Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

UBIOS CORNALES DE LA RIBERA DEL DUERO (BURGOS)

MARTIN CRIADO, Arturo

Publicado en el año 1997 en la Revista de Folklore número 196.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 196 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


La voz ubio figura en la última edición del Diccionario de la Real Academia Española con el significado de "yugo" sin ningún tipo de localización dialectal. No ocurría lo mismo en ediciones anteriores, donde se especificaba que era palabra usada en ciertas provincias castellanas, si bien la cita no era muy completa. Resumiendo, podemos decir que es voz popular propia de toda una franja del castellano central, que baja desde Burgos y Palencia, pasando por Soria, Segovia y La Mancha, hasta Murcia y Andalucía Oriental. En La Rioja y Soria se emplea también yubo, cercana a la burgalesa y murciana yubio. Al este, en Navarra y Aragón, aparecen las formas jubo y chugo; al norte, en Cantabria y Palencia, ugo, y en Asturias Oriental, en Cabrales, ubu; al oeste, en la zona de hablas leonesas, jugo, jubo, sugo y yugo, entre otras (1). Todas son formas dialectales que proceden del latín IUGUM, y en la lengua culta se impuso desde época medieval yugo, que parece forma leonesa más que castellana (2).

Hasta qué punto la variedad léxica que, simplificando mucho, podríamos esquematizar en tres zonas verticales (la oriental o aragonesa, la central o castellana y la occidental o leonesa), pueda corresponder a una variedad de los aperos designados es algo que está por investigar. De entrada, se puede decir que sabemos mucho más sobre las palabras que sobre las cosas (3), a pesar de ser éste un término correoso y que se resiste a las leyes fonéticas y a las explicaciones de los lingüistas (4). En todo caso, es obligado no confundir las palabras y las cosas que designan y, si es posible, considerarlas por separado. En este artículo estudiaré algunos de los yugos de la comarca ribereña del Duero en la provincia de Burgos, de la que ya he tratado en otros momentos. Los aspectos lingüísticos son, en esta ocasión, marginales, si bien procuraré que el significado de todos los términos empleados, tanto los autóctonos, en letra cursiva, como los propios del autor, queden lo más claro posible.

La clasificación más generalizada y aceptada de los yugos se fundamenta en el lugar del buey o de la vaca donde se sujeta, teniendo en cuenta que fue el ganado vacuno el usado para el trabajo de forma mayoritaria desde época neolítica hasta la Edad Media, cuando fue siendo sustituido en ciertas zonas de Europa por el caballar y el mular. Sin embargo, caballos y mulas han trabajado en ciertos países europeos no con yugos sino con un sistema parecido al de nuestras colleras, por lo que los autores europeos no los han tenido en cuenta a la hora de clasificar los yugos. Según esto, tenemos dos tipos de yugos:

a) Cornal, es el que se coloca detrás de los cuernos, apoyando en la testuz o nuca del animal, a los que se ata con correas de cuero o con cuerdas, que también cruzan la frente. Por lo tanto, el animal ejerce la fuerza con las astas y con la frente, a las que va sujeto el yugo.

b) Yugular, es el que se coloca sobre la parte baja del cuello y se sujeta, por diversos medios, alrededor del pescuezo. El diferente modo de sujección determina rasgos formales distintos.

Como toda clasificación binaria se basa en la oposición de una serie de rasgos pertinentes sobre la base de otros comunes. No creo que en el apartado b se puedan incluir los yugos para mulas y asnos, porque, en ese caso, estamos rompiendo la justificación de la propia clasificación, que se puede aplicar al ganado vacuno, para el que se creó, pero es imposible de aplicar al equino.

En la Península Ibérica, el yugo cornal ha sido empleado en todos los territorios centrales de norte a sur, desde Asturias, Cantabria, País Vasco y casi todo Aragón, hasta Murcia, Andalucía y Canarias, pasando por León, Extremadura, Valencia y toda Castilla. El yugular, y debe quedar claro que no me refiero al de mulas y burros, sólo se ha usado en las dos bandas laterales ibéricas, es decir, en Cataluña, al este y en Galicia y Portugal, al oeste (5).

En la Ribera del Duero abundó el ganado vacuno de labor hasta el siglo XIX e, incluso en algunos pueblos, hasta las primeras décadas del XX. Si echamos un rápido vistazo al Madoz, comprobamos que esta clase de animales se cita en el doble de pueblos que el mular o el asnal. Sólo se dan datos más concretos de un pueblo. Baños de Valdearados, y son muy expresivos; allí había 20 cabezas de ganado vacuno, que seguramente eran vacas para cría empleadas temporalmente también para trabajo, 7 yuntas de mulas y 23 yuntas de bueyes para labranza (6). Esto no sería igual en toda la Ribera, pues en la zona occidental, en la Tierra de Roa, la proporción del ganado mular y asnal parece haber sido mayor; por ello, los rastros que hoy día se encuentran de ubios cornales en esta parte de la comarca son muy pequeños. La voz generalizada para denominación es ubio, con la que se designa tanto el cornal, ubio de bueyes, y ubio de vacas, como el empleado para ganado equino, ubio de machos. En algunos pueblos del sureste (Fuentelcésped, Fuentenebro y Pardilla) he documentado yubio, con los mismos significados; esta palabra aparece también en la Bureba y en Murcia, mientras que en Soria se ha recogido yubo (7).

UBIOS DE BUEYES

El yugo de bueyes castellano es siempre bastante pesado y largo (de 150 a 160 cms.) hasta el punto de que a una persona no acostumbrada le cuesta manejarlo. Sin duda, la gran robustez y el peso excesivo están relacionados con el tamaño de los bueyes, que ya Gabriel Alonso de Herrera ponderaba, comparándolos con los endebles bueyes de otros países europeos (8). El ubio carretero (Fig. 1) se diferencia claramente por la gran mesilla o mesa que tiene en el centro. Es ésta un grueso zoquete labrado a contrahilo en la misma pieza que el resto del ubio, que sobresale un poco, dos o tres centímetros, hacia adelante y bastante más hacia atrás, donde tiene una especie de joroba que facilita su anclaje al carro. Porque la mesilla apoya directamente sobre el extremo de la pértiga del carro, bajo el cual hay unas muescas o salientes, a la cual se ata con una fuerte soga o correa carretera. Este tipo de unión fija y rígida hacía que, a veces, se rompiera precisamente por aquí, era su punto más débil, por lo que la mesilla suele ir reforzada por un tornillo que la atraviesa desde la parte posterior a la frontal. A cada lado se abre hacia abajo la correspondiente camella o gamella, de curvatura bastante pronunciada y de perfil interior convexo. A ambos lados de la camella por su parte frontal hay un saliente o cornil, que adopta en su zona inferior forma cóncava, pues allí encaja el cuerno correspondiente protegido por un rollo de trapo que también se llama cornil. Entre cornil y cornil, hay, en la parte superior, una ceja saliente que se proyecta sobre la frente del animal. Esta se corresponde con la solapa posterior, que apoya sobre la nuca del buey y que en este tipo de ubios es muy estrecha, no midiendo por lo general más de tres centímetros mientras que en los de vacas suele ser el doble. La parte superior de las camellas va delimitada por dos resaltes; entre ellos y la curva central de la contracamella hay dos portillos por donde pasan las coyundas, correas de cuero con que se ata el yugo a los cuernos.

En este ejemplar de ubio carretero, perteneciente al Museo de Hontoria de Valdearados (9), destaca su decoración, que no es excepcional, ni mucho menos; en otras partes de Castilla se puede apreciar también en yugos de bueyes, no así en los de vacas, que suelen ser muy sobrios, como veremos después. En este caso la decoración es incisa y tallada, sin nada de pintura, pues está "en blanco", en expresión de los carpinteros, es decir, no llegó nunca a pintarse. El frente de la mesilla suele ser zona preferida para decorar: aquí presenta el remate superior con entrantes y salientes, con varios círculos concéntricos arriba y dobles medias lunas a los lados unidas por líneas de puntos. El resalte que hay sobre la mesilla tiene forma de flor de lis truncada en el centro, bajo el cual hay más círculos concéntricos. Los bordes están fileteados por puntos incisos y las aristas matadas. Parecida forma tripartita se ve en los dos resaltes superiores que hay entre la mesilla y las camellas, así como las líneas incisas. La camella queda enmarcada en su parte superior por un relieve de ondas y, sobre ellas, por varias líneas de puntos. Los resaltes laterales de las camellas están decorados por arriba y por detrás con semicírculos encadenados hechos con la gubia.

El ubio de arar (Fig. 2) es de hechura algo más ligera y se diferencia por la falta de mesilla; en su lugar, tiene en el centro una alambradura o a(g)ujero rectangular por el que se pasa la mediana, correa que sujeta el barbón.

UBIOS DE VACAS

En la Ribera, las vacas se utilizaron con mayor frecuencia que los bueyes para el trabajo, al menos en el siglo XX, porque se adaptaban mejor a la pobre economía de los labradores; en muchos casos, el trabajo era un rendimiento secundario al lado del que aportaba la cría de chotos para carne. Los ubios de vacas son más ligeros y más cortos que los de bueyes. Los carreteros suelen tener una longitud de 140 cms. y presentan estas formas.

El de la figura 3 es un yugo labrado en un madero de olmo que conserva todo su grosor en el centro, en la mesilla, y va disminuyendo hacia los extremos. La mesa está rematada por dos resaltes semicirculares y en su frente lleva clavada una tablita cuadrangular. Las gamellas son ovaladas, algo más curvadas que la mayoría de los ubios de vacas, como veremos después. La parte frontal es lisa, no presenta saliente ninguno, en lo que también se diferencia de los de bueyes; sin embargo, sí tiene solapa, incluso más saliente y bastante gruesa. Otra diferencia es el a(g)ujero que tiene al lado de cada camella, hacia el interior, para pasar por él un extremo de la coyunda y sujetarlo con un nudo; otros ubios tienen un clavo, según se dirá más adelante, mientras que los de bueyes no suelen tener ni una cosa ni la otra, pues el comienzo de la coyunda se ataba al resalte superior cercano a la mesilla.

Este yugo tiene los vivos matados con un ligero chaflán, recurso práctico y decorativo muy corriente, y está pintado de rojo.

El ubio de la figura 4 no es obra de ningún carretero, como es habitual, sino que fue labrado por el propio labrador de quien lo adquirí en Brazacorta. Con el hacha y la zuela fue debastando un madero de olmo, fijándose en otro ubio viejo, hasta darle la forma adecuada, si bien el acabado no es muy fino ni está pintado. La mesilla tiene forma cuadrangular y sobresale tanto por delante como por detrás; tiene los ángulos rebajados. Todo el yugo es muy rectilíneo, con la camella poco curvada, presentando en esto gran parecido con cierto tipo de yugos sorianos y aragoneses. La solapa sobresale bastante, como en el anterior, y es muy fina, sobre todo en su parte externa. Tanto en el anterior como en éste, la contracamella no es curvada, sino que se compone de dos tramos rectos, uno horizontal y el otro descendente. En vez de agujeros para la coyunda, tiene dos clavos doblados a modo de armellas.

El de la figura 5 es un yugo muy parecido al anterior, pero con más movimiento en su perfil superior. La mesilla, ligeramente curva por arriba, tiene la pieza que sobresale frontalmente añadida y sujeta con varios clavos.

La mayor diferencia está en la contracamella, formada por tres tramos rectilíneos que dan al conjunto cierta similitud con la forma curva de la camella; a ambos extremos de ella hay dos resaltes al modo de los del yugo de bueyes. La solapa es algo más estrecha y también bastante fina. No tiene ni agujeros ni clavos para sujetar la coyunda, por lo que se ataba alrededor del ubio por la parte interior de la camella. Está pintado de rojo.

Este último ejemplar de ubio carretero (fig. 6) presenta varias particularidades con respecto a los otros. La mesilla está reforzada por un grueso taco clavado por detrás; las gamellas, poco curvadas, tienen forma de arco apuntado, así como las contracamellas; en lugar de la típica solapa, lleva dos palos a ambos lados de las camellas que cumplen una función parecida (que la coyunda que pasa de lado a lado por detrás no roce la testuz del animal), aunque es seguro que no lo hacían con la misma eficacia. El que no tenga solapa y el que la mesilla esté añadida parece deberse a que el madero era demasiado fino para labrar el ubio. Además, es un yugo muy corto, pues sólo mide 125 cms., y he dicho antes que lo habitual eran 140, poco más o menos; a todo esto se puede añadir que los clavos para sujetar la coyunda los lleva adelante, lo que es también desusado.

Los ubios de arar de vacas tienen como rasgo diferencial, al igual que sucedía con los de bueyes, la sustitución de la mesilla por la alambradura para el paso de las medianas que sujetan el barzón o bordonera , especie de anillo de madera o de hierro donde se introduce el timón del arado. Suelen ser más ligeros que los carreteros, por carecer del zoquete que forma la mesilla, y más cortos; miden alrededor de 120 cms., si bien los de rejacar o aricar alcanzan los 130 o más; la diferencia de longitud es la única apreciable. Esto sucede con el ejemplar de la figura 7, que mide 127 cms., cuya parte central es muy representativa, con el agujero rectangular para la mediana y el resalte superior acunado para transportar el arado, cuya cama apoya en la cuna y el timón va arrastrando. Por lo demás, se parece bastante al de la fig. 5, salvo en los agujeros para las coyundas que éste sí tiene.

El ubio de la figura 8, que mide 120 cms. exactos, sorprende al contemplarlo de frente por la falta de la alambradura de la mediana; ésta va por detrás, practicada en un ensanchamiento de la parte central que sólo abarca la mitad inferior del yugo. Esta solución es arriesgada pues hace más fácil la ruptura por el centro, donde se ejerce la fuerza de arrastre, sobre todo si la pieza de madera no está muy sana en esa zona. Bajo uno de los clavos de la coyunda conserva una pieza de badana con un agujero donde se colgaba la zuela o la aijada.

El yubio de la figura 9 también fue labrado por el propio usuario, un labrador de Pardilla, tomando como modelo los que él había visto "toda la vida". Es un yugo robusto y sobrio, sin elementos inútiles, y con acabados redondeados. El hueco de la mediana tiene forma de escuadra; la mitad frontal es horizontal y a continuación desciende hacia abajo, de forma que no se aprecia por detrás. El tosco ubio representado en la figura 10, de Adrada, presenta la particularidad de que su barzón es una barra de hierro en forma de U, que atraviesa la maza central, y está atornillado en la parte superior. Este tipo de barzón fijo no es muy frecuente, si bien aparece alguna vez, no sólo aquí, sino que también lo he visto en otras zonas de España.

Los ubios mixtos, es decir, para un animal de raza bovina y otro de equina, normalmente un asno, han llamado la atención de algunos observadores que, en ocasiones, se han permitido apreciaciones ingeniosas. La Ribera, desde época medieval, ha sido una comarca de pequeños labradores, que dedicaban buena parte de su escaso terruño al cultivo de la vid, por presentar mejores condiciones que la mayoría de las tierras vecinas (10). Este cultivo se hacía tradicionalmente a brazo; sólo en la vendimia era necesaria la fuerza animal para el transporte de la uva al lagar (11). La mayoría de estos mediantines no tenían la posibilidad de mantener una pareja de bueyes que, por otro lado, no necesitaban. Un borrico era un animal mucho más útil para trasladarse a las parcelas, llevar pequeñas cargas e, incluso, arar las pocas tierras de cereal, acoyuntando con el de otro vecino. A veces, la pareja se formaba no con otro burro sino con una vaca, que se mantenía, sobre todo, por su valor reproductor. Por eso, no es raro encontrar estos yugos mixtos (fig. 11), con un lado similar a los ubios cornales que hemos visto y el otro al de los empleados por el ganado mular. Existen también por las provincias de Soria, Segovia y Guadalajara, donde E. Larruga, en el siglo XVIII, lo vio y nos dejó su testimonio, interpretándolo como signo de pobreza, en lo que creo que andaba más acertado que otros autores (12).

La zona nororiental de la Ribera linda con la Sierra burgalesa, con la que ha mantenido siempre intensas relaciones. La mayor altitud de esta zona hace que el viñedo tuviera menos importancia y hubiera más terreno dedicado al cereal y a los pastos para los ganados. De Tubilla del Lago proceden dos yugos (figs. 12 y 13) que son claramente de tipología serrana (en Burgos, serrano es siempre lo propio de la Sierra de la Demanda y zonas somontanas). El yugo serrano tiene una sección más vertical, no son tan cuadrangulares como los ribereños; son más estrechos, más altos y tienen curvas más pronunciadas. El ubio carretero tiene una mesilla muy característica, alargada, que sobresale por igual por delante y por detrás y redondeada por arriba. Las camellas tienen la curva bastante pronunciada, con amplia solapa por detrás, que termina en un pequeño reborde superior. En el lado interior de la camella lleva la correspondiente clavija de madera para atar la coyunda. El de arar es muy alto y estrecho, presentando similitud con el anterior en los demás rasgos; los salientes superiores de los extremos están rotos y sustituidos por clavijas de palo.

Para uncir los bueyes o las vacas al ubio se les coloca sobre la nuca la melena, que es una fina almohadilla formada por dos piezas rectangulares de cuero cosidas y el interior relleno con pelo; en su parte delantera el cuero está cortado en tiras que caen sobre los ojos de los animales para que les aparten las moscas; además, en los cuernos se les pone un rollo de trapos, el cornil. El yugo carretero está siempre atado a la pértiga del carro, por lo que se pone horizontal apoyándolo en el tentemozo y se uncen los animales por turno. Para colocar el ubio de arar, sin embargo, es preciso colocar la yunta al par o contar con la ayuda de otra persona. Se deja caer el yugo sobre la testuz, de forma que su cara anterior toque la parte posterior de los cuernos y la solapa se proyecte hacia el cuello. La coyunda, que está sujeta a la clavija o agujero que hay hacia el interior de la camella, se pasa por el portillo superior y da un par de vueltas alrededor del yugo y el cuerno interior. Después se pasa por la frente, por encima de la melena, al cuerno exterior al que se da, junto con el yugo, otro par de vueltas. A continuación se pasa por detrás, por encima de la solapa, hasta el lado interior y se repite la operación hasta que se termina la coyunda, que mide de cinco a seis metros (fig. 14).

____________

NOTAS

1) MARTÍN CRIADO, A.: Vocabulario de la Ribera del Duero, en preparación.

(2) COROMINAS, J. y PASCUAL, J. A.: Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Madrid, Gredos, 1981—1991, 6 vols.

(3) No es mucho lo que se ha dicho sobre los yugos en Castilla; véanse T. de Aranzadi, "Aperos de labranza y sus aledaños textiles y pastoriles", en A. Carreras y Candi, Folklore y costumbres de España, I, Madrid, Merino, ed. facsímil de 1988, pp. 291-376; J. Caro Baroja, Los pueblos de España, II, Madrid, Istmo, 1981; J. González Echegaray, "Yugos y arados en la provincia de Santander", Publicaciones del Instituto de Etnografía Hoyos Sáinz, 3, 1971, pp.123-168.

(4) COROMINAS, J. y PASCUAL, J. A.: Op. cit.; ARIZA VIGUERA, M.: Fonología histórica del español, Madrid, Síntesis, 1988, p. 126.

(5) ARANZADI, T. de: Op. cit., pp. 335-336; KRÜGER, F.: El léxico rural del noroeste ibérico, Madrid, 1947, p. 12.

(6) MADOZ, P.: Diccionario Geográfico-Estadístico-Hístórico de España y sus posesiones de ultramar. Burgos, (1845-1850), Valladolid, Ámbito ed., facsímil de 1984.

(7) Véase A. Martín Criado, op. cit.

(8) HERRERA, G. A. de: Agricultura general, ed. de Eloy Terrón, Madrid, Ministerio de Agricultura, 1981, p. 54.

(9) Quiero agradecer la amabilidad de su creador y mantenedor, el cura de la localidad D. Sergio Arenillas.

(10) MOLINERO HERNANDO, F.: La Tierra de Roa: la crisis de una comarca vitícola tradicional, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1979.

(11) Véase A. Martín Criado, "El cultivo tradicional de la viña en la Ribera del Duero", RDTP, 44, 1989, pp. 227-252.

(12) CASTELLOTE, E.: "Carpintería rural de Guadalajara", Etnografía Española, 5, 1985, p. 96.