Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

LA VIRILIDAD Y EL NIÑO DESNUDO

MARTIN CRIADO, Arturo

Publicado en el año 2004 en la Revista de Folklore número 283.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 283 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


A través de las obras de arte podemos ver que la imagen de Cristo en la Edad Media es la de su divinidad, la de un Cristo Majestad que ni siquiera en la cruz pierde su hieratismo. Son imágenes rígidas, sin pizca de humanidad. Sin embargo, al final de la época medieval se va dando una progresiva humanización de las representaciones de Jesucristo, así como de las de la Virgen María. Este cambio radical en la representación de la Madre y del Hijo se atribuye, entre otras razones, a la influencia de la piedad franciscana, que exalta la sentimentalidad, llegando incluso al sentimentalismo, y a la progresiva importancia que a lo largo de la Edad Media fue adquiriendo el personaje de María, vista ahora no como mero trono de la Majestad divina, sino como madre nutricia que amamanta, y como madre amante que prodiga su amor y sus caricias.

Este cambio, que se hace patente en las obras de arte del último gótico y en las del Renacimiento, tiene mucho que ver con la formulación de la teología de la encarnación, que destaca en la figura de Cristo su "humanación", su verdadera conversión en hombre al encarnarse y nacer en este mundo. Cristo conserva su naturaleza divina, pero, como ser humano, se encarnó en forma de varón y, para mostrarlo de forma explícita en ese libro en imágenes que era el arte cristiano medieval, se le representa desnudo, mostrando el sexo varonil de forma ostensible; es la llamada ostentatio genitalium (1).

Leo Steinberg ha estudiado cómo se muestra la ostentatio genitalium en el arte europeo del Renacimiento, si bien no incluye ejemplos españoles. En numerosas obras de arte de los siglos XV y XVI, aparece la figura del Niño desnudo, o semidesnudo, mostrando sus genitales de manera clara; a veces, la Virgen María separa las piernas del Niño con la mano para que se vean con mayor claridad; en otras obras, la mano señala hacia el sexo del Niño. En muchas escenas de la adoración de los Reyes Magos, éstos dirigen su mirada al pene del Niño Jesús, pues eso sería la Epifanía, la mostración de la encarnación de Jesús como varón. Según Steinberg, que también estudia otros tipos de imágenes de Cristo que aquí no me interesan, la ostentación sexual pretende mostrar a los cristianos que contemplaban esas obras dos cosas. En primer lugar, la naturaleza verdaderamente humana de Jesucristo, Dios encarnado en este mundo como uno cualquiera de los seres humanos. Además, se insiste en señalar que se encarna como varón, para lo cual exhibe su virilidad de forma ostensible, rasgo fundamental en la religión cristiana, como en las otras religiones de origen semítico, judaísmo y mahometismo, en todas las que la exaltación de la virilidad se opone a la relegación de la mujer por considerarla un ser "impuro". La mujer fue apartada, y lo es, por estas religiones a un segundo plano, al sometimiento al hombre, quien, como decía Pablo de Tarso, es cabeza de la mujer, a la que impuso el velo de la vergüenza.

Como he dicho antes, Steinberg no parece conocer nada del arte español, o al menos no incluye ni una sola obra de arte española de entre los centenares de ellas en que se da la ostentatio genitalium. En Castilla encontramos con frecuencia el tipo señalado de Virgen con el Niño en el arte del finales del siglo XV y comienzos del XVI. Debido a la naturaleza de este artículo, no voy a dar una relación amplia de este tipo de imágenes, que se puede hacer fácilmente con sólo consultar los catálogos de las ediciones de las Edades del Hombre. Me limitaré a señalar alguna obra representativa de autores famosos, como el escultor Alejo de Bahía, del que se puede contemplar una Santa Ana, la Virgen y el Niño en el Museo Catedralicio de Palencia, con el Niño, que viste una túnica abierta que permite ver su cuerpecillo desnudo, sentado en el regazo de su Madre (2). En el mismo Museo palentino hay una obra de Pedro Berruguete, fechada a finales del siglo XV, en la que la Virgen enseña un libro al Niño desnudo (3). Otra escena característica citada por el crítico norteamericano es la de la adoración de los Magos, como la tallada por Alonso Berruguete, (Fig. 1) en la cual la Virgen aparta con su mano la pierna del Niño, que muestra su pene.

Otros tipos iconográficos que tuvieron una difusión enorme, y que Steinberg no cita, son el de San Antonio de Padua con el Niño y el de San José con el Niño, éste no tan abundante como el primero. El santo portugués suele aparecer de pie con un libro en las manos, sobre el que el Niño Jesús desnudo está sentado o de pie; estas imágenes son abundantísimas en los siglos XVII y XVIII, no tanto en el siglo XVI, si bien de éste es una de las mejores que conozco, el San Antonio tallado por Juan de Juni que se exhibe en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid (Fig. 2). La popularidad de San Antonio de Padua no dejó de crecer hasta el siglo XX, y sus imágenes no dejaron de hacerse y mostrarse hasta ahora, si bien la cursilería decimonónica las vistió con puntillas o tapó los genitales del Niño con cintas de colorines; rara será la iglesia de cualquier pueblo castellano donde no se rinda culto a este santo protector de los niños. En cuanto a San José con el Niño en brazos, parece que su culto lo popularizó Teresa de Jesús y que fue especialmente importante en España a partir del siglo XVII.

Y de lo anterior se deduce otra peculiaridad española, y es que mientras en otros países se fue dejando de hacer este tipo de imágenes con el Niño Jesús desnudo por mandato del Concilio de Trento, en España se siguieron pintando y tallando hasta el siglo XVIII (Fig. 3). Las iglesias españolas fueron un verdadero manifiesto iconográfico de la encarnación y de la virilidad de Jesús; tuvo que ser importante la labor doctrinal de todas estas imágenes adoradas por campesinos y habitantes de ciudades, y, sin duda, contribuyeron a sobrevalorar al niño varón, esperado y deseado, y a minusvalorar a la niña, recibida con resignación, cuando no con desprecio.

Ya sabemos que la distinta valoración del recién nacido según sea niño o niña no es un rasgo cultural peculiar de la Europa cristiana; es de sobra conocido que las niñas sufren una discriminación más grave en ciertos países orientales, donde algunas de esas prácticas llegan a suponer un notable desequilibrio demográfico. El que ahora, en la actual sociedad española, se luche activamente contra esa discriminación no ha eliminado de las formas de pensar de mucha gente esa distinta valoración que, a veces, se refuerza todavía de muchas maneras.

En la segunda mitad del siglo XIX, cuando la fotografía se popularizó, en especial entre las clases medias, el consumo de imágenes se incrementó enormemente en relación a épocas anteriores. La fotografía de consumo más extendida fue el retrato que, por medio de la carta de visita, de pequeño tamaño y precio reducido, se difundió por todas las clases sociales, llegando incluso a las más pobres. Las fotografías de retrato jalonaban los hitos más importantes de la vida; se conservaban en casa como recuerdo o se enviaban a los familiares, sobre todo a aquellos que vivían lejos, que apreciaban mucho esa especie de visita virtual a través del correo, en unos tiempos en que los viajes todavía no eran frecuentes. Todavía a mediados del siglo XX, hasta que el teléfono fue llegando a todas las casas, el contacto epistolar era muy intenso en la mayoría de las familias, y no pasaban fechas señaladas, como el cumpleaños o las festividades navideñas al menos, o acontecimientos significativos, como nacimientos, bodas, cantamisas, etc., sin que se produjera esa comunicación entre los miembros de la familia.

Cuando nacía un hijo, sobre todo si era el primero, o muy esperado por cualquier motivo, con mucha frecuencia se mandaba retratar cuando tenía varios meses para regalar el retrato a los familiares, tanto a los que habitaban en la misma ciudad como, con mayor motivo porque no solían conocerlo, a los que residían lejos. Los retratos de niños y niñas pequeños de los siglos XIX y XX son muy abundantes entre los fondos de la fotografía retratística, y llama la atención que una buena cantidad sea de bebés desnudos, o ligeramente vestidos, mostrando los varones sus genitales de forma bien visible. Las poses en que fueron retratados buscan intencionadamente esa ostentación, cosa que no sucede en los retratos de las niñas, que, si bien a muchas también se las fotografía desnudas, nunca muestran su sexo. Las poses están claramente inspiradas en las de las figuras del Niño Jesús que antes he comentado, bien sentado, solo o sobre las rodillas de la madre o ama de cría, bien tumbado de espaldas o de costado. De entre las fotografías de mi pequeña colección he elegido tres ejemplos representativos. La primera es una carta de visita del fotógrafo Napoleón hijo, que trabajó en Madrid desde 1870; muestra a un niño solo, sentado en una cama, o algo similar, vestido únicamente con una camisita y con las piernas separadas que permiten ver con nitidez sus genitales (Fig. 4).

La segunda fotografía, que lleva en el dorso el sello del fotógrafo segoviano Unturbe, de comienzos del siglo XX, presenta la imagen de una mujer, seguramente el ama de cría por la ropa que viste, que tiene sobre su rodilla izquierda a un niño. Éste viste una camisola o especie de túnica que le cubre la mitad superior del cuerpo, dejando desnudas sus piernas y permitiendo mostrar el pene (Fig. 5). Esta imagen se inspira en la tradicional de la Virgen sentada con el Niño en una de sus rodillas; la fotografía, en sus comienzos, tomó modelos, poses, actitudes y composiciones de las artes ya consolidadas como la pintura y la escultura, pues muchos de los primeros fotógrafos conocían o habían practicado alguna de las Bellas Artes.

La tercera, del fotógrafo vallisoletano Cervera, nos muestra a un niño solo, tumbado, que apoya la cabeza sobre un almohadón y levanta la pierna derecha para permitir apreciar con claridad sus genitales (Fig. 6). Esta pose recuerda la postura de algunas imágenes del Niño Jesús en escenas del nacimiento o la adoración de los Reyes Magos; compárese con el Niño de la Natividad que corona el retablo del Obispo Sarmiento de la Catedral de Palencia, obra del siglo XVIII (Fig. 7).

Estas fotografías contenían una gran carga de afectividad, pero también valor demostrativo; eran una especie de certificado que extendían los padres comunicando la buena nueva: ha llegado el varón, el heredero o continuador del negocio u oficio paterno, el hombrecito tan deseado, tan esperado tras la llegada, a veces, de varias hermanas. Este tipo de fotos, objetos de intenso valor etnográfico, porque nos hablan de emociones, pero, sobre todo, de valores e intereses, contribuían, además, a formar la identidad varonil del retratado; ser varón es tener los atributos biológicos de varón, aprende el niño desde pequeño, y esas imágenes, más en un ambiente donde abundaban los animales tanto en el campo como en la ciudad, conformarán una mentalidad infantil en la que se está formando una sexualidad de tipo tradicional muy característica, en la que hombre y mujer tienen papeles predeterminados que se imponen a sus propios sentimientos y vivencias. Estas imágenes destacan el carácter exterior, proyectado hacia afuera del sexo masculino, y son signo de unos rasgos internos que se consideran característicos de la masculinidad.

Con una cierta dosis de exhibicionismo, la madre y el niño muestran al mundo su virilidad, el orgullo de ser varón; la madre, a menudo, se sentía orgullosa del sexo de su hijo, lo ensalzaba, lo acariciaba y fomentaba, quizás inconscientemente, el creerse superior por tener pene. El hombre suele ver su sexo como algo hermoso y valioso, no por una apreciación racional, sino como un sentimiento grabado en su mente desde la infancia, fuertemente ligado a los de cariño, afecto y felicidad, salvo en algunos casos patológicos.

____________

NOTAS

(1) STEINBERG, Leo: La sexualidad de Cristo en el arte del Renacimiento y en el olvido moderno, Madrid, Hermann Blume, 1989.

(2) Las Edades del Hombre. Memorias y esplendores. Palencia, 1999, Salamanca, Fundación Las Edades del Hombre, 1999, pp. 269-270.

(3) Ib., p. 257.