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Lenguas en peligro de extinción: el caso del caló

ÁLVAREZ AMIEVA, Andrés

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 402.

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1. Contacto de lenguas: cuestiones generales

Entre las principales ideas con que trabajan los lingüistas para explicar la evolución de las lenguas, destacan dos: la lengua es una estructura y un hecho social. Esta segunda idea, la consideración de la lengua como hecho social, ya presente en el Curso de Lingüística General de Ferdinand de Saussure, es determinante para explicar que las influencias entre lenguas no se deben a factores de carácter cuantitativo, sino de carácter político, histórico o cultural.

El contacto entre lenguas es la situación más habitual en el planeta. Hasta la fecha, no se ha encontrado una comunidad de hablantes tan aislada que no tuviera contacto lingüístico con sus vecinos. El bilingüismo es un fenómeno que afecta, en mayor o menor medida, a todos los pueblos y comunidades lingüísticas de la Tierra. De esta forma, «hablamos de una sociedad bilingüe o de un territorio bilingüe cuando en una misma sociedad o entre los hablantes de un mismo territorio se utilizan normalmente dos lenguas distintas como medio de comunicación» (Siguán: 27). Esta definición se hace extensiva a las sociedades y territorios plurilingües, donde las lenguas en contacto son más de dos. El estatus que puedan tener las distintas lenguas no condiciona en absoluto la consideración del territorio bilingüe, o plurilingüe, como tal. Es más, que dos lenguas tengan un mismo estatus en una sociedad o territorio compartidos es precisamente la situación más inusual.

El hecho de que dos lenguas entren en contacto por motivos sociales, históricos, políticos o económicos tiene una serie de repercusiones en los individuos que las hablan. La coexistencia de dos lenguas impone una dinámica que se soluciona generalmente en favor de una u otra, es decir, en una situación de diglosia.

El término ‘diglosia’ fue acuñado por Ferguson en el artículo homónimo, Diglossia, del año 1959. Las posibles situaciones que ofrece el contacto entre lenguas, según Fishman (en Siguán: 30-31), son cuatro:

Siguán entiende que, en la práctica, solo se darían las dos primeras soluciones para el fenómeno del contacto entre lenguas; es decir, el bilingüismo con diglosia y la diglosia sin bilingüismo. Esto nos permite entender la siguiente definición de ‘diglosia’ tomada del diccionario del Centro Virtual Cervantes: «La diglosia es una situación social en la que una comunidad de habla utiliza dos variedades de una lengua (diglosia en sentido estricto) o dos lenguas distintas (diglosia en sentido amplio) en ámbitos y para funciones sociales diferentes». De esta forma, una situación de diglosia se caracteriza porque:

2. La lengua como sociolecto

Uno de los efectos más perversos que tiene la diglosia es su capacidad para encasillar a los hablantes de una lengua en un grupo social determinado. Así lo recoge, al menos, Joaquín Garrido, refiriéndose a la relación entre lengua y dialecto. Para Garrido, dicha relación no es de «mera inclusión», sino que hay además una jerarquización social. La lengua se relaciona con la escritura y se considera culta, en tanto que el dialecto supone un cierto grado de analfabetismo. De este modo, aquello que se considera lengua no es otra cosa que un dialecto que por diversas razones de tipo histórico-político pasa a gozar de fama y prestigio. Como señala Garrido, lo característico del dialecto que consideramos lengua no es otra cosa que la especial función social que pasa a desempeñar: «Por su origen es un dialecto; por su situación, un sociolecto» (Garrido: 72). La relación que se establece entre este sociolecto especial y sus hablantes es de reciprocidad. Quienes hablan este sociolecto pertenecen a la clase social que tiene el poder; de la misma forma, quienes quieren desempeñar cargos de importancia o subir en su escala social están obligados a hablar este sociolecto. Por razones obvias, este efecto de la diglosia puede extrapolarse a otras situaciones donde el contacto se da entre lenguas distintas, como es el caso del castellano y el romaní en el pasado, y del castellano y el caló en la actualidad.

Esta relación de jerarquía también se da de forma inversa; esto es, quienes utilizan la variedad o la lengua de menor prestigio quedan relegados a los escalones más bajos de la sociedad, pudiendo llegar incluso a la marginalidad. En el caso del caló, esta es una de sus principales señas de identidad, pues, como veremos, tuvo, y probablemente aún tiene, un carácter críptico que durante muchos años se vino a asociar con la germanía[1].

3. El caló: la lengua de los gitanos españoles

El caló es el producto de una situación de diglosia que se ha perpetuado en el tiempo entre dos lenguas distintas, castellano y romaní, pertenecientes ambas, sin embargo, a la familia lingüística indoeuropea. Precisamente, entre los rasgos más reseñables del romaní destaca la diversidad dialectal, fruto de las distintas lenguas con las que ha entrado en contacto, habitualmente desempeñando el papel de lengua marginal. En el caso concreto del caló, romaní y castellano se han mezclado de tal forma que la lengua de prestigio, la utilizada por la clase dominante, el castellano, ha impuesto su gramática, en tanto que el romaní ha dejado su léxico como huella en el caló. Así, el caló se correspondería con lo que algunos lingüistas han venido a denominar pararromaní.

3.1 Orígenes: la gran familia romaní

El caló es la variedad del romaní hablada en España; una lengua, la romaní, que cuenta con (al menos) sesenta dialectos. Las principales dificultades con que se encuentran los dialectólogos a la hora de clasificar dichos dialectos son la dispersión geográfica del pueblo romaní en todo el mundo y el carácter nómada de este pueblo. Los nombres que reciben los distintos dialectos hablados por el pueblo roma depende de distintos factores, tales como su lugar de asentamiento, la actividad principal a la que se dedican o al nombre que utiliza cada grupo para autodenominarse, como el caso del kalé para los gitanos españoles[2].

Según Bakker et al. (en Anderson: 11), podemos dividir los dialectos del romaní en cuatro grandes grupos, a saber: nórdicos, centrales, balcánicos y valacos. Otros autores proponen para los dialectos balcánicos el nombre de meridionales y para los valacos el nombre de danubianos.

Este mapa, tomado de Anderson, muestra la distribución de los distintos dialectos romaníes en Europa. Como se pude apreciar, los dialectos del norte son los más extendidos a lo largo de toda Europa, incluso por zonas del sur. Según esta distribución, el caló quedaría enmarcado dentro de los llamados dialectos del norte.

Cada uno de estos grupos dialectales romaníes tiene unas peculiaridades que lo diferencian del resto y, al mismo tiempo, sirven de unión entre dialectos del mismo grupo. Así, los dialectos balcánicos se caracterizan por la influencia griega y turca, con dos grandes subgrupos: el sur y el sur II o drindari-kalajdži-bugurdži. Los dialectos valacos distinguen también dos grandes subgrupos: el meridional y el norteño. Se cree que estos dialectos surgieron en Rumanía, pues ambos comparten rasgos fonológicos y léxicos con el rumano. Los dialectos centrales conocen asimismo dos subgrupos principales, norteños y sureños, cuya influencia principal es la lengua húngara, de la que surge la denominación romungro (‘rom de Hungría’). Por último, en los dialectos del norte también encontramos dos subgrupos, noroeste y noreste. Entre los dialectos del noroeste destaca la variedad sinti-manuš, caracterizada por la influencia de la lengua alemana. En este grupo de dialectos norteños se encontraría el romaní ibérico, hoy día extinguido como tal variedad aunque con viva presencia léxica en la lengua caló y en el dialecto romaní del País Vasco, el errumantxela.

3.2 Caracterización

El caló es la lengua hablada por el pueblo gitano o roma en España, Portugal e Hispanoamérica. Como ya hemos dicho, el caló es una lengua pararromaní, es decir, no es propiamente un dialecto romaní, sino una lengua nueva fruto del contacto entre la lengua romaní y el castellano. Las lenguas pararromaníes se caracterizan por adoptar la gramática de la lengua dominante y conservar el léxico romaní.

En la península ibérica, además del caló, se hablan otras tres lenguas pararromaníes: el errumantxela, en el País Vasco, con base gramatical tomada del euskera; el romaní de Cataluña, con base gramatical tomada del catalán, y el romaní de Portugal o calão, dialecto a su vez del caló, pues su base gramatical es una mezcla de castellano y portugués.

Los motivos para mantener el léxico de una lengua cuando ya se ha perdido la base gramatical pueden ser varios. Algunos autores aducen motivos de identificación grupal; otros, en cambio, justifican esta característica basándose en la necesidad de no ser comprendidos por la etnia dominante. Probablemente ambas posturas estén en lo cierto y puede que haya otras razones que también influyeron en el mantenimiento del léxico romaní, tales como la falta de escolarización en la lengua dominante.

No obstante, lo cierto es que el roma ha sido un pueblo sometido a persecución en España en el pasado, llegando a rozar los límites de un genocidio cuyo epítome fue la denominada Gran redada o Prisión general de gitanos, una persecución orquestada a mediados del siglo xviii por el marqués de la Ensenada, que tenía por objetivo eliminar a los gitanos de España. Es obvio, por tanto, el papel de lengua marginal que pueda tener el caló desde bien antiguo, habida cuenta de los antecedentes con que fue tratado este pueblo.

Entre las principales características lingüísticas del caló, características que comparte con otras lenguas pararromaníes, están la adopción de la fonología y la morfología y la sintaxis de la lengua dominante.

Según Bakker (en Anderson: 22), los rasgos fonológicos del caló tienen su origen en el andaluz. Así, encontramos rasgos como el ceceo, la pérdida de /d/ y /g/ intervocálicas. La morfología es prácticamente igual a la del castellano. Por ejemplo, el paradigma verbal tiene la misma flexión que el castellano, con una peculiaridad: todos los verbos del caló terminan en -ar, por lo que se adapta en realidad a la primera conjugación del castellano. Esta característica nos permitiría formular algunas hipótesis sobre la época en que el caló comenzó a conformarse como tal lengua, esto es, a adoptar la gramática castellana, habida cuenta que hoy en día todos los verbos de nueva creación siguen esta pauta, es decir, se adaptan a la primera conjugación, pues las otras dos conjugaciones forman clase cerrada.

Por otro lado, las palabras de origen indio siguen manteniendo su género. Así, las palabras femeninas son las terminadas en -í, mientras que las masculinas son las acabadas en consonante o en vocal acentuada que no sea -í. Asimismo, los plurales los hace en -e, siguiendo la morfología romaní, o en -s siguiendo la morfología castellana. Otra de las características morfológicas del caló es el respeto a la concordancia entre los elementos del sintagma nominal y su núcleo, tal como sucede en castellano.

En cuanto al vocabulario, el primer estudio data del siglo xix y señala la existencia de 4000 términos en lengua caló, de los cuales casi 2000 fueron atribuidos a un origen sánscrito, lo que sitúa a esta lengua dentro de la gran familia indoeuropea. Estudios posteriores han demostrado que entre un 70 y un 80 % del léxico básico del caló procede del romaní.

En alusión a la identificación grupal como una de las razones para mantener el léxico romaní en la lengua caló, un estudio realizado por Leigh (en Anderson: 24) indica que la mayor parte del vocabulario caló pertenece a los campos semánticos de las relaciones familiares, la consanguinidad y los sustantivos comunes concretos. Esto, según Anderson, «refleja el esfuerzo por mantener la identidad étnica y el papel clave de la familia en esta cuestión».

No obstante, la función críptica de la lengua caló también es considerada por Anderson, que reconoce en el caló una lengua secreta, pues modificaban algunos nombres y creaban otros nuevos con la finalidad de no ser entendidos por los demás.

En relación con la finalidad críptica del caló, está la confusión largo tiempo mantenida con la germanía, como ya quedó expuesto con anterioridad, y que incluso quedaba recogida en el DRAE hasta tiempos relativamente recientes:

«Con frecuencia se identifica el lenguaje de germanía con el caló y viceversa […] de hecho, hasta hace poco, el DRAE definía la germanía como la ‘jerga’ o manera de hablar de los gitanos, ladrones y rufianes […] y el ‘caló’ como la ‘jerga’ que hablan los rufianes y gitanos» (Ropero 1978: 15, en Anderson: 24).

Esta definición es una clara muestra de la consideración en que se ha tenido al pueblo gitano en España hasta hace bien poco. Como ya señalamos, una variedad lingüística o una lengua puede funcionar como sociolecto, en este caso, como sociolecto negativo. Así, quienes hablaban caló eran inmediatamente identificados como delincuentes, lo que no hacía más que arrinconar a la lengua caló hacia la marginalidad. Así, aquellos gitanos que no querían ser asociados con actitudes ilícitas debían renunciar a su herencia idiomática, so pena de ser prejuzgados como delincuentes.

No obstante, como ha demostrado Ropero (en Anderson: 24-25), la relación entre germanía y caló, aunque la hubo, no fue de tal calado que justifique la identificación entre ambas, más allá de la adopción de algunos sufijos.

3.3 Situación actual

A pesar de la confusión que aportan los datos censales, como dato estimativo podemos hablar de entre 700 000 y 1 000 000 personas de etnia gitana en España, en torno a un 2 % de la población total. De este número, aproximadamente un 50 % son menores de edad, lo que hace que sea uno de los colectivos con mayor índice de natalidad. Esta confusión en cifras a nivel estatal también se produce a nivel autonómico, con datos poco fiables, como recoge Nicolás Jiménez en su estudio ¿En qué hablan los gitanos españoles? Como denuncia este autor, el total desinterés con que tratan las autoridades a una masa social tan grande es clamoroso. Cabe preguntarse cómo es posible que una etnia que ronda el millón de almas no tenga garantizada la escolarización en su lengua natal o, al menos, un sistema educativo que tenga presente a la cultura de un pueblo tan numeroso con el que convivimos desde hace siglos. Nuevamente, vuelve a surgir el problema antes señalado de la diglosia y de la consideración de la lengua como sociolecto. Es poco menos que impensable para las autoridades escolares proponer un sistema educativo que tenga en cuenta esta realidad cultural y lingüística.

Así, el caló es en la actualidad una lengua en los últimos estadios previos a la desaparición. Esa parece ser, al menos, la conclusión a la que llegan Gamella, Fernández y Adiego en su estudio etnolingüístico sobre la vitalidad de la lengua caló. Dicho estudio fue realizado en la zona de Andalucía oriental sobre un total de 68 informantes de distinto sexo, con edades comprendidas entre los 19 y los 83 años y un grado de escolarización que va desde los informantes analfabetos hasta aquellos con estudios universitarios.

Como decimos, las conclusiones a las que llegan tras su estudio no son nada halagüeñas para la salud del caló. En palabras de los propios autores, el idioma caló «sufre una lenta agonía». Lo que queda del caló es poco menos que una forma de expresión caracterizada por un fuerte sentido identitario, pero que no puede denominarse propiamente una lengua pararromaní. Como señalan estos autores, lo más importante del caló es que sirve de expresión a la diferencia cultural, pero sin que sea fácil precisar en qué reside tal diferencia cultural. En otras palabras: hoy en día, el caló es un sublenguaje para la gran mayoría de sus posibles hablantes, pero no la verdadera lengua que hablan cada día. Antes bien, esa lengua utilizada a diario no es otra cosa que un dialecto castellano, el que corresponda con su zona de residencia habitual, entreverado con una serie de palabras de origen caló, pero que queda restringido por completo al ámbito familiar y, en muchas ocasiones, ya ni eso. El proceso de fagocitación al que ha llevado una situación de diglosia perpetuada durante siglos está a punto de concluir, pues ya no se emplea ni tan siquiera en el ámbito doméstico y familiar.

4. Conclusiones

A la luz de todo lo expuesto hasta aquí, podemos concluir que el caló es una lengua indoeuropea que podemos clasificar como pararromaní, fruto del contacto entre el romaní y el castellano que se dio en España durante siglos. Una situación de diglosia en la que, obviamente, el castellano fue la lengua dominante y cuya gramática fue adoptada por la lengua emergente, el caló. Entre las muchas consecuencias de la situación de diglosia que sufrió esta lengua, quizá una de las más importantes fue la de convertirse en un sociolecto asociado a la marginalidad y la delincuencia, y sufrir, por tanto, un gradual abandono. En cualquier caso, no es esta la causa principal de la muerte a la que parece condenado el caló en la actualidad, sino más bien la existencia de un sistema educativo que insiste en ignorar una realidad cultural y lingüística de una masa social tan grande como la del pueblo gitano en España. Sin lugar a dudas, uno de los principales problemas con que se enfrentan las lenguas es nuestro sistema educativo, que lleva a la muerte a cualquier sistema lingüístico que no esté apoyado por una agresiva política lingüística, una masa social consciente de su identidad cultural y lingüística y, tristemente, unos recursos económicos poco menos que ilimitados.

A pesar de todo, no podemos dejar de señalar el interés que parece tener el caló para algunos lingüistas y, si este interés viene acompañado de un verdadero apoyo por parte de las administraciones, motivado por una reivindicación cultural por parte de la etnia gitana, quizá, solo quizá, el caló tenga alguna esperanza de sobrevivir.





BIBLIOGRAFÍA

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Martínez, Manuel. Los gitanos y las gitanas de España a mediados del siglo xviii: el fracaso de un proyecto de exterminio (1748-1756). Almería: Universidad de Almería, 2014.

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Siguán, Miguel. «Bilingüismo y sociología», en Revista Española de Lingüística, año 6, fasc. 1 (1976): 27-88.




NOTAS

[1]«Jerga o manera de hablar de ladrones y rufianes, usada por ellos solos y compuesta de voces del idioma español con significación distinta de la verdadera, y de otros muchos vocablos de orígenes muy diversos». (DRAE)

[2]«Nosotros tenemos nuestras propias palabras (etnónimos) para referirnos a nosotros mismos: en España solemos decirnos “kalé”» (Anderson: p. 10).