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LAS CASA SUBTERRANEAS DE ALBA DE CERRATO

MARTIN CRIADO, Arturo

Publicado en el año 1997 en la Revista de Folklore número 202.

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INTRODUCCION

Para muchos de nosotros, las cuevas vivienda por excelencia son las de Andalucía Oriental, en especial las de Granada, Guadix y algunas zonas de Almería, que han sido y continúan siendo empleadas como motivo de atracción para turistas. Todos los tratados sobre arquitectura popular española dedican unas páginas a su estudio, que hacen extensivo a otras regiones mediterráneas, (Murcia y Valencia), al valle del Ebro (Aragón, Navarra y La Rioja), y la meseta meridional (La Mancha, Madrid y Guadalajara). Sobre las cuevas habitadas de la meseta del Duero, nada se dice en los estudios de García Mercadal y de Torres Balbás. Carlos Flores parece negar su existencia de forma indirecta al afirmar que, en dicho territorio, “las cuevas son para el vino” (III, p. 446). Sin embargo, Luis Feduchi documenta su existencia en la localidad leonesa de Valderas (p. 65) y en la burgalesa de Castrojeriz (pp. 189-190). Entre los estudios posteriores que han dedicado alguna atención a las cuevas viviendas, se pueden citar los de G. Alcalde Crespo y F. Roldán Morales.

En una de las pocas monografías que existen sobre la vivienda subterránea, la de P. Loubes, se localizan en España dos grupos regionales. El meridional está formado por Andalucía, Murcia y Valencia. El septentrional, por Aragón, Navarra, Guadalajara y Toledo. No se citan las de La Rioja, ni las de Madrid, ni mucho menos, las de Castilla y León.

Alba de Cerrato está situada en el valle del Arroyo de los Madrazos, que corre en dirección este-oeste hasta desembocar en el Pisuerga en el término de Valoria la Buena, ya en Valladolid. Es el valle más meridional del Cerrato palentino. El pueblo está algo alejado del cauce, fuera de la vega inundable, alrededor de un cerro aislado, la Mota, por cuyo flanco sur discurre un arroyuelo conocido como de los Ligeras. Entre las casas y dicho arroyo, hay huertos con palomares y, al otro lado, eras con sus casetas. En la ladera oriental de la Mota se alza la iglesia de piedra caliza, pero con ábside mudéjar de ladrillo; un poco más abajo, está la plaza con el rollo. Esta es la parte más antigua del pueblo, cuyo origen parece relacionado con el cerro de la Mota, otero de forma troncocónica que alcanza los 726 metros de altitud, con laderas de un desnivel considerable, salvo por el este, donde está la iglesia, que es más suave (foto 1). En la cima, especie de plazoleta casi llana, no hay restos visibles de fortificación o construcción alguna, si bien es posible que alguna vez los hubiera. El nombre alba puede ser de origen prerromano; ALP significa “alto”, por lo que evocaría su situación real.

La naturaleza del terreno de este tipo de cerros situados por debajo del nivel de los páramos es similar en toda la comarca: margas y arcillas poco permeables, rojizas o blancuzcas, de naturaleza bastante deleznable, por lo que en las construcciones subterráneas suelen producirse pequeños derrumbes. Esto no ha evitado que casi toda la Mota esté horadada por bodegas y casas. Las bodegas, algunas con su pequeño lagar, ocupan la mitad norte del cerro, pues el aire frío y la sombra son mejores para la conservación del vino. La mitad sur está ocupada por las chozas o cuevas, nombres que dan los vecinos del pueblo a las viviendas subterráneas, o por casas de construcción alzada, que tienen alguna dependencia bajo tierra, aprovechando la situación (Fig. 1). Así, la mayoría puede orientar los huecos hacia el sol y protegerse del cierzo invernal, lo que es muy importante en una tierra con clima tan frío durante la mayor parte del año.

Chozas y bodegas se ordenan en sus lados respectivos en tres niveles (Fig. 2); en el más bajo, hay una calle que rodea el cerro por el sur y el oeste. En el superior, hay un camino que parte de la iglesia y da la vuelta a toda la Mota; entre éste y la calle de abajo hay muchas sendas que comunican las viviendas y las bodegas, sin que pueda decirse que exista un orden previo.

Según Pascual Madoz, a mediados del siglo XIX, Alba de Cerrato contaba con 49 vecinos, para cuyo alojamiento había 30 casas “de las cuales sólo 6 son medianas, y el resto de mala construcción”. Además, “alrededor de la v[illa] se encuentran una porción de cuevas subterráneas sin más luz que la que les entra por la puerta, las cuales sirven de habitación a algunos vec[inos] “(p. 30). De esto se deduce que una veintena de familias del pueblo, el cuarenta por ciento, vivía en este tipo de casa.

Entre esa fecha y la mitad del siglo XX, cuando se abandonaron las cuevas, la población creció bastante. Se construyeron casas de piedra y de adobe, pero también se excavaron algunas cuevas más, llegando a un número cercano a cuarenta. Actualmente muchas han sido cegadas por el peligro que suponían para las personas, al haber sufrido hundimientos, y el resto está en proceso de ruina.

CASAS TOTALMENTE SUBTERRANEAS

Las chozas o cuevas empleadas como viviendas presentan varios tipos que podrían responder a distintos períodos históricos, si bien esto es difícil de establecer con alguna seguridad dado el nivel actual de conocimientos sobre ellas. Al final diré algo sobre esto.

Quizás el tipo más característico es el representado por la casa de las figuras 3 y 4, que denominaré cueva A; al exterior aparece un corte en el terreno de unos tres metros de altura sobre el que se levantó la fachada, que es un muro construido con mampuestos muy alargados de piedra caliza. En el centro se abre la puerta, cuyas jambas son piezas de tamaño similar a los del resto de la fachada, y el dintel, monolítico; a cada lado aparece una ventana rectangular de tamaño medio. El remate superior es un alero formado con dos hileras de lastras salientes. Esta organización exterior triple refleja con bastante claridad la estructura simétrica del interior: un eje central representado por el portal y el pasillo que parten de la puerta, y una serie de habitáculos a ambos lados.

Nada más atravesar la puerta se encuentra un portalillo cubierto con bóveda de piedra de medio punto, ligeramente abombada, de mayor altura que el techo del resto del pasillo, que es una bóveda rebajada labrada en el terreno. Seguramente, el constructor de esta choza no encontró la suficiente firmeza en el terreno al cortar la ladera y, en vez de hacer un corte más retrasado, lo que supone mucho más trabajo, prefirió eliminar la cubierta natural y cubrir ese espacio con esta bóveda de manpuestos similares a los que se ven en la fachada. Esta solución se ve con alguna frecuencia en otras casas de este mismo pueblo y de otros. Algo parecido sucede en la habitación de la derecha, que tiene cubierta de tablas de madera, soportadas por tres buenas vigas; sin embargo, la que hay enfrente, a la izquierda, es una bóveda excavada, de perfil ligeramente apuntado.

La cocina se halla en gran medida cegada por escombros que han arrojado por la chimenea desde fuera. Al fondo, hay otras dos habitaciones, una a cada lado; la de la izquierda tiene bóveda apuntada con eje perpendicular al pasillo, mientras que en la de enfrente es rebajada. El pasillo está cerrado por varios estantes de obra, que se prolongan hacia la derecha, construidos con adobes, ladrillos y yeso. Es frecuente que entre ellos haya arquillos que forman pequeñas hornacinas. En todas las chozas abunda esta clase de mobiliario; en esta misma casa hay una alacena en la sala, y varios huecos en otras dependencias. El tipo más habitual en el Cerrato suele presentar una cuadra al fondo; sin embargo, en esta cueva no la hay porque tiene otra contigua, con la que parece que alguna vez tuvo comunicación directa interior que luego se tapió, donde están la cuadra con sus pesebres, un pequeño gallinero y el pajar con bocarón, especie de pozo o chimenea con pared de piedra al exterior. La entrada de esta cueva aneja está más alta debido a la naturaleza del terreno; el pasillo va descendiendo hacia el fondo.

Es una vivienda pequeña, poco más de 30 metros cuadrados, pero con espacios bien diferenciados, con sus tres dormitorios, la sala y la cocina, suficientes para una familia media. La luz y la ventilación sólo son deficientes en las dos habitaciones del fondo, al no tener ninguna comunicación directa con el exterior.

Una variante de este tipo es la cueva B (Figs. 5, 6 y 7). En el exterior la principal diferencia, aparte de la existencia de un corralillo, consiste en que sólo tiene dos huecos, pese a que la organización interior es triple. No parece que exista ningún obstáculo de tipo físico que haya determinado esta solución.

La fachada es similar a la anterior, aunque los mampuestos son más redondeados y están recogidos con mortero. A la izquierda de la puerta de entrada, en el espacio llano que hay hasta la calle propiamente dicha, que más parece un camino de carros, se levanta un corral cerrado por tapia de adobe y piedra, cuya parte frontal está derrumbada y se ha sustituido por un cercado de árboles y ramas secas. A la derecha, la fachada se interrumpe al metro y medio y hay un muro curvo descendente de sujección del terreno. Detrás, en la ladera, se perciben los restos de la chimenea, que está totalmente arruinada. El pasillo, que se va ensanchando hacia el fondo, está cubierto con bóveda rebajada. En el lado izquierdo, hay una alacena rehundida en el muro desde el techo hasta el suelo, cuya parte inferior está cerrada por un tabique; a continuación, aparecen dos huecos para los cántaros del agua y, sobre ellos, un estante de madera sujeto con yeso. En el lado opuesto, hay otro hueco a media altura, y un estante sobre la puerta que da paso a las cuadras (foto 2).

A la izquierda, hay una sala con ventana al exterior y techo ligeramente apuntado; desde ella se accede a un dormitorio, al fondo del cual hay un ventanuco por el que se ilumina otro dormitorio que tiene la entrada por el pasillo. A la derecha, está la cocina de planta rectangular. En un ángulo achaflanado, con forma de arco apuntado, se abre la boca del horno subterráneo. La chimenea es un pozo abierto en el techo, que estaba recubierto por dentro con piedra; este murete interior apoyaba en cuatro metros incrustados en el interior de la chimenea. Al exterior, había un cerco de adobe ahora casi desaparecido. En uno de los lados menores, hay un hueco semicircular cubierto con bóveda de horno cuyo fin exacto desconozco; podría ser una especie de banco, cama o despensa. Este tipo de cocina es el más antiguo de los vistos no sólo en Alba, sino en todo el Cerrato, al menos hasta ahora. Otra muy parecida describiré más adelante.

En el mismo lado de la cocina hay una estancia, con un derrumbe al fondo, empleada en los últimos años como pajar, pero cuyo uso primitivo desconozco. Una puertecilla, a cuyo lado hay un poyete, separa la parte habitada por las personas de la de los animales; a ambos lados del pasillo se abren pequeños departamentos que servían de cuadras y de almacén de aperos.

Otro tipo de vivienda totalmente subterránea es la cueva C (Fig. 8). La fachada de mampostería de piedra caliza se derrumbó hace tiempo y nos permite ver, en parte, su organización (foto 3). A la izquierda, está la puerta de entrada que se abre en la zona conservada de la fachada; a continuación, aparece la sala, de bóveda ligeramente apuntada y, a la derecha, la cocina con gran chimenea excavada como un pozo, pero reforzada, en los últimos años en que se habitó, con ladrillos y cemento. Al fondo, hay dos habitaciones. Esta choza presenta una disposición diferente a la anterior, una organización asimétrica; el pasillo de entrada se sitúa en un costado en vez de en el centro y la cocina tenía ventana al exterior, lo que es una rareza en Alba, no en otros pueblos, a pesar de lo cual la chimenea no se construyó en el muro (solución más económica frecuente en varios lugares), sino que se excavó en el terreno como en las cocinas que son interiores.

CASAS PARCIALMENTE SUBTERRANEAS

Junto a las cuevas o chozas totalmente subterráneas, hay otras con dependencias exteriores, construidas con piedra caliza del terreno y con adobe en el espacio llano que había delante. En la mayoría de los casos se trata de una estufa, que es el nombre más usado aquí para denominar la gloria, aunque no es exclusivo pues lo he oído también en Tierra de Campos; a veces, se añade un piso superior con dormitorios. Este tipo mixto de casa puede ser posterior al primero si bien, en muchos casos, parece una modernización de viviendas muy antiguas y desfasadas; con probabilidad se impuso en el siglo pasado, cuando la gloria se popularizó y se difundieron las ideas modernas sobre la higiene. Entre éstas, en lo referente a la vivienda, se concede gran importancia a la ventilación y a la luz. Las casas populares tenían huecos muy pequeños, eran verdaderas cuevas lóbregas aunque no fueran subterráneas; los avances en la fabricación del vidrio en el siglo XIX hicieron que éste fuera barato y se utilizara de forma masiva desde la segunda mitad. Las ventanas se hicieron más grandes, los balcones ya no se cerraron con puertecillas macizas de madera, cuyos diminutos vanos, a veces, se cubrían con papeles encerados, como era usual en Castilla a comienzos del XIX; por eso Sebastián Miñano anotó como novedad curiosa que en la Posada del Rincón, de Valladolid, las ventanas tenían un cuarterón con un vidrio verdoso (p. 685). La luz empezó a iluminar el interior de las viviendas. El concepto de casa está cambiando; lo positivo de la cueva (uniformidad térmica, falta de humedades, baratura) no es suficiente para valorarla ante la nueva forma de pensar de la sociedad popular, que adopta sin sentido crítico, en esto como en tantos otros aspectos, los criterios de la burguesía. Recuérdese la observación sobre la falta de luz que aparece en el Madoz, antes citado.

En las figuras 9, 10, 11 y 12 aparecen dos casas contiguas de este tipo. La cueva D se compone de una pequeña habitación situada a la izquierda de la puerta de entrada, que sirve de sala o estufa, si bien el enroje, hueco donde se hace el fuego, y la chimenea no se reconocen por estar arruinados. Es de planta ligeramente rectangular, con muros de adobe, salvo el zócalo, que es de piedra, y cubierta de teja a una vertiente, también bastante arruinada. En el muro sur tiene una pequeña ventana y en el contrario la entrada que se hace por un corto pasillo, donde estaba el enroje de la gloria, que hay a la izquierda del portal. Este es un pequeño ensanchamiento cubierto con bóveda de medio punto hecha de mampuestos planos sin labrar como se percibe en la fachada, donde aparece como arco de descarga sobre el dintel de madera de la puerta y bajo un alero de lastras un poco salientes colocadas en ángulo, que forma un elemental frontón. La poca consistencia del terreno ha obligado a emplear este sistema, como hemos visto anteriormente. Del portal sale un pasillo rectilíneo, de techo bajo formado por bóveda rebajada labrada en el terreno. Todas las dependencias subterráneas de la casa están a la derecha: primero una despensa muy pequeña, de planta cuadrangular con los ángulos redondeados y suelo algo elevado con respecto al del pasillo; tiene dos anaqueles de madera con forma de escuadra. A continuación, una habitación rectangular; nada más pasar su puerta, el pasillo se ensancha, formando un rincón donde hay un pequeño silo. Después viene otra habitación parecida a la anterior y la cuadra, de planta irregular y suelo más bajo que el del pasillo, con tres pesebres excavados en la pared; al fondo hay otra más pequeña que podía servir de pocilga o pajar.

Frente a la entrada de la cuadra, está la cocina, que no es más que un ensanchamiento del pasillo en su lado izquierdo, donde se construyó un fogón sobre cuatro arquillos; el hogar está al final del fogón, en un hueco que continúa en la chimenea o humero horadado como un pozo hasta el exterior. El fondo del pasillo es una alacena de obra.

La cueva E tiene una parte construida mayor; presenta una fachada de dos plantas, de piedra caliza y cubierta de teja a una vertiente. En la planta baja hay una sala espaciosa, que debía de ser estufa pese a que no se percibe el sistema de calefacción, con una ventana de tamaño regular al sur. A la derecha del portal, está la escalera de acceso a la planta superior, donde había otra sala, iluminada por su correspondiente ventana, con dos alcobas, ahora muy arruinada.

El pasillo continúa bajo tierra, dando paso a la cocina. Tiene planta cuadrangular, con algunos achaflanados que forman arcos apuntados o de medio punto en alzado; en uno de ellos está el horno, construido con adobes, según es habitual en la tierra, en un hueco subterráneo y debajo está el fogón de tierra, de poca altura. Sobre el fogón, en el techo natural, se abre la gran chimenea, pozo cuadrado recubierto de piedra por dentro, que sale al exterior en la parte más alta de la Mota, donde tiene unas paredillas de adobe, medio derrumbadas, alrededor. Esta cocina representa el tipo más arcaico de todos los que hay en Alba, como ya he dicho; el fogón bajo de adobe o su falta, la gran chimenea abierta en el techo y sin faldón recogehumos y el horno son rasgos arcaizantes que van desapareciendo desde fines del siglo XIX. Frente a la puerta de la cocina, en el pasillo, hay una gran alacena de obra de dos pisos. En el inferior, hay dos huecos alargados que llegan hasta el suelo y tres más pequeños, todos ellos con forma de ojiva. Encima, a un lado, un hueco rectangular y al otro, un arco de medio punto que forma una gran hornacina sobre el poyo

El pasillo sigue hacia el fondo y se ensancha en tres espacios de planta rectangular, perpendiculares al eje longitudinal del pasillo, con bóveda de cañón labrada en la tierra. Los tres tienen las paredes sin enyesar ni encalar, por lo que no se utilizaron para vivienda en los últimos años; el primero servía de almacén de leña, aperos, etc. En el segundo, a un lado, hay una pajera, según un vecino, o silo, construido en un rincón y con dos muretes de adobe de un metro de altura. El último era la cuadra, pues a cada lado hay un pesebre, uno de obra y el otro excavado. Al fondo del pasillo hay una pequeña habitación, quizá despensa, con el suelo algo más bajo, de planta cuadrada y banco natural corrido alrededor; a un lado, arriba, tiene un estante de madera.

La cueva F (Fig. 13) es de dimensiones más pequeñas. Consta de una estufa exterior que tiene entrada tanto desde la calle como desde dentro; a un lado de la puerta interior está el enroje de la gloria, un hueco a nivel del suelo que desciende hacia el cañón. El portal, bastante irregular, da paso, a la derecha, a una habitación de planta alargada, que tiene una ventanilla abocinada y dos huecos; uno es una alacena, pero el otro parece una puerta de paso a otra habitación que ha sido tapiada. Al fondo, está la cocina, con dos bancos de obra, un fogón alto y una gran chimenea con faldón. Toda la casa está revocada de yeso, como es habitual en la parte destinada a vivienda.

Distinta es la G, localizada en la ladera suroeste del cerro de la Tejera, fuera del pueblo (Figs. 14 y 15). Aquí se abrió un camino a media ladera y se construyeron varias casas a lo largo de él, con buena parte construida y otra subterránea de poca profundidad. El corte del terreno es similar al que hemos visto en otras totalmente subterráneas, pero ahora, quizá por ser más modernas, se levanta un cuerpo corrido de una planta todo a lo largo, con cubierta de teja a una vertiente. A la gloria o estufa, que tiene su chimenea empotrada en el muro, se entra directamente desde la calle; a un lado existe una habitación y, al otro, dos cuadras con entradas independientes; una de ellas está muy arruinada. Detrás de la estufa, está la cocina, con bóveda excavada, pero reforzada por otra de piedra en su mitad exterior, por no tener el terreno suficiente consistencia. El fogón es muy bajo y la chimenea, un pozo cuadrado excavado con faldón para recoger el humo. Dentro de la cocina hay una pequeña despensa, y, a su izquierda, otra habitación subterránea con bóveda ligeramente apuntada.

ELEMENTOS CONSTRUCTIVOS

Los suelos de las dependencias habitadas por personas están embaldosados, si bien hay alguna en que todavía se percibe el almagre rojo con que se abrillantaba el piso de tierra endurecida. A veces, también se aplicaba almagre a las baldosas de barro cocido fabricadas en las tejeras, que eran muy porosas, no tenían brillo y perdían pronto el color. En cuadras, pajares y lugares para aperos, el suelo era de tierra o roca natural.

Las paredes, no siempre del todo verticales, suelen presentar al picarlas texturas muy irregulares; por ello, eran alisadas lo más posible con una capa de yeso o varias manos de cal. Las de cuadras y demás espacios no habitables conservan su estado original.

Adosados a ellas hay poyetes o bancos labrados en el terreno, si bien alguno es de obra. En los muros abundan los nichos; a nivel del suelo presentan forma esbelta, apuntada, para alojar en ellos los cántaros del agua, mientras que los situados más arriba tienen forma cuadrangular o rectangular. También son frecuentes las alacenas rehundidas en la pared, con estantes de madera o de obra; en el último caso están totalmente revocados con yeso. Algunas tienen en la parte de abajo un silo, especie de pozo poco profundo para guardar grano. Sin embargo, no hay pozos de agua, por lo que abundan, como he dicho, los huecos para los cántaros.

Los techos son bajos, como en todas las casas de tipo popular, seguramente por razón de economía; no suelen superar los dos metros de altura y abundan los que son diez o veinte centímetros más bajos. Presentan dos formas, plana y abovedada. Los techos planos naturales se consiguen con facilidad cuando aparecen estratos rocosos o de yeso cristalizado bajo los que se excavan niveles blandos para habitación, pero el yeso es quebradizo y poco seguro. De todas formas, como en Alba el terreno de la Mota es arcilloso, casi no se da este tipo de cubierta. El techo plano de madera tampoco abunda; un ejemplo singular puede verse en la sala de la cueva A.

El tipo de techo más frecuente es el abovedado, pues en terrenos arcillosos es la solución más razonable. Las bóvedas naturales que más abundan son las rebajadas, quizá por ser las más económicas, si bien suelen sufrir grietas y desprendimientos. Más seguras son las apuntadas, si puede llamarse así a las que tienen forma de tejado a dos aguas, y las de cañón, como las de la cueva E, que arrancan directamente del suelo. En algunos portales aparece una bóveda de cañón o rebajada hecha de mampuestos de piedra caliza (foto 4), sobre la que se depositó la tierra extraída para igualar el terreno; estos abovedamientos construidos responden a la inconsistencia de la ladera en algunos puntos.

Las fachadas son de mampostería caliza o arenisca; un modelo muy simple, seguramente el más antiguo, es similar a la portada de algunas bodegas. En el muro adosado al terreno se abre una puerta sobre la que se forma una especie de frontón elemental con las tras salientes y, sobre éste hay un pequeño alero formado por el mismo procedimiento de piedras que sobresalen (foto 5). Cuando la fachada fue creciendo hacia los lados, permitiendo la apertura de más huecos, perdió dicho frontón pero se mantuvo la misma clase de alero. Aquellas cuevas que tienen un cuerpo construido delante, si es pequeño, como en la cueva D, mantienen la antigua fachada; si es mayor, como en la cueva E, la fachada es semejante a la de las casas no subterráneas.

TIPOLOGIA

Para G. Caniggia y G. L. Maffei, tipo de edificación es el proyecto mental, la idea previa, de una construcción que los constructores poseen y llevan a la práctica como producto de la experiencia secular de la sociedad a la que pertenecen (pp. 28-31). El tipo existe de forma real, no es una “ficción lógica”, aunque el estudioso debe deducirlo a partir de las construcciones actuales, mirando hacia el pasado; será un estudio diacrónico, que le permitirá descubrir el proceso tipológico, la diferenciación de los tipos a lo largo del tiempo. Este proceso, según dichos autores (pp. 31-44), se caracteriza por ir de lo simple (matrices) a lo complejo, y por realizarse sin cambios bruscos, por actualización de los tipos anteriores, por lo que se percibe una gran continuidad en todo el proceso.

Pascual Madoz, a mediados del siglo XIX, habla de cuevas a las que sólo entra luz por la puerta (véase pp. 3 y 4), de lo que se deduce que era el único hueco que tenían. Este sería el tipo más antiguo de los conocidos, que ha llegado a nosotros, por lo general, reformado. Como hemos visto, los cambios de los hábitos higiénicos que se fueron dando a lo largo del siglo XIX hicieron que las casas se abrieran al exterior a través de más y mayores ventanas por las que penetrara la luz y el aire. Las viviendas que respondían a un modelo anticuado podían ser reemplazadas por otras modernas, lo que es bastante caro, o ser adaptadas a las nuevas circunstancias construyendo, por ejemplo, delante de la cueva un cuerpo exterior sin que sea necesario alterar en lo fundamental la antigua, lo que es más económico.

Con bastante seguridad se puede afirmar que las cuevas contiguas D y E responden a este planteamiento. Si prescindimos del edificio exterior, nos queda el tipo de cueva de que Madoz hablaba (Fig. 16). La fachada es pequeña y sólo tiene un hueco, la puerta, por la que se accede al portal y a un largo pasillo; en la cueva D, las estancias se sitúan a la derecha, mientras que la cueva E tiene una estructura más arcaica que presenta concomitancias con algunas cuevas silos del valle del Tembleque (García Martín, p. 167) y chinforreras de Villacañas (Flores y Bravo, p. 44). Ambos ejemplos toledanos son viviendas temporales: la primera, pastoril y la segunda, agrícola. Tienen una cocina con bancos para dormir a los lados del hogar y un espacio alargado para los animales (Fig. 17). Que la cueva de Alba de Cerrato responda a ese mismo origen es difícil de saber, pues está en pleno casco urbano, mientras que las toledanas están en el campo.

La evolución lógica del tipo a podría ser una cueva con fachada de dos huecos que correspondiera a un interior con dos ejes: el pasillo y las habitaciones, similar al tipo a.1. Sin embargo no he logrado comprobarlo en la realidad, si bien hay una casa que no he podido ver por dentro, por estar cerrada y sus dueños ausentes durante muchos años del pueblo, que tiene este tipo de fachada y podría responder a esa organización interior, pero no es seguro (foto 6). Dos huecos en la fachada tiene la casa B, pero interiormente está organizada en tres ejes: a la izquierda hay una sala y dos habitaciones, que reciben luz exterior directa o indirectamente. En el centro, el pasillo que continúa en las cuadras al fondo, y a la derecha, la cocina con gran chimenea pero sin ventana. Al desplazar la cocina, que debido a su gran chimenea no precisa lucera, y colocar en su lugar la sala, con ventana a la calle, tenemos el tipo c, de fachada simétrica de tres huecos.

Una variante es el tipo d, de fachada asimétrica de tres huecos, con la puerta en un extremo en vez de en el centro; su estructura no profundiza hacia el interior del cerro, sino que avanza en el sentido de las curvas de nivel, buscando la luz y el aire.

HABITABILIDAD

Los factores fundamentales que intervienen en la confortabilidad de una vivienda, según el American Institute of Architects, son la temperatura, la humedad, el viento y el sol. En climas fríos y extremados, de tipo continental seco, como el de Castilla, las prioridades al construir una casa son mantener el calor dentro y protegerlas del viento. Los autores subrayan que “especial interés poseen a estos efectos las soluciones tradicionales en ciertas arquitecturas vernáculas de casa bajo tierra, o semienterradá“, (p. 23). La temperatura del terreno se mantiene constante, alrededor de los 13°, a lo largo del año, con pequeñas variaciones estacionales. Por eso, la casa subterránea es una de las mejores respuestas de la arquitectura tradicional al problema del frío. Los materiales pesados tradicionales como la piedra, el adobe y la tierra, tienen gran inercia térmica, sobre todo empleados en muros de bastante grosor y son estupendos aislantes. No es extraño, por tanto, que hasta los más humildes refugios del campo tengan gruesos muros; a veces, además, están rodeados de una buena capa de tierra o semienterrados (véase A. Martín Criado). La inercia térmica es mayor todavía en las cuevas, que presentan también ventajas frente al calor, al reducir el salto térmico entre el día y la noche.

Las viviendas subterráneas en general y las de Alba en particular están orientadas al sur o al suroeste, por lo que evitan los vientos más fríos, que son, en esta zona, los del norte y noroeste. Tampoco suelen tener problemas de humedad, al estar en laderas altas y con buena pendiente, por la que el agua de lluvia corre con facilidad, sin estancarse. En todo caso, el habitante de una cueva debe estar atento a la acción erosiva de las aguas y reparar con tierra apisonada y céspedes los posibles hoyos y chorreras.

Frente a los anteriores rasgos positivos, y en especial el primero, la cueva vivienda presenta otros negativos para el hombre moderno: la iluminación y la ventilación. Lo cierto es que estos dos aspectos no fueron muy tenidos en cuenta en la casa popular en general hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX. Hasta esa época no solían tener huecos grandes, pues los muros macizos eran la mejor garantía y más económica de tener calor dentro y que no entrara el frío. Los balcones fueron apareciendo desde el siglo XVIII, pero en número reducido y los que había se cerraban a cal y canto con cuarterones de madera; algunos huecos se cubrían con papeles encerados y a lo largo del ochocientos fueron colocándose vidrios en las casas de los más pudientes. En este sentido, había poca diferencia entre la casa subterránea y la construida. La orientación al mediodía y la situación en alto de las cuevas hace que el largo pasillo encalado actúe como un tubo iluminador de toda la casa. Las cocinas de gran chimenea en el techo son muy parecidas a las de otros tipos de casa, en las que también la única iluminación es la cenital, y al mismo tiempo es un perfecto tunel de ventilación. A pesar de todo, el proceso tipológico nos muestra cómo fue triunfando la salida al exterior, primero abriendo más huecos en la fachada y, después, levantando delante de ésta alguna habitación.

En Alba de Cerrato todas las cuevas están abandonadas desde hace unos cuarenta años, cuando la mayoría de sus ocupantes emigraron; todo lo más, alguna se usa como almacén de leña o de trastos, pero casi todas están en proceso de ruina. Sus habitantes eran las familias más pobres del pueblo: pequeños labradores, jornaleros y pastores; gente que marchó a la ciudad en busca de mejores condiciones de vida. Para ellos la cueva o choza era la vivienda más económica, tanto en su construcción como en su mantenimiento. El solar era una ladera comunal en la que se hacía un corte vertical a pico y pala; con estas herramientas tan simples se profundizaba y con espuertas y cestas se sacaba la tierra que se iba depositando delante de la puerta. La fachada es una sencilla pared de piedra del terreno colocada en seco o con tierra entre los mampuestos. Los propios habitantes podían hacerla con cierta facilidad, a veces con ayuda de familiares.

Los actuales residentes en el pueblo, pese a reconocer los aspectos positivos de estas viviendas, consideran que no son adecuadas para vivir. El parecer sobre ellas es totalmente negativo y en la formación de este estado de opinión participaron activamente las autoridades provinciales y locales durante el franquismo. De ahí que nadie se interese lo más mínimo por ellas; sólo cuando algunas se han hundido provocando peligrosos socavones, se han preocupado de taparlas con una pala excavadora.

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