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Historia del herrero de Mamblas

GARCIA IZAGIRRE, Txeru

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 422.

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Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

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Prólogo

En el pueblo de Mamblas hay un dicho muy popular, que cuando vas por primera vez y lo escuchas no lo entiendes, o que a la primera no le coges el significado. Ante cualquier contratiempo siempre hay alguien que te dice: «¡Ten cuidado! No te vaya a pasar lo que al herrero de Mamblas». Claro, tú te quedas algo sorprendido, al no entender la salida, y la gente se echa a reír, «¡ja, ja, ja!», al ver tu cara de asombro. Entonces, es cuando tú preguntas: «¿Y qué le pasó al herrero de Mamblas, si puede saberse?». Y rápidamente te contestan: «Pues que machucando en el yunque se le olvidó el oficio… ¡ja, ja, ja!», y se ríen otra vez.

La historia del herrero[1] es una historia curiosa y bonita, quizá un poco rara, pero te atrae desde un primer momento. Digo rara, solamente porque no sé dónde situarla en la tradición oral de la literatura en lengua castellana. Un día, mi suegro, Honorato García González, me contó la historia completa. Mi suegro es un señor de 90 años, que vino a trabajar a Barakaldo (País Vasco) en el año 1954. Él me contó todo lo que sabía de esta historia tan singular. Ya sé que esta historia ni es de mi suegro, aunque se le da muy bien contar historias, ni mucho menos mía porque sea capaz de pasarla al papel; pertenece al pueblo de Mamblas por derecho propio.

Pero, como seguramente en esta nuestra península habrá mucha gente que no conozca Mamblas, gastemos un poco de papel y tinta para que todo el mundo conozca este apacible pueblo del norte de Ávila. Mamblas es un pueblo agrícola situado en la punta que forma la provincia de Ávila en su lado norte, pertenece al partido judicial de Arévalo y está a solo 9 km de Madrigal de las Altas Torres, este último muy conocido porque vio nacer a Isabel la Católica. Los pueblos más próximos son: Rasueros, a 5 km, y Bercial de Zapardiel, a 4,5 km. Mamblas pertenece a la comarca de La Moraña, limita al oeste con Salamanca (la ciudad más importante es Peñaranda de Bracamonte, a solo 26 km) y al este con Valladolid (la más importante es Medina del Campo, donde está el Castillo de la Mota, a 34 km).

La actividad agrícola de Mamblas es sobre todo de cereal: trigo, cebada, avena… como corresponde a un terreno suavemente ondulado. Mamblas significa ‘suave loma o montecillo en forma de pecho de mujer’. También cosecha y recoge remolacha, alfalfa y girasol. Es un pueblo tranquilo y apacible, en el verano se llena de «forasteros», aunque casi todos son hijos de Mamblas, emigrantes jubilados del País Vasco, Cataluña, Asturias, Madrid, etc., parientes varios y sobre todo nietos y nietas de aquellos, a los cuales les encanta pasar allí el verano. Sus gentes son dicharacheras y amables, siempre dispuestas a hablar del tiempo, del campo y de lo que haga falta. Es un lugar para pasear tranquilamente e ideal para la lectura reposada mientras escuchas el canto de los pájaros en los árboles, aunque de vez en cuando se escuche el ruido de un tractor al volver de sus tareas del campo.

En los años en que transcurre nuestra historia era importante, así mismo, la ganadería. No solamente por necesidades primarias de alimentación, sino, sobre todo, porque entonces la única fuente de energía era la de tracción animal para las labores del campo. La ganadería de tipo industrial que hoy queda en este pueblo se concreta en cuatro pastores con unos miles de ovejas y otro ganadero dedicado a la cría de porcino.

Y sin más preámbulos, pasamos a contar esta historia que, de generación en generación y de boca en boca, de padres a hijos y de abuelos a nietos, ha pasado hasta nuestros días.

El herrero de Mamblas

Hace ahora muchos... muchos años, tantos que ni siquiera los más viejos del lugar lo recuerdan, había en el pueblo de Mamblas un herrero. Un herrero que se hizo muy famoso, no solo en los pueblos de los alrededores, sino también en toda la comarca de La Moraña. Su fama se debió a su buen hacer en los trabajos de la fragua y se le conocía en toda la zona como el herrero de Mamblas. Era muy hábil en el herraje de los animales, caballos, bueyes, mulas, etc. Aunque todavía era mejor en los trabajos de forja, en los cuales hacía de todo: balconadas, verjas para las viviendas, goznes y cerraduras para las puertas, etc. El herrero amaba su trabajo, le gustaba poner el hierro en la fragua al rojo vivo, darle forma golpeándolo encima del yunque y ver cómo aquella materia incandescente se transformaba: dumba, dumba, dimbi, damba.

Golpear el hierro una y otra vez, como Vulcano en su propia fragua, hasta dejar la pieza, unas veces en forma de cuchillo, otras de martillo, de azada para trabajar en el campo o de pico para trabajos de albañilería. Lo mismo dando formas rectas que curvando una llanta hasta hacer la cubierta para las ruedas de los carros, que tan necesarias eran en aquellos tiempos. Tiempos en los que no había ni trenes ni autobuses, el transporte se hacía en carruajes de postas y viajeros, tirados por jóvenes y fuertes caballos, atravesando la inmensa llanura castellana, caballos a los que periódicamente había que reponer sus herraduras y otros aperos. Como veis, eran tiempos en los que el trabajo de los herreros resultaba imprescindible.

Con ser este tipo de trabajos los más necesarios y cotidianos, lo que más le gustaba a nuestro herrero era la forja fina, tareas donde él desarrollaba toda su habilidad: clavos, goznes, cerraduras y llaves para las puertas, cierres de balcones y todo tipo de verjas para las casas pudientes, balaustradas y un largo etcétera. En esos trabajos era donde él sacaba todo su arte, era un buen artesano y le gustaba dar de sí todo lo que tenía de artista. Darle a un cuchillo la dureza adecuada hasta encontrar el equilibrio perfecto; que no se rompiera al primer golpe por demasiada dureza, o que se quedara sin filo en poco tiempo por ser demasiado blando.

El herrero tenía familia, mujer y tres hijos, y aunque su oficio le gustaba, a veces, pensaba que él se merecía un futuro mejor. Algunos días pensaba en la parte negativa de su oficio, trabajando sudoroso entre los humos de la fragua, alimentándola con el sucio carbón, el calor sofocante sobre todo en verano, para mantener el fuego al rojo vivo. En esos momentos era cuando pensaba que su suerte tenía que cambiar, no se lo había dicho a nadie, pero en su fuero interno tenía la certeza de que un día su suerte cambiaría; un día, no sabía cuándo, la diosa Fortuna iría a su encuentro, entonces todo sería distinto para él y los suyos.

Un día de primavera, a mediados de mayo, nuestro herrero se levantó temprano y entusiasmado, había tenido un sueño maravilloso. Esa noche soñó que un tesoro le esperaba en la Puerta del Sol de Madrid. La esperanza que siempre había atesorado de encontrar la fortuna estaba ahí, a la vuelta de la esquina, no recordaba mucho del sueño nocturno, pero dos nombres se le habían quedado grabados en la cabeza: «Fortuna» y «Puerta del Sol». No sabía cómo, pero el tesoro lo encontraría allí, en Madrid.

Durante todo el día, y mientras estaba en la fragua trabajando, no paraba de darle vueltas al asunto; mientras daba martillazos en el yunque modulando y modelando el férrico material, tomó una decisión.

Al día siguiente, y con la excusa de que tenía un tío en Madrid bastante enfermo, cerró la fragua y se encaminó hacia Arévalo, allí cogería un carruaje que lo llevaría a su destino. Después de un viaje de más de treinta horas, el herrero se encontraba frente a la Puerta del Sol, en Madrid, sin saber qué hacer, ni tampoco cómo encontrar su preciado tesoro. Se metió en una posada de la misma zona, pidió alojamiento y comida, con los ahorros que tenía pensó que no tendría problemas. Así, pagó tres días por adelantado y empezó a recorrer el área más cercana con la esperanza de encontrar alguna señal que le indicara dónde encontrar su tesoro.

Nuestro buen herrero llevaba ya tres días dando vueltas por la Puerta del Sol, la plaza y sus alrededores, conocía todas las tiendas y establecimientos y aunque de vez en cuando salía a conocer otras partes de Madrid, la mayor parte del tiempo lo pasaba allí, paseando arriba y abajo. Él estaba seguro de que su sueño era cierto, su fortuna estaba cercana.

El cuarto día amaneció con un cielo azul, luminoso. «Esperanzador», pensó el herrero de Mamblas cuando abrió la ventana y vio un día tan bonito. Como en los anteriores, desayunó en la posada, bajó a la calle y se puso a pasear de un lado al otro de la calle bajo la atenta mirada del reloj de la Puerta del Sol. No había pasado ni siquiera una hora, cuando un señor bien vestido, con modales muy educados, le preguntó:

—Discúlpeme, buen hombre. ¿Puedo hacerle una pregunta?

—No faltaba más, caballero —le contestó el herrero—. ¡Pregunte, pregunte!

—Pues verá usted, vengo observando durante estos tres días que usted no para de dar vueltas por esta plaza como buscando algo. Si puedo ayudarlo, dígamelo y lo haré encantado.

El herrero le contó a aquel caballero su sueño y cómo había llegado a Madrid esperando encontrar su fortuna; sin embargo, no le dijo ni el nombre de su pueblo, ni tampoco que él era herrero.

—Buen hombre, en eso no lo puedo ayudar, pues, aunque he nacido aquí y he vivido en este lugar toda mi vida, no he oído jamás nada de tal tesoro. Sin embargo, franqueza por franqueza, ya que usted me ha contado su historia le contaré el sueño que yo tuve anoche. He soñado que debajo de la fragua del herrero de Mamblas hay un tesoro escondido, pero, mi buen amigo, para desgracia mía ni siquiera sé dónde se encuentra ese pueblo. ¡Hágame caso, amigo, vuelva con su familia! ¡Pues como dijo no sé quién, los sueños, sueños son!

El herrero, al oír aquello, se quedó desconcertado, siguió hablando con aquel buen hombre que por su caso se había interesado. Hablaba, pero su cabeza volaba y volaba hacia su pueblo y su querida fragua. Se despidió de aquel desconocido caballero dándole las gracias y diciéndole que razón no le faltaba, que sin más dilación a su casa volvería, donde sin duda alguna su familia lo esperaba.

El herrero de Mamblas volvió al pueblo lo más rápido que pudo, en cuanto llegó fue a la fragua, cogió un pico y una pala, retiró la fragua de su sitio, y cavó y cavó hasta que su ansiado tesoro encontró. Aquello que tanto y tanto había buscado lo tenía allí, bajo sus pies y no lo sabía. A partir de aquel momento, el herrero siguió dando golpes en el yunque sin sentido, cogía los encargos, pero todo lo hacía sin ganas y de mala manera. Por eso dicen en el pueblo que «el herrero de Mamblas, machucando en el yunque, olvidó el oficio».



NOTAS



Esta obra, muy extensa sobre la historia de Mamblas, se encuentra en el ayuntamiento del pueblo para quien la quiera consultar, hojear o estudiar.

[1] La primera referencia escrita del herrero y la fragua de Mamblas data del año 1612, referencia del Archivo Histórico Provincial de Ávila, sección protocolos, notario escribano de Mamblas Juan Fernández, sig. 4281. Años 1612-1614. Año 1612, folio 162. Recogido de la obra de Julio Sánchez Salgado: Datos para la historia de Mamblas. Ávila. Madrid, 2000 (p. 199, nota 103).