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RÉQUIEM POR UN GUITARRISTA ALOSNERO

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1991 en la Revista de Folklore número 127.

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Prisioneras y soñando,
Seis niñas que se estremecen
cuando las estoy tocando.

Un día es así, otro no; llueve uno; solea otro. La linde de la vida y de la muerte es tan fina que apenas existe. Ayer copiaba al dictado coplas jocosas de Carnaval; hoy, doblan las campanas porque un guitarrista de Alosno (Huelva), Sebastián Perolino, ha muerto. Es difícil precisar lo que se lleva a la tierra un alosnero sabio como él, uno de los últimos, uno de los viejos, de los que cataban por dónde iba el rumbo de la alosnería. De físico leve, atado al mástil de su guitarra, la , defendía casi a solas, con su hilo de voz y sus largas uñas un son, un compás, una seña de identidad, frente a tan extraños vientos como azotan y maltratan la maravillosa cultura alosnera.

La guitarra es una lengua
que hay que saberla escuchar,
parece de brujería,
que un madero diga tanto
y tantos no digan ná.

Sebastián hablaba de Bartolomé el Pinche, otro grande de la guitarra, que vendía pasteles por las casas para poder vivir. Memoraba Perolino que antes, en el Alosno, se tocaba con cuerdas de "lauses", metálicas; valía una guitarra trece pesetas, veinte las de Valencia, y por el viaje, veinticinco. Los días de fiesta, la mayoría de los alosneros sacaban las suyas y amanecían las calles regadas de mangos, puentes y cuerdas; la guitarra servía para una noche.

Cuando yo niño me dieron
una guitarra sin cuerdas,
hasta mi primer jornal
no tuve prima ni sexta,
entonces aprendí a tocar.

Tengo una guitarra vieja
que me costó un real,
ya no la quiero vender,
ni ya la voy a cambiar,
aunque ya no suene bien.

Con el Pinche, Sebastián fué el último tocador con cuerdas de acero: <...hoy ya no merece la pena lo del metal, pero antes –decía- la guitarra que sonaba con este tipo de cuerdas daba a los cantes su aire justo, especialmente a los canés, porque donde cantaban treinta hombres, ése sonido metálico podía con todos. El Pinche nunca llegó a tocar con cuerdas que no fueran de metal, con las uñas desgastadas, sangrando por los dedos, y así le dio categoría a los toques de Alosno>

No sé donde puse anoche,
mi amiga la cavaera,
tenía rajaíto el cuerpo
y rotas las seis cuerdas,
y yo sangrando los dedos.

Una vez fueron juntos a Madrid, me contó la última vez que lo ví, <... y nos montamos en un tranvía; como en cada parada escuchábamos decir al conductor: Velázquez, Goya, Alonso Martínez, y la gente se bajaba en ellas, nos quedamos hasta el final, y así que llegamos a la cochera nos preguntó el chófer:

-¿Por qué no se bajan ustedes?
Y le dijo el Pinche:
-Estamos pendientes por si nombra usted a Perolino o a mí.

Ni con vino ni guitarra
he conseguido olvidarte,
está visto que mi sino
es solamente el amarte.

Sebastián venía de casta por línea de abuelo y madre; ésta se cantaba y se acompañaba. Para él, el compás era la esencia; no aceptaba a los guitarristas que no se ajustaran , por muy largos que fuesen. Decía que <... los toques, contra más asentaos, mejor>:

Sebastián pidiendo sombra
mientras el Bella decía:
vamos por otro fandango,
mañana será otro día.

En esa valoración de la justeza en el compás se cuenta que cuando había penuria económica, a falta de guitarra que los marcara, servían para ello los canutillos de los sombreros de paja, rasgueándolos como si fueran cuerdas sordas. Quizás la exigencia de Sebastián pudiera señalarse como característica de los toques de Alosno, que no requieren florituras, sino compaña simple, ir con la voz; puede que por eso se le cante a la guitarra como a ese ser que va con todos, nada pide y todo lo da:

La guitarra que en mis manos,
corre por todas las juergas,
tiene forma de mujer,
cuando tendía se queda
en las mieles del querer.

Guitarrilla de mi vida,
¡Cuantas nochecitas juntos!,
tú venga darle al metal,
yo venga sacarte fruto,
y el resto venga cantar.

Qué bonita está la parra
con la sombra del tejao,
el jilguerillo colgando,
el dejo de la guitarra
y el búcaro colorao.

Si el Pinche fue compañero de guitarra, el maestro de Perolino fue Fernando Camisa, Guitarrero de seguidillas y de fandangos, aunque le faltaba el dedo mayor de la mano derecha. La mujer era Manuela Pocito. Elle cantaba:

A la Manuela Pocito
le tengo yo que cantar,
que le dijera a mis niños.
Mira, no dí an ca papá.

Lo recuerdan las gentes de Alosno, que aún le cantan:

Dice Fernando Camisa
que es el mejor guitarrero,
porque toca la guitarra
con mucha gracia y salero.

Contaba Sebastián de Fernando que estuvo en los consumos en Madrid, Y su visión de consumista era ésta:

Sale el aceite pa fuera,
pa Francia y pa el extranjero,
y luego lo compra el pobre
tó a fuerza de dinero,
porque sí no, no come.

La guitarra, ese <... pozo con viento en vez de agua> para Gerardo Diego, que <... llora flecha sin blanco, la tarde sin mañana> para Federico, tiene en Alosno su cola lírica, pequeñas historias que los hombres como Sebastián Perolino iban escribiendo a golpe de compás, no en balde era la compañera natural, inseparable, de cualquier cante:

Sebastián le dijo a Pedro:
¿Donde andará Santiaguillo
que estoy jarto de buscarlo
pa que cante un fandanguillo?,

A la juerga más barata
tres alosneros,
Antonio el de Edelmiro,
el Santiaguillo Salguero
Y Sebastián Perolino.

Sebastián, esta vez, la última, me ha ido solo y sin guitarra a ese viaje sin retorno, dejando algo más mudo al Alosno, hasta que tanta ausencia sabia lo silencie del todo.