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HERALDICA CAMPESINA

MARTIN CRIADO, Arturo

Publicado en el año 2004 en la Revista de Folklore número 287.

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El estudio de la historia del arte nos ha mostrado que las imágenes son desde sus orígenes un medio de afirmar el poder. Poder mágico y religioso desde las primeras muestras del arte paleolítico; poder político y económico, también, a partir del neolítico y de las primeras civilizaciones, como la egipcia. Después, variaciones sobre el mismo tema, sin demasiada originalidad, hasta hoy mismo; mayor complejidad y ambigüedad a medida que las sociedades aumentan de tamaño. Así podemos ver cómo, en plena Edad Media, el monopolio imaginario que detenta y emplea, al principio, sin miramientos la Iglesia, es roto por la realeza, que recupera el gusto, quizás también la necesidad imperial por las imágenes como exaltación del poder máximo, sin atreverse, claro está, a la divinización a que habían llegado los emperadores romanos. El arte románico es una explosión de imágenes que canta las glorias del cristianismo triunfante; ante su éxito, reyes y caballeros no se quedarán cruzados de brazos, sino que tratarán de apropiarse, en la medida que puedan, de ese maravilloso recurso de poder.

En ese ambiente de pleno triunfo icónico, después de la escasez de siglos anteriores y de las inquinas iconoclastas, nace el escudo de armas o blasón, imagen simbólica real y nobiliaria por medio de la cual se manifiesta el estatus, el poder personal y familiar; por eso se muestra en las ropas, en las armas, en los caballos y también en la casa propiamente dicha y en la de ultratumba, en los enterramientos. En las fachadas de palacios y casas nobiliarias, aparecen en la Edad Media con un tamaño mediano o pequeño, y sin apenas decoración o, en todo caso, muy sobria. Sin embargo, a partir del Renacimiento, se fue produciendo lo que Caro Baroja denomina una “fiebre heráldica”; en los siglos XVI, XVII y XVIII:

se multiplican las labras heráldicas que a veces no están en proporción con la importancia de la casa, lo cual da cierta idea de orgullo desmedido. La fiebre heráldica no ha pasado todavía, según es notorio, y ya en aquellas épocas hubo eruditos que la fomentaron (Caro Baroja, p. 39).

Si los blasones que inundan iglesias de ciudades y pueblos, si los erosionados y, a veces, maltratados escudos de casonas pueblerinas son señales y demostraciones de poder y de orgullo de poseerlo, podríamos aseverar que esas mismas señales no sólo muestran sino que también generan más poder, y, por supuesto, envidias y ansias de apropiarse de él por parte de quienes se creen con fuerza suficiente para llegar arriba. Si esto puede llegar a ser, como dice Caro Baroja, orgullo desmedido y vano, y muchos de los nuevos ricos resultan siempre irrisorios y acaban siendo objeto de mofa, lo cierto es que en el siglo XVIII, a medida que van penetrando lentamente las ideas de la Ilustración, la del ascenso social, quizás por primera vez en la historia de España, es aceptada sin reticencia y ensalzada; el trabajo y el enriquecimiento se contemplan como buenos en sí y necesarios para la sociedad, y los que luchan por conseguirlo son alabados por su esfuerzo. En este contexto de fomento del progreso de la agricultura, de alabanza de la riqueza y del ascenso social, se sitúa el asunto de este artículo, que no es otro que el empleo de imágenes de humildes utensilios de labranza –reja del arado, hoz de podar las vides, aguijada, azadón, etc.– como imágenes heráldicas que algunos labradores colocan en las fachadas de sus casas en la Ribera del Duero a lo largo de los siglos XVIII y XIX.

El caso más antiguo que conozco no se localiza en una casa, precisamente, sino en un monumento religioso popular, el crucero de Canalejas de Peñafiel, que originalmente estaba situado en las eras y ahora en una plazuela del centro del pueblo; además, al trasladarlo, se cambió su orientación, de forma que en la actualidad la cruz mira al sur en lugar de hacerlo al este. Al describirlo, haré referencia a la situación actual para simplificar la cuestión. La cara que mira ahora al sur es la principal; el brazo vertical de la cruz está coronado por el típico cartel de INRI, pero debajo no hay una imagen de Cristo crucificado, como es previsible, sino una imagen que lo simboliza, el sol, que ocupa el cruce de ambos brazos; los extremos del brazo horizontal tienen ambas sexifolias. En el brazo vertical, hacia abajo, encontramos un búcaro con tres flores, símbolo de la Virgen, una cartela con la leyenda “AVE MARIA PURISSIMA VIVA”, una roseta de cinco pétalos y una calavera. En la base de la cruz, aparecen los donantes y la fecha: “PVSO ESTA CR JVAN DEL POZO Y MANVELA ERNANDO SV MVGER 1769”.

En la cara que mira al oeste, hay una inscripción interrumpida por varias imágenes: “BIBA [roseta doble] GES [reja de arado] VS [círculo con cruz doble] I MARIA”. En la cara oriental, sigue la inscripción: “SANJOSE [aguijada] Y SAN [hoz de podar] JVAN [cruz en circulo] AÑO 1769”. En el lado occidental de la base se amplía la información sobre su construcción, que corrió a cargo del concejo de Canalejas y su alcalde, que sería el citado Juan del Pozo.

En esta cruz se da una mezcla de imágenes de tipo místico –sol, sexifolias o estrellas, rosetas, jarrón con flores, cruces– con otras que tienen un origen y sentido distinto. La reja de arado y la aguijada con que se limpiaba, por un lado, y la hoz de podar, por otro, funcionan en este contexto como metonimias de la agricultura cerealista y de la viticultura, respectivamente, que eran, y han seguido siendo hasta hoy mismo, las dos ocupaciones que daban de comer a los labradores de la Ribera (Martín Criado). Este dualismo agricultor aparece de manera semejante en la mayoría de los casos que veremos. Las imágenes místicas eran obligadas en este monumento de tipo religioso y formaban parte de la tradición; sin embargo, qué sentido tienen esas otras imágenes, chocantes por novedosas, si bien podemos reconocer que la difusión del culto a San Isidro en la centuria dieciochesca hubo de hacer familiar la reja y la aguijada en el interior de iglesias y ermitas.

Siguiendo un orden cronológico, continúo con un pequeño escudo de piedra caliza colocado en la clave de una puerta de Langa (Soria), que lleva fecha de 1797. Es el único caso en el que todos los instrumentos que aparecen están relacionados sólo con la viticultura: la hoz de podar, en el centro, y a cada uno de los lados, un tipo distinto de tijera de despuntar, como se denominan en la actualidad, que es una especie de segunda poda tardía que se da a las viñas cuando se han podado pronto y se ha dejado mucha leña como precaución por las heladas. En este pequeño y rudimentario escudo se aprecia ya el orgullo del labrador, en este caso viticultor, que al construir su casa expresa el triunfo en su profesión y en la vida a través de esta sencilla imagen.

De finales del siglo XVIII será también un dintel sin fecha de la puerta de una casa de piedra, bastante arruinada, de Santa Cruz de la Salceda (Burgos). En el centro del largo dintel, está tallado en bajorrelieve un blasón que sigue el contorno más característico de la heráldica española; rectángulo vertical con el lado inferior redondeado. Y en su interior, una hoz de podar con el mango hacia abajo y una pequeña aguijada sin la vara a la que solía ir embutida esta pequeña pieza de hierro, que se empleaba para limpiar la reja del arado, por lo que se vuelve a ver la referencia a los dos cultivos de los que antes he hablado.

El resto de los casos que he estudiado son del siglo XIX. En el año de 1822 está fechado el dintel de un lagar de Vadocondes (Burgos), en el cual aparecen, además de la fecha, la reja y la hoz de podar separadas por una cruz con el pie ligeramente torcido; no deja de llamar la atención la presencia del signo del cristianismo entre tan humildes aperos, pues no ocurre con frecuencia que aparezcan juntos, si bien hay que reconocer que la cruz es, con mucha diferencia, la imagen más empleada en las fachadas de las casas de la Ribera durante los siglos XVIII y XIX.

En el cercano pueblo burgalés de Fuentespina, hubo un dintel de un lagar en el que, entre la reja y la hoz de podar, aparecía una mano abierta, en vez de la cruz, como signo protector; este dintel ha desaparecido de su lugar y no he podido verlo, sólo lo conozco de oídas.

De 1835, según figura en el dintel del balcón, es la fachada de una casa del pequeño pueblo de Miño de San Esteban (Soria); se trata de una construcción mediana de piedra, que puede considerarse representativa de la vivienda decimonónica de la zona. La fachada está revocada con mortero de cal, de color crema sucio, y, sobre el mortero, tiene pintada una sencilla decoración en rojo almagre, a base de líneas que cercan las ventanas, pequeños semicírculos, sexifolias, abanicos y, flanqueando la ventana que hay a la izquierda del balcón, la reja y la hoz de podar también pintadas en almagre.

En Santa Cruz de la Salceda (Burgos), hay otra casa de piedra caliza que, si bien no está fechada, yo sitúo en la segunda mitad del siglo XIX, con un dintel donde figuran en bajorrelieve la reja, la hoz de podar, en el centro, y la hoja metálica del azadón de picos, también conocido en la Ribera como de ganchos, con el que se cavaban las viñas, en especial las que crecían en terrenos arenosos y guijarrales. Este útil, tan ligado a la viticultura, sólo aparece en esta casa y en la siguiente y última.

Castillejo de Robledo (Soria) es un ejemplo de pueblo con una estupenda arquitectura popular de piedra del siglo XIX y comienzos del XX, aparte de una iglesia románica, un castillo roquero, una ermita con pinturas medievales, desgraciadamente arruinada, y los ecos legendarios de Rodrigo Díaz de Vivar. En la calle de entrada hay varias casas de fines del siglo XIX; en una de ellas, fechada en 1897, en el dintel de una ventana de la planta superior aparecen la conocida hoz de podar, a la izquierda, el azadón de picos, a la derecha, y en el centro, sobre una leyenda, la hoz de segar, del tipo tradicional en la Ribera, es decir, la hoz de diente o verduguillo, con la que se segaba el cereal a tirón.

En cuanto a la leyenda “QUÉ ME MIRAS”, relacionada con otra que recorre la cornisa del tejado, donde se lee “LA VERDAD SERÁ PERSEGUIDA PERO NO VENCIDA”, se puede decir que nos habla de esas rencillas y disputas lugareñas, y de orgullo, que se lanza a los cuatro vientos desde el altavoz de la fachada, que domina una de las dos entradas del pueblo, la más importante, por ser la de los caminos que llevan a Aranda y a San Esteban.

Las imágenes empleadas en la heráldica han sido repetidas desde época medieval. En Europa, en general, se han utilizado cuatro: la cruz, el águila, el león y la flor de lis, que funcionaban a modo de emblemas de la religión cristiana, del poder imperial, del real y de la Virgen María (en Francia, también de la monarquía) respectivamente. En algunas naciones, hay ciertas peculiaridades; por ejemplo, en Inglaterra el leopardo sustituye al león como emblema real; en Castilla, los reyes usaron el castillo, que pronto se unió al león del Reino de León. Junto a éstas, hay otras muchas imágenes que se repiten constantemente: torres, puentes, armas, partes del cuerpo (cabeza, mano, brazo), animales, aparte de los ya dichos, como jabalíes, lobos, osos, aves, etc., plantas y seres fantásticos, como dragones, grifos y sirenas. Cuando el uso de los blasones se amplía a gran cantidad de familias que consiguen la hidalguía en la Baja Edad Media y a comienzos de la Moderna de forma más o menos legítima de acuerdo con criterios antiguos, muchas colocan en sus escudos de armas objetos relacionados con su apellido. Así vemos que el de los Abarca lleva varias piezas de este calzado; el de los Abella, un colmenar; el de los Agraz, hojas y racimos de vid; el de los Acha y Achey, un hacha; el de los Caldera y los Herrera, varias calderas, etc. En la casa de los Picos de Segovia, el escudo que aparece en la portada tiene una hoz de podar por alusión al apellido de la Hoz de sus dueños. En todos estos casos el uso de humildes objetos de la vida campesina es puramente nominal; se percibe una relación superficial entre dos realidades distintas y alejadas, pero no hay intención de señalar una relación profesional. En todo caso, la heráldica, en tanto que es muestra de un estamento del Antiguo Régimen, tiene una función diferenciadora, discriminadora dentro de la estructura social, una función puramente estamental: mostrar y justificar su poder como estamento privilegiado. Esta misma función estamental se da en los blasones de tipo eclesiástico, tanto en los de las jerarquías, que tenían derecho a escudo propio, como en los de los simples párrocos, que usaban las llaves de San Pedro acompañadas, a veces, de algún otro objeto religioso, como la tiara o el cáliz.

En el caso de los labradores, la mayoría de los que colocaron, sobre todo a partir del siglo XVIII, algún tipo de imagen en la fachada de sus casas puso una de tipo religioso, especialmente la cruz, signo cristiano por excelencia y medio de protección frente a todo tipo de males. Entonces, ¿por qué una minoría hizo uso de este tipo de imágenes que he presentado antes, incluso junto a la cruz? La explicación puede estar en una serie de realidades y acontecimientos que se fueron acumulando a lo largo del siglo XVIII. La sociedad de esta centuria en Castilla y León seguía siendo predominantemente agraria; en la Ribera, desde finales del XVII, se había ido produciendo una lenta recuperación económica, en buena medida relacionada con el aumento del cultivo vitícola y el establecimiento de una economía especializada en la comercialización de los excedentes del vino. Por otro lado, sobre todo durante el reinado de Carlos III, los ilustrados apoyaron una política de liberalización de la propiedad amortizada para poner tierras a disposición de quienes las hicieran más productivas, que fueron los pequeños y medianos labradores, tanto propietarios como arrendadores. El progreso del campo fue una de las grandes pasiones de la Ilustración, que debía basarse en la figura del labrador: “El artesanado rural complementaba la figura central de la sociedad ideal contemplada por los ilustrados españoles: el labrador independiente” (R. Herr, p. 50).

El trabajo del labrador, despreciado por los nobles como todo tipo de trabajo manual, fue recuperado y ensalzado por los ilustrados que, incluso, dictaron leyes para proclamar la honorabilidad del trabajo manual. Se criticaba la ociosidad de los estamentos privilegiados, nobleza y clero, y se proponía ennoblecer a aquellas familias que hubieran demostrado a lo largo de varias generaciones haber llevado a cabo un trabajo bien hecho (Morales Moya). Por supuesto, estas ideas sólo llegaron a calar en una minoría de labradores pudientes, que empezaron a ver en su profesión, antes tan despreciada y maltratada, un motivo de satisfacción y de orgullo; era una minoría acomodada de propietarios y arrendatarios que formaba una especie de burguesía rural incipiente, que aspiraba a desempeñar un papel más activo y ambicioso en la sociedad de su tiempo al sentir el viento favorable que soplaba desde Madrid. Los sinuosos caminos de la historia complicaron extraordinariamente su empeño y muchas aspiraciones acabaron por los suelos.

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