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SOBRE EL SENTIDO Y USO DEL FOLKLORE

LOPEZ PASTOR, Ana T.

Publicado en el año 1991 en la Revista de Folklore número 126.

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Cuando surge ese deseo personal que empuja a profundizar en lo que se ha dado en llamar folklore, la primera imagen que te empapa es la de una sutil confusión que pareciera inherente al hecho mismo.

Qué es el folklore y qué lugar ocupa en el actual conocimiento científico, ha llenado mucho espacio y mucho tiempo, para conseguir crear, al fin, un ámbito de diversas y heterogéneas opiniones que no cierran el tema, dejándolo así en una enriquecedora apertura.

Los ejes discursivos continuamente referenciados, aparecen dibujados con claridad. Lo que parece preocupar es lo que realmente entra dentro del término-concepto de folklore frente a lo que trasciende más allá de su límite, no mostrando una clara consciencia de que las fronteras siempre son difusas, y por lo mismo, especialmente significativas.

Ineludiblemente interrelacionado se encuentra la búsqueda y legitimación del orden jerárquico que el folklore como contenido epistemológico-intelectual, intenta alcanzar para los distintos autores en la perseguida panacea de la cien tificidad.

Tal vez por ofuscarnos demasiado en ambos quehaceres, hemos olvidado el principal sujeto del hecho, simulltánea y ambivalentemente, objeto de estudio. Con una detallada mirada de lo que se crea en este campo, se hace patente una carencia: a menudo obviamos a los actores y no les cedemos ni siquiera el más ínfimo papel.

Muy probablemente «la realidad folklórica», que tantos pesares y con tradiciones parece ocasionar a través de la dialéctica cotidiana que caracteriza al ser humano, no sea una, sino varias, ni única, sino diversificada, y ni siquiera unívoca, sino polisémica.

La idea a defender parece enfrentarse frontalmente a esa necesidad de orden que, manifiesta y latentemente, el hombre anhela, sumergiéndonos en el caos desestabilizador desde el que se busca imperiosamente alcanzar el cosmos.

Aun cuando la riqueza de un abanico de posibilidades asuste más que la homogeneidad despersonalizadora y empobrecedora, es mi deseo seguir este tortuoso camino de final probablemenrte inalcanzable, pero cuyo mayor avance nos acercará un poco más si cabe a la comprensión de la rica realidad que pretendemos abarcar continuamente.

La idea de «realidad folklórica» o de «folklore» por la que desde aquí se aboga, no es la de un concepto unívoco ni perpétuo.

Cuando tras el bagaje teórico se posa la mirada en el mundo que nos rodea, no se pueden eludir tres planos tan sólo separables analíticamente, y cuya interdependencia y conexión en la vida cotidiana y en los discursos folklóricos es patente:

.Plano del estudioso-investigador del folklore.

.Plano del creador-recreador del folklore.

.Plano del espectador-receptor del folklore.

En el escenario de la vida aparecen generalmente como inseparables, de tal modo que su distinción analítica aquí es una clasificación más cuya única razón de ser es la mayor comprensión y explicitación de una manera de entender y ver la realidad folklórica sobre una base flexible. abierta y dinámica.

No todo creador-recreador de folklore y espectador-receptor del mismo es a priori estudioso e investigador de éste, si nos basamos en un concepto restringido de investigación científica, pues siguiendo un concepto amplio se podría considerar la transmisión, perpetuación y actual revitalización, impuesta o elegida como un modo de estudiar o investigar el «hecho folklórico».

El estudioso-investigador sí parece ser inseparablemente creador-recreador y espectador-receptor de folklore, así como el creador, receptor y tal vez investigador, y el receptor, creador, pero no necesariamente investigador.

La distinción epistemológica de los tres planos pretende enriquecer el acercamiento al «hecho folklórico», no cercenando ni coartando las distintas reflexiones y aproximaciones que en torno a él puedan concurrir. en un deseo de conocimiento progresivamente acumulativo.

A) El estudioso-investigador del folklore

En el campo del acercamiento intelectual y academicista al folklore, nos enfrentamos a diversas y contrapuestas posturas. El eje en torno al cual se enmarcan todas es bidireccional en su base, añadiendo cada postura distintas matizaciones.

Se contraponen dicotómicamente el concepto restringido de folklore, que lógicamente confiere a éste un lugar inferior en la jerarquía científica bajo la Cultura Popular y la Antropología, frente al concepto amplio que lo eleva a la categoría de ciencia en sí misma, y cuyos trabajos debieran hallarse cada vez más intercomunicados con los antropológicos.

Dolores Juliano, como una representante más de la visión restringida, contrapone Folklore a Cultura Popular, otorgando al primero un status inferior que en algunos autores roza lo peyorativo. Para este campo de opinión, el folklore se definiría como lo rural frente a lo urbano, lo tradicional frente a lo moderno, lo oral frente a lo escrito, la creación anónima frente a la de autor conocido y, en definitiva, lo natural o primitivo por oposición a lo evolucionado.

Se iguala así folklore a cultura campesina, y se ve como algo inmóvil, estático, homogéneo y sincrónico. Se le define como lo colectivo, lo del pueblo, lo de antes, y se busca desazonadamente lo antiguo, lo auténtico y, sobre todo, lo que se considera «la esencia".

El sentido que desde esta postura se le da al folklore y el uso que se hace desde ella del mismo, nos llevan directamente a la manipulación peligrosa y a la conversión del actor en mero receptor de una obra que, al parecer, ya no le pertenece realmente, sino tan sólo a través de una apropiación simbólica y sutilmente vendida.

En la postura divergente se sitúa Luis Díaz Viana, con el afán de situar el folklore en un plano cualificado de cientificidad académica que le otorgue al fin el status que le corresponde. Este concepto amplio de folklore incluiría los mecanismos y procesos de creación de la colectividad, penetrando en ellos, y no contentándose con la recolección y clasificación. Se buscaría interpretar una realidad que se considera dinámica.

A muchos este concepto nuevo por el que se aboga les podría zambullir en un doloroso conflicto de desorden e incomprensión al igualar folklore a lo que se viene entendiendo por quehacer antropológico.

Muy probablemente, y tal vez por encima de todo, estos absurdos límites pseudoacademicistas no sean más que un sinsentido y una pérdida de esfuerzo y energía en detrimento de la mayor comprensión del género humano.

Consecuentemente, esa acelerada y perseguida búsqueda de la esencia y los orígenes no ha degenerado, como la experiencia lo demuestra, más que en usos legitimadores y manipuladores de aparentes verdades científicas, y como tales, supuestamente incuestionables.

De cualquier manera, no debemos confundir el deseo con la realidad e igualar el modo en que se desearía se hiciera folklore, con el modo en que realmente se hace.

Quién tiene el poder de dictar sentencia sobre lo que es y no es folklore, bajo qué criterio, de qué modo y con qué fines, es una cuestión para mí sin respuesta fácil e inmediata y que tal vez se sitúe en el orden de la ética y los valores que en cada contexto espacio-temporal imperen.

La investigación-acción que desde aquí se defiende es, pues, la cooperación, no sólo la colaboración, de métodos y disciplinas académicas para la consecución de un proceso ascendente de cognición acumulativa.

B) El creador-recreador de folklore

En el plano de la creación-recreación vuelve a aparecer la recurrente dialéctica entre lo que es y lo que no es folklore, aun sabiendo que los límites siempre son difusos y los criterios con que se separan, generalmente utilitaristas.

En este punto hay una cuestión que considero trascendental: las políticas de recuperación que desde el franquismo hasta nuestros días viene tomando auge, ofrecen bajo la aparente diferencia entre ellas, distintos collares para los mismos cuellos, demostrando una vez más que el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.

Puede verse simplemente como una cuestión de moda la recuperación o no recuperación y las distintas formas de hacerlo; o como un juego lúdico de valores estéticos que buscan y ven el folk como una alternativa de vida, ¿por qué no?, al fin y al cabo no son sino distintos puntos de mirar la misma manzana.

De cualquier modo, ineludiblemente, hablar de recuperación entraña una inherente pérdida y tal vez sea ésta la clave de esa frustrante sensación de pérdida que todos en algún momento tenemos, esa fugacidad enloquecedora de lo que fue y ya no es, de lo que es y ya no será, que nos lleva a la catastrófica resignación de «cualquier tiempo pasado fue mejor».

Los modos de innovar, crear y recrear con todo lo que ello implica pueden ser varios, y los fines, divergentes. Desde el círculo de la Sección Femenina, pasando por los ámbitos de la animación sociocultural, y hasta la recuperación en la búsqueda de identidades que luego utilizar como un producto turístico añadido que poder vender, no son sino diferentes cartas de una misma baraja.

Si se está a favor o no de los distintos procesos de creación-recreación que nos rodean, es una lucha personal de posicionamiento; si existe cierto riesgo o peligro en este devenir , no son sino juicios de valores enmascarados tras justificaciones y legitimaciones de estudioso-investigador, de creador-recreador o de receptor-espectador de ese al parecer difuso y nada unívoco concepto de folklore.

C) El espectador-receptor del folklore.

¿Cómo no haber asistido alguna vez, aun sin previa intención, a alguna de las ahora numerosas exhibiciones folklóricas de danza o música? Prácticamente, imposible.

De igual modo imposible pasar por alto las tan a veces artificiales fiestas de Comunidad Autónoma, donde se pretende bautizar y confirmar al pueblo con la esencia de sí mismo. ¿Dónde queda el sentido de conferir y otorgar lo que inseparablemente conforma al propio ser? Alcanzando el crepúsculo necesario y suficiente para la comprensión, el fin de la re-confirmación anual de la propia identidad, impuesta sutilmente desde la cúspide, aparece manifiestamente explícito.

El actor parece ver reducido su papel al de mero receptor y espectador de lo que incomprensiblemente se vende como algo suyo, innovado y manipulado. Aun así parece aceptarse la autoidentificación en la pasividad con que se encara la acción de recibir sin participar, o participar sin crear, y, lo que es peor, crear sin sentir o sentir sin vivir .

La imperiosa necesidad de diferenciación y especificidad que cada individuo y cada pueblo muestran, parece ser adecuadamente encauzada por las élites portadoras de la cultura dominante. utilizando el folklore como mediador en la búsqueda y exaltación de lo propio, de la esencia última como un mito dinamizador.

El ,uso más recurrido del folklore parece ser, pues, la manipulación en su triple faceta: el folklore como búsqueda de identidad con todo lo que implica de sensación de pérdida y necesidad de singularización; el folklore como espectáculo y como consumo, y el folklore como una justificación más de la dominación.

Como muy agudamente expone Díaz Viana, se busca una clara posición de fuerza al proponer desde la cúspide el rescate de los elementos contestatarios presentes en la Cultura Popular con el sutil fin de anular la posible significación subversiva. Se avoca así a estas distintas manifestaciones a las urnas de un museo creado por unas élites sociales, políticas e intelectuales que han culminado en incomprensión lo que primero fue desprecio y posteriormente fascinación, mostrando una clara consciencia de que a «los grupos a quienes se educa en la fe de su singularidad y en la ignorancia de los otros, son fácilmente manipulables».

D) Conclusión: hacia un camino abierto.

Qué es, después de todo, «Folklore» y qué «folklorismo», es una compleja y rica pero inacabable cuestión que en cada uno de los tres planos presentados se plantea.

Que las diversas conclusiones que se dibujan en el primer campo del estudioso-investigador del folklore, hayan de constituir la verdad por científica absoluta, está aún por ver . Es imposible eludir que luchamos por ensalzar y enaltecer un objeto de estudio que estamos paralelamente pisando y aplastando en la incansable lucha de la ascensión, incoherencia que nos compete muy directamente y que debemos superar.

La realidad folklórica se muestra en los tres planos analíticos y a través de las convergentes y divergentes opiniones y posturas que en ellos se interrelacionan. Ninguno de ellos se podría dar sin los otros, y sólo la amplia visión de la interconexión de los tres parece ofrecer un concepto más flexible y dinámico, nunca dogmático de lo que para mí pudiera entenderse por folklore.

Este primer acercamiento personal al tema no pretende ser sino un punto más de reflexión que se una a la línea de pensamiento existente, con el claro fin de provocar e incitar al diálogo dialéctico que positivamente enriquecerá nuestro conocimiento de «ser humano».