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¿Cuentos de hadas, o mensajes del neolítico?

RODRIGUEZ ALMODOVAR, Antonio

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 428.

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Cuando ya parecía apagada una vieja controversia entre especialistas, en torno al origen de los cuentos de tradición oral (Cenicienta, La Bella y la Bestia, Pulgarcito, etcétera), un nuevo e inesperado enfoque sobre el asunto lo ha vuelto a poner de actualidad. Antes, veamos un poco en qué consistía aquella controversia.

Como ante otras similitudes sorprendentes, entre expresiones de culturas muy antiguas, se debatía si esos cuentos tuvieron un solo origen, con evolución divergente (monogénesis), o varios, con desarrollos paralelos, y quizás convergentes (poligénesis). Otro caso paradigmático ha sido siempre el de las construcciones megalíticas, que se erigen en épocas relativamente próximas de la prehistoria, al menos en toda la fachada atlántica europea, luego en Corea, en la India, también en el Cáucaso, el antiguo Egipto, Centroamérica…, o en Antequera y Menorca, que nos quedan un poco más cerca. Nadie se explica cómo pudo proliferar, en lugares tan separados y en épocas tan lejanas, una misma fiebre de la piedra simbólica, si se me permite la expresión.

Un misterio semejante envuelve a los cuentos tradicionales, y en particular a los llamados de hadas (denominación bastante imprecisa, aunque de éxito, como ocurre también en inglés, fairytales), tan parecidos en lugares muy distantes. Hay Cenicientas chinas, egipcias, italianas…, y por supuesto hispanas (léase, desde Cataluña a Argentina). ¿Cómo es eso posible? Los hermanos Grimm, en sus primeras teorizaciones, afirmaron el carácter germánico de los cuentos que ellos sacaron de los pucheros prusianos –con algún gatuperio que se les coló–. Claro que eran otros tiempos, los de la afirmación nacionalista contra Napoleón. Luego, en sucesivos prólogos a su magna recopilación, la de los Kinder und Hausmärchen –al tiempo que corregían algunos textos, para hacerlos más digeribles por la burguesía alemana, que los recibió de uñas–, se fueron inclinando por una geografía de origen más amplia, hasta el sur de Asia, y no cerraron los ojos ante cuentos de Sudáfrica o de otras procedencias más exóticas. Pero todavía, en una especie de declaración final, redactada en 1856 por el menor de los hermanos, Wilhem, este afirma: «Las líneas más extremas [de la propiedad común de los cuentos] limitan con las de la gran raza que comúnmente se llama Indogermana»[1]. La teoría del origen indoeuropeo de los cuentos se ponía así en marcha y fue dominante hasta finales del xix. El concepto de «raza aria», y en lo cultural «indo-aria», que se adhirieron después a ese tipo de expresiones, y todo lo que vino a continuación, con el nazismo, acabaría de sentenciar esa corriente, sin que ni los Grimm ni ninguno de sus seguidores, más o menos hinduistas-europeístas, tuvieran nada que ver con el desastre del nacionalsocialismo. Pero la historia es así. (También a Nietzsche le endosaron la teoría hitleriana del superhombre, sin base alguna).

El caso es que, a partir de Grimm, muchos creyeron de buena fe que esos cuentos pertenecían a una cierta –más bien incierta– cultura indoeuropea. Y no ha dejado de haber prestigiosos cultivadores del indoeuropeísmo, en el campo de la filología, desde luego, con F. de Saussure, F. Bopp, E. Benveniste, A. Martinet, G. Dumezil, y en nuestro suelo A. Tovar, F. Rodríguez Adrados, entre otros. En el de los cuentos, todavía hoy no resulta fácil sustraerse al magnetismo que producen ciertas evidencias, como versiones hindúes de cuentos tan conocidos como La princesa del guisante, de H. Ch. Andersen, cuya temática central está en un cuento del Somadeva (siglo xi, d. C.), La lechera (La olla rota, en el Panchatandra), o El príncipe encantado (la historia de la ninfa Urvasi y su amante mortal Pururava, en el Satapatha Brahmana, V, I, con antecedentes en el Rig Veda, X, 95, y en otras recopilaciones de la India); esto, por citar solo tres cuentos a los que es difícil encontrarles equivalentes claramente reconocibles en otras latitudes. Muchos otros cuentos de animales hallaremos semejantes entre el Panchatandra y Esopo, como en colecciones medievales españolas. Aun así, las diferencias son notables entre los desarrollos argumentales que se dan a un lado y al otro de la línea imaginaria que separa Asia de Europa, y todavía son más débiles cuando las comparaciones se basan en detalles sueltos, los famosos motivos. Paradójicamente, esto último es lo que agranda la geografía de los parentescos. Con todo, no parece descabellada la hipótesis de que, en esa amplia región que cubrió la primitiva lengua indoeuropea, hubo al menos una masa crítica de cuentos, que iban de un lado para otro, en una época de grandes migraciones. No quiere decirse que fueran originaros de esa cultura, pero sí que, en esa época, decisiva para la humanidad, hace entre tres mil y seis mil años, pudieron diseminarse con especial intensidad por esa área, desarrollando en cada sitio características propias. (Conviene precisar los términos, porque en esta polémica los matices son de mucha importancia, tanta como es la incertidumbre que envuelve todavía a fenómenos culturales extraordinariamente antiguos).

En tal supuesto, estaríamos hablando de tiempos aledaños al final del Neolítico, y que «colindan con la familia lingüística indoeuropea» –en expresión de Stith Thompson[2], al analizar los planteamientos de Grimm–. O sea, que algunos bien podían ser ¡cuentos del Neolítico, del Calcolítico o de la Edad del Hierro! La cuestión, sin embargo, no quedaba muy clara, pero la fiesta continuó y los comparatistas se entregaron en cuerpo y alma a seguir los derroteros de tal o cual historia, por los senderos más insospechados de aquella geografía.

En lo mejor de la fiesta, aparece Vladimir Propp (Morfología del cuento, 1928), con un descubrimiento copernicano: lo que poseen en común los cuentos maravillosos –denominación mucho más precisa–, es algo que no se ve: la estructura interna, compuesta por 31 pasos narrativos, a la manera de un paradigma gramatical. Y con esta simple constatación lo convulsiona todo: «La única conclusión que se saca [de los comparatistas] es que los cuentos parecidos se parecen, lo cual no sirve para nada ni lleva a ninguna parte»[3]. La cuestión del origen quedaba así relegada a un segundo plano. Lo que había que averiguar era cómo se aglutinan los numerosos símbolos que soporta esa estructura, desde tiempos y costumbres inmemoriales –a menudo compartidas por muchos pueblos–, qué significaron y cómo fueron evolucionando aquí y allá. De camino, gracias a esa misma estructura, cómo se podrían reconstruir algunas de esas historias, en el caso de cuentos perdidos o muy deteriorados. (Por desgracia, esto era ya lo más frecuente cuando, a mediados de los setenta, yo empecé a patear el territorio, el de una tradición, la española, a punto de perderse por completo).

Las escuelas germano-nórdicas, y sus desarrollos en Norteamérica, se tomaron a mal la invectiva de Propp, y casi les retiraron la palabra a estructuralistas, formalistas y otras tribus semióticas, con Lévy-Strauss a la cabeza –en lo metodológico, se entiende–. Con el tiempo, la controversia quedó en una especie de empate técnico, más parecido a un tabú científico, como el del origen del lenguaje. Nadie quería ya hablar de eso.

Pero he aquí que, de pronto –como en los cuentos–, aparece un tercero en discordia: los filogenetistas. Unos autoinvitados a la fiesta, antropólogos y lingüistas en su mayor parte, que vuelven a las andadas del comparatismo, pero con recursos matemáticos e informáticos de alto nivel. Ni cortos ni perezosos, toman en préstamo métodos actuales de la biología genética, con los que esta ciencia reconstruye un ADN, por ejemplo, y lo aplican a reconstruir la ascendencia de esa clase de cuentos, poniendo en relación historias recopiladas en todo el mundo, como si pertenecieran a un ADN cultural. La técnica es tan sorprendente, en resultados, como discutible en lo epistemológico –hay que tener mucho cuidado con las metáforas científicas–, pero no desdeñable, aunque solo sea por el volumen de datos que maneja, extraídos de colecciones y de índices internacionales. (Solo el índice ATU tiene ya más de cuatro mil páginas). Algo que nadie puede hacer a mano.

Ellos parece que sí. Con esa sorprendente técnica, han conectado cuentos «que reflejan profundos patrones de ascendencia común, que se remontan a cientos e incluso miles de años».

Así lo aseguran Jamie Tehrani y Sara Graça da Silva, los dos autores de un minucioso estudio publicado por la Royal Society (http://rsos.royalsocietypublishing.org/content/1/150645), en enero de 2016. También se puede acudir a un artículo de Vincent Nourigat, en el número de marzo pasado de la revista francesa, de divulgación científica, Science et Vie, en el que da cuenta de otros investigadores de la misma línea, que trabajan en universidades nada sospechosas, como Michael Witzel (Harvard), Jamie Tehrani (ya citado, Durham), Simon Greenhill (Universidad Nacional Australiana), Isabelle Duperret (Berna) o Guillaume Lacointre (Museo Nacional de Historia Natural de Francia).

De tan curiosa manera, se han estudiado 250 cuentos, en 50 poblaciones de hablas indoeuropeas –ellos mismos las llaman así–, a través de familias lingüísticas proto-occidentales; germano-italo-celtas, proto-románicas y proto-eslavo-bálticas; y llegado a la conclusión de que muchos de esos cuentos vienen inequívocamente de épocas muy anteriores a cualquier escritura, rozando la Edad del Bronce, y más allá, en algunos casos. Por ejemplo, El Herrero y el Demonio, Pulgarcito, Los animales agradecidos, Piel de asno, John el Fuerte, La Bella y la Bestia (en la tradición hispánica, todos con otros nombres), pueden remontarse a entre dos mil quinientos y seis mil años atrás. Se corresponden, pues, con el asentamiento, consolidación y desarrollo de las sociedades agrarias, por lo menos en esa parte del mundo a la que nos referimos. Y con sus largas y traumáticas secuelas, debidas a la transformación de comunidades igualitarias en comunidades divididas, con causa principal en el establecimiento de la propiedad privada de la tierra, la formación de la familia nuclear, las distintas formas del matrimonio, y los conflictos hereditarios. En mi opinión, esas profundas transformaciones –en lo personal, verdaderos desgarros– dejaron huellas significativas en los cuentos maravillosos, en medio de una narrativa deslumbrante, cuyo centro de gravedad semántico es el bosque –esto es, la nostalgia de la etapa anterior de la humanidad–. Estos extraordinarios relatos actuarían así como recuerdo-advertencia de lo que estaba ocurriendo, lo que podía ocurrir, y ocurrió. Pero eso lo dejaremos para otro día.

Lo que hoy interesa, en resumidas cuentas, es que a los hermanos Grimm no les faltaba parte de razón, aunque la suya solo fuese una razón heurística, incitativa. Y que ahora las dos escuelas oponentes, la universalista y la indoeuropeísta –por resumir–, tienen buenos motivos para entablar un nuevo diálogo, que podría llevarnos a resultados todavía más sorprendentes. Todo es ponerse.

Antonio Rodríguez Almodóvar
Académico Correspondiente de la RAE. Estudioso y divulgador del cuento popular en España



NOTAS

[1] Citado por Stith Thompson en El cuento folklórico (Universidad Central de Venezuela, 1972) p 474.

[2] Ib. p 475

[3]Morfología del cuento (Madrid, 1971) p 28.

Propp publicó otros dos libros muy importantes: Las raíces históricas del cuento (1946, en español 1974), y Edipo a la luz del folklore (traducido, con otros artículos, en 1975).

El caso de V. Propp es muy sintomático de lo que ha ocurrido en Occidente con las teorías del cuento. Hasta 1952, en que hay traducción inglesa de su primer y fundamental libro (la Morfología), no se le conoce, y no ejerce una verdadera influencia, hasta después, con la lectura que hacen los estructuralistas franceses, principalmente A. J Greimas, Claude Lévy-Strauss, Roland Barthes y Claude Bremond. Aun así, su obra permanece oscurecida en casi todo el mundo académico, sin duda como consecuencia de una general actitud antisoviética (Propp hubo de adaptarse a las circunstancias y formó parte de la Universidad de Leningrado, hasta 1970, en que muere), pero también porque sus descubrimientos encajaban mal en los criterios de la escuela oficial germánica, y sus derivaciones nórdica y norteamericana. Es muy de señalar que en la bibliografía de Stith Thompson, en su libro-resumen de 1946, The folktale, traducido al español en 1972, Propp ni siquiera aparece. En España todavía hoy puede decirse que es un gran desconocido, como consecuencia del eclipse académico que supuso el franquismo, y su más que acusado antisovietismo. Aquí, como suele ocurrir, seguimos a la zaga de todo eso, y los pocos que se han ocupado de este asunto más bien lo hacen a la cola de la otra escuela, que hoy llamaríamos germano-nórdica-norteamericana, donde prevalecen intrincadas teorías histórico-geográficas. En cambio, la lectura de Propp es cada día más diáfana y provechosa, y se le puede releer perfectamente, sin tener en cuenta las coordenadas de la cultura oficial de la Rusia comunista.

Incorporé a Propp a mis estudios, desde el principio, como a los estructuralistas y semiólogos franceses. Estudios y trabajos de campo que se plasmaron por primera vez en Cuentos maravillosos españoles (Ed. Crítica, Barcelona, 1982), y más decididamente en Los cuentos populares o la tentativa de un texto infinito (Universidad de Murcia, 1989). Antes también, con aprovechamientos parciales del último libro citado, en mis recopilaciones comentadas de Cuentos al amor de la lumbre, I y II, (Anaya, Madrid 1983-84) y, por último, en El texto infinito (Fundación G. R. S., Madrid, 2004). Todavía debo citar una conferencia que pronuncié en París, en 1987, «Los cuentos de tradición oral en España. (Acerca de su variabilidad sistemática y su sentido)», publicada en francés por el C.N.R.S., en 1989. Una primera versión de este texto apareció en la Revista de Occidente, nº 91, diciembre de 1988. (Puede consultarse en mi página web, aralmodovar.es). (En este mismo sitio, otros artículos sobre la misma materia). (En la tarea de divulgación, he publicado Cuentos de la Media Lunita, colección dedicada al mundo infantil y a las escuelas, desde 1985, con 66 títulos, actualmente. Muchos de ellos traducidos al catalán (de Cataluña y de Valencia, en ediciones separadas), gallego y euskera.