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ANTIGUAS CREENCIAS POPULARES
(Parte I)

MARTIN CRIADO, Arturo

Publicado en el año 1999 en la Revista de Folklore número 217.

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El término creencia popular ha venido a sustituir en etnografía al de superstición, rechazado por el uso constante que hizo la Iglesia desde los primeros siglos de su existencia, y que han hecho filósofos, científicos y escritores en los últimos. Desde un principio, arrastró una considerable carga peyorativa, pues, a su significado original de «supervivencia», los antiguos escritores cristianos añadieron el de «restos de paganismo» que los cristianos llevaban consigo y que era preciso abandonar. La religión pagana anterior fue considerada, en su totalidad, superstición, por lo que ésta pasó a ser casi sinónimo de paganismo. La conversión de los habitantes del Imperio Romano al cristianismo fue lenta al principio, pero desde el edicto de Constantino y, sobre todo, en el período de las invasiones, se realizó en masa, a menudo de manera forzada y meramente formal. El sistema de creencias no cambió de repente, ni siquiera los ritos, que la Iglesia, en muchos casos, hubo de adaptar a la nueva religión. Poco a poco todas esas creencias paganas, la mayoría de origen milenario, al quedar fuera de un sistema religioso público, se convirtieron en elementos aislados incrustados en el nuevo sistema. Todas las religiones de tipo universalista, es decir, aquellas que tienen pretensiones de exclusividad y niegan a las demás, rechazan las preexistentes, pero, a su pesar, se contaminan de gran cantidad de elementos suyos. Se puede hablar de un sustrato religioso que es arrastrado por el nuevo sistema, Como sucede con el sustrato lingüístico (1). El carácter histórico de la religión, como el de la lengua, es incuestionable, aunque la primera se proclame inmanente y revelada; siempre hay otra(s) anterior(es) de la(s) que procede.

Los etnógrafos del siglo XIX, en especial Tylor y Frazer, emplearon el término supervivencia porque establecían una valoración positiva de esos restos de paganismo que habían permanecido en la Europa cristiana hasta su tiempo, y los relacionaban con los mitos clásicos. De esa manera, estas creencias pierden la connotación negativa que tenían al ser categorizadas Como «supersticiones». La voz supervivencia remite a una época gloriosa de la cultura europea, aun pasado prototípico. El etnógrafo va descubriendo maravillado, bajo el apabullante edificio del cristianismo, los restos de las religiones paganas, como el arqueólogo hace aflorar los restos de templos y viviendas, o como los humanistas habían rescatado la cultura escrita. Sin embargo, el concepto de supervivencia resulta insuficiente y tergiversador. La tarea del etnógrafo no puede ser similar a la de los arqueólogos o de los estudiosos de los textos antiguos. La continuidad de ciertas creencias, no sólo desde la época romana o prerromana, sino, al parecer, desde mucho antes, es sorprendente; en definitiva, esto fue lo que atrajo a muchos etnógrafos al estudio de las culturas rurales europeas. Todavía hoy resulta seductor, además de fácil y, a veces, falso recurso para explicar ciertos ritos. La etnografía decimonónica utilizó, quizás de forma excesiva, la comparación de las sociedades rurales modernas con las de la antigüedad, sin tener en cuenta que todas esas creencias habían sufrido también un cambio lento pero transformador dentro del sistema cristiano popular. A lo largo de la Alta Edad Media, la jerarquía eclesiástica insiste en la condena del paganismo latente en la sociedad cristiana; cuando no consigue erradicar ciertas prácticas y creencias anteriores, intenta darles sentido cristiano. Los siglos XI y XII marcan un punto de inflexión en este proceso; el culto a las imágenes (recuérdese el aniconismo de la Iglesia en la época anterior) de los santos y de la Virgen sustituye al culto naturalista pagano. La aparición de los muertos, que la Iglesia antigua se negaba a aceptar, se acabó cristianizando con el culto a las ánimas y el purgatorio. A partir de la Reforma y de la Contrarreforma se intensificó la lucha contra ciertos aspectos de la religión popular, en especial todo aquello que oliera a paganismo, sobre todo en los países protestantes. Cuando a partir de unas cuantas supervivencias algunos estudiosos pretenden reconstruir una mitología. quizás por las resonancias clásicas y el prestigio del mito, están dando una visión parcial y desintegradora, al querer contemplarlo como un sistema autónomo.

La expresión creencia popular carece tanto de connotaciones negativas como primitivistas, si bien no puede renunciar a sus raíces generalmente profundas. El significado de creer se percibe en el latín CREDERE, «confiar» y «entregar, prestar». Según N. Belmont, "la creencia es ciertamente ese movimiento hacia el exterior, hacia una divinidad... a quien se ofrece algo -una ofrenda en dinero, un cirio o simplemente palabras, es decir, una plegaria- con la certeza de conseguir por contra una restitución en forma de un favor" (2). Se fundamentaría, por tanto, en la reciprocidad (3). En efecto, la religión popular tiene como objetivos prioritarios algunos de tipo práctico e inmediato, como que llueva para que nazcan las cosechas, que no se estropeen por las tormentas o por ciertas plagas, que se curen los enfermos, etc. De acuerdo con lo dicho, la creencia, como «movimiento hacia el exterior», se concreta en el rito, que es su expresión plástica (elementos verbales y cinéticos) (4).

Sin embargo, creer es también, y fundamentalmente, «confiar», «aceptar algo como verdadero». Es un movimiento hacia el interior, una actividad mental, como ha puesto de relieve la antropología cognitiva. Para D. Sperber, la creencia es una "representación conceptual p que no figura en la enciclopedia de un sujeto más que como parte de una proposición de la forma «p es verdadera»" (5). No puede ser sometida a ningún tipo de verificación, puesto que la creencia actúa simbólicamente de manera inconsciente en el sujeto, que está convencido de que forma parte de su saber enciclopédico, el saber empírico que versa sobre el mundo. El creyente acepta como verdad cualquier postulado que categorice como creencia, sin que pueda atribuirle una interpretación figurada, simbólica. En el caso de que el simbolismo se haga consciente, de que la verdad de cierta creencia sea puesta en entredicho, entonces deja de actuar como creencia y se transforma en figura, cuyo simbolismo es consciente, tanto si es explícito como implícito. De todas formas el cambio no es radical, pues entre creencia y figura hay una serie de estados intermedios y, a menudo, ambiguos incluso para el propio sujeto (6). Por ejemplo, cuando los escritores cristianos antiguos clasifican las creencias paganas como supersticiones y comentan el simbolismo de ciertos dioses y mitos, no pretenden otra cosa sino convertirlos en figuras retóricas, ficciones literarias. Carlos Alonso del Real reclama para todo este tipo de creencias el derecho a ser rescatadas por el arte, lo que desactiva su poder como supersticiones (7). En su apoyo menciona a Walter Scott, quien estaba convencido de que la literatura fantástica romántica, que trata temas procedentes de viejas creencias y supersticiones, era «hija de la incredulidad» (8).

Al decir que las creencias actúan simbólicamente, se entiende que no pueden actuar como causas naturales en el mundo en que vivimos. Lo que ya no está tan claro es cómo simbolizan. Muchos han intentado elaborar una gramática de los símbolos, utilizando de forma ingenua un modelo lingüístico que en una época pareció servir para todas las ciencias sociales. Sin embargo, parece que el simbolismo es un sistema cognitivo, de aprendizaje, pero no de comunicación por lo que presenta importantes diferencias con las lenguas (9). Los fenómenos simbólicos focalizan, es decir, centran la atención, y evocan, relacionando representaciones conceptuales en nuestra memoria (10). Un dispositivo específico de nuestra mente («dispositivo simbólico general») nos permite procesar de forma simbólica toda la información que no es procesada por el dispositivo racional, por ejemplo, la que versa sobre lo sobrenatural, lo misterioso y desconocido, o sobre todo aquello que no se rige por el principio de causalidad natural. Pero no sólo en estos casos, sino que también se da tratamiento simbólico a la información "cuando el grado de atención intelectual es muy bajo", cuando los conocimientos científicos son escasos, cuando los esquemas mentales son pobres (ll). Los conocimientos aumentan las posibilidades del tratamiento racional de la información, si bien la racionalidad, en principio, se da por igual en cualquier ser humano. José Luis Pinillos considera que las consecuencias de la falta de cultura son «la superstición, el autoritarismo y los prejuicios» y da lugar a lo que denomina «pensamiento concreto», cuyos rasgos especifica de acuerdo con Vigotsky, Goldstein, etc. (12).

Voy a ocuparme en esta ocasión de una serie de creencias marginales, de creencias que están perdiendo el estatus de tales, porque, al haber sido consideradas como no verdaderas por quienes ejercen el poder, al haber sido clasificadas como «supersticiones», están empezando a ser procesadas simbólicamente por los propios creyentes de forma consciente, en unos casos de forma más explícita que en otros, dependiendo, también, de las variables de cada sujeto. Mientras que para los ancianos, todavía, muchas de ellas tienen gran importancia dentro de su saber sobre el mundo, y las aceptan con la seguridad de que la tradición (que no es más que la experiencia de los antepasados), para los adultos y para los jóvenes, no es que tengan importancia como creencias, es que ni siquiera existen porque les son desconocidas la mayoría. Todas ellas han sido recogidas en una comarca castellana, la Ribera del Duero burgalesa, a lo largo de los últimos años, en los que, afortunadamente, han ido apareciendo algunos estudios sobre este asunto. A pesar de eso, sigue triunfando el estereotipo de que en Castilla no hay supersticiones, supervivencias mitológicas o creencias populares, como se quieran denominar. Lo que me parece más ajustado a la realidad es que se ha investigado poco, si bien es preciso reconocer que no resulta siempre fácil hablar de ciertos temas si no existe una relación de confianza, e incluso así, surgen muchas reticencias (13).

FENOMENOS NATURALES

Toda la naturaleza puede ser una manifestación de lo sagrado, de lo maravilloso, y dar lugar a creencias que ayudan a ordenar y hacer comprensible el mundo, sobre todo cuando se carece de una explicación científica.

Las aguas

De todos es conocida la importancia de los cursos de agua y de las fuentes entre los pueblos que viven en regiones de clima seco. Los lugares con manantiales, las orillas de los ríos han sido los preferidos para construir sus poblados desde épocas remotas. La hidronimia, es decir, la toponimia de los ríos, sobre todo, y otros lugares acuáticos, es testimonio vivo de esto; en la Ribera abundan los hidrónimos prerromanos que nos hablan de la continuidad de la población: Duero, Arandilla, (en la Edad Media FLUMEN ARANDA, de donde procede el nombre del río actual y de las poblaciones de Aranda de Duero, Peñaranda y Arandilla; en Zaragoza, en el Moncayo, junto a Soria, hay un río Aranda y dos poblaciones en su valle que se denominan Aranda de Moncayo y Arándiga), Aranzuelo (en documentos medievales Arauzuelo y Arabuzuelo), en cuyo valle están los pueblos de Arauzo de Torre, Arauzo de Miel, Arauzo de Salce, y Hontoria de Valdearados. También son prerromanos los nombres de los ríos Gromejón y Dujo, y el hidrónimo con que se denomina el pueblo de Adrada de Raza. Por otro lado, abundan los núcleos de población con denominaciones romances alusivas a manantiales: Tubilla del Lago, Fuentecén, Fuentelisendo, Fuentemolinos, Fuentenebro, Fuentespina, Fuentelcésped, Hontoria de Valdearados y Hontangas.

Este último, cuyo nombre quiere decir «fuentecillas» (FONTANICAS), está a la salida de un vallecillo abundante en manantiales y cursos de agua, donde se une al del Riaza. El pueblo se asienta alrededor de un peñón, bajo el que hay una cueva natural que sirve de ermita a la Virgen de la Cueva, patrona del pueblo y de la Comunidad de Villa y Tierra de Riaza. En su interior brota un abundante manantial, que actualmente está encañado hasta unos metros más abajo, donde vierte el agua por unos caños; los vecinos dicen que es un agua excelente, si bien sus propiedades salutíferas son indefinidas. La imagen de la Virgen es una talla del siglo XIII muy maltratada por las manipulaciones que sufrió en siglos posteriores para poder vestirla. Sobre la peña, se alza la iglesia parroquial, edificio de arquitectura popular con algunos restos románicos, puesta bajo la advocación de San Juan Bautista, el santo a quien los cristianos dedicaron fuentes que anteriormente estuvieron consagradas a divinidades romanas o prerromanas. Pues bien, Hontangas se halla sobre un extenso yacimiento arqueológico y, entre otros restos, ha aparecido un ara de época romana dedicada al dios celtibérico AEIO DAICINO, divinidad de tipo acuático, del cual se ha encontrado otra ara en Baños de Montemayor (Cáceres) (14).

A pocos kilómetros de aquí, valle del Riaza abajo, en Fuentemolinos, se encuentra otro ejemplo de sacralización de la fuente que da nombre al pueblo, que se alza en los riscos que cierran un vallejo. Al pie de las rocas brota un manantial que da lugar al arroyo de San Bartolomé, si bien, junto a la misma fuente y pegado a las rocas, hay una ermitilla dedicada a San Juan Bautista, de origen románico, según J. Pérez Carmona (15), aunque no se perciben claros rasgos de ese estilo. Según los habitantes del pueblo, da muy buena agua; incluso brota templada en invierno y raras veces ha llegado a secarse. Cuando ha sucedido, se hacía una procesión con el estandarte del santo y lo introducían por el hueco rocoso para que volviera a manar, rito mágico relacionado con otros en que se moja a un santo para que llueva (16).

Dentro de la Ribera, hay iglesias parroquiales que tienen la advocación del santo de las aguas en Aranda de Duero, Torregalindo, Guzmán, la ya citada de Hontangas y la de Quintanilla de los Caballeros, despoblado en el término de Tubilla del Lago. También le está dedicada la de Pardilla, pero su festividad es la degollación de San Juan Bautista, 29 de agosto, y no la de su nacimiento. Ermitas hay en Fuentemolinos, San Martín de Rubiales, Anguix y Moradillo; la del último está arruinada. En algunos casos, el nombre de S. Juan no corresponde al precursor, sino al santo evangelista; por ejemplo es el caso del pueblo de San Juan del Monte, o la antigua ermita arandina, ya desaparecida, de San Juan de las Alagunas, o de la Laguna, donde, a pesar de su relación con el agua, se celebraba la fiesta el 6 de mayo ( 17). En este caso concreto, es posible que la dedicación original fuera al Bautista, pero que se cambiara la fiesta al celebrarse la del 24 de junio en la parroquia de S. Juan. Fiesta ésta que era de celebración general en todos los lugares ribereños, aun cuando no tuvieran templo alguno bajo su advocación. Puede decirse que hay unos elementos comunes, que parecen de origen precristiano, que se localizan en la noche de San Juan y, especialmente, el amanecer:

-Hogueras que se prendían en las calles y se saltaban; en algunos pueblos se trasladaron a otras fiestas, especialmente a la de San Roque.

-Enramadas en las ventanas de las novias o de las mozas pretendidas, como una declaración de amor.

-Salida de mozas y mozos, en grupos separados, al campo antes de que amanezca, a un lugar elevado, para ver salir el sol lo antes posible.

-El sol sale «con navajas y cuchillos» alrededor, formando como una rueda de Santa Catalina.

-El sol «sale bailando» esa mañana.

-Recogida de algunas plantas que tengan todavía el rocío de la noche; sobre todo la manzanilla, que «cura mejor» que si se recoge otro día cualquiera, y los cardos que se empleaban para evitar el pulgón en los gallineros.

-Desayuno en el campo de chocolate hecho en una hoguera nada más salir el sol.

-Los mozos cortejan y persiguen a las mozas, a las que, a veces, arrebatan el chocolate si no son invitados a compartirlo.

El día de San Juan por la tarde, todo el mundo marchaba a merendar al campo. En algunos lugares, los mozos engalanaban los carros con ramas de chopo, de salce, de guindal, en este caso con sus guindas, e invitaban a subir a las mozas. Todos juntos volvían al pueblo al anochecer cantando y daban vueltas por las calles. Donde hay una iglesia o ermita dedicada a San Juan Bautista, se celebra misa con procesión, pero sin que destaquen por su solemnidad.

Desde tiempos remotos medievales, parece que los manantiales y lugares acuáticos sagrados se cristianizaron al ponerlos bajo la advocación de San Juan Bautista y de la Virgen María (18). Ya hemos visto que los dos cultos se dan en Hontangas; otro caso similar dentro de la Ribera es el de Guzmán, cuya iglesia parroquial está dedicada al precursor de Cristo, y donde hay, en las afueras, una fuente con lavadero que origina un arroyuelo, junto a la cual está la ermita de la Virgen de la Fuente. En el despoblado de Quintanilla de los Caballeros (Tubilla del Lago), la antigua iglesia parroquial de San Juan Bautista es hoy la ermita de la Virgen de la Fuente.

Recorriendo la toponimia de la comarca, hallamos nombres de fuentes y manantiales que son testimonio de antiguas creencias prácticamente olvidadas, si bien podemos establecer comparaciones con casos cercanos, lo cual nos permite, si no clasificar todos los ejemplos como de sacralización con seguridad, sí, al menos, con cierta probabilidad. Entre Adrada y Haza, está el manantial de Fuentecaliente, en un hermoso valle de viñas y nogales; este nombre se suele relacionar con fuentes termales, como la de Boñar (León), donde se dio culto en la antigüedad a un genio de las aguas (19). El mismo sentido tiene la palabra caldas, como en Caldas de Luna (León) o San Pedro de Caldas (Segovia). En Adrada, Castrillo de la Vega, Hontangas y La Vid hay algún manantial denominado Fuente de la Salud, cuya agua suele ser considerada salutífera por la gente, si bien, de los análisis llevados a cabo en algunos casos, no parece que posea ninguna característica especial. Sin embargo, se conocen casos en que son fuentes termales, como la Fuente de la Salud de Sepúlveda. En Adrada otra vez (no hay que olvidar que es un hidrónomo prerromano que significa «lugar de aguas abundantes») existe la Fuente de la Patada, que nos remite probablemente a la creencia de que brotó de la patada del caballo de algún ser legendario, como sucedió con la fuente de la ermita de San Formerio (Condado de Treviño) (20). Famosa es, en la provincia de Burgos, la Patada del Cid, que está en Barrio Panizares, huellas del Cid, de su caballo y de las lanzadas con que mató a una serpiente legendaria que se había comido siete niños y vivía en una cueva cercana (21). En las afueras de Castrillo de la Vega había una Fuente de los Moros (ahora está cegada por orden municipal), que eran dos grandes pozas con manantial utilizadas como lavaderos. Nunca se conoció seca y, en invierno, el agua salía tibia, como en Fuentemolinos, por lo que jamás se helaba; según se dice, fue construida por los moros de Haza, de los que más adelante hablaremos. Quienes la limpiaron por última vez, allá por los años cincuenta, me han contado que, en una de las paredes, hay una gran piedra con una cruz; la cruz sacraliza, sustituye a otro tipo de divinidades en la antigüedad (22). Tubilla del Lago se alza en un estrecho valle pantanoso plagado de fuentes, entre las que destacan los Ojos del Mar y la Fuente del Cobre, ambas cercanas. Este cobre no es sino el masculino de cobra o culebra, del latín COLUBER, forma que coexistía con el femenino COLUBRA. Es el mismo ser que en Asturias y en León se denomina cuélebre, especie de serpiente monstruosa (23), que también aparece en la fuente del río Pisuerga, en la Cueva del Cobre, situada en Santa María de Redondos (Palencia).

Las cuevas

Las cuevas naturales son lugares que, desde épocas remotas, han sugerido lo sagrado, teniendo en cuenta que esto puede ser evocado por cualquier accidente llamativo del paisaje. Algunos han relacionado la cueva con las entrañas de la tierra, con su naturaleza materna, con su fuerza generadora. Lo cierto es que, desde hace miles de años, el ser humano ha vivido en ellas, y, sobre todo, ha rendido culto en ellas a sus dioses. El carácter sagrado de muchas cuevas naturales ha persistido hasta hoy (24). En la Ribera burgalesa hay dos ermitas dedicadas a la Virgen de este tipo. La primera la encontramos en Hontangas, como ya hemos dicho; la ermita de la Virgen de la Cueva está en el centro del pueblo. Su portada es una esbelta espadaña barroca con hornacinas donde hay unas esculturas en piedra de estilo popular, que representan un programa iconográfico coherente. La cueva no es muy grande y el techo, bajo, agrietado en algunos lugares, por lo que hay varios pilares de apoyo. La leyenda, oída por mí innumerables veces desde niño, cuenta que varios soldados que estaban en Haza, una noche, vieron una luz bajo la peña y se acercaron a ella (25). Al penetrar, descubrieron que una lamparilla iluminaba una imagen de la Virgen. Intentaron llevársela a Haza, la cargaron en una carreta, pero los bueyes no quisieron moverse por lo que, al final, la dejaron allí, creyendo que esa era su voluntad. Quizá esta narración tenga algo que ver con que la Virgen de la Cueva es la patrona de la Comunidad de Villa y Tierra de Haza, que celebra allí una solemne romería periódicamente.

Otro caso de cueva santuario lo encontramos en La Vid, con cuyos orígenes legendarios está relacionada. La ermita de la Virgen del Monte, ahora en lamentable estado de abandono y ruina, se halla a unos tres kilómetros al sureste del monasterio, en el fondo de un vallecito que baja hasta el Duero, siguiendo la dirección SurNorte, en medio de un denso bosque de enebros. El fondo del valle está cerrado de repente por un paredón rocoso, donde se abre la cueva. Hasta ella sube una sendita junto a la que todavía se ven ruinas de algunas construcciones y una fuente. Dentro de la ermita quedan restos de un altar de yeso que parece de época renacentista; la imagen de la virgen está en la iglesia del monasterio. El canónigo Juan Loperráez escribió en el siglo XVIII que el monasterio "estuvo fundado en lo primitivo, con título de Monte Sacro, al otro lado del Duero hacia el norte, tres quartos de legua de distancia del actual, conservándose hoy en el sitio que ocupó la ermita con la advocación de nuestra Señora de la Concepción del Monte, en la concavidad de una gran peña" (26). Se equivoca al situar la ermita "al otro lado del Duero hacia el norte", pues está en el mismo lado del monasterio, la margen izquierda del río, y hacia el sureste. Por lo demás, es interesante el dato de que el monasterio se llamó en un principio de Monte Sacro, que sin duda tiene el sentido de «bosque sagrado». Es posible que en esa época no fuera sino un eremitorio rupestre, pues el monasterio del siglo XII, cuando se fundó con la donación del rey Alfonso VII fechada en 1156, se construyó ya en el lugar actual, junto al río, como atestiguan los restos del claustro románico descubiertos hace unos años. La leyenda fundacional del monasterio de que la Virgen se apareció al rey, que cazaba por estos frondosos montes, sobre una vid entre zarzales, no parece tener nada que ver con la Virgen del Monte; el mismo Loperráez despacha esta aparición con la frase "suceso que sin duda inventó Auberto Mireo" (27.

Por otro lado, la cueva es el lugar de habitación de personajes míticos, como los moros, de que después hablaremos. En Moradillo, bajo la actual iglesia y cementerio, están las Cuevas de los Moros, ahora cegadas, pero según los habitantes del pueblo son a modo de subterráneos de un castillo y están llenas de tesoros que dejaron los moros. Con el mismo nombre encontramos otras en Fuentenebro, en la parte baja de la Peña del Castillo o Peñaflor; son pequeñas cuevas naturales donde vivieron los moros, según creencia popular. En Guzmán, se halla la Cueva de la Mora.

Las rocas

Cerca de la ermita de la Virgen del Monte, entre los términos de La Vid y Langa (Soria), la erosión natural ha dado lugar, en la ladera sur del valle del Duero, que aquí está muy próxima al río, a unas finas y esbeltas agujas pétreas, algunas de ellas pareadas, que son conocidas como Las Monjas. Según cuentan en los pueblos cercanos (La Vid, Zuzones, Castillejo de Robledo y Langa), hace mucho tiempo había un convento de monjas que era «visitado» por algunos frailes y Dios, para castigar a unas y a otros, mandó una gran avenida del río que se los llevó a todos, los cuales quedaron esparcidos por aquella ladera convertidos en piedra. Esta es una versión facticia de la leyenda que recoge varias versiones escuchadas, todas las cuales coinciden en lo esencial, a pesar de algunas incoherencias, como en ésta: "las llevó un andaval a las monjas desde La Vid y las convirtió en piedra", ya que estas rocas se hallan aguas arriba del monasterio. En Langa, he escuchado alguna humorística, según la cual a la última roca la llaman el Fraile Cojo, porque las monjas y frailes iban de camino, emparejados, cuando quedaron convertidos en piedra, y este fraile se retrasó por su cojera. Numerosas son las rocas, naturales o labradas por la mano del hombre, que se tienen por resultado de una transformación de personas o animales debido a una maldición, castigo, etc. (28). Lo curioso es que los historiadores nos dicen que los antiguos monasterios premostratenses solían ser dúplices, si bien ya en el siglo XII se prohibieron; el monasterio premostratense de La Vid fue dúplice hasta 1164, cuando las monjas marcharon a los de Fresnillo de las Dueñas y de Brazacorta, ambos en la comarca (29). Sin embargo, esto no dejaría de ser secundario, pues lo fundamental es la creencia existente en numerosos lugares de que los antepasados míticos (hadas, gigantes, etc.) habitan o han quedado convertidos en piedras de formas sobresalientes. La roca, por su resistencia al paso del tiempo, a su fuerza destructiva, evoca la permanencia, la eternidad (30). Esta creencia está relacionada con la de que los espíritus de los muertos permanecen o habitan en las piedras; de esta manera se suele explicar el hecho de que se hiciera un montón de piedras en el lugar donde una persona murió, sobre todo si se trataba de una muerte repentina o violenta, como suelen ser las producidas en el campo. La piedra era el hogar donde podía habitar sin molestar a los vivos; los que transitaban por allí podían hacerlo sin miedo siempre que contribuyeran con una piedra más a aumentar el majano que se consideraba sagrado por ser la residencia del espíritu del muerto. En el pueblo de Fuentenebro, al pie de las Cuevas de los Moros y muy cerca del camino, hay unas grandes piedras rodadas que señalan el lugar de la muerte de una mora, por la que las gentes del pueblo, al pasar por delante, arrojaban un pedrusco y rezaban un padrenuestro. Es interesante cómo, en este caso, la muerta no es una persona histórica sino mitológica, una mora y, a pesar de ello, el rito está cristianizado por la oración. Lo más frecuente es que la cristianización sea completa y el montón de piedras sea sustituido por la cruz de piedra o, al menos, que aparezcan los dos elementos, pues mucha gente ha seguido arropando, quizás de forma inconsciente, las cruces de este tipo con pedruscos que arrojaban al pasar, al tiempo que musitaban su oración por el ánima del muerto (31 ).

LOS ASTROS

El sol era el guía de la actividad diaria de los labradores, que se levantaban al amanecer y se encerraban en casa al llegar la noche. Era costumbre asomarse por la mañana y ver cómo salía, de lo que se deducían algunas pistas sobre la climatología del día. Por otra parte, el sol marcaba al campesino las horas del día; todavía muchas personas ancianas se rigen por el horario solar. Según la posición del astro, saben la hora por la experiencia de años y años. En Castrillo de la Vega, cuando el día estaba nublado o neblinoso, los chicos animaban al sol mirando hacia lo alto y gritando: "!Sal solillo, que te mando un queso!". En verano, en los días de mucho bochorno, el sol tiene un color amarillo pálido, "está huero", y es peligroso.

Se cree que la luna ejerce una gran influencia sobre determinadas faenas agrícolas y domésticas. Por ejemplo, en menguante se sacaba la basura de las cuadras y se amontonaba en el campo tapada con tierra para que «cociera» bien; se podan las viñas, desde noviembre a marzo; se cortan los mimbres para hacer cestos y la madera en general en enero o febrero. Si estas labores se hicieran en creciente, la basura «se volvía ratonina», las cepas se hielan más fácilmente y la madera cría carcoma. Todos los viernes se consideran menguante, por lo que la matanza del cerdo siempre se hacía ese día (32). En creciente se realizan las labores de la siembra, en especial la de los ajos, pues, si se hace en menguante, los dientes enterrados se salen de la tierra y se helarán sin llegar a nacer. La luna llena, con su entrada, marca un cambio de tiempo; especialmente poderosa es la luna llena de agosto, que, según creen muchos mayores, es quien madura las uvas, pues calienta más que el sol, como dice la copla: "Quítate del sol que quema / y de la luna que abrasa...".

Todas estas creencias relativas a la luna son muy antiguas, como lo demuestran los testimonios de escritores latinos. Paladio, en su Tratado de agricultura, dice: “Todo lo que se siembra, siémbrese en luna creciente..." (33). y Gonzalo Alonso de Herrera, en el siglo XVI, concede tanta importancia a estas creencias que, al hacer un repaso de las actividades del campo por meses, los divide en dos partes: creciente y menguante (34). "Toda obra que se hace para aumentar en ella, como es plantar y sus semejantes, sembrar todas semillas, salvo ciertas que ya son notadas en los libros de arriba, todas se deben hacer en creciente". Y, por el contrario, "todo aquello que es para guardar se conservará más siendo cogido en menguante antes que en creciente. Digo coger semillas de cualquier suerte que sean, coger frutas, tresquillar, castrar, podar. .." (35).

De todo el firmamento estrellado, los campesinos reconocen la Osa Mayor, conocida en la Ribera como carro triunfante y también como carro de ubio, porque se distingue perfectamente en esta constelación la viga y los travesaños; también, las Pléyades a las que se llama las siete cabritas. La posición de las estrellas se usa para escrutar el porvenir meteorológico; por ejemplo, se dice: "Buen tiempo, que va el carro hacia Aranda", es decir, cuando la Osa Mayor señala hacia el este. Las estrellas fugaces suelen denominarse estrellas con rabo y cuando son muy abundantes, como sucede a mediados de agosto, se habla de lucha de estrellas, que viene a ser lo que los astrónomos denominan «lluvia de estrellas». Durante los años de la República hubo una lucha de estrellas muy fuerte y llamativa; en varios pueblos de la comarca la gente estaba atemorizada porque creían que alguna llegaría a caer sobre ellos. Seguramente se trata de una famosa lluvia de estrellas que, según consta en los anales de la astronomía, ocurrió el 9 de octubre de 1933. En las noches frías y despejadas, cuando el cielo adquiere un brillo especial en Castilla, sobre todo si hiela, se dice que "hay unas estrellas que se tiran a la gente", tan próximas y amenazantes se ven.

LOS FENOMENOS METEOROLOGICOS

Dada la importancia que todos los fenómenos meteorológicos tienen para el hombre del campo, no es extraño que las creencias sobre ellos sean numerosas y dispares. Algunas tienen cierto fundamento empírico, pues se han constituido por la acumulación de experiencias, si bien es cierto que su registro es asistemático y subjetivo.

El aire o airón, formas populares de llamar al viento, rara vez es percibido como un fenómeno positivo. Cuando todavía se trillaba en las eras y se beldaba a mano, en Castrillo se invocaba a San Pantaleón, mártir que se festeja el 27 de Julio, solicitándole viento con este grito: "¡Aire, San Pantalión, que tengo trillao!". Sin embargo, la mayoría de las veces, el viento se consideraba un fenómeno negativo; el aire, sobre todo el mal aire era causa a la que se achacaban dolores y enfermedades (36); de ahí el temor a la desnudez: "¡Tápate, que s'ha levantao aire!". Los torbellinos eran muy frecuentes en verano, "cuando la tormenta da en aire", y extremadamente peligrosos durante las tareas de la siega y la trilla, pues podían hacer desaparecer la mies de la parcela o de la era. Es conocido que en algunos lugares se denominan "brujas", si bien yo no lo tengo registrado en la Ribera, pero sí en una serie de remedios para conjurarlos, como dirigirse hacia ellos haciendo cruz con los dedos pulgar e índice, o lanzarles alguna de las piedrecillas benditas del Sábado Santo, de las que después hablaremos.

La lluvia es agua benéfica casi siempre en un clima como el de nuestra tierra, en especial la lluvia de primavera, que es la que asegura la cosecha de cereal y, en general, la fertilidad del campo. Por eso, la lluvia es uno de los principales atributos de la divinidad; para garantizar su caída, se llevan a cabo una serie de rituales periódicos que se amontonan en la época crítica que son los meses de abril y de mayo. Las rogativas, popularmente letanías o letainas, son procesiones imprecatorias en las que todo el pueblo, incluidos los niños de las escuelas, con cruces y pendones se dirigían a diferentes lugares significativos del término municipal, donde solía haber una cruz de madera o de piedra, y desde allí el cura bendecía los sembrados en todas las direcciones. En algunas de esas cruces había otra más pequeña excavada donde el cura introducía una crucecita de cera bendita. La primera se celebraba el 25 de abril, día de San Marcos, y las tres restantes, los días anteriores a la Ascensión, que siempre se celebra en mayo o a principios de junio ("Lunes, letaina; / martes, letaina; / miércoles, letainón; / y el jueves, la Ascensión"). El 3 de mayo es La Cruz, fiesta organizada por las cofradías de la Vera Cruz, de gran arraigo en la comarca; especial sentido propiciatorio tenía en Aranda, donde la procesión vespertina para "pingar la cruz" en la plaza duraba horas, durante las cuales una multitud danzaba delante de la cruz entre constantes gritos de "¡Agua, agua, agua. ..!"; cristianización del "pingar el mayo" de la mayoría de los pueblos, que tenía el mismo sentido, aunque no se mostraba de manera tan explícita.

El 9 de mayo se celebra la fiesta de San Gregorio, santo muy relacionado también con la lluvia y la fertilidad, en especial, de las viñas; en Castrillo, por ejemplo, era voto de villa, por lo que ese día el ayuntamiento en pleno asistía a misa y, a continuación, salía al campo con el cura a «bendecir el cuquillo», es decir, conjurar esta plaga de las viñas. Después, hacían una comida ofrecida por el municipio y en la que tenía que participar el sacerdote. Según el Catastro del Marqués de la Ensenada, el ayuntamiento de Roa pagaba todos los años, a mediados del siglo XVIII, 30 reales "por traer la agua de San Gregorio" (37). ¿Qué agua podía ser ésta? Como dentro de Castilla no hay ningún santuario famoso de este santo, creo que se refiere a San Gregorio de Sorlada, en Navarra, que, según J. M. Barandiarán, se llevaba a muchos lugares "para bendecir los campos y conjurar los ratones" (38). J. Caro Baroja, basándose en testimonios antiguos, describe el rito de santificación del agua pasándola por el relicario del santo, y la distribución a los muchos forasteros que acudían para llevarla a sus pueblos, no sólo cercanos, sino también tan lejanos como Titaguas (39) o Almodóvar del Campo (40). En algunos sitios esta fiesta ha ido desapareciendo y cobrando importancia la de San Isidro, que suele ir acompañada también de procesión y bendición de los campos (41).

Especiales abogadas de la fertilidad son las vírgenes que se veneran en los distintos pueblos, muchas de las cuales tienen advocaciones relacionadas con la naturaleza y celebran su fiesta en la semana de Pascua o las siguientes. Pero no sólo se acude a la patrona con ocasión de la fiesta, sino que, siempre que la sequía persiste y amenaza la supervivencia de la comunidad, se organizan rogativas a su ermita, se la saca en procesión entre cantos que piden emocionadamente su intervención: "Agua, Virgen pura, / agua, Virgen madre, / Virgen de la Vega, / agua saludable. / Los campos se secan, / los niños piden pan, / Virgen de la Vega, / ¡agua. agua, agua!" (42).

Antiguas creencias parecen persistir en la costumbre de recibir con alegría la lluvia de mayo, diciendo: "¡Agua de mayo, que me crezca el pelo!", que parece expresar metafóricamente la esperanza de prosperidad (43). Los niños, cuando barruntaban lluvia, cantaban en la calle, saltando al mismo tiempo, la conocida cancioncilla, que presenta muchas variantes, como ésta: "Que llueva, que llueva / la Virgen de la Cueva / los pajaritos cantan / las nubes se levantan / que sí, que no / que caiga un chaparrón / con azúcar y turrón".

El nublao o nublo es temido por los labradores en el verano, sobre todo cuando la cosecha está todavía sin recoger; en la Ribera, además, son peligrosos los nublados de septiembre que pueden hacer gran daño a las viñas. El temor procede no tanto de la lluvia, que a veces causa inundaciones, o del viento, cuanto del pedrisco que destruye las plantas en pocos instantes; por eso, en algún conjuro, que veremos a continuación, se tiene cuidado de distinguir entre la lluvia, que se acepta, y la piedra, que se rechaza. Elementos consustanciales son también el trueno y el rayo. El trueno causaba pavor, en especial a mujeres y niños; a estos últimos se les intenta quitar diciéndoles que «los ángeles juegan a los bolos», expresión eufemística que ha sustituido a otras más directas. En algunos lugares, el ruido aterrador del trueno se atribuye al diablo o a cierto genio (44). El rayo o chispa suele caer, según se cree, sobre grandes árboles o sobre animales, por lo que, cuando todas las labores del campo se hacían con bestias, causaba bastante miedo. En casi todos los pueblos se cuentan historias sobre caídas de rayos y muertes causadas por ellos, o salvaciones milagrosas. En Castrillo de la Vega hay un viejo tronco de roble quejigo, conocido como el roble de la Churre, totalmente quemado por un rayo que cayó sobre él cuando estaba refugiado debajo un pastor, con su rebaño, al que no causó ningún daño; algunos lo atribuyen a que es un lugar protegido porque junto al roble se alzaba una de las cruces de las rogativas (45). El tronco quemado lleva allí muchos años, desde comienzos de este siglo, y nadie lo ha tocado. Por otra parte, es creencia muy extendida por la comarca la de que las piedras de chispa o del rayo, que antaño se usaban para prender la lumbre golpeándolas con el eslabón de hierro, caen y se entierran con el rayo (46).

Contra los nublaos, había remedios particulares, que cada persona aplicaba según le parecía y otros de tipo comunal. Entre los primeros, están el no permanecer al raso, encerrándose en casa, o en algún chozo o cabaña, si se está en el campo; encender la vela que estuvo prendida en el monumento del Jueves Santo; rociar la casa o cualquier lugar con agua bendita; salir a la calle o al campo y tirar hacia las nubes las piedrecillas recogidas durante el toque de gloria del Sábado Santo (en algunos lugares, por ejemplo en San Martín de Rubiales, primero se hacía una cruz con la mano en dirección al nublado); rezar alguna oración-conjuro, como ésta, que es la más conocida: "Santa Bárbara bendita / que en el cielo estás escrita / con papel y agua bendita / en el ara de la cruz, / Pater noste, amén Jesús. / Tente nublo, / tente tú, / más puede Dios / que ciento tú. / Si eres agua, / vente acá. / Si eres piedra, / vete allá, / vete a los montes / a descargar". Algunas personas también rezaban las letanías, que tenían escritas en un cuadernillo y guardadas junto con la vela y el agua bendita para estas ocasiones. De los remedios de tipo comunitario el más conocido y habitual era que el sacristán tocara las campanas de la iglesia (47), en concreto el toque de nublo, por lo que el ayuntamiento solía pagarle cierta cantidad de dinero. Otro era el hacer disparos contra las nubes de tormenta, que se practicó desde hace siglos hasta bien entrado éste (48), aunque se terminó abandonando cuando se comprobó su fracaso. Un especialista reconoce que "hubo una época en que pareció tener algún fundamento científico y, lo que era mejor, algún fundamento estadístico, la protección de los campos contra el pedrisco valiéndose de disparos hechos con cohetes y cañones granífugos, especie de morteros, que producían explosiones a gran altura. Hoy día están completamente desechadas estas prácticas..." y recomienda, como único remedio efectivo, el seguro de cosechas (49).

J. M. Barandiarán habla de que "el genio del cólera de hace más de un siglo hizo su aparición en Segura en forma de una neblina" (50). En algunos pueblos de la Ribera, las personas muy mayores cuentan que la epidemia de gripe del año 1918, que ha quedado en la memoria de todos como «el año la gripe», llegó en forma de niebla. Las personas nacidas a finales del siglo XIX o comienzos de éste vivieron aquella mortandad cuando eran adolescentes o jóvenes y nunca la han olvidado; muchos de ellos perdieron a familiares, como es el caso de mi abuelo, a quien se le murió su hermano Matías. En Castrillo comenzó el día 24 de septiembre, si bien en otros pueblos he oído la fecha del 21, el día de San Mateo. Lo cierto es que días antes ya se hablaba de que «había peste». A mediodía del 24 se preparó un gran nublao, pero no llegó a llover: "cayeron chispas de nieve y se puso to blanco. Luego vino el blandeo, empezó a blandear, y vino una niebla que trajo la gripe...". Empezaron a morir personas de manera extraña, con gran rapidez; de repente se sentían enfermas, con dolor de cabeza y escalofríos y, al poco, morían: "un arriero que estaba haciendo la colambre, ahí la bodega, no le vagó hacer una bota, inflarla, se murió". Se aplicaban remedios caseros, como echar mucho vinagre en las comidas o sangrar a los enfermos con sanguijuelas, pero no servían de nada: "Al principio tocaban las campanas; ¡coño, otro que s'ha muerto! Luego, como eran tantos, ya nada. Los enterraban sin caja, envueltos en una manta" (51). En algunos pueblos hubo que agrandar el cementerio. La mortandad generalizada precisa una explicación de tipo sobrenatural; la enfermedad es la muestra clara del mal y, al personalizarla en un genio o agente que se manifiesta por medio de un fenómeno natural, se integra en unos esquemas cognitivos que la hacen aceptable.

La predicción meteorológica continúa siendo una necesidad de cierta importancia incluso en nuestra sociedad urbana, que realiza actividades poco relacionadas con el medio natural y que cuenta con elementos poderosos para defenderse de las inclemencias del tiempo. Si comparamos nuestra situación actual con la de los campesinos de la sociedad preindustrial, entenderemos mejor el valor que ellos le otorgaban y la asiduidad con que trataban de localizar signos que les proporcionaran alguna información segura. La predicción meteorológica tradicional se basaba en la experiencia de los más observadores, de algunos labradores y pastores que eran capaces de percibir y relacionar ciertos fenómenos, quizás porque desde niños habían adquirido esa destreza que no todo el mundo posee. Por supuesto, era una acumulación de datos empíricos, en parte, así como de saberes heredados condensados en refranes y expresiones del tipo «Rebolada a poniente, agua a saliente», «Si llueve la luna de octubre, los nueve meses cubre», «Si no hiela el día de San Sebastián, no se hiela la fruta ese año», etc. La mayoría de las veces, su fundamento científico es nulo; se trata de creencias que expresan una concepción mítica de la naturaleza. Esto se ve de forma clara en algunos ritos. En la fiesta de la Candelaria, la Virgen es sacada en procesión con una o dos velas encendidas, según lugares; si vuelve a entrar con ellas ardiendo, es señal de que el año será bueno desde el punto de vista del clima y, también, de la cosecha. Si las velas se apagan, es anuncio de mal año (52).

En la sociedad tradicional el tiempo es repetitivo, cíclico. Las fiestas que cierran un ciclo temporal y abren otro suponen una regeneración del tiempo, que, en cierta manera, es una creación. Según M. Eliade, "la razón de que todavía hoy se consideren los doce días que van de Navidad a la Epifanía como una prefiguración de los doce meses del año, está también en que el Año Nuevo repite el acto cosmogónico: los campesinos de Europa entera determinan la temperatura y la cantidad de lluvia que va a caracterizar a cada uno de los doce meses venideros..." (53). En Castrillo de la Vega, esto se conocía como las cabezas de los meses: los doce días del 25 de diciembre al 5 de enero se consideraban como un prototipo del tiempo de los doce meses del nuevo año, en su orden habitual. Pero también se tenían en cuenta los doce días anteriores, es decir, del 13 de diciembre, Santa Lucía, al 24, si bien, en este caso, los meses se contaban al revés: el día de Sta. Lucía prefiguraba el mes de diciembre del año próximo, hasta llegar a enero que era el 24, y el día de Navidad empezaba el segundo ciclo, cambiando el orden. Los «doce días» tienen un contenido mitológico más complejo, relacionado con la creencia en la aparición de los muertos, las changarradas y las mascaradas petitorias, como más adelante veremos.

LA VEGETACION

En la toponimia de la Ribera aparecen alusiones al carácter especial de ciertos árboles; así en Milagros existe el Mojón del Roble y en Gumiel de Hizán, el Arbol Santo. Entre los árboles ligados a algunas creencias está la encina, que es el árbol protagonista de un milagro que hizo San Pedro de Osma en Fresnillo de las Dueñas, cuya narración nos da Loperráez de esta manera: "hallándose el Santo en la santa visita, llegó al lugar de Fresnillo, quien reconociendo la incomodidad que podían tener en hospedarle en sus casas, determinó... reposar a la sombra de una encina: que llegó la hora de comer, y faltando la agua, pidió a uno de los familiares fuese al Duero por ella, que no estaba lejos; pero pareciéndole que el criado tardaba, permitió Dios que todo el pueblo que se hallaba acompañando a su Prelado, reconociese el grande poder que tenía su siervo, pues levantando éste el báculo e hiriendo con él en la encina, empezó, aunque insensible, a sudar agua toda ella de arriba a abaxo, sin reservarse el tronco, ramas ni hojas" (54). En la plaza de este pueblo se conserva la fuente que brotó y, sobre ella, hay un altar bajo una ermitilla abierta. En Castrillo hubo una famosa encina a la entrada del pueblo, cortada hace unos treinta años, conocida como encina de San Roque, porque, al parecer, bajo ella hubo una ermita dedicada al santo, cuya imagen está ahora en la iglesia parroquial. Se consideraba árbol emblemático y figura en el escudo municipal. Con la encina suele relacionarse también a Santiago; en Aranda hubo una ermita de Santiago de las Encinas. En los escudos de otros pueblos suele aparecer la olma de la plaza. Estos olmos muy viejos y gruesos eran lugar sombreado de reunión y tenían valor simbólico para el pueblo, para quien evocaban la fortaleza, el vigor de la comunidad y su sentido social (55).

Otro árbol que abunda en la comarca, y que está relacionado con creencias, es el nogal, Iuglans Regia, es decir, IUPITER GLANS, el «glande de Júpiter»; pocos labradores había que no tuvieran uno en sus viñas. Desde niños se sabía que la sombra del nogal es muy dañina, en especial si uno se queda dormido bajo ella. En este caso, puede el despistado pillar algunos males, sobre todo dolores de cabeza y constipados. G. A. de Herrera dice: "Los nogales son así dichos de una palabra latina, NOCERE, que en castellano quiere decir nocir o dañar, porque son árboles que con su sombra, por ser muy pesada, hace mucho daño a otros árboles y plantas, que están so ellos, y aun también a las personas, que si uno duerme debaxo de algún nogal, se levanta muy pesado y con dolor de espaldas y cabeza" (56). Bien, la explicación ofrecida por el escritor renacentista parece que tiene cierta lógica; sin embargo la creencia no acaba ahí, pues si uno quiere echarse una buena siesta a la fresca sombra del nogal sin que le suceda nada, lo tiene muy fácil: sólo tiene que caparlo, o sea, cortarle el extremo de una rama (57).

Algunos árboles y muchas plantas han sido empleados por sus propiedades curativas. Como decía antes, al hablar de la predicción del tiempo, aquí también se mezclan características que realmente tienen algunos árboles y plantas, y que son capaces de actuar como causas naturales en la curación de ciertas enfermedades, con puras creencias sin fundamento real. Y, lo que es más importante, las propiedades terapéuticas estaban íntimamente relacionadas con su carácter sagrado, por lo que habían de ser recolectadas en momentos propicios, o adquirían su valor después de haber sido utilizadas en un rito (58); a continuación iremos viendo ejemplos. Al enebro se han atribuido cualidades antisépticas; sus ramas, barda, se quemaban en las hogueras de San Juan y en las de San Roque: el humo era bueno para las personas y para los animales; en Aranda, durante la epidemia de cólera de 1885, se hacían hogueras con barda por las noches y se bailaba a su alrededor (59). Sus bolas se empleaban para curar las verrugas; se echaba uno al bolsillo tantas bolitas como verrugas tuviera y se dejaban allí, que se fueran secando, y, al mismo tiempo, lo hacían las verrugas. Otras personas me han dicho que tenían que ser nueve bolas, sin que importara el número de las verrugas.

Muy generalizada estuvo la creencia en el poder de cierto rito que se practicaba en algunos árboles para curar las hernias de los niños durante la noche de San Juan (60). A él debe aludir la noticia que da Silverio Velasco de que el fraile Sebastián de Arévalo, en una visita que hizo a Aranda el 24 de Julio de 1687, "mandó que nadie usase de la superstición de pasar los niños por los árboles en ciertos días determinados del año" (61). Como hemos visto, la noche de San Juan estaba ligada a la recogida de otras plantas, como la manzanilla y cierto tipo de cardos. Otra planta asociada al ritual religioso es el romero, que, una vez bendecido antes de la misa y procesión del Domingo de Ramos, se coloca en puertas y ventanas de las casas y en las cuadras de los animales para protegerlas "de todo mal". En la Fuente Cornejo de Castrillo crecen unas plantitas de flores amarillas que, arrancadas con raíz en número de nueve, se guardaban en la ropa de quien tenía almorranas y las curaban según se iban secando. También servían para la rija del ojo.