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EL RITO DEL DESCENDIMIENTO EN LA VILLA DE OLMEDO (Valladolid)

SANCHEZ DEL BARRIO, Antonio

Publicado en el año 1991 en la Revista de Folklore número 127.

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El rito del Desenclavo y Descendimiento de Cristo ha sido objeto de estudio en muchas ocasiones, incluso en esta misma revista (1). En estas líneas presentamos un nuevo caso -y decimos nuevo en tanto que poco se ha escrito de él-, procedente de la villa vallisoletana de Olmedo, que estuvo vigente hasta hace apenas cincuenta años y que ofrece ciertas peculiaridades de interés.

Atendiendo a lo escrito hasta ahora al respecto, parece confirmado que es a partir del Concilio de Trento (1545-1563) cuando se potencia definitivamente la costumbre de representar esta escena de forma autónoma y sin estar enmarcada dentro de una dramatización general de la Pasión de Nuestro Señor, hecho que ocurre del mismo modo con lavatorios de pies, quemas de "el judas", encuentros de imágenes, etc. La intención, fundamentalmente catequizadora, era la de mostrar de forma sencilla los hechos narrados en los Evangelios, para que el pueblo pudiera revivirlos, e incluso participar directamente en ellos, siempre con un lenguaje de gestos simbólicos. Al menos a este período corresponden las primeras ceremonias ya consolidadas de que tenemos constancia documental.

Sin embargo, el interés por representar escenas de la vida de Cristo, particularmente las relacionadas con su Pasión, Muerte y Resurrección, era ya patente en el Medievo aunque ciertamente las formas y propósitos fueran muy distintos de los que más tarde nos vamos a encontrar. Los tropos y otros tipos de representaciones primarias en las que se glosaban los pasajes de las sagradas escrituras, dentro de una función religiosa, son los antecedentes más antiguos de entre los que podemos espigar para nuestro rito. En el siglo X, estos tropos se hallan ya insertos a lo largo de todas las secuencias de la celebración de la misa y son ya nuevas recreaciones en las que cada sílaba del texto se corresponde con una nota musical diferente en la melodía, constituyéndose en cierta manera en "sucesores" de los cantos homófonos gregorianos (2). El siguiente paso será su "transformación" en 'drama litúrgico', hecho que defiende Sánchez Herrero cuando apunta que "el tropo se convierte en un 'drama litúrgico', en cuanto que eran algo unido a la liturgia propiamente dicha y en cuanto que no sólo fueron cantados por los coros, sino representados"; más adelante continúa diciendo -apoyándose en las opiniones que vierte F. Lázaro Carreter en su obra Teatro Medieval- que "al margen de la liturgia y de estos dramas litúrgicos, comienzan a aparecer otros actos paralitúrgicos o 'dramas sacros', los cuales, aun teniendo el mismo carácter religioso, no se unían tan estrechamente al culto; se les representaba durante las ceremonias o después, y estaban inspirados a veces en fuentes no estrictamente litúrgicas" (3).

Dentro del marco peninsular, los vestigios más antiguos que conocemos de la representación dramática del Descendimiento nos llevan a las tierras del antiguo Reino de Mallorca, donde se conservan textos y técnicas de escenificación de versiones de la Pasión de Cristo, en lengua romance, nada menos que de los años que marcan el paso de los siglos XIII y XIV. Por aquel entonces estas escenificaciones del Descendimiento, pertenecían a una dramatización general de la Pasión, no siendo, por tanto, núcleos dramáticos autónomos y sin diálogos, tal y como se representan en la actualidad (4). A partir de entonces, y sobre todo a lo largo del s. XV, se extienden por toda la península, aunque con mayor arraigo en el área oriental (Cataluña, Valencia, Mallorca,...) que en el occidental (Castilla, Galicia, Asturias, ...) donde no se difunde definitivamente hasta la centuria siguiente (5).

Con el transcurrir del tiempo, las primeras representaciones medievales se convertirán en rituales mucho más complejos, con escenificaciones en cierta forma truculentas y con altas dosis de teatralidad, muy acordes con el espíritu trentino. Así, y a modo de ejemplo, pueden recordarse los innumerables lugares donde aún se veneran imágenes articuladas, no sólo de Cristos con brazos móviles, sino también Dolorosas con complicados juegos mecánicos de ejes y poleas en sus manos y brazos para poder acoger a su Hijo en su regazo o enjugarse el llanto con un pañuelo, en las escenas finales de la representación del Descendimiento (6).

Algunos especialistas han aportado opiniones de interés acerca del sentido de estas representaciones y de las transformaciones que han variado su carácter primitivo. Entre ellas, recordemos la de Maximiano Trapero quien en El Auto Religioso en España, hace referencia al sentido "ejemplificador" de los dramas litúrgicos antiguos, diferenciándolos de los más modernos en cuanto que en éstos prevalece el carácter de celebración (7); por su parte, Antonio Cea, al analizar los restos de representaciones litúrgicas de la provincia de Salamanca, recuerda la distinción que debe hacerse entre la commemoratio y la repraesentatio precisamente "cuando la imagen aislada pasa a ser grupo escultórico por la incorporación de más de dos figuras... De este modo, lo que era objeto de adoración se convierte en mera narración piadosa o paso, y es la distancia que va de la commemoratio a la repraesentatio" (8).

Observar las similitudes y diferencias de las formas de ejecución del rito del Descendimiento, nos llevaría a una dilatada exposición de casos que en esta ocasión resulta improcedente; no obstante, ofrecemos en nota (9) la bibliografía que hemos manejado por si alguien quiere seguir el rastro de celebraciones de interés, desaparecidas o aún vigentes.

El Descendimiento -O "el Sermón del Pardo"- de Olmedo.

Vamos ahora a ocuparnos de la descripción del caso concreto que recogimos en Olmedo (10), exponente, hasta su desaparición en los años cuarenta, de la representación del Descendimiento en la provincia de Valladolid, al igual que las de otros muchos lugares como Villavicencio de los Caballeros -aún vigente gracias a los desvelos de la Orden Tercera Franciscana de la localidad-, Valdenebro de los Valles,... incluso la capital (11).

El Jueves Santo, hacia las nueve de la noche, tenía lugar la procesión del "Cristo robado", así llamada porque, simbólicamente, cuatro cofrades vestidos de romanos (calzas de color rosa, coraza y casco de metal, y zapatillas negras) y curiosamente llamados "judíos" (12) "robaban" las imágenes del. Cristo Yacente y la Virgen Dolorosa conservadas en la iglesia de San Andrés (con culto hasta los años treinta de nuestro siglo, y desde esos años en la de San Juan) (13), y las llevaban hasta el desaparecido monasterio de cistercienses bernardas de Sancti-Spiritus (14). El trayecto era recorrido con inusitada velocidad. La imagen de la Virgen iba delante, precedida por una persona que portaba una bandeja para recoger las limosnas de quienes quisieran llevar los pasos en andas; detrás venía el Yacente en su urna acristalada, flanqueado por los cuatro "judíos". Llegados al templo monacal por el paseo de la Bola -así llamado por el remate de la fuente enclavada en su primer tramo-, se introducían las imágenes en el interior y allí eran veladas por las monjas durante toda la noche.

Al día siguiente, Viernes Santo, al amanecer, los "judíos" se encaminaban nuevamente a Sancti-Spiritus para clavar al Cristo Yacente en la cruz -recuérdese que estos ritos se realizaban con tallas articuladas y este caso no era excepción (15)-, en un pequeño pórtico a modo de capilla abierta enrejada, situada en el paraje denominado "Prado de la Pasión" (de aquí que al acto se le llamara popularmente el "Sermón del Prado"), inmediato a la iglesia. Una vez crucificado el Cristo, los "judíos" montaban guardia hasta el momento del sermón y posterior desenclavo. Los olmedanos y gente de otros lugares cercanos acudían en buen número durante toda la mañana y parte de la tarde a rezar al Cristo; también tenía lugar, hacia el mediodía, un viacrucis que partía de la parroquia de Sta. María y acababa en este prado. Días antes se había construido un entarimado para acoger al predicador, a las autoridades y a los hermanos de la cofradía mantenedora del rito: la titulada del Santo Cristo.

A las cuatro de la tarde empezaba el. Sermón del Descendimiento y a su término se llevaba a cabo el Desenclavo del Cristo. Para ello, dos sacerdotes con vestiduras blancas y cíngulo y estola morados recostaban dos escaleras en la cruz por su parte posterior para, una vez subidos en ellas, ejecutar las sucesivas indicaciones del predicador, auténtico director de la escena. Otro sacerdote, situado frente a la imagen del Crucificado, era el encargado de desenclavar los pies (16); entretanto, los cuatro "judíos" permanecían en pie con sus lanzas sin intervenir en la representación.

Acabado el Sermón, el predicador se dirigía a los sacerdotes subidos en las escaleras, indicándoles los pasos precisos a seguir según el orden establecido tradicionalmente:

-"Ministros del Señor, quitadle la corona de espinas con todo respeto".

-"Presentádsela a su Madre".
(En esos momentos, el predicador comentaba algún aspecto relacionado con la escena).

-"Ministros del Señor, desenclavadle la mano izquierda con todo respeto".
(Con una sábana se sujetaba la imagen por el torso quedando caídos los brazos articulados).

-"Ministros del Señor, desenclavadle los pies".

-"Presentádsele a su Madre".
(Y el Cristo, ya desenclavado, era presentado a la Dolorosa).

A continuación, la imagen se depositaba en la urna
de cristal mientras se cantaba el popular "Perdón, oh Dios mío", para luego llevarla -al igual que a la de la Virgen- a la iglesia del monasterio hasta el momento de la salida de la procesión del Santo Entierro, en torno a las diez de la noche, en la cual los penitentes llevaban faroles hechos de papel (en este corto trayecto, eran los "judíos", en señal de sumisión, quienes portaban la urna con el cuerpo del Señor). Tras la procesión del Santo Entierro, las tallas volvían a su templo Originario.

Los preparativos de esta escenificación comenzaban el Domingo de Ramos cuando las mujeres del mayordomo y demás autoridades de la cofradía iban a "vestir" y "poner la cama" al Cristo con sábanas primorosamente bordadas, al igual que la colcha y el almohadón; también se hacían unos lazos que se prendían en las dichas piezas y una vez bendecidos se repartían entre los cofrades, enfermos y demás personas devotas de la imagen.

La cofradía del Santo Cristo mantenía ciertas costumbres dignas de mención: la transmisión familiar de las calzas de las andas del paso, el "cantar" los pasos de las procesiones (es decir, cada paso tenía su canción concreta que era entonada por los propios costaleros), el refresco del Viernes Santo donde se tomaba limonada y caramelos, la manutención de los "judíos" a base de aceitunas negras y pintas, lechuga y huevos cocidos, etc. Por otra parte, la cofradía era la encargada de llevar a cabo los "misereres" y otras actividades cuaresmales, heredando la tradición que durante años fue realizada por la Venerable Orden Tercera de San Francisco olmedana, de la cual conocemos muchas peculiaridades.

Para acabar estos breves apuntes, recordemos algunas de las anécdotas más jugosas que nos contaron acerca de la celebración. En uno de los últimos años en que se llevó a cabo el rito, los "judíos" fueron encarnados por parientes de una familia apodada "los pechotes"; y diose el caso de que una mujer, durante el sermón, se puso a dar de mamar a su hijo. El predicador de aquel año, al ver la "entrañable" escena increpó a la madre: "esos pechos, ¡fuera!, ¡que se escondan!"; los "pechotes", "judíos" aquel año, se sintieron aludidos y se escondieron al instante. En otra ocasión, fue un sacerdote, ya mayor, el protagonista de un hecho curioso: una vez encaramado en la escalera y ya dispuesto a ejecutar las indicaciones del predicador, se cayó de la misma rodando por los suelos con la consiguiente risotada general. Toda la representación, en su conjunto, era conocida popularmente como el "sermón de los piñones" en tanto que durante la predicación, gran parte de los asistentes no dejaba de comer tan preciado fruto -recordemos que estamos en plena Tierra de Pinares-; algunos rompían la cáscara con los dientes y el inevitable ruido de los casquidos produjo más de una vez las iras del orador, quien exclamaba: "¡esos piñones!, que estamos en el sermón"; por cierto, el piñonero (se recuerda aún al Sr. Maximino) se emplazaba a la entrada del paseo de la Bola con sus canastas bien repletas y "hacia su agosto" en plena Semana Santa.

NOTAS
(1) José M. Domínguez Moreno: "La función del Descendimiento en la Diócesis de Coria (Cáceres)", en Revista de Folklore, nº 77. Va1ladolid, C. Ah. Popular, 1987. pp. 147-153.

(2) José Sánchez Herrero: Las diócesis del reino de León. Siglos XIV y XV Col. "Fuentes y Estudios de Historia Leonesa. " León. Caja de Ahorros, 1978. p. 288.

(3) Ibid. pp. 288-289.

(4) Francesc Massip y Mª. de la Pau Jarner (Cataluña, Islas Baleares y País Valenciano), en El Auto Religioso en España. Madrid. Comunidad de Madrid. 1991. p. 127. Aquí se apunta que dichos textos y técnicas escénicas permanecieron vigentes hasta el siglo pasado.

(5) Esta apreciación ha sido defendida por varios autores, entre ellos Fernando Lázaro Carreter en Teatro Medieval. Madrid. Ed. Castalia. 1970. pp. 35-36.

(6) El P. Isla hace mención de este tipo de imágenes utilizadas en ritos como el del Descendimiento: "Colócase a un lado del teatro una devota imagen de la Soledad, con goznes en el pescuezo, brazos y manos, que se manejan por unos alambres ocultos para las inclinaciones y movimientos correspondientes, cuando San Juan va presentando los instrumentos de la crucifixión, y sobre todo cuando al último los tres venerables varones ponen delante de la imagen el cuerpo difunto de su Hijo, pidiendo la licencia de enterrarle". P. Isla: Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas". Madrid. Ed. Nacional. 1978. Tomo II, p. 836. Por otra parte, Antonio Cea concluye que "esta costumbre de representar el Desenclavo utilizando imágenes articuladas y automáticas debió a veces, por su imperfección y el cambio de los tiempos, mover más a la risa que a la devoción, y fue desaprobada a finales del siglo XVIII por prelados con criterios ilustrados". Antonio Cea: "Del rito al teatro: restos de representaciones litúrgicas en la provincia de Salamanca, en Actas de las jornadas sobre teatro popular en España". Madrid. CSIC. 1987. p. 35.

(7) Maximiano Trapero: "Los autos religiosos en España", en El Auto religioso en España. Ob. Cit. p. 21.

(8) Antonio Cea: "Del rito...", Art. Cit., Ob. Cit. p. 26.

(9) Además de la bibliografía citada en las demás notas, pueden encontrarse casos interesantes de descendimientos en: Fco. Rodríguez Pascual: Pasión y Muerte en Aliste. Santo Entierro en Bercianos. Zamora. Diputación Provincial. 1983. J. Ignacio Foces Gil: "Una forma distinta de vivir la Semana Santa", "La Tercera Orden y el Descendimiento de Villavicencio de los Caballeros" y "Una Semana Santa distinta basada en tradiciones antiguas", artículos aparecidos en El Norte de Castilla los días 19-IV-84, 3-IV-85 y 25-III-86 respectivamente. Rafael Martínez: "La función y paso del Descendimiento de Cristo de la Cofradía de S. Francisco de Palencia"; en Actas del primer congreso nacional de cofradías de Semana Santa. Zamora, Diput. Prov. 1988. pp. 979-686.

(10) Las informaciones nos las trasmitieron Tecla García, María Alonso y Teresa Molpeceres en Olmedo, en octubre de 1986 y enero de 1987. Vaya desde aquí mi agradecimiento a las tres, así como a mi querido amigo Manuel Rodríguez Centeno con quien compartí las tareas de recogida de datos.

(11) Sabemos de la "tramoya de un descendimiento a lo vivo" representada en el convento de la Santísima Trinidad de calzados de Valladolid el Viernes Santo del año 1762. Ventura Pérez: Diario de Valladolid (1985). Reedición facsímil del Grupo Pinciano. Valladolid, 1983. pp. 349-350.

(12) Fco. Rodríguez Pascual comenta respecto de la aparición de personas vestidas de "romanos" o "judíos" que "ambos son, para la mentalidad popular, enemigos directos del Señor. Opinamos que se les incluye en diversos actos del Triduo Sacro un poco en plan de castigo o de humillación". Fco. Rodríguez Pascual: "Religiosidad popular en la Semana Santa rural de Zamora", en Actas del primer congreso nacional de cofradías de Semana Santa. Zamora. Diputación Provincial. 1988. p. 99. Nuestras informantes nos indicaron que hubo años en que los "judíos" fueron encarnados por cuatro hermanos o cuatro amigos, pero siempre por promesa o "manda".

(13) Sobre las iglesias de San Andrés y San Juan Bautista, véase lo escrito por: J. Carlos Brasas: Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid. Antiguo partido judicial de Olmedo. Valladolid. Inst. Cultural Simancas. 1977, y Eusebio R. García-Murillo: Historia de Olmedo. Valladolid. Ayto. de Olmedo. 1986. pp. 135 -137 y pp. 139-140 respectivamente.

(14) Cuando el Monasterio de Sancti-Spiritus fue demolido, la función del Descendimiento se realizó durante algunos años en el Convento de franciscanas de la Concepción, frente a la cruz que aún subsiste ante la portada principal de la iglesia. Respecto a la historia de ambos edificios véase lo escrito por los autores citados en las obras referidas en la nota anterior.

(15) Sabemos de ciertos casos en los que se representaba la escena sin disponer de imágenes articuladas; no había mayores complicaciones: una vez descolgada la imagen crucificada, se sustituía ésta por otra yacente, interviniendo, de este modo, dos imágenes distintas.

(16) Los tres sacerdotes simbolizan a San Juan evangelista, Nicodemus y José de Arimatea. Así lo recoge el P. Isla en su Fr. Gerundio; en este caso son tres "venerables varones con sus toallas, martillos y tenazas, estando ya prevenidas las dos escaleras arrimadas a los brazos de la cruz del medio". P. Isla: Fray Gerundio... Ob. Cit. Tomo II, p. 836