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La Casa de Campo madrileña: el cazadero cercano

PERIS BARRIO, Alejandro

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 424.

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La caza fue siempre la gran afición de la gran mayoría de los reyes españoles y de bastantes de nuestras reinas y de otros miembros de las familias reales. Fue considerada antiguamente la caza como la forma de recreo y diversión más adecuada a los monarcas, especialmente la caza mayor, que era para ellos, por el gran esfuerzo y peligro que supone su ejercicio, como un adiestramiento militar.

La afición a la caza se inculcaba generalmente por los padres a sus hijos, que se ejercitaban en las armas y en la actividad cinegética cuando tenían edad de montar a caballo.

Para algunos monarcas españoles como Felipe V, Fernando VI y Carlos III la caza tuvo también una finalidad terapéutica. Era la forma de alejar la melancolía que padecieron esos primeros miembros de la dinastía borbónica.

Enrique IV, Fernando el Católico y Carlos III cazaron hasta casi la hora de su muerte porque creyeron que la permanencia en los montes les iba a devolver la salud.

Muchos de nuestros reyes dedicaron al deporte de la caza sólo el tiempo que les quedaba libre después de cumplir con sus importantes obligaciones. Otros emplearon incluso el que tenían que haber dedicado a las tareas de gobierno.

Hubo monarcas, la mayoría de ellos, que fueron simplemente aficionados pero otros fueron apasionados y no dejaron de cazar ni siquiera en días de luto familiares ni en momentos políticos muy difíciles.

Tuvieron los reyes españoles a su servicio para la caza a los hombres más hábiles, emplearon los mejores perros, aves rapaces de categoría adquiridas en los países más lejanos, hurones, reclamos, etc. por los que pagaban muchas veces verdaderas fortunas.

España estuvo considerada antiguamente como un paraíso cinegético por la gran cantidad de montes y bosques que tiene en los que abundaba la caza mayor y menor. Dispusieron por lo tanto nuestros monarcas de magníficos cazaderos que eran la envidia de otros reyes de países extranjeros.

Los Reales Sitios que existían en torno a la corte y algunos de ellos muy próximos a ella, tenían además de un palacio y otros importantes edificios, un santuario, jardines, etc. y un buen cazadero. Las familias reales permanecían en ellos las temporadas del año más adecuadas. Generalmente el invierno lo pasaban en El Pardo y Madrid, la primavera en Aranjuez, el verano en Valsaín y La Granja y el otoño en El Escorial y Madrid.

Uno de estos cazaderos fue también la Casa de Campo tan próxima a palacio, que si los reyes decidían de repente dedicar un rato a su diversión favorita, saliendo por los jardines del Campo del Moro y luego utilizando el puente del Rey, en pocos minutos estaban disparando a la caza menor que siempre era abundante en ese lugar. Existieron unos corredores secretos que comunicaban el palacio real con la Casa de Campo sin salir a la calle.

La «casa del campo», como se llamaba al principio, era una huerta situada al otro lado del río Manzanares y perteneció hasta 1562 a la familia madrileña de los Vargas. Diego de Vargas, que formó parte del séquito de los Reyes Católicos, transmitió la propiedad de la finca a su hijo Francisco, miembro del Consejo Real de Carlos I. Éste cazó varias veces en la propiedad de su consejero hospedándose en el palacete que habían construido. El 28 de junio de 1539, por ejemplo, llegó a la «casa del campo» el emperador procedente de Toledo: Sábado (28-6-1539) S.M. se partió solo para esta villa y no ha entrado en ella porque está aposentado en la casa del licenciado Vargas[1].

Felipe II, que desde el comienzo de su reinado fue adquiriendo varias fincas situadas entre el alcázar de Madrid y el río Manzanares con el fin de crear un gran parque, decidió comprar la «casa del campo» de la familia Vargas y puso mucho interés en ello. Estando el monarca en Flandes envió una carta en enero de 1557 a Madrid a su maestro de obras Gaspar de Vega, recriminándole no haberle respondido a otra anterior en la que trataba sobre la compra de esa finca[2].

No havéis respondido a lo que os mandé escribir sobre lo de la compra de la huerta del licenciado Vargas; hazerlo eys con el primero. Yo, el rey.

A principios del año 1559 escribió Felipe II a Juan Vázquez, su secretario, desde Bruselas interesándose por la compra de la «casa del campo» que entonces pertenecía a Fadrique de Vargas y Cabrera, nieto de Francisco de Vargas[3]:

Gaspar de Vega me ha scripto que Luis de Vega y él habían platicado en la forma que se terná para tratar lo de la conpra de la casa de Vargas del campo, sin que paresciese que era por comisión mía, porque se hubiese en mejor prescio; yo les mando responder que os den quenta dello, y conforme a lo que os paresciese, se entienda luego en concertarlo; ordenarles eys lo que vierdes que más converna y dando la prescio onesto, conclúyase con la brevedad que se pueda por que holgaría que se efectuase antes de mi yda a esos reynos. Bruselas 15 de febrero de 1559».

Felipe II en ésta y en las otras fincas que adquirió, intentó ocultar que él era el comprador con el fin de que los vendedores no incrementaran el precio.

El monarca seguía obsesionado con la compra y en julio del mismo año 1559 escribió de nuevo a su secretario desde Gante para el mismo asunto[4]:

La conpra de la casa de Vargas querría hallar efectuada o a lo menos concertada antes de mi llegada a esos reynos, daréis en ello la mejor orden que os pareciere y avisad a Luis de Vargas de las diligencias que ha de hazer, que para esto poco ynconbiniente puede traer estar acá su hijo don Fadrique de Vargas por ser menor de edad, que sus tutores lo podrán concertar empleando el dinero que por ella se le diere en otra cosa que a él le sea más útil.

Por una cédula real expedida el 17 de enero de 1562, se sabe que por fin había comprado Felipe II la «casa del campo» a los herederos de Fadrique de Vargas.

Según Ortiz de Pinedo se pagó por ella 87.788 reales pero otros autores dan una cifra distinta[5].

El rey se preocupó de la conservación de la finca que había adquirido para «su recreación»[6]:

Por quanto nos tenemos para nuestra recreación y servicio la casa del campo otros jardines y huertas, bosques de sagra y tierras y heredades que havemos conprado cerca desta villa de Madrid, en contorno de nuestra casa real y para conservación dello y de lo que está plantado, hecho y hedificado y se plantare y hedificare de aquí adelante, conviene que se provea y dé orden para que sea guardado y que los que en ellos excedieren sean castigados con arreglo a justicia.

Se construyeron fuentes y estanques, se crearon huertas y jardines y se plantaron árboles y plantas adquiridos muchos de ellos en los lugares más alejados.

De orden del mismo Felipe II se fueron comprando posteriormente bastantes fincas que se fueron incorporando a la Casa de Campo.

Fernando VI, siendo príncipe de Asturias, compró 3.297 fanegas de tierra que añadió también a la Casa de Campo. Pagó por ellas la enorme suma, en su época, de 1.250.211 reales.

Después el mismo monarca volvió a comprar más tierras con la misma finalidad, por importe de 169.709 reales.

Carlos III también adquirió para unir a la misma finca 64 fanegas de tierra por las que se pagaron 34.637 reales y 9 maravedíes.

En 1909 tenía la Casa de Campo una superficie de 4.097 fanegas (2.638 ha.).

Fue la Casa de Campo el cazadero preferido de muchos de nuestros monarcas por la abundancia de conejos, liebres y perdices y por la proximidad a palacio. Fernando VI, Carlos III y Carlos IV cazaban allí con cierta frecuencia aunque preferían la caza mayor. Cuando se dedicaban a esta diversión dos veces al día, solían hacerlo en un cazadero próximo, como la Casa de Campo, y en otro más alejado.

Alfonso XII por el contrario practicaba sobre todo la caza menor y cazaba muchas veces en la Casa de Campo. En el mes de mayo de 1878, por ejemplo, este monarca estuvo cazando allí unos días codornices que abundaban ese año porque él mismo había mandado sembrar unas fanegas de cereales que habían atraído a esas aves de otros lugares. Mató todas e incluso una perdiz, a pesar de que era época de veda para estas aves, pero no se había podido contener, como él mismo escribió en su Diario[7]:

Este año han venido codornices a la Casa de Campo porque hay unas cuantas fanegas sembradas de trigo para las perdices. En ellas y con mucho calor he muerto todas y allí me arrancó la perdiz, que a pesar de la veda tiré y maté, después de haberme contenido con otras muchas que levantaron el vuelo a mis pies.

Pocos días después moría su primera esposa, María de las Mercedes, y la caza le sirvió de consuelo para su dolor.

Alfonso XIII estuvo considerado como un magnífico cazador por sus cualidades físicas como buena vista, agilidad y fuertes piernas que le permitían cazar en bastantes ocasiones dos veces diarias y en zonas montañosas.

En un escrito del Archivo General de Palacio se dice sobre esto[8]:

Si no fuera rey Alfonso XIII, sería uno de los tiradores de más fama pues siéndolo, hay personas, las que nunca han tenido la suerte y el honor de acompañarle en sus cacerías, que creen que se exagera cuando se ponderan sus condiciones. Sin embargo nada hay más lejos de la realidad.

Practicó este monarca mucho la caza mayor participando bastantes veces en cacerías en los cuarteles del Hito y Velada de El Pardo, los más agrestes, e incluso en la de rebecos en los Picos de Europa y cabras hispánicas en Gredos recorriendo terrenos escarpados. Pero también fue muy aficionado a la caza menor y tuvo mucha habilidad en la de perdices debido a la rapidez con que disparaba.

Hay que tener en cuenta que pudo utilizar ya armas repetidoras y de gran precisión. Usaba generalmente un Mauser pero sobre todo un Malincher o un rifle alemán de la casa Nagel y Menz.

Las frecuentes compras de armas, cartuchos, etc. que por orden de Alfonso XIII se realizaban en la casa inglesa Holland-Holland, hicieron que sus dueños pidieran al rey que les concediera el título honorífico de «Proveedora de la Real Casa de Alfonso XIII».

Acompañaban al rey en el puesto de caza dos hábiles cargadores que le facilitaban las armas y le permitían disparar a gran velocidad. Desde que empezó a cazar con 14 años y durante mucho tiempo, le acompañó en todas las cacerías en España y en el extranjero su fiel escopetero Manolito Martín.

Hubo años en los que Alfonso XIII llegó a abatir miles de piezas. En la temporada 1908-1909, por ejemplo, cazó cerca de 8.000, entre ellas 1.398 conejos, 1.540 liebres y 749 faisanes. En esa temporada la familia real gastó 54.600 cartuchos. En la de 1909-1910 fueron 63.750.

Muchas de las piezas de caza menor fueron conseguidas por Alfonso XIII en la Casa de Campo donde eran muy abundantes, sobre todo los conejos. En 1909 se cazaron en ese lugar no solo por el rey sino por otros miembros de su familia, personas con licencia, etc. más de 56.000 conejos y como causaban tantos destrozos se decidió sustituirlos por perdices y faisanes. Alfonso XII había intentado criar estas últimas aves sin éxito en la Casa de Campo pero su hijo lo consiguió.

Cuando decidía el rey practicar la actividad cinegética en la Casa de Campo salía de palacio con uno de los 15 coches que destinaba a esa diversión, por el Campo del Moro seguido de sus invitados y a los diez minutos ya estaban dando el primer ojeo de la cacería que habían organizado sus monteros mayores, el marqués de Viana, durante mucho tiempo, y el conde de Maceda en los últimos años.

Cuando se cazaba durante todo el día en la Casa de Campo, el rey y sus invitados, entre ellos y con bastante frecuencia el príncipe Rainiero de Mónaco, almorzaban en una tienda de campaña que se tenía con esa finalidad o bien en la Casa de Vacas, donde había un comedor.

A veces después de haber estado cazando en la Casa de Campo durante unas horas decidía el rey hacerlo también en El Pardo donde llegaban también en poco tiempo saliendo por la puerta de Medianil.

Al regresar a palacio solía invitar el rey a los cazadores a tomar el té, se comentaban los episodios de la jornada y las piezas cobradas se repartían entre los que habían participado, servidumbre, cuarteles del ejército, casas de beneficencia, cárceles de hombres y mujeres, etc.

Los hijos del rey Alfonso XIII también fueron aficionados a la caza. Los infantes Alfonso y Beatriz acompañaban mucho a su padre desde pequeños. En 1926 en una cacería que se dio en la Casa de Campo permitió el monarca que participaran con las personas mayores sus hijos Juan y Gonzalo que tenían 13 y 12 años respectivamente. Esa primera participación de los infantes fue un fracaso que pudo acabar en desgracia porque los niños disparaban a todo lo que se movía.

Pocos años después se proclamó la Segunda República y se dispuso que los terrenos del Campo del Moro y de la Casa de Campo se cedieran al Ayuntamiento de Madrid.

Con esta decisión la Casa de Campo dejaba de ser lugar de esparcimiento de las familias reales y de sus invitados, generalmente personas de la nobleza, para poder disfrutar de ella los madrileños y los muchos visitantes de la capital. Contribuye a esto el estar situada muy próxima al núcleo urbano y bien comunicada por metro, autobuses y teleférico desde Rosales.

Se pueden practicar en la Casa de Campo bastantes actividades deportivas como ciclismo, tenis, piragüismo en el lago, etc. o simplemente caminar a la sombra que proporcionan los más de 600.000 árboles que existen, sobre todo pinos y encinas.

Con la instalación del Parque de Atracciones en 1969 y el Parque Zoológico en 1972 el número de visitantes a la Casa de Campo aumentó considerablemente.



NOTAS


[1] Foronda y Aguilera, M. de, Estancias y viajes del emperador Carlo V. Madrid 1914, página 469.

[2] Archivo General de Palacio. Registro. Cédulas reales, tomo II, folio 24.

[3] Archivo General de Palacio. Registro. Cédulas reales, tomo II, folio 58.

[4] Archivo General de Palacio. Registro. Cédulas reales, tomo II, folio 60.

[5] Ortiz de Pinedo, A. Los cazaderos de Madrid. Madrid 1898, páginas 25-26.

[6] Archivo General de Palacio. Registro. Cédulas reales, tomo III, folios 53-54.

[7] Diario de Alfonso XII. Real Biblioteca de Palacio.

[8] Archivo General de Palacio. Sección Administrativa. Caja 2376, expediente 7.