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LO EROTICO Y LO OBSCENO EN LA TRADICION ORAL

MARTIN CRIADO, Arturo

Publicado en el año 2008 en la Revista de Folklore número 333.

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Mucho se ha discutido acerca de la diferencia, si se acepta que la hay, entre erotismo y pornografía; dejando de momento de lado las opiniones de quienes no observan ninguna diferencia, la más generalizada entre un público mayoritario es que el erotismo es sexo con amor, mientras que la pornografía es sexo puro y duro, sin amor y, por ello, tiene connotación negativa. En el siglo XIX, surgió una fuerte corriente puritana que consideraba pornográfico todo aquello que hiciera referencia al sexo, texto o imágenes, que fuera reproducido de forma masiva y alcanzara gran difusión; fue censurado y prohibido, incluso en los países más liberales. En la segunda mitad del siglo XX, sobre todo desde la década de los setenta, lo escrito se fue excluyendo de la pornografía, que quedó reducida a la imagen fotográfica y cinematográfica de difusión comercial, no incluyéndose, por ejemplo, la fotografía artística, que ha hecho del desnudo uno de los motivos principales del arte moderno, continuando con una tradición ininterrumpida desde tiempos prehistóricos. Algunos críticos literarios, por lo tanto, no dan gran importancia a la antítesis erotismo/pornografía, aún aceptando que el erotismo supone una descripción del sexo “revalorizada” por el amor, frente a la simple descripción pornográfica; así, Alexandrian insiste en que es más importante la oposición de lo erótico–pornográfico a lo obsceno, que él identifica con lo sucio, lo devaluado, lo escatológico, etc.

De todos es sabido que lo obsceno es aquello que debe ser escondido, que no se puede ver ni decir en público; el término castellano procede del latín obscenus, “siniestro, fatal”, y en esta lengua es un término de origen oscuro e incierto. Una teoría afirma que es palabra de origen teatral, que en Grecia y Roma se refería a lo que no podía ser representado ante el público, sino que debía quedar “ab scaenam”, fuera de la escena; todo lo más, se aceptaba la alusión, la metáfora o cualquier otra forma de discurso figurado; sin embargo, esto no pasa de ser una hipótesis sin probar, pero que parece concordar con el sentido que el término obsceno tiene en castellano. Hay cosas que no se pueden presentar tal cual ante los ojos de la gente porque se considera que ésta no las soportaría; son cosas que hacen referencia a la vida, esto es, al sexo, y a la muerte. Según Kristeva, todo lo que no respeta los límites, lo que está al borde, lo ambiguo, se convierte en abyecto, en bajo, despreciable, y convierte en lo mismo a quienes entran en contacto con ello. Dejando de lado la obscenidad de la crueldad y de la muerte, me centraré en la obscenidad sexual, tal como se puede encontrar en la tradición oral en verso, fundamentalmente, si bien haré alguna referencia a algunos textos en prosa como, por ejemplo, chistes.

Parece ser que la sexualidad es caballo de batalla en todas las culturas, que no existe, ni ha existido, el paraíso sexual que algunos han imaginado, entre ellos algunos antropólogos demasiado idealistas. Hay quienes incluso llegan a pensar que la cultura sólo es posible si se controla o reprime el deseo (Vendrell, p. 11). Lo cierto es que la represión de la sexualidad ha sido una de las bazas más poderosas en la luchas por el poder, por lo que hablar del sexo ha tenido fuerza liberadora: “Así pues, la sexualidad explícita, verbal y práctica, funciona, entre otras cosas, como igualador social y humano, es decir, como acto subversivo” (Rodríguez Puértolas, p. 54). Ese hablar explícito de la sexualidad es lo que se ha considerado obsceno, digno de ser ocultado, porque resulta peligroso para quienes detentan el poder. La represión sexual, que afecta al deseo, a la líbido, comienza por la prohibición de hablar, por el silencio, por el tabú. Frente a los poderosos, los oprimidos se han servido de la tradición oral para dar rienda suelta a esa vena obscena tan propia de la lengua coloquial con mayor libertad que los escritores cultos, que se vieron perseguidos por la censura.

Dicen los psicólogos que el deseo sexual en el hombre es distinto que en la mujer, si bien no se ponen de acuerdo en si es así por naturaleza o por el ambiente, por la educación, como reclaman las feministas. La sociolingüística nos enseña que no hablamos igual mujeres y hombres; ellos emplean más, al hablar de sexo, palabras directas y “vulgares”, es decir, obscenas, que en el habla más formal se convierten en palabras tabú, mientras que ellas prefieren los rodeos o los eufemismos que sustituyen a esos términos “prohibidos” (García Moutón), si bien esto parece estar cambiando en las generaciones más jóvenes.

En la tradición oral se ha considerado que la obscenidad se daba sobre todo en el nivel verbal, es decir, que consistiría en emplear palabras indecorosas, porque ofenden el pudor, el decoro de las personas. Claro está que no se suele precisar de qué tipo de personas: ¿es lo mismo el decoro, la honestidad, para una mujer que para un hombre, para una maestra rural que para una pastora, para un cura que para un capador de cerdos o un barbero? Además, hay otra obscenidad, al menos tan interesante, que es sacar a la luz la vida sexual de las personas, hablar de ella aunque se haga de forma eufemística, cosa que, en la literatura tradicional, se hace siempre entre risas, porque en ella pervive aún el temor de lo sagrado.

Hay un tipo de canciones muy difundido, cuyo texto tiene carácter descriptivo, que exalta la belleza de la mujer de una manera llena de sensualidad, pues van presentando las partes del cuerpo femenino, de la cabeza a los pies, como si estuviera desnuda ante nuestros ojos. Este “Padre Nuestro” erótico fue recogido en la Ribera del Duero:

Padre nuestro
que estás en los cielos,
qué chicas tan monas
que matan de celos;
que santificado
que sea tu nombre,
benditos los paines
que te lo componen.
Niña, tu frente
es una alameda,
donde el rey pulido
puso tu bandera.
Niña, tus cejas
son dos alfileres,
que cuando me miras
clavármelos quieres.
Niña, tus ojos
son dos luceritos,
que van alumbrando
al mundo enterito.
Niña, tu nariz
es de oro bordada,
que ningún platero
supo gobernarla.
Niña, tu boca
es un cuartelillo
y los dientes blancos
son los soldaditos.
Niña, tu lengua
es una campana,
ni la de Toledo
repica tan clara.
Niña, tus pechos
fuentes de agua clara,
donde yo bebiera
si tú me dejaras.
Niña, tu botón
es una pilita,
donde yo lavaba
toda la ropita.
Niña, tus muslos
son de oro macizo,
donde se contiene
todo el edificio.
Ya vamos llegando
a sitios ocultos,
iremos callando
que somos muy brutos (1).

El truncamiento de la composición tiene un claro sentido eufemístico, habitual en muchas versiones de este tema. La estructura metafórica, tan minuciosa en la descripción de la cabeza, se apresura después; si bien tenemos una cuarteta relativa a los pechos de logrado erotismo, la siguiente, que describe el ombligo, utiliza un término infantil, botón, y una imagen claramente femenina, acentuada por el carácter afectivo de los dos diminutos. La última cuarteta cumple el objetivo de especificar ese final abrupto que mencionaba antes, con la invitación a callar porque los hombre son “muy brutos”, expresión de reproche frecuente en labios femeninos siempre que el hombre trata de conseguir favores sexuales. Parecida es esta otra versión del valle del Esgueva vallisoletano:

Padre nuestro
que estás en los cielos,
qué chicas tan guapas
que matan de celos;
qué bien se lo rizan,
qué bien se lo ponen,
que santificado
que sea tu nombre.
Esa tu frentita
es una alameda,
donde yo quisiera
jurar la bandera.
Esos tus ojitos
son dos alfileres,
que cuando me miras
clavármeles quieres.
Esas tus narices
son fuertes cañones,
que cuando disparan
tiemblan las naciones.
Esa tu boquita
y es un cuartelito,
y todos los dientes
son los soldaditos.
Niña, tu barbita
con el hoyo en medio
es la sepultura
donde yo m’intierro.
Niña, tus pechitos
son dos fuentes claras,
donde yo bebiera
si tú me dejaras.
Esa tu barriga,
fuerte tamboril,
que, si me dejaras,
tocara un clarín.
Esas tus caderas
son de carne y hueso,
donde se sostienen
todos instrumentos.
Ya vamos llegando
a partes oscuras,
no digamos nada
si no nos preguntan (2).


En ella se produce el mismo truncamiento al tropezar con, en este caso, “partes oscuras”, que en el anterior eran “sitios ocultos”. El sexo femenino como algo que debe ser ocultado y callado por ser impuro, porque la naturaleza lo ha encerrado en ese lugar que ni la propia mujer puede contemplar directamente. En estas versiones se ha producido una clara feminización al ser cantadas por mujeres. Pero no en todas ha sucedido así; en las mismas comarcas de las que proceden las versiones anteriores, el día uno de marzo, los mozos cantan las marzas, cuyo texto consta de cuatro partes: 1.– salutación e invitación a las damas, 2.– descripción de los meses, 3.– romance del prisionero y 4.– cuestación; pues bien, en la primera parte de algunas versiones de las marzas aparece una descripción erótica de la mujer más completa en la que se dedica una cuarteta al sexo, como ésta:

Esa es tu perigallera
llenecita pelos,
donde yo metiese
mi lindo mochuelo.

Y después hay otras dedicadas a los muslos, rodillas, ligas y pies. El término perigallera es el lugar donde se pone el perigallo, es decir, el pene, que también es el mochuelo del cuarto verso; el uso de las metáforas de sentido erótico sigue la tradición más habitual, como iremos viendo. Sin embargo, la aparición del vello púbico por medio del término pelos, así como del verbo meter, uno de los sinónimos más generalizados de copular, hace que la estrofa resulte obscena. Aunque algún autor afirma sobre el romancero, que no hay diferencias apreciables en lo tocante al asunto del empleo de términos obscenos, entre los cantados por hombres y por mujeres, creo que esta cuestión se podría revisar. El mismo recurso a la metáfora eufemística se da en coplillas descriptivas como ésta:

Todas las mujeres tienen,
junto al culo, una campana;
todos los hombres tenemos
badajo para tocarla (3).

En los textos narrativos es donde se da rienda suelta a la vena erótica que todos llevamos dentro, pues no en vano, este tipo de pensamientos, otrora castigados con penitencia posconfesional, ocupan buena porción del tiempo de la mayoría de las personas, también de las mujeres, según parece. Hay canciones que nos cuentan una historia reducida a lo esencial, que en este caso, es la intención sexual:

A la buena moza
la ha pillao el toro,
la ha metido el asta
por debajo el moño.

A la buena moza
la ha vuelto a pillar,
la ha metido el cuerno
por el delantal.

Esta jotilla se cantaba los días de carnaval en los pueblos de la Ribera del Duero, cuando mozos y chicos corrían delante de la vaquilla, que embestía y derribaba a todo el que se ponía por delante; el objetivo primordial de los mozos eran las mujeres, que evitaban la calle durante este tiempo. No hace falta apenas comentar que la paronomasia de moño tiene carácter eufemístico, así como la metonimia delantal; por otra parte, es de sobra conocido el significado alegórico del toro y de sus atributos. Si la vaquilla carnavalesca de los mozos “la ha metido el asta por debajo el moño”, por los mismos días invernales, las mozas de Santa Águeda no se quedaban atrás y echaban jeringas a los hombres que pillaban en su recorrido callejero; cuando divisaban a uno, el grupo femenino decía a voces: “Aquí tenemos un pepino para jeringar a fulano”, y lo perseguían entre pullas, jeringándole figuradamente. A la vez, paseaban al Perico Pajas, muñeco de paja que manteaban, al tiempo que cantaban:

Al perico pajas
que está empelelao,
le metes la mano
y le sacas helao.
A la una, a las dos, a las tres,
¡Arriba con él!

Por la tarde, el Perico terminaba en la hoguera (4).

En las rondas de primavera, en especial las de San Juan, los rondadores solían entonar canciones de amor en honor de la mujer pretendida, que solían ser honestas, incluso cursis, si bien no faltaban coplillas amorosas más ligeras de tono erótico, que se cantaban a chicas con las que no había un noviazgo formalizado:

Esta noche va a llover,
que lleva cerco la luna;
esta noche va a llover
entre las piernas de alguna.

Para cantar, la perdiz;
para volar, el vilano;
y para ti, Rosalía,
esto que tengo en la mano.

El cura de mi lugar
tiene la sotana rota
que se la rompió una zarza
por correr tras de una moza (5).

Por lo general, son coplas graciosas, de un erotismo sugerente y apropiado para la ocasión; en ellas no aparecen términos de los considerados obscenos, a pesar de que pueda serlo el contenido. La presencia del cura seductor de mujeres es muy característica del mundo erótico popular; la imaginación masculina atribuye a este personaje del folklore un enorme campo de hazañas sexuales que forman parte del imaginario de los hombres en general y que, a veces, se expresa de forma obscena:

¿Para qué quiere el cura
perro de caza,
si el conejo que busca
le tiene en casa?

En el jardín de la hierba buena,
en el jardín de las azucenas.

¿Para qué quiere el cura
lo que le cuelga?
Para metérselo al ama
entre las piernas.

En el jardín…

Con los tres que te traigo
te meto uno,
con los dos que me quedan
te tapo el culo.

En el jardín… (6).

Como se ve, el tema es la archiconocida relación amorosa del cura con su ama, que se expresa, en primer lugar, por medio del motivo de la caza y de la metáfora del conejo, para después, continuar de forma más directa y obscena, con la referencia concreta al ama y el juego de perífrasis y elipsis alrededor del verbo “meter”, término inequívoco en el contexto de las coplas, si bien no deja de ser un eufemismo. La metáfora del conejo es una de las más utilizadas para designar el sexo femenino y así aparece en otras composiciones:

El otro día de mañana
a mi novia le pedí
un conejo que llevaba
debajo de su mandil.

El conejo era casero,
negrito, tenía un lunar,
pero su boquita parece
la raya de Portugal (7).

Además de la petición a la novia del conejo, se da una descripción figurada que puede ayudarnos a entender el origen de la metáfora en la imaginación masculina, pues está lleno de sugerencias que se relacionan con la sexualidad tradicional; por otro lado, hay una nota humorística en lo de la “raya de Portugal”, aparte de la homofonía raya/raja. A veces, la petición a la novia de la relación sexual se hace de manera indirecta, como se aprecia en esta copla, donde se eluden los términos explícitos:

Yo se lo pedí a mi novia,
Que venía de lavar,
Y me dijo: –¡Sinvergüenza,
Qué fresco lo quies pillar! (8).

Son abundantes las alusiones al órgano sexual femenino por medio de muchos términos figurados, conocidos unos, como la boca lagarto, teniendo en cuenta que lagarto es también denominación del órgano masculino; no tan conocidos otros, como cuzcuz y relampaguz, variante de relámpago:

A la mochililla
la van a llevar
por la cuesta abajo
para declarar.

Y a la mochililla
se la ve el cuzcuz,
la boca lagarto
y el relampaguz (9).

Los soldados que volvían de la guerra de Cuba incluían en las rondas canciones aprendidas en la isla caribeña, “cubanas”, muchas de ellas de tipo erótico, como ésta, donde aparece la voz chingar, que si bien parece ser de origen caló, está extendida sobre todo por América con el significado de «copular»:

Una mulata en La Habana
a chingar se determinó
y por cama más barata
a una esquina se arrimó.

¡Ay, mulata, yo te quiero,
te idolatro y te venero,
si tu amor es verdadero,
mulata, dame tu amor! (10).

El romance es el género narrativo en verso por excelencia y en casi ninguna compilación de romances tradicionales falta un apartado dedicado a éstos, llamados a veces “romances burlescos”. Yo creo que podríamos atrevernos a denominarlos “obscenos”, tanto por el uso de palabras y expresiones de significado sexual, casi siempre a través de imágenes literarias embellecedoras y eufemistizantes, como por el atrevimiento que supone exponer públicamente temas prohibidos por estar relacionados con la sexualidad femenina: incesto, violación y venganza de la propia mujer, la mujer como víctima sexual del clero, el deseo sexual insaciable femenino, la mujer insatisfecha, etc. No es casualidad que algunos romances que tratan estos asuntos escabrosos hayan sido muy populares entre las mujeres, como el de Delgadina, cuyo tema es el incesto y la venganza del padre ante la resistencia de la hija:

Mañanita de San Juan
la divina Madalena
coge su cántaro de oro
y a la fuente va por agua.
– Voy a por agua a la fuente,
voy por ver si soy casada.
– Casadita lo serás
con el infante de Lara;
tres hijas has de tener,
las tres infantas de Lara,
y de las tres, la del medio
Delgadina se llamaba.
Un día estando comiendo
su padre la remiraba.
– Padre, ¿qué me mira usté,
qué me mira usté a la cara?
– Que antes del anochecer
has de ser mi enamorada.
– No lo quiera Dios del cielo,
ni la Virgen soberana
que sea mujer de usté,
de mis hermanas madrastra,
y a mi pobrecita madre
yo la haga malcasada.
– Alto, alto, mis criados,
los que servís en mi casa,
a mi hija Delgadina
encerradla en una sala;
no me la deis a comer
no siendo cosa salada,
no me la deis de beber
no siendo agua de retama.
A los siete años cumplidos
la abre el rey cuatro ventanas;
Delgadina con gran sed
se ha asomado a la ventana,
ha visto a sus hermanitas,
que por el jardín paseaban:
– Hermanas, las mis hermanas,
subidme una jarra de agua,
que el alma tengo en un hilo
y la vida se me acaba.
– Quítate de ahí, Delgadina,
quítate hermana del alma,
si el padre rey lo supiera
la cabeza te cortaba.
Delgadina con gran sed
se ha asomado a otra ventana
y ha visto a su madrecita
en silla de oro sentada:
– Madre, si es usted mi madre,
por Dios, una jarra de agua
que el alma tengo en un hilo
y la vida se me acaba.
– Quítate de ahí, Delgadina,
quítate, perra malvada,
siete años, van para ocho,
que me tienes malcasada.
Delgadina con gran sed
se ha asomado a otra ventana
y ha visto a su padrecito
que por el jardín paseaba.
– Padre, si es usted mi padre,
por Dios, una jarra de agua,
que el alma tengo en un hilo
y la vida se me acaba.
– Alto, alto, mis criados,
los que servís en mi casa,
a mi hija Delgadina
subidle una jarra de agua,
y el que llegara más pronto
ha de ser su enamorada.
Todos llegaron a un tiempo,
Delgadina ya expiraba.
La cama de Delgadina
de ángeles fue rodeada,
y la de sus hermanitas
de serpientes enroscadas,
y la de sus padrecitos
de culebras y fantasmas (11).

La violación es otro de los temas estrella de este romancero; una veces, la mujer es la víctima que sufre no sólo el abuso sexual sino también la muerte; sin embargo, en otros casos, la mujer es la vengadora de su propia afrenta, papel éste que en principio la sociedad reservaba al padre, hermano o marido. El teatro barroco, tan popular hasta épocas modernas, trató estos asuntos con frecuencia, incluida la venganza femenina; éste es el tema del conocido Romance de Isabel y Francisco:

Que de las rebonitas,
de las muy bien adornadas
allí está doña Isabel,
doña Isabel del alma,
con su primo don Francisco,
juntos viven en una casa.
Siete años llevan de amores,
de quererla y regalarla
sin que él alcance de ella
cosa de ninguna importancia.
Hasta un día, mientras misa,
la ha hallado sola en casa,
la ha dicho: – Querida Isabel,
la ha dicho: –Isabel del alma,
tú has de gozar de mis brazos,
si el Santo Cristo me ampara.
Agarrada de la mano,
la lleva para la cama;
con los deleites del majo,
quedó dormida la dama.
Y, aquél, al ver su ofensa,
se levanta de la cama,
los zapatos en la mano,
pa que no le sienta un alma.
– Adiós, Isabel querida,
adiós, Isabel del alma,
no me volverás a ver
hasta que Dios lo mandara.
Esto que lo oyó Isabel,
se levanta de la cama
y va en busca de Francisco;
le ha hallado solo en la plaza.
– Buenas noches, Don Francisco.
– Buenas noches, camarada.
– Vente conmigo a Sevilla,
no tengas miedo de nada;
el coche tengo a la puerta,
las mulas enjaretadas.
Al bajar una calleja,
que es calle muy alumbrada,
se la cayó la montera,
la dio la luna en la cara.
– Tú eres mi Isabel querida,
– Yo soy tu Isabel del alma,
ahora me lo has de pagar,
si el Santo Cristo me ampara.
Le ha dao una puñalada
que de parte a parte le cala,
y va en casa de sus padres,
este caso les contara:
– Aquel que manchó mi sangre
quedó muerto en la plaza;
lo que pido a mi padre,
que me lo traigan a casa,
que le entierren en San Juan
y un intierro digno me le hagan,
que me quiero meter monja,
que no quiero ser casada,
que para la primera vez
ya quedo escarmentada (12).

En este romance, breve drama de honor, lo amoroso pasa a un segundo plano ante la importancia de la ofensa, de la mancha (“aquel que manchó mi sangre”), que sólose puede limpiar con sangre. Lo chocante es, precisamente, que la venganza la ejecute la misma mujer ofendida; aquí estamos ante otro tipo de obscenidad, la de la muerte, que como dije antes, no voy a tratar en esta ocasión.

Las relaciones sexuales del cura con el ama o la criada, que se suelen narrar casi siempre en tono jocoso, son asunto muy presente en la literatura tradicional; el Romancedel cura y la criada es tan popular que incluso existen versiones infantiles que se cantaban en cierto juegos, como ésta, en la que todos los versos se repiten:

Y el cura está malo,
malito en la cama,
con la perplejía,
no le duele nada.
A la media noche,
llama a la criada:
– Hazme chocolate.
– No tengo agua en casa.
– Sácalo del pozo.
– No llega la herrada.
– Yo tengo un cordel
como de una cuarta.
Y, a los nueve meses,
parió la criada,
y parió un curilla
con capa y sotana (13).

En otros cuantos romances, aparece el deseo sexual de la mujer como motivo central de la composición; el papel social de la mujer se ha construido sobre la supuesta inexistencia de dicho deseo, que se consideraba exclusivamente masculino. Por ello, cuando una mujer tenía el atrevimiento de reconocer la pulsión sexual, de tomar la iniciativa en las relaciones sexuales, de solicitara un hombre, de rechazar la monjía, se la considera un grave peligro para los hombres:

El Padre Santo de Roma
tiene una hija bastarda
y la quiere meter monja,
y ella quiere ser casada.
Estando tres segadores
segando trigo y cebada,
se enamoró del de en medio,
del que vuelve la manada.
Le ha mandado de llamar
con una de sus criadas:
– Oiga, usted, buen segador,
que mi señora le llama.
– No conozco a tu señora,
ni tampoco a ti, criada.
– Mi señora es aquella
que está en aquella ventana.
El segador obediente
coge la hoz y se marcha:
– Y oiga usté, buena señora,
¿Y a qué se debe mi llamada?
– Y oiga usté, buen caballero,
a que siegue mi senara.
– La senara que usté tiene,
¿dónde la tiene sembrada?
– Ni en terreno ni en vallejo,
ni tampoco en tierra llana,
que la tengo yo escondida
y en bajo de mis enaguas.
– La senara que usté tiene
no está para yo segarla.
Le ha cogido de la mano,
se lo ha llevado a la cama.
Y a eso de la media noche,
el segador se cansaba
– No he visto yo un segador
que a la media mano canse.
– Y oiga usté, buena señora,
que ya llevo quince gainas.
Le ha dado quince dolores,
y la pena bien doblada,
y a eso de los ocho días
l’entierro puallí pasaba (14).

El lenguaje figurado de este texto gira en torno a dos metáforas que tienen relación con la actividad agrícola, segar y senara, por lo que se puede hablar de toda una alegoría erótico–agrícola, que termina con la irónica hipérbole de las “quince gainas”, es decir, vainas, término figurado de cópula, que usaron escritores de los siglos XVIII y XIX, como, por ejemplo, Leandro Fernández de Moratín, y con la muerte heroica del malogrado segador. No tan frecuente es otra composición que trata este tema,El cestero y la monja, romance hexasílabo con rima en los pares é–o, que se canta con un estribillo, que repite elcoro, cada cuatro versos, los dos primeros repetición de los dos últimos de la estrofa anterior:

Un día mi madre,
con garbo y salero,
me estaba fajando,
me estaba diciendo.
Ay molondrón, molondrón,
molondrero.
Me estaba fajando,
me estaba diciendo:
– Tú serás marqués,
noble caballero.
Ay molondrón…
Tú serás marqués,
noble caballero,
y por tu desgracia
aprendiste a cestero.
Ay molondrón…
Y por tu desgracia
aprendiste a cestero,
podaba la mimbre
en el mes de enero,
y en el mes de mayo
cobraba el dinero.
Ay molondrón…
En el mes de mayo
cobraba el dinero,
me fui yo a Sevilla
con mi oficio nuevo,
paseaba una tarde
por junto a un convento.
Ay molondrón…
Me fui yo a Sevilla
con mi oficio nuevo,
salió una monjita:
– Oiga usté, el cestero.
Ay molondrón…
Salió una monjita:
– Oiga usté, el cestero,
si quiere podarme
un soto que tengo.
Ay molondrón…
Si quiere podarme
y un soto que tengo,
el soto no es grande,
tampoco es pequeño.
Ay molondrón…
El soto no es grande,
tampoco es pequeño,
en medio del soto
hay un agujero.
Ay molondrón…
En medio del soto
hay un agujero,
donde entran gazapos
y salen conejos.
Ay molondrón…
Donde entran gazapos
y salen conejos,
y el primero que entra
es el padre eterno.
Ay molondrón…
El primero que entra
es el padre eterno,
con barbas muy largas
y alforjas al cuello.
Ay molondrón…
Con barbas muy largas
y alforjas al cuello;
con esto, señores,
termino diciendo.
Ay molondrón…
Con esto, señores,
termino diciendo:
– Se acabó la historia
del pobre cestero.
Ay molondrón…
Se acabó la historia
del pobre cestero,
porque eres un bruto,
y un tonto y un terco (15).

El tema de la monja solicitante es una variante jocosa del de la mujer insaciable, y también se formaliza en torno a una alegoría de tipo naturalista, protagonizada por un hombre humilde, que ejerce uno de los oficios característicos de los jornaleros, el de cestero, diestro no sólo en trenzar los mimbres, sino también en podarlos todos los años para obtener la materia prima de su oficio. El soto monjil está relacionado con otras metáforas, como bosque, selva, monte, etc., del pubis femenino, que anda necesitado de una poda por su estado salvaje, es decir, virgen. Si el término agujero aquí no es más que un eufemismo muy corriente para denominar la vagina, gazapo y conejo no están aplicados a la mujer, sino al miembro del hombre, que entra y sale como los conejos en su agujero, en su madriguera, y después de esta experiencia singular, deja de ser gazapo para convertirse en un conejo adulto. A continuación de las imágenes de tipo naturalista, aparece al final una metáfora del pene de tipo religioso de gran fuerza, la del padre eterno, denominación popular del Dios padre, con la expresividad plástica de las barbas con las que suele ser representado y la alusión por sí mismo a las otras dos personas, por lo que lo de las alforjas es redundante, y al misterio de la Trinidad.

La sexualidad no es un mundo ajeno a la edad infantil, como a menudo se ha creído; ignorarla, hacer como que no pasa nada quizá haya sido la solución menos mala ante un asunto que a la mayoría le sobrepasa, si bien es cierto que casi todos recordamos cuentecillos, rimas, chistes de tipo obsceno, que oíamos y contábamos en nuestros años escolares, por lo que la mayoría de los textos que aparecen a continuación son recuerdo de mi propia infancia. Cronológicamente, hay una primera etapa en que se da un acentuado gusto por lo escatológico, con rimas como éstas:

Una vieja, en un corral,
tira un pedo y mata un pollo;
vuelve a tirar otro pedo,
y mata gallinas y todo.

Melimes y Melames
se comieron un besugo,
Melimes, la cabeza,
y Melames, el culo.

Son chascarrillos de broma, que a los niños les encanta repetir y celebrar con grandes carcajadas, muy similares a los finales de algunos cuentos en los que se pregunta por el burro, y el narrador contesta con “álzale el rabo y bésale el culo”. El gusto por las palabras obscenas era fomentado por los adultos con cuentos como éste, que se enseñaba a los niños y ellos repetían:

Esto era un rey,
Que tenía tres hijas,
Las metió en tres botijas,
Las tiró el río abajo,
¡Anda carajo, carajo!

Actualmente el cuentecillo casi no es entendido, pues carajo es un arcaísmo, del que mucha gente cree que es una interjección sin significado concreto. En la escuela, pronto se aprendían de los mayores los populares chistes de Quevedo o de Jaimito; primero, los de tipo “marrón”, como éste:

Esto era Jaimito que se apostó cinco duros con su vecina a ver quién estaba más días sin cagar. Pasan dos, tres días, y los dos aguantaban bien. Pasan dos o tres semanas, y ya no podían más, así que dice Jaimito:

– Vamos a ponernos un tapón en el culo y a ver quién aguanta más.

Pasa otra semana y aparece en la primera página del ABC: “Gran explosión en Madrid y lluvia de mierda en Guadalajara”.

Después a partir de los ocho o nueve años, van sintiéndose más atraídos por los chistes de tema sexual, en los que Jaimito era el héroe indiscutible:

Estaba una vez Jaimito en casa con su novia, y los amigos de Jaimito dicen:

– Vamos a ver qué hace Jaimito con su novia.

Porque luego les contaba que si tal, que si cual. Y como estaban en la habitación de arriba, dicen:

– Nos ponemos uno encima de otro y el de más arriba que vaya contando lo que pasa en la habitación.

Y ya se suben uno en los hombros del otro, hasta llegar a la ventana y dice:

– Jaimito la está besando, Jaimito la quita la blusa, Jaimito la toca las tetas, Jaimito la quita la falda, Jaimito la baja las bragas, Jaimito se saca la estaca…

Y… ¡cataplum!, todos se fueron al suelo, porque el que estaba abajo, al oír que Jaimito sacaba la estaca, echó a correr y todos fueron abajo.

Junto al gusto por la escabrosidad de la escena, el humor se basa en el doble sentido del término estaca, dilogía que provoca el chusco desenlace.

Estaba una vez Jaimito en casa jodiendo con su abuela, y en eso que llega su padre y dice:

– Pero, Jaimito, ¿qué haces con mi madre?

Y le contesta Jaimito:

– Lo que tú haces con la mía.

Los chistes de Jaimito que contábamos de niños son de una obscenidad descarada y directa; a veces da la impresión de una obscenidad sin erotismo, donde lo más importante es decir las palabras prohibidas. Atreverse a pronunciar esos términos, en ocasiones mal o nada comprendidos, nos acercaba al mundo de la sexualidad adulta, tan enigmático que el diccionario se convertía en cofre del tesoro de donde extraer algo de luz, más bien poca y difusa, que aclarase un poco esa oscura maraña. Hoy día, a pesar de vivir en un mundo rebosante de información, los estudiantes adolescentes siguen buscando vanamente en el diccionario de la lengua una ayuda para aclarar sus confusas ideas sobre la sexualidad. Más interesante que la información del diccionario era para nosotros la que cazábamos ocasionalmente de las conversaciones de los mayores, si bien no siempre las entendíamos. A los mozos les gustaba contar, cuando se reunían en pandilla, cotilleos amatorios de las personas del pueblo: cómo una noche de verano fueron a la ventana de fulano y mengana a escuchar cuando copulaban, cómo fulanito se masturbó en la iglesia mientras se casaba, cómo la menganita no tenía hijos “porque es machorra”, cómo el tío Roque se echaba la siesta en una rama de su nogal y un día, al despertarse, pilló a una pareja de novios haciéndolo debajo, y otros sucedidos por el estilo. Otras veces contaban sus hazañas sexuales, reales o imaginarias, supongo que más de lo segundo, que casi siempre consistían en una lucha heroica contra la castidad de alguna moza, que, de todas formas, no solía alcanzar su objetivo último, pero cualquier logro parcial era celebrado con algazara por todos, incluso los más pequeños que, al grito de “ropa tendida”, eran desalojados por considerarlos posibles testigos indiscretos, por lo que procuraban pasar inadvertidos para que los mayores no repararan en ellos.

Los monaguillos escuchábamos del sacristán, un mozo con gran desparpajo, algunas anécdotas de ese tipo, chistes y refranes de tipo obsceno, como el del fraile “capao”:

Un fraile salió a mear
a la puerta del convento;
una rata que pasaba
le agarró del instrumento.

La rata tira que tira,
el fraile llora que llora,
la rata tira que tira
el fraile se quedó sin polla.

Esta relación, o refrán, trata el asunto de la castración, muy relacionado con el tema del clérigo seductor de mujeres (Martín Criado, 2005); a este sacristán citado le encantaba meter miedo a los chicos que iban a ingresar en algún colegio de frailes con la supuesta castración a que serían sometidos allí. Por otra parte, la castración aparece con frecuencia en el folklore obsceno infantil (Gaignebet).

A mediados del siglo XX, eran muy populares en España las películas mexicanas, que veíamos en el cine al aire libre que todos los veranos proyectaba un exhibidor ambulante durante varios días, y las rancheras del mismo origen, que aprendíamos de la radio, llenas de historias de amor y de violencia. Una de las más conocidas era “Si quieres tomar tequila” y con su música los chavales cantábamos una canción cuya letra era una versión erótica de un antiguo juego de nunca acabar, que dice así:

Esta es la ciudad de Roma,
en la cual hay una puerta.
Esta puerta da a una calle,
y la calle va a una plaza.
En la plaza hay una casa.
Dentro de la casa un patio.
En el patio una escalera.
La escalera va a una sala.
Esta sala da a una alcoba.
En la alcoba hay una cama.
Junto a la cama una mesa.
Sobre la mesa, una jaula.
Dentro de la jaula un loro
que cantando dice a todos… (16).

Y la retahíla vuelve a empezar.

Esta rima ha sido recogida de la tradición oral en tiempos cercanos (Jiménez Frías, pp. 496–498), lo que nos muestra su popularidad. Pues bien, a alguien le pareció una letra sugerente y apropiada para volverla a lo erótico y el resultado era éste:

Si quieres tomar tequila,
prepara una habitación,
en la habitación, una cama,
encima de la cama, un colchón.
En el colchón, una rubia,
y encima la rubia, yo.
Se la metía, se la sacaba
y el gusto que me quedaba.

Esta clase de obscenidad festiva, que los muchachos imitábamos de los mayores, era muy frecuente entre la gente más desenfadada, más amiga de las celebraciones ruidosas y un poco chabacanas, sobre todo cuando se trataba de meriendas o reuniones en pandilla con personas de confianza, en las que se solían hacer juegos de prendas atrevidos, cuyo objetivo era desnudar a los participantes. Para estos juegos a veces se repetían refranes y dichos obscenos, de forma que quien se equivocara pagaba prenda. Por supuesto, era una costumbre fundamentalmente masculina, dado que entre los hombres el uso de vocabulario obsceno era habitual, salvo delante de las autoridades, en especial del cura. Sin embargo, emplear este tipo de léxico delante de mujeres se consideraba una provocación, salvo en ocasiones claramente festivas en las que ellas aceptaban participar. Uno de los refranes más conocidos era éste:

¡Cojones!, dijo la marquesa,
poniendo las tetas sobre la mesa.
Y ahora ¿con quién culeo
si sólo maricas veo?
Yo soy Juan de la Cosa
que tengo una picha hermosa.
Yo soy don Juan Tenorio
que tengo la picha más grande
de todo este territorio.
La marquesa murió de dicha
de los diez metros de picha
que la metió don Rodrigo
más abajo del ombligo.

Más moderna es esta definición del amor desde diferentes puntos de vista, atribuidos a profesionales, y que finaliza con una irónica definición erótica del franquismo:

El médico dice que el amor es una enfermedad más o menos larga que siempre termina en cama.

El mécánico dice que el amor es una máquina absurda que trabaja en estado de reposo.

El arquitecto dice que no está conforme cómo está hecho el edificio del amor, ya que está la sala de fiestas muy cerca de los servicios.

El poeta dice que la mujer eleva el miembro al máximo, lo encierra entre paréntesis y le extrae el factor común.

El político dice que es la verdadera democracia, ya que lo disfruta y goza igual el que está arriba que el que está abajo.

Y es lo que más se parece al actual régimen español: primero alzamiento, después movimiento y, al final, ¡leche!

Además, se puede decir que, lo mismo que hay especialistas populares, de acuerdo con la conocida teoría de Joaquín Díaz, que componen y cantan romances, también hay verdaderos especialistas en este tipo de cantares y refranes; son hombres, por lo general, que tienen fama de chistosos y un poco desvergonzados, y que poseen un repertorio “colorado” más variado y abundante que la mayoría de las personas. De un mismo informante son estas dos composiciones que siguen. La primera es del siglo XX, como muestra el contexto del cine como lugar donde las parejas se “magreaban”. La segunda, parece proceder de una de las numerosas versiones paródicas que se hicieron del Don Juan Tenorio en la segunda mitad del siglo XIX. La más conocida de tipo obsceno es Don Juan Notorio. Burdel en cinco actos y 2.000 escándalos, que se puede leer en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes; si bien estos versos no los he localizado en ella, el estilo es semejante.

PARIR O REVENTAR

– Madre, yo no sé qué siento,
aquí dentro, en la barriga,
que una cosa extraña tengo,
no me deja estar tranquila.
Y usté puede saber, madre,
que está más enterada,
de qué me viene este mal
de tener la tripa hinchada.
– ¡Hija mía de mi alma,
según las explicaciones,
te han metido en el cuerpo
hasta los mismísimos cojones!
– Un domingo por la tarde,
la otra tarde en el paseo,
un gallo me invitó al cine
y allí empezó el magreo.
Usted no sabe, madre,
lo que yo mucho gozaba,
cuando la mano metía
y los pelos me agarraba.
En el cine no jodimos,
porque había mucha gente,
pero mi coño manaba
como si fuera una fuente.
Y ya salimos del cine
y, como llevábamos plan,
vino a acompañarme a casa
y entramos en el portal.
Seguidamente de eso,
me empezó a dar besos,
que me dejó estremecida
en lo más hondo del pecho.
Me encontraba sin sentido
y aprovechó la ocasión
de echarme la falda arriba
y toda me la metió.
– Calla, hija, calla,
que no te puedo decir,
con tu manera de hablar
me estás calentando a mí.
Ni los más santos doctores
a ti te podrán curar,
no te queda más remedio
que parir o reventar (17).

DON JUAN Y DOÑA INÉS

– Cuerpo que sin virgo existes,
mármol que a mí me encantas,
deja que el alma de un triste
se la menee a tus plantas.
Ay, qué jodido me veo
por coño sin desventura,
y aquí don Juan se hace un pajo
al pie de tu sepultura.
Eres tan puta y pellejo,
tan marrana y tortillera,
que en el vientre de tu madre
te ponías de manera
que te jodiera tu padre
cuando a tu madre jodiera.
¡Inés del alma mía!
– ¡Juan de mi corazón!
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aprieta sin compasión,
que hace tres meses y medio
que no pruebo el salchichón.
Dame por donde quieras,
por delante o por detrás,
yo me pondré de manera
que me la puedas colar.
– Don Juan nunca se rebaja,
el jamás ha sido un chulo,
yo te daré por la raja,
pero jamás por el culo.
Y al ver tus hermosas tetas,
y al verte en llanto deshecho,
te ofrecí cuatro pesetas
y dijistes: ¡Trato hecho! (18).

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NOTAS

(1) Grabado en Hoyales de Roa a Feliciana Cristóbal, de 87años de edad, en agosto de 1988.

(2) Grabado en Esguevillas de Esgueva a Asunción Sancho, de 83 años, en abril de 1987.

(3) Grabado en Valladolid a Cirilo Gómez, natural de Simancas, de 64 años, en mayo de 1987.

(4) Así sucedía en San Martín de Rubiales, en la Ribera, según Beatriz Esteban, que tenía 61 años en el verano de 1987.

(5) Estas coplas pertenecen al repertorio de rondas de Castrillo de la Vega, y las aprendí de mi padre Arturo Martín Ortega.

(6) Grabado.

(7) Grabado en Valladolid, donde reside Francisco Bayo, nacido en 1905 en Dalias (Almería).

(8) Grabado en Valladolid a Maite Marcos Revilla, de 39 años, natural de Martín Muñoz de las Posadas, en mayo de 1987.

(9) Grabado a Mauricio González, nacido en 1911 en El Barraco (Ávila).

(10) Grabado a Isidoro Criado, nacido en 1897, en Castrillo de la Vega, que lo aprendió de su tío “Lion”, el cual había combatido en la guerra de Cuba.

(11) Grabado en Hoyales de Roa a Feliciana Cristóbal (véase nota 1).

(12) Cantado en Hoyales por Feliciana Cristóbal (véase nota 1).

(13) Cantado por Ángel Cano, de 55 años, en 1987, en Peñafiel.

(14) Grabado a Mauricia González, nacida en 1911 en El Barraco (Ávila).

(15) Grabado en Valladolid, en 1988, a un señor de origen burgalés, mayor de setenta años, que no quiso que figurara su nombre.

(16) CERDÁ, Isidro: Juegos de prendas, divididos en juegos preparados, de chasco, de acción, por un aficionado, Barcelona, 1862, p. 36.

(17) Recitado por Ángel San José en Renedo de Esgueva. Una versión más completa titulada “La confesión de Teresita” fue recogida en El Rebollar (Salamanca); cf. www.personal.iddeo.es/aytorobleda/ coplas.

(18) Grabado a Ángel San José (véase nota 17).

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