese patrimonio iría más allá de las fronteras propias, relacionándose con la cultura indoeuropea

A pesar de que habitualmente observemos el cuento como un género característicamente infantil, nos basta con una lectura atenta de cualquiera de esos relatos para darnos cuenta de que es una apreciación superficial. El cuento popular es un género creado por y para adultos, del que participan, en ocasiones, los niños; lo que no impide que haya una rama más específicamente infantil, de cuentos para ser contados a los más pequeños. Aunque, en realidad, difícil es establecer los límites entre literatura "para niños" y literatura "para mayores", y aquí, por las características especiales que reunen, la dificultad es aún mayor. Lo cierto es que los cuentos populares pueden muy bien atraer y satisfacer a todo tipo de público.

Recogemos en este artículo cinco cuentos -tres de origen extremeño, uno andaluz y otro proveniente de tierras de Castilla-, alguno de ellos en versión muy completa y de gran interés; al igual que hacíamos con los romances anotamos brevemente cada uno de los relatos con aspectos o características singulares.

1. JUAN GRILLO. EL ZAPATERO ADIVINADOR

Había una vez un zapatero, pero el trabajo se le pegaba poco y todo el día se pasaba dando vueltas por la calle, viendo lo que pasaba. Un día llegaron a la posada que estaba en frente de su casa unos arrieros y descargando se dejaron olvidadas las sogas. El zapatero se llamaba Juan Grillo, y como tenía fama de adivinador fueron los arrieros a preguntarle que si sabía quién se había encontrado las sogas. Y él les contestó que sí y los mandó a la casa del que él había visto que se las había encontrado. Así crió más fama de adivinador.

Un día, los arrieros pasaban por un pueblo y estaban echando un pregón, mandado por el rey, que decía que quien supiera dónde se encontraba la sortija de su hija, que la había perdido, se presentara ante él. Los arrieros dijeron que en tal pueblo había un señor que adivinaba mucho.

El rey lo mandó llamar y como dice el refrán "dicho por rey, hecho por tierra" no tuvo más remedio que presentarse. Al tiempo de salir su mujer le dijo:

-¿Adivinador? ¡Adivinador de mierda vas a ser tú!

El rey tenía tres soldados para cuidar los pavos y las gallinas; y la sortija la habían robado los tres soldados.

El rey encerró a Juan en una habitación durante tres días, para que pudiera pensar. Cada día iba un soldado a llevarle de comer. Juan, al primero que llegó le dijo:

-Gracias a Dios que he visto a uno de los tres. Al otro día fue el segundo, y le dijo:

-Gracias a Dios que he visto a dos de los tres. Y al tercer día fue el tercero y Juan le dijo:

-Gracias a Dios que he visto a los tres. El adivinador se refería a que, gracias a Dios, había podido ver los tres días y los soldados pensaban que lo decía por ellos, porque sabía que tenían la sortija. y el último soldado le dice:

-Señor Juan, ya sabemos que usted sabe que tenemos la sortija. Pues vamos a hacer una cosa, aunque usted lo sabe todo vamos a hacer una bolita de salvao y vamos a meter la sortija dentro, y se la vamos a hacer tragar al pavo, así ya sabe usted que la sortija queda en el buche del pavo.

Ya fueron a por Juan Grillo, para preguntarle dónde se encontraba la sortija de la hija del rey. Subiendo las escaleras iba un grillito por la pared, el rey lo cogió y se lo escondió en la mano, y le preguntó a Juan:

-Señor Juan, ¿Qué es esto que tengo escondido en la mano?

Y Juan contesta:

-¡Ay, señor rey! Grillito, Grillito en que apretón te ves.

-¡Caramba! Pues un grillo es.

Ya entraron en palacio y se prepararon para hacerle la pregunta:

-Señor Juan, vamos a ver, ¿usted sabe dónde se encuentra la sortija de mi hija?

-La sortija de su hija se encuentra en el buche de su pavo galano.

El rey contestó:

-Es una cosa imposible.

Y Juan dijo:

-Pues tiene usted que matarlo y luego veremos.

Mataron al pavo y, en efecto, la sortija estaba allí. El rey quedó admirado del señor Juan Grillo. Hubo un gran banquete aunque el rey estaba un poco disgustado por haber tenido que matar el pavo para sacar la sortija de su hija. En la mitad de la fiesta el rey se levantó y volvió con una capa puesta, y debajo de esta había un bulto. El rey le dice:

-Señor Juan, la última pregunta: ¿Qué traigo aquí debajo?

Juan contesta:

-Su Majestad, bien decía mi mujer que adivinador de mierda iba a ser.

El rey contesta:

-¡Caramba! Pues mierda es.

-Llegó a su casa con muchísimo dinero y le dijo a su mujer:

-¡Ves diciendo por ahí que yo no sé adivinar!

(Informante: María Visiga Preciados, 88 años. Nacida en Valencia de Mombuey – Badajoz y residente en Vandellós -Tarragona-)

Como señala Luis Cortes Vázquez en sus cuentos populares salmantinos - donde incluye dos ejemplos del relato con los títulos de "El tío escarabajo adivino" y "El Tío Grillo adivino"- el asunto de este "Juan Grillo. El zapatero adivinador" tiene una amplia tradición en la literatura española. Timoneda ya lo incluye en El buen aviso y portacuentos (s. XVI) y Gonzalo de Correas, en su Vocabulario de refranes (1627), cita el siguiente: "¡Ay, grillo, grillo, y en que aprieto estás metido!", que comenta haciendo prácticamente un resumen del cuento.

Además de en España, Portugal y América es conocido en casi toda Europa; los hermanos Grimm lo catalogan en su colección con el título "El doctor Sabelotodo", siendo el nombre del personaje Cangrejo. Los nombres que recibe el adivinador, como vemos, son diversos: grillo, cangrejo, escarabajo, cigarrón..., siempre con la condición de que se trate de animales que pueden caber en la mano, pues es característica fundamental del cuento.

Es la nuestra una versión muy completa que reune los tres episodios en que el bueno de Juan Grillo demuestra sus dotes de adivino -en otros ejemplos del cuento se reducen tan sólo a dos-, aunque respecto a otras en esta se hace poco hincapié en la condición de pícaro del personaje; aquí la fama de adivinador le viene dada, mientras que en otras versiones es él mismo quien, para evitar el trabajo, se hace pasar por tal.

EL SASTRE Y SU DEUDOR

Habia en un pueblo un campesino que le debía un real a su sastre y no se lo pagaba. Pasó tanto tiempo que el sastre se impacientó y fue a reclamar su real al campesino, de modo que se enteraron todos los vecinos por lo que este quedó muy enfadado. Y pensando cómo librarse de su acreedor decidió fingirse muerto, para poder marcharse del pueblo.

Se fingió muerto y todos los vecinos se asustaron muchísimo y fueron a buscar al médico, pero tenían que ir pueblo de al lado -porque en aquel no había médico ni cura- y como estaban muy asustados lo metieron en una caja y lo dejaron en la iglesia.

Y estaba el campesino metido en su caja, pensando que el sastre estaría observando a ver qué pasaba. Y estaba el sastre escondido en un confesionario, porque el corazón le decía que aquel hombre estaba tan muerto como él.

Llegó la noche y seguían los dos allí. y he aquí que a media noche llegan unos ladrones a la iglesia, pensando en repartirse el botín que habían robado, y extendieron una manta en el suelo para depositar sobre ella todo el dinero. El capitán de la cuadrilla hizo trece montones, pero como los ladrones eran doce sobraba un montón y dijo el capitán:

-Este montón es pa quien se atreva a pegar una puñalá al muerto.

Enseguida salió un voluntario y dijo "yo", y cogió un puñal, se dirigió al muerto y el campesino, sin abrir los ojos, se movió y el ladrón dijo:

-Chico, yo no me atrevo que se menea el muerto

Dice otro:

-Qué cobarde... Hemos roto puertas y ventanas y matado a quien se nos ha puesto delante y no te atreves a pegar una puñalada a un muerto...Trae el puñal.

Cogió el puñal el otro y en el momento en que iba a pegarle la puñalada, el campesino se levantó gritando:

-¡A mí, difuntos!

El sastre, entonces, tiró con gran estruendo el confesionario al suelo, mientras le contestaba:

-¡Allá vamos todos juntos! Los ladrones salieron corriendo como alma que lleva el diablo. Pero pasado un buen rato pensaron que alguno de ellos debería regresar para ver qué había pasado y como ninguno era valiente para enfrentarse a los difuntos, lo echaron a suertes. Al que le tocó volver a la iglesia se le pusieron los pelos de punta, pero le mandaron que fuera enseguida y para allá partió. Llegó a la iglesia y la encontró cerrada y en silencio y se puso a escuchar detrás de la puerta, entonces oyó al sastre que decía:

-¡Ahora dame mi real! El pobre ladrón, que oyó tal cosa, salió en busca de sus compañeros, gritando:

-¡Son tantos difuntos que sólo tocan a real!

(Informante Amelia González García, 63 años. Nacida en Valladolid y residente en Tarragona).

El cuento de "El sastre y su deudor" -o "El zapatero y el sastre" o "El real de las ánimas" títulos habituales con los que se le conoce es un relato ampliamente difundido por toda la geografía española y, además de las numerosas versiones españolas peninsulares, disponemos de muestras abundantes recogidas en hispanoamérica y de ejemplos en catalán, gallego y portugués.

El tema es claramente hispánico -y menos universal que otros que aquí recogemos-, y no podía ser menos tratándose de un asunto propio de la picaresca: el de un hombre que decide hacerse el muerto para no pagar una deuda. Además, a este núcleo argumental se suma el episodio de los ladrones y la burla que de ellos se hace, así como el insólito final producto de una mala interpretación lingüística; los juegos de palabras y los equívocos idiomáticos sustentan, en no pocas ocasiones, el carácter humorístico de muchos de nuestros cuentos populares.

Nuestra versión, de origen vallisoletano, es amplia y bastante completa, fluida en la narración y con indudables aciertos en los diálogos.

3. LA ASADURA

Había una vez una mujer viuda que tenía una hija. Un día le dice:

-Ves a la carnicería y traes una asadura, que no podemos comer carne porque somos pobres.

La niña se marchó y encontró unas amigas con las que se puso a jugar con ellas. Entonces perdió el dinero y muy apurada no sabía qué hacer, y se acordó de que se había muerto una mujer, y fue al cementerio y le sacó la asadura.

Cuando llegó a su casa su madre puso la asadura para cenar y luego se fueron a la cama. Pero a la media noche sintieron voces que decían:

-¡María, ia, ia, dame la asadura que me quitaste de mi sepultura!

Y la chica decía:

-¡Ay madre! ¿Quien será?. Y la madre decía: -

¡Calla, hija, que ya se irá.

Pero la muerta entonces decía:

-¡No me voy, no, que abriendo la puerta estoy!

¡María, ia, ia, dame la asadura que me quitaste de mi sepultura!

Y la chica decía:

-¡Ay madre! ¿Quien será?. Y la madre decía:

-Calla, hija, que ya se irá. Pero la muerta decía:

-¡No me voy, no, que subiendo la escalera estoy!

¡María, ia, ia, dame la asadura que me quitaste de mi sepultura!

-¡Ay madre! ¿Quien será?

-Calla, hija, que ya se irá. -Decía la madre.

-¡No me voy, no, que entrando en la sala
estoy!

¡María, ia, ia, dame la asadura que me quitaste de mi sepultura!

-¡Ay, madre! ¿Quien será?

-Calla, hija, que ya se irá.

-¡No me voy, no, que entrando en la alcoba estoy!

¡María, ia, ia, dame la asadura que me quitaste de mi sepultura!

-¡Ay madre! ¿Quien será?

-Calla, hija, que ya se irá.

-¡No me voy, no, que agarrándote de los pelos estoy!

(Informante: Gloria Arroyo, 40 años. Nacida en Valverde del Camino –Huelva y residente en Hospitalet del Infante -Tarragona-)

Es éste un cuento de temor creciente que, a pesar de su aparente sencillez, no carece de interés en muchos aspectos. Ampliamente conocido en Europa fue recogido incluso por los Grimm, y su vitalidad, por macabro que pueda parecer el asunto -o tal vez por ello-, es extraordinaria. Algunas versiones han perdido el inicio, limando así la dureza de la antropofagia, y se limitan a comenzar el relato con unos golpes misteriosos en la puerta o con las voces de ultratumba, que paulatinamente se hacen más próximas.

Si todos los cuentos de carácter oral alcanzan su total significación en el momento de la narración directa, en este caso podríamos decir que aún más, ya que el ritmo del relato crece a medida que éste avanza y el final coincide con el agarrón o empujón que el narrador da al oyente u oyentes, como si el muerto hubiese llegado ya hasta ellos (obsérvese, además, cómo se suprimen todas las acotaciones a los diálogos según se va llegando a la conclusión del cuento, para evitar así cualquier elemento ajeno que altere el clima creado).

"La asadura" tiene claras reminiscencias -elaboradas, evidentemente- del antiguo rito por el que se creía adquirir las virtudes del difunto ingiriendo sus vísceras, creencia que es combatida en el cuento, alegando que con ello tan sólo se lograba impedir su reposo eterno.

4. EL CURA y LA PROJIMA NUESTRA

Había una vez tres amigos que buscaban trabajo. Un día al pasar por delante de la casa del cura del pueblo vieron un letrero que decía: "Se busca chico". Los tres amigos decidieron ir a casa del cura de uno en uno, a ver cuál de los tres conseguía el trabajo.

Al día siguiente de ver el letrero en casa del cura bajó el mayor de los tres amigos. Cuando llegó a casa del cura llamó a la puerta:

-Toc, toC.

Y cuando abrió le dijo:

-Venía a por lo del trabajo.

Y entonces el cura le preguntó:

-¿ Tú eres tonto?

-No señor, faltaría más.

-Pues entonces no nos sirves.

Cuando el chico llegó a su casa contó a sus compañeros el resultado y decidieron que al día siguiente bajaría el mediano. Pero dio la casualidad que al mediano le pasó exactamente lo mismo que al mayor de los tres amigos.

Al tercer día bajó el más pequeño de los tres. Cuando llegó a casa del cura pensó en hacerse pasar por tonto, pues a sus compañeros no los habían aceptado por no ser tontos. Tocó a la puerta y le abrió la sirvienta:

-Verá usted, yo venía por lo del letrero.

-¿ Tú eres tonto?

-Pues no lo sé, señora, yo. sólo sé que llevo
puestas las medias de mi madre.

La sirvienta, que vivía con el cura, pensando que el chico sería tonto lo aceptó, y así se puso a servir al cura.

Pero a medida que pasaba el tiempo en casa del cura fue aprendiendo palabras desconocidas hasta entonces.

Por ejemplo, a la cama la llamaban San Sebastián. A los calcetines, chirlomirlos. A los zapatos, manos engarabitati. A la sirvienta, que era una chica joven, la llamaban prójima nuestra. Al gato, El gati que mata a la rati. Al fuego, hermandad. A la sotana del cura la llamaban chiribitaina. Y así con todas las cosas.

El chico se había enamorado de la joven sirvienta. Pero una noche se dio cuenta de que el cura pasaba las noches con ella. Al cabo de unas noches decidió echar al cura de su habitación para así poder acostarse él con la criada.

Cuando llegó la noche se puso al pie de la escalera y empezó a gritar:

-¡Señor cura! ¡Señor cura! ¡Bájese de San Sebastián, déjese a la prójima nuestra y póngase los chirlosmirlos y las manos engarabitatis que viene el gati que mata a la rati con la hermandad en el rabo! ¡Señor cura que se le pega fuego a la chiribitaina!

Y viendo que el cura no salía, volvió a repetir:

-¡Señor cura, bájese de San Sebastián, déjese a la prójima nuestra, póngase los chirlosmirlos y las manos engarabitatis que viene el gati que mata a la rati por la escalera arriba con la hermandad en el rabo! ¡Señor cura que se le pega fuego a la chiribitaina!

El cura al oir el alboroto salió de su habitación tan aprisa que no se dio cuenta de cómo el muchacho entraba en su habitación.

La joven sirvienta se enamoró del muchacho y como no tenían casa donde vivir cuando se casaran, decidieron quedarse en casa del cura a vivir. Y a este le dijeron que si los echaba hablarían de las relaciones del cura y de la sirvienta.
El cura para proteger su honra se fue del pueblo y los jóvenes se casaron, fueron felices y comieron perdices. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

(Informante: Encarna Martínez Llamas, 60 años. Residente en Cambrils -Tarragona-, de origen extremeño)

Este cuento titulado genéricamente "El cura y el criado", es ampliamente conocido. Su difusión se extiende desde Europa hasta el continente americano y hallamos también muestras de este mismo tema en relatos del norte de Africa. Tiene, así mismo, una amplia y antigua difusión literaria -es decir, que como en otros muchos casos, ha recorrido paralelamente los caminos de la literatura culta y popular- y conocemos una versión alemana del siglo XV (la de Jacob Knebel de 1479), así como una italiana (de Straparola) y una francesa (de Boneventure Des Périers) del siglo XVI.

Se nos presenta a veces como sucedido real de la zona donde se cuenta el relato -característica esta también propia de muchos de los cuentos e historias de nuestro folklore-. Las versiones se dividen en dos ramas: aquellas, como la nuestra, que incluyen el matiz picaresco de dormir el cura con su criada, y otras que podríamos denominar "blancas"; de estas últimas hemos recogido una de Teresa Naharro, de 72 años, natural de Badajoz y residente en Cambrils (Tarragona), que por su interés transcribirnos:

Dos soldados se alojaron en la casa de un cura, cuando iban de maniobras. Al entrar los soldados, uno le dijo:

-¡Qué candelita más buena tiene usted!

-Esto no se llama candela, se llama relumbrancia -contestó la ama.

-¡Qué gato más bonito! -dijo el soldado.

-Esto no se llama gato, se llama perinchote
-contestó la ama.

-¡Qué buena matanza ha hecho usted. ¡Qué buenos chorizitos! -dijo el soldado.

-Esto no se llaman chorizos, se llaman los santos del techo.

-¡Qué buenas sillas tiene usted! -dijo el soldado.

-Esto no se llaman sillas, se llaman cerindangos -dijo la ama.

-Déme un vaso de agua.

Le dió un vaso de agua,

-Esto no se llama agua, se llama la buena abundancia.

-Señora, pues hágame usted la cama que me voy a acostar.

-Esto no se llama cama, se llama los brazos de apuranza.

-Pues déle al cura las buenas noches.

-No es el cura, es Don Ministenco.

Cuando ya se habían ido el cura y el ama a dormir los dos soldados cogen un saco y lo llenan de chorizos. Cogen al gato y lo atan a la pata de la silla, le dieron fuego a la silla y echaron a correr con los chorizos diciendo:

-¡Levante Don Ministenco de los brazos de apuranza y verá al perinchote cargado de relumbrancia, si no acude con la pura abundancia cargará de cerindango. Y los santos del cielo ya van de marcha!

Tal vez uno de los aspectos más curiosos del cuento sean las palabras que se traducen grotescamente, como podemos ver en ambas versiones.

5. EL CURA CHIQUITO

Había una vez un cura muy bajito, por lo que le pusieron de nombre "el cura chiquito".

Este cura tenía unas cuantas vacas, una de ellas era toda blanca. Un día se escaparon las vacas pero el cura las encontró a todas menos a una, esta era la vaca blanca, a la que el cura llamaba vaca nevada.

Había en el pueblo una familia muy pobre, y estos fueron los que se encontraron con la vaca, y ciegos por el hambre que tenían la mataron y se la iban comiendo poco a poco.

Un día el pequeño de los hijos de la familia se puso a cantar una canción referente a la vaca:

La vaca nevá
del cura chiquitito
la tiene mi padre
encerrá en un cuartito
y nos la vamos comiendo
poquito a poquito,
y nos la vamos comiendo
poquito a poquito.

El cura oyó al niño y le dijo que por qué no iba el domingo a misa a cantar esa canción.

El niño al ser pequeño y no ver las intenciones del cura dijo que bueno.

Cuando llegó a casa le contó a su madre lo que le había sucedido y ella le dijo:

-Mira, hijo, si cantas esto en misa meterán a tu padre en la cárcel, así que cuando el cura te diga que cantes, tú le cantas esta canción.

La madre le enseñó una canción al niño y cuando el domingo el niño fue a misa y el cura le dijo que cantase, entonces el niño cantó la canción que su madre le había enseñado:

El cura chiquito
durmió con mi madre,
la faena será
si mi padre lo sabe.

Por esto arrestaron al cura y se arrepintió toda la vida de no haber tenido compasión de una familia tan pobre.

(Informante: Encarna Martínez Llamas, 60 años. Residente en Cambrils -Tarragona-, de origen extremeño )

Esta versión de "Las dos coplas" -que nosotros titulamos "El cura chiquito", por indicación de nuestra informante es especialmente interesante, ya que son escasos los ejemplos recogidos, tanto en el área peninsular como iberoamericana.

Se trata del viejo tema -tantas veces y bajo tantas formas presentado- del burlador burlado, con una clara inclinación hacia la más débil de las partes, como vemos al final del cuento: "...arrestaron al cura y se arrepintió toda la vida de no haber tenido compasión de una familia tan pobre". No olvidemos que en la sociedad tradicional, y especialmente en las zonas rurales, los curas representaban una forma de autoridad comúnmente admitida; se trataría, por lo tanto, también de una burla del poder establecido.

Joaquín Díaz recoge en La Overuela (Valladolid) una versión -publicada en Cuentos castellanos de tradición oral (Joaquín Díaz y Máxime Chevalier, Valladolid, 1983)- que finaliza humorísticamente en lugar de con el castigo del cura; tras la copla del muchacho, exclama el sacerdote: "Orate, frates, no hagan ustedes caso de disparates".