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EL RASTRERO, NOVELA DE COSTUMBRES DE LA SIERRA DE BEJAR

MARTIN CRIADO, Arturo

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 157.

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1.JOSE MAS

El autor de El rastrero, José Mas, nació en Ecija (Sevilla) en 1885. Fue hijo del comerciante, periodista y poeta de origen catalán Benito Mas i Prat, a quien siguió en ambas profesiones. Sin embargo, como escritor, cultivó la novela, con la que alcanzó bastante popularidad tanto en España como en algunos países europeos, a cuyas lenguas fueron traducidas sus obras, desde 1915, fecha de su primera publicación, hasta la guerra civil. Murió en 1940.

Para Eugenio García de Nora, Mas es un escritor anclado en el pasado, en el naturalismo finisecular de su maestro Blasco Ibáñez: "José Mas es una reedición andaluza del levantino Blasco Ibáñez..., reedición empalidecida, desde luego, y con los inconvenientes que comporta un retraso de quince o veinte años» (1).

La mayoría de los autores que se han ocupado del estudio de la novela en la primera mitad de este siglo lo incluyen en el realismo costumbrista o neocostumbrismo, junto a otros escritores hoy también olvidados, como Pedro de Répide, Salvador González Anaya, Diego San José, etc. (2). La casi totalidad de las novelas de José Mas pueden clasificarse en este apartado. En ellas nos narra la vida de los hombres pobres y humildes de diferentes regiones españolas, sobre todo de Andalucía, de forma naturalista y melodramática, expresando una preocupación constante por el sufrimiento de los más débiles, de los marginados.

Sus dos últimas novelas, En la selvática Bribonicia y El rebaño hambriento en la tierra feraz, se encuadran en el tipo de novela social y política que se escribió durante la República. Pablo Gil Casado las dedica algunas páginas en su estudio sobre la novela social y destaca su valor, especialmente de la segunda, angustiosa visión del latifundismo andaluz (3).

El realismo costumbrista de Mas pierde gran parte de su fuerza por la inadecuación del estilo; García de Nora, refiriéndose a una de sus primeras novelas, dice: «la expresión pasa de lo vulgar y aun amanerado a lo crudo o a lo cansadamente definitorio-enumerativo, con escasa capacidad para dar la impresión o visión directa de la realidad» (4). Gil Casado considera que su estilo, heredado del maestro Blasco Ibáñez, «es periodístico y tiende a informar al lector, en vez de hacer una presentación objetiva y directa de los sucesos. A este defecto hay que añadir otro: la tendencia a la frase cursi y al retoricismo efectista» (5).

2.EL RASTRERO

Publicada en 1922, es la primera y única novela del ciclo que tituló Las novelas de Castilla, pues, quizá por influencia de Blasco Ibáñez, agrupó sus obras en ciclos narrativos. En 1934 apareció la segunda edición, que es la que manejamos (6).

La acción se localiza en Tejuelo, pueblo de la Sierra de Béjar cuyas gentes se dedican, sobre todo, a la industria de la chacina; sus casas, de pizarra, suelen tener un sótano para la cura de los jamones. Como si las construcciones participasen del carácter de sus habitantes, presentan un aspecto sombrío y ruinoso.

Se casan Desiderio y Tomasa, la hija del señó Felipe, alcalde del pueblo y rico comerciante de jamones, protagonista de la novela. La sobresaliente posición económica y social de que disfruta el alcalde se originó en un delito: huérfano a los doce años, sirve en una posada de Salamanca donde roba quinientas pesetas a un tratante de ganado, con las que inició el oficio de buhonero por los pueblos de Castilla: « Vendía jabones perfumados, tiras bordadas, carretes de hilo, agujas, alfileres, peinetas, bisutería barata y unos cuadernos que llevaba ocultos en el forro del chaleco, de cartas amorosas y recetas para el mal de ojo» (p. 40) (7).

De buhonero pasa a comerciar con chacina y, poco después, se establece en su pueblo natal.

Viudo y con dos hijas, la mayor de las cuales se acaba de casar con el mozo más rico del pueblo, encontramos al señó Felipe en el momento mejor de su vida. El autor ironiza: «Decididamente, no estaban en lo cierto los moralistas al afirmar que el dinero adquirido por medios punibles no producía ningún bien. ¡Que le vinieran con esos cuentos de la China al tío Felipe! ¡Vamos, si era para morirse de risa!» (p. 41 ).

Como escribiente, el rico tejolense ha empleado a Pedro, joven huérfano, hijo del difunto maestro del pueblo, que hace amistad con la hija menor del alcalde, Agueda. Ambos poseen un carácter sensible y extraño a todo lo que representa la vida del pueblo.

La vida monótona del pequeño lugar se ve turbada por un crimen horrendo; Nicomedes, el veterinario, ahorca a su tío, viejo usurero, para robarle. Sin embargo, aparentemente, se trata de un suicidio. Sólo el alcalde se entera de la verdad, que no denuncia a la justicia, sino que utilizará en provecho propio cuando se le presente la ocasión.

Durante la fiesta de las aguedas, la hija menor del alcalde y Pedro se sorprenden enamorados, pero en la noche de San Juan, Eufrasio, hermano de Desiderio, ronda a Agueda y, días después, la pide al tío Felipe para casarse. La muchacha siente repulsión hacia su cuñado, pero debe acatar sin protesta la decisión de su padre. Mientras, crece incontenible el amor a Pedro, con el que se ve a escondidas durante la hora de la siesta.

Los proyectos matrimoniales del señó Felipe no acaban ahí, sino que él pretende casarse con su consuegra, también viuda, y, de esa manera, unir las dos mayores fortunas del pueblo. Por eso, ante las disculpas y largas que Agueda da al novio impuesto, reacciona autoritariamente y concierta la boda de los jóvenes. Se llevan a cabo las amonestaciones, la fecha se acerca y Pedro, desesperado, recurre a una costumbre de la que se ha enterado por casualidad, hablando con la bruja del pueblo. Se trata del rastrero, rastro de paja que va desde la puerta de la casa de una mujer hasta la de un hombre, a quienes denuncia como unidos por amores ilícitos. Pedro cree que ésta es la solución y une de esa forma su casa y la de Agueda, pero no hará más que precipitar el desenlace trágico.

3.EL FOLKLORE

Como ya hemos dicho, casi todas las novelas de José Mas se consideran como obras costumbristas de carácter realista. Existía en la sociedad urbana española la conciencia de un mundo rural, ahora más accesible gracias al automóvil, que poseía una cultura propia y diferente, tan lejana intelectualmente pero tan cerca en el espacio que bastaba una excursión dominguera para acercarse a ella (8). No faltaron autores que le dedicaron sus estudios, menos de lo que hubiera sido deseable, ni artistas y escritores que lo convirtieron en tema de sus obras desde el siglo XIX. Muchos conocieron este mundo directamente, visitaron pueblos y recorrieron caminos, aunque, a veces, no pasaron de dar una visión superficial, pintoresca.

José Mas, periodista y viajante de comercio, debió conocer las costumbres que describe de forma directa, tal es el detalle y exactitud, bien por haberlas presenciado o a través de personas que las habían vivido; la novela está doblemente fechada: "Madrid, 10 mayo 1921. Salamanca, 8 julio 1921 » (p. 285).

3.1 .-LA BODA (9)

Es el rito al que el autor presta mayor atención, por ser el más relacionado con la ficción, que comienza con la boda de Desiderio y Tomasa, y presenta después los preparativos de la de Eufrasio y Agueda. Describiremos el proceso en su orden lógico.

El noviazgo comienza con una señal de interés del hombre por la mujer; en concreto, colocando el ramo de la noche de San Juan en la ventana de ella y rondándola (p. 39) (10), a lo que corresponde ella acudiendo a la fuente de mañana y bailando con él (pp. 96-98). Para que fueran novios formales, antes tenía que haber un acuerdo económico entre los padres, que se reúnen y discuten lo que cada familia dará a su hijo; sin acuerdo, no habrá boda (pp. 109-112). El escritor, con su estilo moralizante, repite tópicos de hombre urbano; "La Castilla negra y sórdida quedaba encerrada en aquel pueblo miserable, donde todo tenía un precio, hasta el amor» (p. 98).

La dote consta de bienes inmuebles con los que la pareja pueda iniciar la producción económica de que vivirá (un encinar, un huerto, un casillo, jamones para formar una bodega, unos pocos cerdos, etc.); a veces, se les da "plata contante y sonante» (p. 111). Aparte, lo necesario para vivir el primer año, que recibirán el día de la boda en el ofrecijo, como luego veremos (11).

Ya novios, aprovechan todas las fiestas para bailar y estar juntos; el hombre suele acudir a casa de la novia a charlar por la ventana, o la acompaña hasta la fuente (12). Con ocasión de alguna festividad se intercambian invitaciones; así, el domingo de Resurrección ambas familias comparten el hornazo bajo una encina (pp. 217-219). El ritual de las amonestaciones se cumple como era costumbre general: "...el bondadoso párroco formulaba la siguiente pregunta:

-¿Se sabe algo que puede cristianamente impedir esta boda?

Cincuenta o sesenta voces de hombres y mujeres respondían al unísono:

-¡No se sabe na!

Después, cuando salían todos de la iglesia, unos marchaban a casa de la señá Petra y otros grupos dirigíanse a casa del señó Felipe. En los dos sitios eran obsequiados los visitantes con peras partidas, trocitos de pan y de queso y jarras de vino» (p. 233). Los novios, cada uno en su casa, recibían la enhorabuena (13).

La víspera del día de la boda, los mozos han ido al monte y cortado cuatro carros de leña de encina (14); al atardecer, grandes bueyes de color castaño, adornados con cintas de colores y campanillas, los arrastran hasta la que será vivienda de los nuevos casados; es la contribución de la comunidad a su bienestar, costumbre ancestral que se refleja en documentos medievales. En la plaza hay una larga mesa con jarras de vino y frutos con los que los padres de los novios invitan a mozos y mozas (pp. 9-12).

Al día siguiente, la comitiva, precedida por el tamborilero, sale de casa de la novia y se dirige a la iglesia. Ella viste justillo de moaré negro con bocamangas de encaje blanco y, encima, el ropón de cien colores. El manteo es de color pardo, el mandil negro con sartas de abalorios y flecos de seda; negros son también los zapatos y las medias, así como la mantilla con que se cubre la cabeza. Sólo lleva como adorno una gargantilla al cuello y zarcillos todo de oro (pp. 14-15). El novio luce chaqueta de astracán, negra, chaleco del mismo tipo sobre camisa de pechera bordada y un pañuelo de colores como corbata. El pantalón, de paño de Torrejoncillo, es color café y está ceñido a la cintura por faja negra de la que sobresale un pañuelo azul. Se cubre con sombrero de fieltro negro, de copa redonda y ala ancha (pp. 15-16) (15).

En una mano el novio lleva el varal, especie de ramo adornado con cintas de colores y campanillas, del que cuelga un gran pedazo de carne de la res sacrificada para la comida de los invitados y una rosca, que se ofrecen al cura, quien los espera a la puerta de la casa rectoral. Desde allí, acompañados por los mozos del novio y por las mozas de la novia, y por los demás invitados, se encaminan a la iglesia para celebrar la ceremonia religiosa.

La comida, que se compone fundamentalmente de carne asada, pan y vino, todo en grandes cantidades, se celebra en la casa de la novia o, en este caso, en el salón del ayuntamiento. El baile en la plaza se interrumpe a media tarde para que comience el ofrecijo (16). El escenario es la misma plaza, en la que se instala una mesa con forma de herradura, cubierta de panecillos dulces, fruta y vino, y, tras ella, el tálamo, banco en el que se sientan los recién casados, los padres y los padrinos. La ceremonia la abre el padrino que deposita en una bandeja un puñado de monedas de oro al tiempo que dice: «Disfrutarlo con mucha salud y que Dios os bendiga» (p. 24). Los mozos del novio aparecen a continuación con su ofrenda: «Sobre los hombros traían las medias fanegas adornadas de cintas y de borlas de colores. Venían rebosando de trigo, de garbanzos, de habichuelas, de habas...En las mantas y en los sacos fue cayendo con grato rumor, todo aquel fruto de los valles de la serranía.

Los mozos, al verter su medida colmada, exclamaban con gravedad:

-¡Novios y padrinos, ahí va la mi pobreza y que haiga salud!

Y loS novios y los padrinos ritualmente repetían:

-Muchas gracias, y usted que lo vea.

Entonces ofrecíanles las cantarillas de vino, y los mozos brindaban por la felicidad de los recién casados» (pp. 24-25).

Después, el baile sigue y la costumbre de bailar la perra, por la que la novia tenía que bailar con todos los mozos y, al acabar, recibía de cada uno una moneda de diez céntimos. Lo mismo hacía el novio con todas las mozas (pp. 25-26). La jornada terminaba con la cena en el mismo lugar que la comida, nuevo baile y las bromas que se gastaban a los novios para no dejarlos dormir.

El día de tornaboda el mocerío los espera a la puerta de su casa; apenas han salido, los uncen al yugo para que arrastren el arado adornado con cintas y cencerros que les tienen preparado y con el que han de arar las calles del pueblo de punta a punta, azuzados por el látigo del mozo que los guía y jaleados por las voces de todo el vecindario. El tío Felipe los arenga: «¡Tenían que portarse como hijos suyos! ¡Pues no faltaba más! correrían el pueblo de punta a punta! ¡y hundiendo bien la reja! ¡Que no desapareciera en un mes la raya del surco...! ¡De una pareja así esperaría él, siempre lleno de gozo, la descendencia, los nietecillos! ¡Vaya si cumplían» (p. 37). De esta manera alude el autor al sentido que podían poseer este tipo de rituales. Era costumbre general en las bodas de la provincia (17). Julio Caro Baroja estudia ritos de arada que se celebraban en el carnaval en la Maragatería, relacionados con la fertilidad del campo y de los animales (18).

3.2.EL CICLO FESTIVO

Entre las fiestas del ciclo de invierno, se narran con algún detalle las de las aguedas y del carnaval. La primera, como es general, la organizan las mujeres; de entre las más ricas del pueblo salen las mayordomas, que pagan los gastos y presiden el baile, desde una gran mesa plagada de dulces y vino con que invitan a los asistentes. Se baila alrededor de una hoguera encendida en el centro de la plaza; ese día las mozas que no tienen novio sacan a bailar a los mozos, que no pueden rechazar la invitación.

Durante los quince días que preceden al carnaval, conocidos como las vísperas, «desde el escurecer hasta la madrugada recorrían los mozos las calles, gritando como endemoniados y haciendo sonar collarones, cencerros, almireces, badilas y cacharros de latón» (p. 189), de tal manera que apenas dejaban dormir a los vecinos, por lo que los que podían se marchaban del pueblo las dos semanas. En los días de carnaval, los mozos se vestían con harapos y, sobre todo, con faldas viejas; en la mano suelen llevar azadas, bieldos, escobones, palos, etc. Vagan por las calles, cantan y beben sin medida; los chiquillos los persiguen gritándoles momos y rútiles. El abuso del vino da lugar a frecuentes riñas y peleas, por lo que las mujeres y los hombres mayores no suelen salir de casa para evitar compromisos. Incluso se habla de prohibirlo, cosa que parece bien al alcalde, pero no se atreve por temor a la reacción de los mozos (pp. 189-211).

Del ciclo festivo primaveral se destacan el domingo de Resurrección, cuando todo el pueblo sale a los encinares a comer el hornazo (bollo relleno de chorizo, salchichón, lomo y huevos enteros) y bailar a continuación (pp. 217-222); la colocación del mayo la última noche de abril y la noche de San Juan, con la consabida ronda y colocación de ramo a las novias, que continúa por la mañana con el baile en la fuente a la que acuden todas las rondadas para encontrarse con su novio.

En verano se celebra la fiesta mayor, el día del patrón, Santo Domingo de Guzmán. Esta fecha es sagrada para todos los tejolenses; los que residen fuera del pueblo, regresan a él, incluso desde América. La víspera se celebra mercadillo de corderos que traen los pastores del llano; cada familia compra uno para la comida festiva. Por la mañana tiene lugar la función religiosa: todos acuden a la iglesia con su mejor ropa; las mujeres se colocan ante la sepultura de la familia, en la que arden las velas de los difuntos. La misa es la más solemne del año, pues la celebran varios curas y predica el fraile que ha bajado del convento de la Sierra; aguardan con interés la hora del sermón, que tiene su parte de alabanza al santo, otra de ataques a los bolcheviques y finaliza con unas cuantas críticas socarronas al comportamiento de los vecinos. Por la tarde, tras la comida que reune a toda la familia, se juega en las calles a la barra y a la calva (pp. 137-158).

3.3.ALGUNAS SUPERSTICIONES

El autor se hace eco de algunas muy comunes a lo largo de la novela, a las que apenas presta mayor atención; sin embargo en otras se demora algo más, dando detalles para lectores que las desconocen totalmente. Como ejemplos destacables podemos señalar la curación de las quebraduras por el famoso sistema de magia simpatética de pasar al niño enfermo por las ramas de un guindo (pp. 226-228), la actividad de saludadora de la denominada bruja, o el maléfico de la Peña de los Hermanitos, en la que reside una mujer encantada, y que es el lugar donde vive la bruja (pp. 165-170). Pero la principal es la que da título al libro y a la que ya hemos aludido.

Alguien traza por la noche un rastro de paja desde la puerta de una mujer hasta la de un hombre, denunciando a la opinión de todo el pueblo que ambos están relacionados por amores ilícitos. Dicha denuncia tiene efectos dramáticos para la mujer, «es como una maldición silenciosa de todo el pueblo, que huye de la moza que considera culpable, como si estuviera manchada de lepra» (p. 244). Sin embargo, nadie considera culpable al hombre, que cumple con su papel de seductor. Para evitar burlas o venganzas, «dicen que quien intentara vengarse así de una mujer no habiendo motivo, no existiendo los amores culpables, moriría en un plazo de cuarenta y ocho horas» (p. 245). El escritor, como es su costumbre, se burla: «Creían los ignorantes que era Dios, Dios mismo el delator de los impuros» (p. 246).

Esta costumbre parece haber estado bastante generalizada en nuestra región, si bien no conozco ningún estudio que la analice con detalle. Según J. L. Alonso Ponga (19), el rastro de paja pretendía sacar a la luz pública la relación amorosa que había entre dos personas, pero no habla en absoluto de que los amores sean ilícitos; más bien se consideraba algo jocoso o burlesco. El mismo carácter le atribuye L. Díaz Viana (20) que la documenta en Soria, relacionándola con el cariz de chanza que a veces tomaban las rondas, sobre todo hacia los personajes importantes del pueblo, como el cura y la maestra. Sin embargo, no es nada extraño el que ciertos ritos hayan tenido un sentido ambivalente en la cultura popular y la misma risa solía tener un valor catárquico junto al puramente lúdico. En la citada encuesta del Ateneo, en el apartado dedicado al adulterio, a la pregunta «si existe alguna forma de sanción popular para los mismos» (adúlteros), contestan en el pueblo de Sorihuela: «Para dar a conocer al público a los adúlteros hacen un camino de paja desde la casa del uno a la del otro, operación que hacen en la noche y le dan el nombre de novillada o pajada» (21). Esto demuestra que lo narrado por el novelista responde a una realidad, quizá en trance de desaparición, que presentaba dos caras, una seria y otra jocosa, como tantas otras costumbres populares.

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NOTAS

GARCIA DE NORA, Eugenio: La novela española contemporánea,I, (1898-1927), Madrid, Gredos, 1969, 2ª. Ed., p. 367.

(2) SANZ VILLANUEVA, Santos: "La novela hasta 1936", en Historia de la literatura española e hispanoamericana, VII, Madrid, Orgaz, 1980, pp. 7-8. Nuevo costumbrismo lo denomina José Domingo, La novela española del siglo XX, I, Barcelona, Labor, 1973, p.82.

(3) GIL CASADO, Pablo: La novela social española (1920-1971), Barcelona, Seix Barral, 1973, 2ª. Ed. corregida y aumentada, pp. 104-105, 236-240 y 464-467. Véase también José Esteban y Gonzalo Santonja, Los novelistas sociales españoles (1928-1936), Madrid, Hiperión, 1977, p. 62.

(4) GARCIA DE NORA, E.:op. cit., p. 368.

(5) GIL CASADO, P .: op. cit., p. 91.

(6) MAS, José: El rastrero, Madrid, Pueyo, 1934, 2ª. ed. En la portada, bajo el título dice: .Obra en la que se describe una Castilla recóndita, trágica y completamente desconocida. En las páginas 7 y 8 se reproduce el artículo. “De la cantera española” que el periodista Fabián Vidal publicó el 2 de enero de 1923 en el diario madrileño La Voz.

(7) Se refiere a la página de la edición citada en la nota (6). Así en adelante.

(8) El interés de las clases medias urbanas por este mundo se percibe claramente en la atención que algunas revistas prestaron a la cultura popular rural. Como ejemplo valga el caso de Estampa, algunos de cuyos trabajos sobre Castilla y León han sido recientemente recogidos en Estampa de Castilla y León. Selección de los artículos etnográficos y costumbristas publicados entre 1928 y 1936; ed. De J. M. Fraile Gil, Salamanca, Diputación de Salamanca, 1986.

(9) Un detallado estudio del noviazgo y boda en La Alberca es la obra de Lorenzo González Iglesias, Protocolo de amor serrano, Salamanca, Centro de Cultura Tradicional, Diputación de Salamanca, 1990, 3ª. Ed. (La primera es de 1942). Más amplia y antigua es la información recogida a comienzos de siglo por el Ateneo de Madrid, que ha sido publicada recientemente por Juan Francisco Blanco (editor), Usos y costumbres de nacimiento, matrimonio y muerte en Salamanca, Salamanca, Centro de Cultura Tradicional, Diputación de Salamanca, 1986, pp. 55-166 para lo referente al matrimonio.

(10) Cantan algunas coplas y una versión de Los sacramentos de amor distinta de las que aparecen en Juan Francisco Blanco (ed.), op. cit., pp. 82-83 y Dámaso Ledesma, Cancionero salmantino, Salamanca, Diputación de Salamanca, 1971, 2ª. Ed. (1ª. de 1908).

(11) En la encuesta del Ateneo queda claro la gran importancia que se daba al nivel económico de los novios, que debía ser parejo, y al acuerdo entre las familias, imprescindible para que el noviazgo llegara al fin previsto. J. F. Blanco, op. cit., pp. 90-92 y 94-100.

(12) Ibidem, pp. 73-76.

(13) Ibidem, pp. 102-105.

(14) Ibidem, p. 111.

(15) Ibidem, pp. 106 y 128-129.

(16) Ibidem, pp. 120-121.

(17) Ibidem, pp. 140-142. Juan Francisco Blanco, Prácticas y creencias supersticiosas en la provincia de Salamanca, Salamanca, Centro de Cultura Tradicional, Diputación de Salamanca, 1985, p.32.

(18) CARO BAROJA, J.: El carnaval, Madrid, Taurus, 1979, 2ª. edición, pp. 239-243.

(19) Tradiciones y costumbres de Castilla y León, Valladolid, Castilla, 1982, p. 76.

(20) Rito y tradición oral en Castilla y León, Valladolid, Ambito, 1984, p. 55.

(21) BLANCO, Juan Francisco (ed.), Usos y costumbres de nacimiento..., p. 160.