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Revista de Folklore número

308



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La palabra y la imagen en el discurso popular–rural de Miguel Delibes

URDIALES YUSTE, Jorge

Publicado en el año 2006 en la Revista de Folklore número 308 - sumario >



RESUMEN
Miguel Delibes encuentra su lenguaje popular rural en los pueblos de Castilla.

El discurso narrativo de Miguel Delibes es fundamentalmente popular rural. Los castellanos que aparecen en su obra son, en general, austeros, duros, de algún modo fatalistas, aunque comedidos y prácticos. Están abiertos a las cosas que son su mundo, son gente de campo, pero que a la vez tienden a lo universal y absoluto. La medida de su lenguaje es parecida.

Si Unamuno, cargado de grandes preocupaciones, busca el castellano de vida intensa y profunda, Miguel Delibes prefiere, busca y encuentra al de carne y hueso, concreto, social, vinculado a su circunstancia rural.

El discurso popular rural de Miguel Delibes está cargado de imágenes del mundo rural y de dichos populares. Se advierten, en el conjunto de su narrativa y en los materiales literarios con que la construye, cualidades cinematográficas.

En las voces esto es particularmente notable. De sus 1.469 palabras rurales hay 329 que no recoge el DRAE. Y, entre estas es significativa la referencia a la imagen de lo que nombran.

Es el caso de: aborrascarse, acorrillar, araña, bocacerral, cagarrutero, cura, descalzar, engañapastor, engurruñido, ensuciar, estropeabarrigas, humeón, lechazar, lecherines, llevancontrarias, niebla meona, perdido, posapié, rebarco, sarrasina.

SUMARIO

1- Los distintos discursos de la novelística de Miguel Delibes. 2- El discurso central de su novelística: el popularrural. 3- Qué entender por discurso. 4- Qué entender por popular. 4- Qué entender por rural. 5- El discurso popularrural en sus novelas. 6- La imagen y los términos en Miguel Delibes.

Miguel Delibes no se inventa las imágenes que encontramos en sus novelas rurales. Lleva el oído atento y alerta en su etapa de observador-cazador de materiales rurales para sus obras, cuando marcha por los pueblos de su Castilla y habla con sus gentes. Escucha a personajes concretos que se llaman uno Melecio, otro Partenio y un tercero Azarías, en Castrillo a la Faustina, en otros pueblos de su Castilla quizá a la Modes, al señor Cayo, al cura don José… y reproduce, luego, su lenguaje gráfico, concreto, más apegado a la imagen que rezuman las realidades palpables que a la idea de las cosas. Preferirá, por temperamento y educación y por el contacto con estas gentes del mundo rural el lenguaje directo y concreto.

LOS DISTINTOS DISCURSOS DE LA NOVELÍSTICA DE MIGUEL DELIBES

El vocabulario de Miguel Delibes se alimenta de la propia circunstancia del escritor, como es natural. Ha pasado la mayor parte de su vida en Valladolid y sus alrededores. Y esta realidad suya tan castellana salta en cada libro en forma de términos populares–rurales.

Junto a la abundancia de vocabulario popular–rural, existen otras realidades léxicas que no escapan a la narrativa de Delibes. Así, nos encontramos con americanismos, términos marineros y palabras de referencia francesa a través de sus libros.

Los americanismos empleados por Delibes aparecen fundamentalmente después de su viaje a Hispanoamérica. Allí oye y aprende voces que posteriormente va a utilizar con Lorenzo cuando le convierta en el protagonista de Diario de un emigrante. En un primer momento, Lorenzo siente una cierta hostilidad hacia estas voces nuevas para él, pero con el tiempo los irá haciendo suyos. No obstante, además de en Diario de un emigrante, encontramos algunos vocablos de origen hispanoamericano en Siestas con viento sur, La hoja roja y El último coto.

Surgen con frecuencia en estas novelas voces tales como choclo, copuchar, palta, pejerrey, poto, puelche, puna, tincar, totora o vicuña.

Otro campo semántico empleado por Miguel Delibes es el de los términos relacionados con el mar y la navegación en varias de sus obras: Aún es de día, El camino, La partida, Siestas con viento sur, Diario de un emigrante, Parábola de náufrago, Mi vida al aire libre y 377A Madera de héroe.

Destacan por el número de términos empleados La partida y, sobre todo, Madera de héroe.

Todo este vocabulario lo aprendió Delibes durante la Guerra Civil cuando, en 1938, sirvió como voluntario de las fuerzas nacionales en el crucero Canarias. Se sabe que Madera de héroe es, en cierto modo autobiográfica.

Trata sobre las experiencias de Gervasio García de la Lastra a bordo de un crucero. Por lo tanto, los términos relacionados con el mar y la navegación que emplea Delibes en este libro, son utilizados de un modo preciso al haber sido conocidos por el autor en unos momentos tan intensos de su vida.

Hace cuatro años me entrevisté con Ángel Teijeira, uno de los compañeros de Delibes en el crucero. Delibes y Teijeira compartieron el mismo destino: el telémetro. El coy (que viene a ser la cama en donde duermen los marineros) de Teijeira estuvo junto al coy de Delibes en aquellos meses de 1938 y 1939.

De mis entrevistas con Ángel Teijeira pude corroborar que, además de ser verdaderos los términos marineros que seguidamente cito, algunos de ellos corresponden a piezas o partes del crucero Canarias que hoy en día ya no se usan.

Términos marineros: Abisinio, amura, aproar, arboladura, arbolar, as de guía, avante, babor, baquetear, barrera, barrilete, batayola, beque, bichero, bogar, bolardo, bolina, bou, cabotaje, cabrestante, cabria, cabrilla, cabrillear, cachete, camareta, cancerbero, castillo, ciar, cocas, cofa, combés, contramaestre, coy, cuadro, dársena, driza, empopar, escobén, escora, eslora, espaldear, espardel, espigón, estacha, estribor, flechaste, fletante, franco, galerna, grao, guindola, heliógrafo, jarcias, juanete, lampazo, lanchón, lepanto, mamparo, marchapié, mascarón, mercante, mistral, pañol, piola, popa, portalón, proa, puntal, pulpejo, quilla, rebenque, repalear, reveza, Salve marinera, sentina, señalero, sollado, sombrete, tejuelo, telemetrista, telémetro, toldilla, tonina, torre, tubo acústico, vacar.

Como último campo semántico destacable se encuentran algunas palabras francesas. El conocimiento del francés que tiene Delibes le viene de dos fuentes distintas: la primera y más importante es de raíz familiar. Su abuelo, Friedrich Pierre Delibes, nacido en Toulouse, vivió en Francia hasta que vino a Molledo–Portolín para la construcción del ferrocarril Alar del Rey–Santander. La segunda es la escolar. Los Hermanos de las Escuelas Cristianas del colegio de Lourdes enseñan el francés a los alumnos que pasan por sus aulas, entre ellos a Miguel.

Delibes emplea términos franceses que no son conocidos por el resto de los hablantes: Ordubre, sanfasón y tartarinesca.

Delibes no siempre tiene conciencia de que estos términos no aparecen en el DRAE. Así, en carta de Miguel Delibes recibida en mi domicilio el 17 de febrero de 2003, me explica: “Me sorprende que no la recoja el diccionario de la RAE. En mi casa, de descendencia francesa, se empleaba normalmente”.

EL DISCURSO CENTRAL DE SU NOVELÍSTICA: EL POPULAR–RURAL

En el discurrir de las novelas de Miguel Delibes, el peso de lo rural que con el paso del tiempo se ha hecho ya popular, es determinante.

Ciertamente, el discurso de carácter popular–rural es el que se hace más presente en las obras de Miguel Delibes y se puede afirmar que es el discurso central de su novelística.

Antes de adentrarnos en el discurso de carácter popular –rural de Miguel Delibes, habrá que saber a qué nos referimos cuando hablamos de discurso, de popular y de rural.

1. Qué entender por discurso Etimología

A mediados del siglo XV se encuentra la palabra discurrir (tomada del latín discurrere: correr acá y acullá, tratar de algo. (Cf. Cuervo, Diccionario II, pp. 1250–3), en la Crónica de Álvaro de Luna, de Gómez Manrique; la recoge en su Universal Vocabulario en latín y romance, Alonso Fernández de Palencia, Sevilla, 1490; aunque, Juan de Valdés todavía dice que es palabra que debiera introducirse en castellano. Es frecuente ya en la segunda mitad del siglo XVI.

Alonso Fernández de Palencia recoge las palabras discurriente, discurrimiento y discurso (del latín discursus, –us) en el sentido de “curso de las aguas” (Alonso Fernández de Palencia, loc.cit. 25d, 204d). La palabra que Juan de Valdés había dicho que desearía introducir en castellano es frecuente desde el Quijote (1).

Al margen de las peripecias históricas de la palabra discurso, su etimología final de la palabra nos lleva a leer la palabra dis–curso como curso–a través.

El discurso, hoy

En el lenguaje de la calle y en el académico, la palabra discurso es, hoy, inferencia, un pasar y correr de algo, un camino que se hace al paso.

En las personas, discurso es el acto de una de sus facultades, el acto propio de la facultad discursiva. La inteligencia marcha de un objeto a otro hasta alcanzar el nombre de las cosas o la definición en que descansar, que las refleje y señale. La facultad discursiva se hace acto en el proceso de reflexión o de razonamiento que sigue a partir de unos principios o antecedentes o en el paso de unos hechos empíricos o experimentales a unas razones y leyes que los justifican o dan razón de su existencia o comportamiento.

La Academia llama discurso también a “la serie de palabras o frases empleadas para manifestar lo que se piensa o siente”. Pone como ejemplo el discurso hablado, más o menos largo y, así, añade: “Perder, recobrar el hilo del discurso”. Esta es su acepción número 5.

En la acepción inmediata, la número 6, amplía el campo objeto del discurso y lo extiende de las palabras y las frases “al razonamiento o exposición sobre algún tema que se lee o pronuncia en público”. Lo que hasta aquí parecía reducirse a un caudal de palabras o de frases (eso sí, con un hilo conductor), ahora amplía su cauce y se extiende también a los razonamientos a los que sirven palabras y frases y a cuanto necesita el discurso para ser la verdadera exposición de un tema. Se amplía el cauce por esos dos lados, pero, inmediatamente se limita al añadir que se trata de lo que “se lee o pronuncia en público”.

En la acepción número 9 el Diccionario de la Real Academia extenderá lo que antes (acepción 6) redujo a “tema que se lee”, también a lo que se escribe: “escrito de no mucha extensión o tratado en que se discurre sobre una materia para enseñar o persuadir” (2).

En el presente artículo, el discurso (discurrir continuado de palabras y frases, fruto de actos de la facultad discursiva, que manifiesta por escrito un tema, ante el público (los lectores de las novelas de Miguel Delibes), que podría versar sobre diversos aspectos de la realidad, se fija y concreta en uno determinado, que será el discurso popular–rural.

2. Qué entender por popular

El hecho empírico: el campo de lo popular

El calificativo de popular lo aplicamos y decimos en el habla corriente a objetos populares, ideas populares, costumbres populares, dichos populares. Cuando con verdad podemos hablar de esta manera, ha transcurrido normalmente un largo tiempo de decantación de esos objetos, ideas, costumbres…, hasta posarse esos objetos, ideas, etc. en la entraña de los pueblos. Cuando, efectivamente, ya son populares, forman un sedimento que viene a ser la calzada de suelo apisonado sobre el que camina segura determinada sociedad para su marcha por la historia como tal pueblo.

Las personas que integran estos pueblos, no obstante, nunca serán meros personajes populares, populares al completo, ya que podremos ver que piensan, se expresan y viven de manera singular, y, en un momento determinado, veremos que escapan de lo popular, para ser ellos mismos, irrepetibles y singulares. Así Lorenzo, Melecio o Tadeo Piera, Quico o la Domi, sin perder su condición de personajes populares, mantienen su condición de personas singulares, en la narrativa de Miguel Delibes, como la mantendrían en la realidad.

Etimología

Sobre la palabra pueblo, en su Diccionario crítico etimológico, escribe Corominas: “PUEBLO, del lat. POPULUS «pueblo, conjunto de ciudadanos»”. Es corriente desde la Edad Media el uso de pueblo con el valor de congregación numerosa de gentes afectada por una común condición política, que tiene en latín y en castellano moderno (…). Pero en el siglo XIII es también corriente una acepción más general, en la cual pueblo, y otras veces el plural pueblos, equivale simplemente a “gente, conjunto de personas cualesquiera”.

Para Corominas, popular no es palabra que se encuentre entre las derivadas de populus, como pueblero, poblacho, populachero. Corominas tiene por cultismo la palabra popular: “Cultismos. Popular (APal –Alonso Fernández de Palencia–, Universal vocabulario en latín y en romance, Sevilla, 1490–185d), de popularis id.; popularidad (íd); popularizar (3).

Características específicas de lo popular castellano

1. Carácter austero y fatalista del hombre castellano. Pasado humanista

Este carácter austero y fatalista del castellano preside esta novela corta. Y con él la pobreza y el escepticismo de una región que sabe grande su pasado pero vive las estrecheces y durezas del presente con entereza (4).

Es lugar común presentar al hombre y a la mujer castellanos como personas de complexión seca, dura, sarmentosa, tostadas por el sol y curtidas por el frío. La figura que proyectan es sobria, producto de una larga selección por las heladas de crudísimos inviernos y una serie de penurias periódicas, hecha a la inclemencia del cielo y a la pobreza de la vida. Miguel Delibes no se detiene en estas descripciones, pero sus personajes hablan más bien con gravedad, reciben sin grandes cortesías, su continente es sobrio, de movimientos calmosos, pausados en la conversación, en ocasiones socarrones –“la socarronería es el castizo humorismo castellano”–, advirtió Miguel de Unamuno (5). Los castellanos de Miguel Delibes son austeros, duros y de algún modo fatalistas. Cuando aparecen fuertes, que es normal que lo sean, no son egoístas: quien tiene fuerza de sobra, si la emplea, es para darla. Sus virtudes no les nacen de su sensibilidad, sino de su sentido de las cosas, de un orden universal y eterno que está por encima de ellos y de toda realidad. Este orden universal y eterno es el que para el castellano impera y manda. Puestos al servicio de una gran causa, los castellanos no cambian ni ceden por nada del mundo.

Unamuno va más allá que el moderado Miguel Delibes, y así caricaturiza y dice de ellos: “Eran almas éstas tenaces e incansables, castillos interiores de diamante de una pieza, duro y cortante. Genio y figura hasta la sepultura; lo que entra con el capillo sale con la mortaja; lo que en la leche se mama, en la mortaja se derrama” (6). Delibes pretenderá dejar las cosas en su sitio, la caricatura de Unamuno pasará a ser dibujo preciso en él. Cuenta con que el castellano es comedido en la realización de sus fines por más ambiciosos que fueren. Un sentido práctico le impide que le arrebaten y dominen las fuerzas de los extremos. En esto coinciden los dos Migueles: “En España penetró tanto como donde más el soplo del humanismo, el alma del Renacimiento, que siempre tuvo altar aquí. Desde dentro y desde fuera nos invadió el humanismo eterno y cosmopolita, y templó la mística castellana castiza, tan razonable hasta en sus audacias, tan respetuosa con los fueros de la razón” (7).

2. Determinada tendencia universalizadora y de totalidad

Los personajes de las novelas de Miguel Delibes no están nunca cerrados sobre sí mismos. Miguel Delibes que disiente de algunas afirmaciones y enfoques de Unamuno y de la Generación del 98 sobre Castilla, coincide con el rector de Salamanca en el hecho de la mutua interdependencia física de Castilla y de sus hombres. La meseta castellana, que es toda cima en su redonda e ilimitada extensión, y su cielo “monoteísta” ejercen una fuerza telúrica de dilatado horizonte sobre las gentes que la ocupan. Ella condiciona el talante de sus habitantes. Recuérdese el soneto de Miguel de Unamuno, en Poesías, 1907, a Castilla: “Tú me levantas, tierra de Castilla / en la rugosa palma de tu mano (…) en ti me siento al cielo levantado, / aire de cumbre es el que se respira / aquí, en tus páramos”.

Miguel Delibes en sus obras no refleja la realidad de Castilla echando mano de la lírica, como el poeta rector de Salamanca, constata hechos, es un novelista. Su hombre castellano sencillamente no caza solo, no vive solo, ni en el pueblo ni en la ciudad. Se relaciona con sus contemporáneos, convecinos y amigos. Tampoco se encuentra encerrado en su tiempo, en sí mismo, en su momento. En él viven sus antepasados, también. Es portador de una intrahistoria que viene de lejos y está a la vista, en alto sobre la Meseta, en su totalidad y universalidad. Unamuno hace filosofía con la que analiza y constata una realidad presente también en Delibes: “Estos hombres tienen un alma viva y en ella el alma de sus antepasados, adormecida tal vez, soterrada bajo capas sobrepuestas, pero viva siempre. En muchos, en los que han recibido alguna cultura sobre todo, los rasgos de la casta están allí” (8).

3. Un elemento universalizador popular: el Catolicismo

Una levadura religiosa fermenta toda Castilla en los siglos XVI y XVII. Se trata de la religión católica que lo es, a la vez, de minorías, regia, cortesana, de teólogos y letrados, moderna, reformadora y contrarreformada, y del todo es y no deja de ser, a la vez, rural, tradicional, iletrada y profesada por el último villano en su rincón, que se mantiene alejado y nada quiere saber del rey. Esta religiosidad decantada y hecha sedimento de costumbres y pensamiento callado, la encuentra Delibes a su paso por la Castilla de su tiempo.

El Catolicismo fue uno de los decisivos elementos que contribuyeron a hacer al hombre castellano serio y a darle, además de determinada universalidad, profundidad. Acercaba en su mente el castellano los fenómenos naturales a su Creador y este Dios Creador era ciertamente Todopoderoso para él, dueño del destino de los hombres y de las fuerzas de la Naturaleza, además de ser un Dios que se deja suplicar y, a veces, cede a sus ruegos de librarle de parte de “todo mal”.

La faceta religiosa con flecos de superstición y de magia la ha recogido Delibes en varios de sus libros sobre Castilla. Así, por ejemplo, en Las Guerras de nuestros antepasados describe las visiones de la abuela Benetilde, en La hoja roja el portento de los pájaros que no se vuelan de las andas de la Virgen o en Las Ratas, el episodio del petróleo (9).

El Catolicismo ha sido una garantía de seria cultura popular castellana en el tiempo de la narrativa de Miguel Delibes. Bastaría traer aquí unos renglones de la Defensa de la Hispanidad de Ramiro de Maeztu, aquellos que hablan de “aquellas provincias que dan mayor contingente migratorio (a América): Galicia, Asturias, La Montaña, las Vascongadas, León, Burgos y Soria no son países sin cultura. No lo serían, aunque no se cuidaran, como lo hacen, de la enseñanza popular, ni aunque fueran totalmente analfabetos, porque la Iglesia, las costumbres y el refranero popular se bastarían para mantener un tipo de civilización muy superior al que producen, por punto general, las escuelas laicas y la Prensa barata” (10).

3. Qué entender por «rural»

Etimología

Rus, ruris n.: Propiedad rural, campo. Rusticidad, grosería.
Rusticanus–a–um: Rústico, homo rusticanus = campesino, aldeano.
Rustice: Como un rústico, grosera o torpemente.
Rusticitas–atis: rusticidad, grosería.
Rusticus–i: campesino, aldeano.
Rusticus–a–um: rústico, relativo al campo. Simple, sencillo, ingenuo. Palurdo, grosero, tosco, torpe, zafio.
Praedia rustica = agricultura.
Rurigena–ae m. y f.: Nacido o residente en el campo.
Ruricola–ae: labrador, campesino.
Ruri adv. Loc. = en el campo.

“No hay que dudar que el vocablo se empleó más o menos en la Edad Media, aunque sólo empiezo a disponer de ejemplos desde fines del siglo XV: «rus es do tienen miel y leche y ganado, donde se llaman rústicos los que entienden en estas cosas», Apal.423d; 11d, 33d,179b. En el teatro popular, desde principios S. XVI, el vocablo se hace muy frecuente, sustantivado o no, y desde entonces debe considerarse de uso general (ejs. desde Juan del Encina, en Aut.). Lo mismo que en cast. Es voz culta o semiculta en todos los romances” (11).

Señala Corominas como derivados: rustiquez o rustiqueza, rusticidad, rusticar, rusticación, rusticano y rustical.

Añade: “Rural (Aut.; no Covarr., ni Oudin), de ruralis, id., otro derivado de rus”.

El hecho rural en Delibes y en Unamuno

Miguel Delibes es castellano, de Valladolid. Quiere decirse que le importa mucho Castilla, que siente su condición de castellano con particular sensibilidad. Castilla es primordialmente su campo. En el campo, Miguel Delibes busca al hombre. También lo busca en la ciudad.

No es Miguel Delibes un filósofo, pero, como Diógenes el Cínico (400–323 a.C.), sale al campo en busca del hombre. Está el hombre que busca en el campo, del campo lo toma. Parece que no hiciera falta lámpara especial para encontrarlo a pleno día. Los hombres del 98 lo encontraron y nos lo ofrecieron a la luz y al color de sus grandes preocupaciones. Miguel Delibes se queja de que no supieron verlo, en su entera y concreta realidad, como es, de que lo idealizaron y poetizaron, de que se les escapó el hombre de carne y hueso, concreto, social, vinculado y atado a su circunstancia rural.

Miguel Delibes no lo dice, pero busca en el espacio castellano y en su tiempo, en la historia de las personas que discurren ante sus ojos, la intrahistoria de su historia. En el labriego y en el hombre de la aldea, busca al intrahombre, a la persona de vida silenciosa, muy igual a sí misma, seguramente que igual a las de millones de otros hombres de aquí y de lejos, que se levantan al sol y salen de casa para dedicarse a las faenas del campo. Vuelven a casa tras la jornada de labor, para volver a marchar tras el descanso, al día siguiente, en la eterna rueda de los días y de las estaciones. Vida de trabajo, en la cual hasta el descanso es precisamente descanso del trabajo, oscuro vivir, al parecer sin nombre ni entidad.

Frente a ellos están los bullangueros, los superficiales, los que van y vienen, los que arman ruido, los que realizan trabajos y gestos que se cuentan, que disponen de algo que parece digno de contarse. En el pueblo éstos se dan menos, se dan más en la ciudad.

El labriego y el hombre de aldea (hombre y mujer, aldea y campo, casa y labranza) son superficie cada día, pero son fondo que arranca de atrás, tradición que permanece y crece hacia arriba, porque es tradición con sentido. Son movimiento, el de cada día, y nuevo afán, pero, a la vez, quietud que no se altera: viene de lejos y sabe dónde tiene que ir. Los ruidos de cada día, los problemas, las zozobras y temores no perforan el silencio interior, profundo: el oleaje puede hasta ser de marejada, el fondo de mar del buen castellano respirará hondo, sin apenas inmutarse.

Miguel de Unamuno y sus compañeros del 98 también se interesaron por Castilla antes que Delibes. La ambición de Miguel de Unamuno parece mayor que la de Miguel Delibes. A Unamuno le duele España, su nación, su patria. Unamuno está empeñado en encontrar el “núcleo central e imperecedero de la nación”. Lo busca, no en las grandes figuras ni en los hechos gigantes de la Historia de España sino en “las vidas e idiosincrasia” de las gentes “humildes, anónimas e inmutables”: “Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de millones de hombres sin historia que a todas las horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que como la de las madréporas suboceánicas echa las bases sobre la inmensa humanidad silenciosa y levantan los que meten bulla en la historia” (12).

En esto apenas si hay distancia entre uno y otro don Miguel, marchan en parecida dirección, casi a la par, concuerdan esencialmente los dos escritores. La distancia que media entre el añoso tronco de encina del yo de don Miguel de Unamuno (la expresión es de Ortega) y el don Miguel Delibes novelista y cazador castellano nos la da el debilitamiento de una fe nacional o, si se prefiere, el cambio de estilo de fe. La fe del rector de Salamanca le hace creer en su “vida intensa y profunda”, es vigorosa, dramática, bronca, agónica, de ojos que la miran y la piensan; la de don Miguel Delibes, menos ambiciosa, más tranquila y pacífica, de proximidad y de pies que la caminan y frecuentan.

EL DISCURSO POPULAR–RURAL EN SUS NOVELAS

No es cierto que los castellanos, labradores, hijos de labradores, que frecuenta en su etapa de observador–cazador de materiales dicha, carezcan de imaginación. Tampoco Miguel Delibes. La tiene recia y segura. No le sirve para crear relaciones difíciles entre objetos mentales sino para expresar lo que ve apegado como la seda a la carne de las cosas con las que trata. Sería oportuna, tratándose precisamente de él, la comparación de la liebre agazapada en el surco que la esconde, del todo en contacto con la tierra.

Esta imaginación sobria y concreta del novelista vallisoletano es la de sus personajes o la de sus personajes es la del novelista y está cargada de imágenes, comparaciones, metáforas, lenguaje metafórico (se dice que el castellano va derecho al grano, que no se anda con rodeos y llama al pan, pan y al vino, vino, pero, curiosamente, ese lenguaje directo es puro rodeo de literatura metafórica) y, en general, echa mano de recursos literarios que hacen que su lenguaje de imágenes se acerque y esté próximo al lenguaje cinematográfico.

Se ha observado con sobrada razón la particular condición cinematográfica de las obras de nuestro novelista, bastantes de ellas llevadas al cine o a los escenarios. Y es que el material literario de Miguel Delibes y su trabajo de elaboración resultan marcadamente cinematográficos.

Expresiones esplendentes

En el Diario de un jubilado, por ejemplo, que no se sitúa en el campo, sino en la capital, en Valladolid, se encontrarán expresiones esplendentes, desde el punto de vista de la imagen:

El sobrino del jubilado, José Antonio, a los ojos de su tío ve crecer la hierba:

¡Anda y que si el angelito llega a ser normal! ¡Pero si ve crecer la hierba! (p. 12). La expresión se encontrará atribuida a otros personajes igualmente avispados. La evolución de las cosas que se mueven en silencio y se aprecian lentísimamente ellos la ven venir y crecer: cámara lenta cinematográfica.

Hay otros personajes que a primeras no parecen capaces de comportamientos agudos que les proporcionen ventajas y provechos, como al Partenio, de quien dice nuestro narrador, con imagen poderosa, que de hecho, sacan polvo debajo del agua: El Partenio, a primera vista, parece dormido, pero saca polvo debajo del agua (p. 19).

También imaginativamente lograda y gráfica es la expresión de Lorenzo que se lamenta de boquilla, pero que no le vale porque se le ve que es sincero sólo a medias: “Con doña Heroína no vale de nada llorar con un ojo” (p. 33).

Comparaciones

El refrán castellano puede que en un momento determinado no tenga suficiente fuerza por acostumbrado. Entonces, el personaje le gira a su aire y le da una nueva versión ajustada a lo que quiere decir. Lorenzo, a don Francisco Javier, el del acuerdo, como ha echado cuentas, le dice que “más vale pela en mano que pavo volando” (p. 9). La pela reemplaza al pájaro, es de lo que se habla, de dinero, se está en el grano del asunto, y el pavo presenta más volumen para la imaginación que los cien pajarillos del dicho popular.

LA IMAGEN Y LOS TÉRMINOS EN MIGUEL DELIBES

Rastreando página a página las novelas de Delibes, me he encontrado con 1.469 términos que forman parte de su discurso popular–rural. La mayoría de ellos aparece con su significado preciso en el diccionario de la RAE. Pero hay 329 que no. Todos ellos se pueden encontrar en el glosario que aparece en la web www.catedramdelibes. com.

Si buscamos el significado de estas palabras en el diccionario de la RAE, comprobaremos que la mayoría de ellas aparece con el significado preciso y correcto. Pero, de esas 1.469 voces, hay 329 que no vienen recogidas por el diccionario académico. En unos casos, por no estar incluida la palabra dentro del diccionario. En otros, aún apareciendo el término en cuestión, por no ofrecer el DRAE el significado preciso que corresponde a nuestro caso.

Es curioso observar que muchos de los términos que no aparecen en el Diccionario son empleados por los personajes de las novelas de Delibes en cuanto que hacen referencia a una imagen.

Aborrascarse

“(…) y, en la mesa, todos a reír indulgentemente, paternalmente, menos René, a quien se le había aborrascado la mirada, y no dijo esta boca es mía” (Los santos inocentes, p. 107).

El diccionario académico sólo se detiene en la cuestión meteorológica al citar sobre aborrascarse: 1. prnl. Dicho del tiempo: Ponerse borrascoso. Lo mismo les sucede al Diccionario de Uso del Español: Ponerse tempestuoso el tiempo y al Diccionario del Castellano Tradicional: v.pron. Ponerse borrascoso el tiempo. Se aproximan bastante más el Diccionario General de la Lengua Castellana: r. Ponerse el tiempo borrascoso. met. Alterarse, conmoverse con violencia. fam. Embriagarse y el Diccionario Ilustrado de la Lengua Española: p.p. de Aborrascarse. Adj. Azaroso, peligroso.

Delibes ha ido más allá al escuchar a las gentes de los pueblos de Valladolid y dar con el significado preciso.

Lo mismo que en el amplísimo horizonte castellano el contraste entre un día apacible y otro tormentoso es muy notable, el semblante y la mirada de una persona tranquila se altera más o menos ante una situación nueva de dolor o alegría. La borrasca, en el lenguaje popular es aún mayor y sobre todo dura más que la tormenta. Aborrascarse la mirada es por ello muy particularmente expresivo por su propio significado de experiencia vivida y expresada en el contacto con una naturaleza excesiva y cambiante.

Por otra parte esta expresión, aborrascarse la mirada, se relaciona directamente con otra, también muy popular: la mirada es el espejo del alma. Pues si el ánimo o el alma está serena la mirada será benigna y apacible, pero si el ánimo está muy alterado ¿qué tiene de extraño que se “aborrasque la mirada”?

Acorrillar

“El campo estaba hermoso y junto al puesto había una pradera cuajada de chiribitas y tréboles bravíos. A mano izquierda andaban acorrillando un majuelo. Ya en el tollo con la hembra a diez pasos dando el coreché se me olvidaron todas las cosas. Entró un macho y me lo cepillé” (Diario de un cazador, p. 149).

Los labradores vallisoletanos hacen corros para hablar antes de entrar en misa, en la plaza, en el juego de pelota o en las traseras de los corrales en las tardes tras la labor del día. De pequeños, han visto jugar a las chicas al corro de la patata. Aquí, los labradores llevan la imagen del corro a un majuelo. Están acercando tierra a la cepa para que conserve la humedad. Anteriormente han limpiado el perímetro de la cepa y después arrimarán la tierra. Debe de ser primavera, que es cuando se realiza esta labor (13).

Araña

“(…) uno podía pescar cangrejos con reteles, como es de ley, o con araña, esparavel o sencillamente a mano, mojándose el culo, como dice el refrán que debe hacer el que quiera comer peces” (Viejas historias de Castilla la Vieja, p. 49).

Diez acepciones tiene el término araña en el DRAE. Se habla incluso en la número 6 de una red para cazar pájaros. Pero la araña que nos cita Delibes es un modo de pescar cangrejos en el que se emplea un alambre de unos 20–30 cm. que se dobla en forma de círculo. Por cualquiera de sus extremos se pinchan las lombrices hasta cubrir todo el alambre. Posteriormente se doblan los extremos del alambre y se unen. En uno de ellos se engancha el hilo que sirve para echar y sacar del río la araña.

También se le pone algo de peso al alambre para que no quede flotando. Llaman así a este apero de pesca únicamente en algunos pueblos de la provincia de Valladolid, en el entorno del valle del Esgueva. Estas gentes lo nombran araña quizá porque en realidad estén pensando en la imagen de una tela de araña.

Bocacerral

“La primera fue un pájaro que se me volvió del bocacerral (…)” (Aventuras, venturas y desventuras, p. 177).

Delibes nombra en sus novelas cerral y bocacerral, que para las personas de Valladolid consultadas viene a ser lo mismo. Aquél que está en el bocacerral se encuentra en el extremo del páramo desde el que se ve el valle contiguo. Está en la boca del cerro.

Pero en este caso es el propio escritor el que define la voz el 15 de noviembre de 1987 en El último coto, p. 55:

El término es castellano y se refiere al puesto inmediato al más alto de la ladera, el anterior a la cumbre. Inquilino del bocacerral es, pues, aquel que está a punto de asomar al páramo pero no asoma, se queda en la antesala; parece que va a irrumpir pero no irrumpe (14).

Cagarrutero

“Otra cosa es el cepo, ingenio que apresa al que lo pisa.

Este sistema de caza sí que hay que ponerlo en práctica con cuidado, ya que si se coloca en los vivares o en las veredas o cagarruteros de los conejos, el 95 % de las víctimas serán conejos, pero si se coloca en terrenos de todos, lo mismo puede caer en él un gazapo que un garduño, una becada o una perdiz. El cepo viene a ser entonces algo (…)” (El último coto, p. 158).

No podía tener nombre más sonoro y gráfico el lugar en donde los conejos o las liebres dejan sus cagarrutas con cierto hábito. Tan sencillo como añadir el sufijo –ero al término en cuestión. Antiguamente tanto las cagarrutas como el orín eran empleados por los labradores para abonar el campo. El orín tiene mucho amoníaco y fermenta las cagarrutas. Todo ello juntado con paja se echaba a las tierras (15).

Cura “Vamos. Sé donde hay un nido de curas. Tiene doce crías. Está en la tapia del boticario” (El último coto, p. 56).

Ocho acepciones trae el Diccionario. Ninguna para este pájaro que aparece en El camino. En realidad Delibes está hablando de un tipo de pájaro llamado “collalba gris” (oenanthe oenanthe), muy aficionado a criar en tapias.

El nombre de cura le viene por tener la cola negra a excepción de una zona blanca en la parte superior. Observando al pájaro en su totalidad, éste nos ofrece por sus colores el aspecto del sacerdote del pueblo. Para corroborar la teoría anterior, debemos decir que en Extremadura se da otra especie de collalba llamada “collalba rubia” (oenanthe hispanica). Tiene un cierto color tierra y la gente las conoce como “curita terronero”. El propio Delibes me escribía el 13 de agosto de 2003 que el cura es “un pájaro negro muy fecundo en Santander”.

Descalzar

“(…) los sobrinos de la señora Clo descalzaron al bicho y comieron las chitas” (Las ratas, p. 51).

Del mismo modo que se descalza un hombre, se le quitan los cascabillos de las pezuñas al cerdo una vez matado y chamuscado. La tradición, tan extendida en toda la geografía nacional, de matar al cerdo de un modo artesanal se produce habitualmente entre la Purísima y los últimos días de enero. Es tradición que se va perdiendo en los pueblos pero que está siendo recuperada en restaurantes, asociaciones y otros organismos como una cuestión lúdica y turística. Esa recuperación debería conllevar también el uso preciso de voces que representan imágenes tan usuales como la de descalzarse. Al cerdo, una vez matado, se le chamusca con paja (hoy también con soplete de gas) para que desaparezcan los pelos de su cuerpo. Por unos minutos sólo se ve una gran hoguera. Es entonces cuando también se calientan las pezuñas del animal. Una vez extinguido el fuego y con las pezuñas todavía calientes, alguien de los presentes las podrá sacar con mayor facilidad.

Encorpar

“Pero la persecución se ensaña cuando la perdiz encorpa” (El libro de la caza menor, p. 95).

La imagen que ha visto tantas veces el Delibes cazador, la de la perdiz creciendo y aumentando su cuerpo, no puede tener otro nombre: encorpar. Sin rodeos ni eufemismos (16).

Engañapastor

“Melecio, a última hora, derribó un engañapastor porque se aburría” (Diario de un cazador, p. 59).

La gente de campo en Castilla se atiene muchas veces a la imagen que conoce para nombrar las cosas. Prescinde ahora, como antes comentaba del cura, del término científico que denomina a este pájaro: chotacabras. Dice el Diccionario del Castellano Tradicional que el engañapastor es un “ave trepadora de pico pequeño y corvo, con varias cerdillas alrededor, de plumaje gris con manchas y rayas negras. Se alimenta de insectos que caza al vuelo y busca en los rediles al anochecer. Sinónimos: chotacabras, capacho”. Se trata de un pájaro que sale en el crepúsculo y come los insectos que van detrás de cada rebaño. Entre algunos pastores es conocida la leyenda de que este animal se bebía la leche de las ovejas y suele asustar a la gente porque no hace ruido cuando pasa (17).

Ensuciar

“Para ir a ensuciar nunca cambia de cagarrutero” (Castilla habla, p. 20).

La tercera acepción que el DRAE da de ensuciar circunscribe este hecho solamente a las personas. En Castilla ensuciar es hacer del vientre, hacer del cuerpo, tanto en personas como en animales. Por otro lado, el DRAE trata ensuciar como sinónimo de manchar. En Castilla lo es de cagar, sin más.

Estropeabarrigas

“¡Calla la boca tú, estropeabarrigas!” (La hoja roja, p. 26).

Se llama así al hombre que deja embarazada a una chica y luego se va con otra. Al padre de la chica embarazada que obligaba al hombre a casarse con su hija se le llamaba “traganiños”. Hoy, se habría buscado otro nombre más suave para referirse a esta imagen. El sentimiento generalizado de que no hay que herir sensibilidades nos llevaría a buscar un eufemismo que aliviase la cruda realidad: el hombre que deja embarazada a una chica y después se va con otra es, al menos, un estropeabarrigas. El propio término supone un recordatorio moral que hace la colectividad (el pueblo) al individuo (18).

Humeón

“(…) llegó el tiempo de catar las colmenas y allí no aparecían las carillas ni el humeón, vivos ni muertos” (Las guerras de nuestros antepasados, p. 114).

Humeón: Humo utilizado para auyentar a las abejas. El humo sale de la cera pez o brea que está colocada sobre un palo; de las ramas verdes o de cagajones de caballerías colocados en una lata o de los citados cagajones puestos sobre una teja. En ocasiones se ayuda la operación con un fuelle. El objetivo final es el de catar las colmenas. Modo de coger la miel: se cortan las colmenas con una paleta y se agarran con la mano. En la actualidad, el término se sigue empleando aunque el objeto al que denomine sea otro: ahora se emplea una especie de fuelle. La imagen del humo es la que ha servido a estas gentes para crear el vocablo. Humeón es el utensilio que hace humo, sean unos cagajones de caballo o un moderno fuelle (19).

Lechazar

“(…) ninguna como la churra para lechazar (…)” (Castilla habla, p. 109).

Lechazar es dar o parir corderos lechales. En este caso se quiere decir que no hay otra oveja como la de raza churra para dar buenos corderos lechales. La oveja churra da una carne muy buena y sus corderos (pare dos veces al año) son muy apreciados en estas tierras como plato típico.

El campo castellano es poco amigo de emplear perífrasis verbales, de andar dando rodeos. Su manera de nombrar las cosas es muy conocida: llaman al pan, pan y al vino, vino. No dudan en inventarse un verbo claro y directo para explicar que las ovejas paren corderos lechales. Esta precisión léxica realza la riqueza lingüística y, por ende cultural, de esta vieja Castilla que tiende a desaparecer. La imagen es clara: no paren, lechazan.

Lecherines

“Con el alba abandonaba la cueva y pasaba el día cazando lagartos, recolectando manzanilla, o cortando lecherines para los conejos” (Las ratas, p. 130).

Explica el Diccionario del Castellano Tradicional sobre los lecherines: n.f. Planta glauca, con cepa leñosa pero endeble y flores de color amarilloverdoso dispuestas en umbela. Vive en cunetas, ribazos y baldíos y florece a principios de primavera. Sinónimos: chirrihuela, lechetrezna, lechera, lecheinterna, leche de brujas. Esta flor ha servido durante años de forraje para los conejos y al quebrar su tallo sale un líquido parecido a la leche. Por eso la llaman así en amplias zonas de Castilla, sin conocer muchas veces su verdadero nombre científico. Es una de las flores más habituales en las cunetas de España, que anuncian la primera sonrisa de la primavera que vuelve año tras año (20).

Llevacontrarias

“Que el Bernardo, que era muy llevacontrarias el hombre” (El disputado voto del señor Cayo, p. 125).

El término se adapta perfectamente a la imagen de alguien que lleva la contraria a otros.

Niebla meona

“Durante casi un mes, la provincia ha estado entumida bajo una niebla meona, niebla húmeda y densa que al congelarse en el aire, deja los campos albos como después de una nevada” (El último coto, p. 106).

De la niebla meona dice el DRAE que es aquella de la cual se desprenden gotas menudas que no llegan a ser llovizna.

El mismo Delibes acaba de definirnos lo que es para él la niebla meona: niebla húmeda y densa que al congelarse en el aire, deja los campos albos como después de una nevada.

Al campesino castellano se le viene a la mente el hecho fisiológico de miccionar cuando se topa con esta niebla. Él conoce como nadie sus nieblas y distingue ésta de, por ejemplo, la centella o la carama. Cuando esta niebla se pega a los barcos y rebarcos del valle, cruza los páramos y tapa la ermita hasta hacerla invisible, el hombre castellano siente sus gotas menudas y la llama meona.

Perdido “A la tarde le metí en un perdido de escobillas y avena loca” (Diario de un cazador, p. 167).

Perdido:

Lugar que no está comunicado ni por veredas, caminos, etc. Al preguntar por este término en los pueblos de Valladolid consultados, se me dijo: “pues un perdido es un perdido”. Así de sencillo. La imagen define al término y el término da nombre a la imagen (21).

Posapié “(…) se apoyó en el posapié (…)” (La hoja roja, p. 191).

Es de perogrullo explicar para qué sirve el posapié. En Valladolid el término no es conocido. Tuve que esperar a la definición que me ofreció Delibes (el posapié es una alfombrilla) para ofrecer una definición seria del término en cuestión y que también incluí en el glosario que se encuentra en www.catedramdelibes.com.

Rebarco

“Aquí, en los rebarcos, hay pinos de éstos muy curiosos (…)” (Castilla habla, p. 149).

Un rebarco es una pequeña ondulación del terreno más pequeña que el barco. Si definimos barco como pequeño valle que es atravesado por un río, rebarco es la pequeña ondulación del terreno que se encuentra en las márgenes del valle, en posición perpendicular al barco. Los castellanos de Tierra de Campos están habituados a ver barcos y rebarcos cuando salen del pueblo camino de sus tierras. Al ver esta ondulación del terreno, les viene a la fuerza la imagen de un barco.

Sarrasina

“(…) ya tenemos la gresca armada. ¡Menudas sarrasinas he visto yo con este motivo, oiga!” (Castilla habla, p. 45).

El Diccionario del Castellano Tradicional define sarrasina como daño de considerables dimensiones producido en los sembrados.

Es muy probable que se trate de un término cuyo origen se remonta al pueblo sarraceno. Son sinónimos “zarracina”, “cerracina” o “cerrajina”. En los pueblos vallisoletanos se emplea para cualquier cosa: cuando el lobo mata a las ovejas, la piedra (pedrisco) destroza las cosechas o unos chicos pisotean una huerta. Obsérvese la fuerza de la imagen musical, auditiva. La sarrasina cepilla con eses y aes lo que encuentra a su paso…

Visto en su conjunto, el artículo, que por su contenido centra la atención en particulares aspectos del discurso narrativo de Miguel Delibes, logra que los valores populares rurales tomen fuerza y vigor. El estudio del léxico popular rural, suscita la atención y lleva a valorar positivamente lo que está detrás de él. Con este artículo creo haber apuntado al fondo de las realidades que nombra ese léxico y esas expresiones. El esplendor del discurso narrativo popular–rural desembocará en la riqueza de unas realidades valiosas que será bueno que no se pierdan para la cultura española y occidental.

Por aquello de que el mundo lingüístico popular–rural mantiene en pie toda la cultura popular–rural y que el alma de un pueblo es su lenguaje, que más bien un pueblo no tiene una lengua para expresarse sino que él resulta configurado como tal pueblo por la lengua en que se expresa, este artículo va más allá de su espacio lingüístico y se adentra en el dominio estricto de la cultura.

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NOTAS

(1) COROMINAS, Joan: Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana (1955-1957), Gredos, Madrid, 3ª reimpresión, 1976, vol 4.

(2) REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la Lengua Española, Madrid, 1992.

(3) COROMINAS, Joan: Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana (1955–1957), Gredos, Madrid, 3ª reimpresión, 1976, vol 4.

(4) DELIBES, Miguel: Los niños, (1994), Planeta, 1999, p. 65.

(5) UNAMUNO, Miguel de: En torno al casticismo, Biblioteca Nueva, Madrid, 1996, p. 89.

(6) Ib., En torno al casticismo, p. 108.

(7) Ib. En torno al casticismo, p. 139.

(8) Ib. En torno al casticismo, p. 91. Esta universalidad se advierte en la tensión que tira del individuo hacia el personaje universal, por muy modesto de condición que sea. Lo circunstancial del individuo parece importar menos que lo que de más hondo y universal anida en su persona. Es muy curioso que el protagonista de Don Quijote deje de ser el singular y concreto Alonso Quijano el Bueno para saltar a la inmortalidad, convirtiéndose en el singular y universal don Quijote de la Mancha. Es el grano de trigo evangélico, que sólo si muere, lleva mucho fruto. Y muriendo así, despierta al hombre universal que lleva dentro, salva su persona y resulta ejemplar universal. Como el hombre, proyectado el argumento bíblico, que no quiere ser más que hombre termina no lográndose como lo que avaramente pretende ser.

Estas consideraciones convendría tenerlas presentes al leer a Miguel Delibes, por más que él no se detenga a hacerlas a sus lectores; habrá que repetir que no es filósofo, que es novelista.

Sus personajes, precisamente por esto último, dan más talla de la que pudiera parecer, no se circunscriben a su color local, de puro castellanos no parece sino que renunciaran a su castellanismo en aras del espíritu universal, del hombre que duerme dentro de ellos y de todos los hombres.

(9) En Viejas historias de Castilla la Vieja se mencionan los temibles nublados que descargan de Virgen a Virgen, es decir, de la festividad de la Virgen del Carmen, 16 de julio, a la fiesta de la Asunción, 15 de agosto, mes de plena recolección de los cereales. “Tan pronto sonaba el primer retumbo del trueno, la tía Marcelina iniciaba el rezo del trisagio, pero antes encendía la vela del monumento (…) decía «Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal», y nosotros repetíamos: «Líbranos, Señor, de todo mal»” (p. 45). El padre de Isidoro, que regresa del campo a casa, está a punto de morir. El rayo le mata la mula y a él sólo le chamusca el pelo. Olimpo dice que le salvó la silla, pero la tía Marcelina porfía que no fue la silla sino la vela que acompañaba el rezo del trisagio.

La piedad de la tía Marcelina sin duda está contagiada de mecanicismo mágico, que poco tiene en sí de religioso y sí buena parte de superstición, pero no deja de contar a sus espaldas con una rica realidad religiosa que de algún modo gravita poderosa sobre la vida de estas gentes. La vela en cuestión estuvo alumbrando el corazón de la Semana Santa, el monumento del Jueves al Viernes Santo, cuando se celebraba la muerte de Dios y estaban los templos aparatosamente desnudos y de luto, menos el “monumento”, todo esplendente de velas encendidas y de flores. El trisagio es un formidable grito de la liturgia, que arranca de la iglesia griega, donde gozaba de enorme estima, al menos desde el siglo V (Hagios o Theos, Sanctus Deus; Hagios Isjiros, Santus Fortis; Hagios Azánatos, eleison hymas; Sanctus Inmortalis, miserere nobis). Se cantaba solemnemente en la “Adoratio Crucis”, el Viernes Santo. Alterna dos lenguas universales en esta profesión de rendimiento a la Divinidad, precisamente cuando su Humanidad es colgada en cruz: Dios está, en todo y siempre, por encima de todo, incluso en este sinsentido de la muerte de su Hijo.

Durante la infancia y la juventud de Miguel Delibes la gran mayoría de los vecinos de los pueblos castellanos asistía a los Oficios de Semana Santa en su iglesia y vivía a su modo estas serias realidades. Además, en el rezo del rosario de los domingos, al que acudían también muchos, tras las letanías, el credo, la salve y algunos padrenuestros, se rezaba el trisagio en castellano. Esta oración no era exclusiva de la liturgia oficial de la Iglesia, en Viejas historias… acabamos de verla mencionada como costumbre fuera de ella.

(10) MAEZTU, Ramiro de: Defensa de la Hispanidad, Madrid, 1946, 5ª ed., p. 140.

En cuanto al Refranero, Sancho Panza, saco de refranes, hubiera gobernado su ínsula con suficiente sabiduría. El tío Rufo, el Centenario, de Las ratas, por su parte, a quien escuchaba empujado por la curiosidad el Nini y de quien aprendía muchísimo, podía expresar lo mucho que sabía precisamente hablando el lenguaje del refranero castellano: “El tío Rufo, el Centenario, sabía mucho de todas las cosas. Hablaba siempre por refranes”, (Las ratas, MIGUEL DELIBES (1972), Destino, Barcelona, 2000, p. 28).

(11) COROMINAS, Joan: Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, Gredos, 1976.

(12) UNAMUNO, Miguel de: En torno al casticismo, Biblioteca Nueva, Madrid, 1996, pp. 62–63.

(13) Otros ejemplos: “(…) azuzando un viejo macho, acorrillando un majuelo” (Castilla habla, p. 129).

(14) Otros ejemplos:

“(…) se arrimó al bocacerral, hizo bocina con las manos y voceó hacia el Cortijo” (Los santos inocentes, p. 125).

“(…) me encaramé al bocacerral” (El último coto, p. 55).

“(…) me siguió la ladera adelante por el bocacerral” (El último coto, p. 61).

“Aguanté bien la aspereza del bocacerral durante las tres primeras horas y la cuarta caminé decorosamente por el sopié de la ladera” (El último coto, p. 193).

(15) Otros ejemplos:

“Para ir a ensuciar nunca cambia de cagarrutero” (Castilla habla, p. 20).

“No sólo no se vieron conejos, sino que no se advierten juguetes, rascaduras, cagarruteros, ni síntomas de que los haya” (El último coto, p. 188).

(16) Otros ejemplos:

“(…) la grajilla iba encorpando y emplumando (…)” (Los santos inocentes, p. 81).

“La leche de la pastora alemana redimió a los cachorrillos, los hizo encorpar y pelechar, aunque ninguno ha alcanzado el tamaño de los criados por la madre” (El último coto, p. 76).

(17) Otros ejemplos:

“Cerca ya de casa, un engañapastor le partió un faro” (Diario de un emigrante, p. 22).

(18) Otros ejemplos:

“¡Calla la boca tú, estropeabarrigas!” (La hoja roja, p. 95).

(19) Otros ejemplos:

“El señor Cayo se empinó, cortó un carraspo de la rama más baja y lo introdujo en la escriña, sacando el rabo por el agujero.

Se llegó al chamizo, cogió el humeón y rellenó de paja el depósito.

Parsimoniosamente raspó un fósforo y le prendió fuego. La paja ardía sin llama, como un pequeño brasero de picón de encina.

Depositó el humeón en el suelo, tomó con un dedo una pella de miel y huntó las hojas exteriores del carraspo” (El disputado voto del señor Cayo, p. 89).

“–¿Me alcanza el humeón?

–¿El fuelle ese?

–El fuelle, sí señor”.

(El disputado voto del señor Cayo, p. 94).

“(…) el aparato ese, el humión, humeón, o como le digan (…)” (Castilla habla, p. 179).

(20) Otros ejemplos:

“Cada mañana, Juan llevaba al conejo su ración de berza y de lecherines” (La mortaja, p. 102).

(21) Otros ejemplos:

“(…) entre las aulagas de los perdidos” (Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo, p. 49).

“En Castilla, a falta de las praderas húmedas de que tanto gusta, la avefría asentaba en las cunetas o en los perdidos pantanosos contiguos a los carrascales (…)” (Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo, p. 58).

“(…) de arduas laderas y estirados navazos, donde apenas amuebla los perdidos una rala vegetación esteparia (…)” (Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo p. 75).

“(…) dediqué mi atención a inspeccionar el terreno y, desdeñando pajas y junqueras, tropecé con un retazo de cebada pinada no mayor de cien metros en cuadro, con más cardos que espigas y la mayor parte de éstas sin granar. Se trataba evidentemente de un perdido, una siembra abandonada (…)” (Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo, p. 85).

“(…) donde los majuelos ocupan la mayor parte de las ochocientas hectáreas, alternando con algunos olivares, cuatro perdidos de esparto y unos pocos retales de cereal” (Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo, p. 194).

“(…) empezaban a verse pájaros entre los barbechos y perdidos de los bajos” (Las perdices del domingo, p. 26).

“(…) me dediqué a registrar perdidos, arroyos y majanos” (Las perdices del domingo, p. 63).

EDICIONES EMPLEADAS DE LAS OBRAS DE MIGUEL DELIBES

Año 1ª edición Edición empleada

1955 Diario de un cazador Destino Barcelona 1995
1958 Diario de un emigrante Destino Barcelona 1991
1959 La hoja roja Destino Barcelona 1999
1962 Las ratas Destino Barcelona 1999
1964 El libro de la caza menor Destino Barcelona 1973
1964 Viejas historias de Castilla la Vieja Alianza Editorial Lumen Barcelona 1984
1970 La mortaja Alianza Cien Madrid 1983
1975 Las guerras de nuestros antepasados Destino Barcelona 1985
1977 Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo Destino Barcelona 1996
1978 El disputado voto del señor Cayo Destino Barcelona 1999
1981 Las perdices del domingo Destino Barcelona 1996
1981 Los Santos Inocentes Planeta Barcelona 1998
1986 Castilla habla Destino Barcelona 1986
1992 El último coto Destino Barcelona 1992
1995 Diario de un jubilado Destino Barcelona 1995



La palabra y la imagen en el discurso popular–rural de Miguel Delibes

URDIALES YUSTE, Jorge

Publicado en el año 2006 en la Revista de Folklore número 308.

Revista de Folklore

Fundación Joaquín Díaz