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EL CARNAVAL EN CASTRILLO DE LA VEGA (Burgos)

MARTIN CRIADO, Arturo

Publicado en el año 1986 en la Revista de Folklore número 63.

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INTRODUCCION

Castrillo de la Vega es un pequeño pueblo de apenas mil habitantes que pertenece al partido de Aranda de Duero, de la que dista ocho kilómetros. Se encuentra, por lo tanto, en plena Ribera del Duero, comarca burgalesa bien diferenciada de las del resto de la provincia, y muy relacionada con otras vecinas de las actuales provincias de Soria, Segovia y Valladolid; no en vano toda ella formó parte hasta hace pocos años de la diócesis de Osma, y Castrillo fue uno de los pueblos que integraron la Comunidad de Villa y Tierra de Haza, la cual perteneció a la provincia de Segovia hasta ,principios del pasado siglo, como podemos ver en el mapa de dicha provincia hecho :por Tomás López en el año de 1773.

Sirva esta breve aclaración para situarnos y diferenciarlo de los numerosos pueblos de la Cuenca del Duero que ostentan el mismo nombre aunque con diferentes apellidos, y pasemos al tema propuesto, que me limitaré a describir con los datos recogidos de boca de varias personas del pueblo con edades que van de los 60 a los 90 años.

El Carnaval comenzaba el domingo de Quincuagésima, por todos conocido como Domingo Gordo, y terminaba la noche del Martes de Carnaval; sin embargo, los chicos se vestían de mamarrachos a la salida de la escuela desde la fiesta de las Candelas.

DOMINGO GORDO

Por la mañana, después de la misa mayor , los mozos y mozas de las familias acomodadas se vestían con los antiguos trajes familiares; las mujeres se cubrían con mantones de alegres colores y lucían las mejores joyas de la casa. En grupos numerosos paseaban por las calles tirando papelillos de colores a los transeúntes, pero no siempre se limitaban al alegre paseo, sino que frecuentemente organizaban representaciones. Como ejemplo puede servirnos la "boda de ricos", fingida, que celebraron en cierta ocasión; hombres y mujeres vestían los típicos atavíos tradicionales y acompañaban a los novios, que marchaban en carroza, entre los cohetes y el jolgorio normal en estos acontecimientos.

Por la tarde comenzaba el Carnaval verdaderamente popular, cuyos protagonistas centrales eran los mamarrachos. Según el Diccionario de Uso del Español, de María Moliner, mamarracho es la persona que. se viste ridículamente y dice y hace cosas extravagantes para hacer reir", y se relaciona con palabras como botarga, zaharrón, cachidiablo y chiborra, entre otras (1). En Castrillo, mamarracho era toda persona, de uno u otro sexo, que se disfrazaba con ropas viejas, sacos...y llevaba la cara tapada durante los días de Carnaval. La vestimenta más frecuente era un saco viejo, el de, mayor tamaño posible, al que abrían en el fondo tres agujeros, uno para la cabeza y dos para los brazos. Se lo ponían por la cabeza a .modo de sayo, y les llegaba hasta las rodillas o más abajo, lo que dificultaba las carreras y propiciaba las caídas jocosas. La cabeza la cubrían con algún sombrero viejo o trapos atados en forma de capucha, y la cara con una careta de cartón que ellos mismos fabricaban, o bien con betún u hollín. Todos llevaban colgada en banderola una cebadera de los machos con paja o ceniza para arrojar a los transeúntes y en la mano una cachaba de pastor, un palo o un saco mojado con los que defenderse o atacar. Había otros disfraces menos abundantes, pero que aparecían todos los años; entre ellos destacaba:

El caballo.- El mozo se colocaba una collera de las mulas en torno a la cadera; la sujetaba con cuerdas o correas a los hombros y cuando corría la tenía que sostener además con las manos. La parte, superior de la collera hacía de cabeza y en ella se ponían las orejas, hechas con plumas de gallo y en el “cuello" se colocaba un cencerro. La parte inferior de la collera que iba abierta, hacía de grupa y en ella se ponía el rabo, hecho también con plumas de gallo, más largas y vistosas que las primeras.

Soldados.- Los mozos que habían terminado el servicio militar el año anterior, en lugar de vestirse de mamarrachos, salían con el uniforme que se habían traído, al que añadían la obligatoria careta.

Eran bastantes los que todos los años se disfrazaban de mujer: con ropas en desuso confeccionaban grotescos vestidos femeninos, a los que añadían alguna prenda cedida por la novia o hermanas o robada en algún descuido. También eran muchas las mozas que se vestían con traje masculino, así como algunas señoras mayores, que eran las más atrevidas y camorristas.

Algunos pocos mamarrachos, dos o tres, se colocaban un saco en cada pierna, lo llenaban de paja y lo ataban a la cintura. Como apenas podían caminar se ayudaban de un largo palo para apoyarse y alejar a los chiquillos que los empujaban para hacerlos caer. Otros, los carpinteros, se paseaban sobre zancos de madera de roble que ellos mismos hacían en el taller.

Había, naturalmente, cada año un buen número de disfraces y vestimentas que no respondían a ninguna tradición, sino que eran invención particular y con los cuales se pretendía llamar la atención y mostrar el propio ingenio y contribuir a la diversión general. Entre los que conocemos, vamos a hablar de dos ejemplos que tienen algo en común: ser disfraces vegetales. Uno de ellos consistía en atar alrededor del cuerpo, sobre el saco, gran cantidad de ramas de zarza, formando una especie de zarza andante que se abrazaba a cuantos se le acercaban. El otro era un perico de paja de centeno que, colocado sobre. la cabeza, le llegaba hasta la cintura; el disfraz terminó en humo y los pelos del mamarracho chamuscados.

Las sustancias que arrojaban eran ceniza, paja, pimentón y agua. Las tres primeras las llevaban en la cebadera y las arrojaban con la mano, aunque en ocasiones usaban fuelles para la ceniza. Para arrojar el agua se utilizaba un instrumento conocido como lavativa. Lo hacían ellos mismos ahuecando una rama de sauce, excepto en uno de los extremos en que únicamente se practicaba un estrecho conducto con una barrenilla, pon donde salía el agua a presión, originada por un palo que hacía de pistón. Una vez lleno el tubo de agua, se ajustaba dicho pistón y con ambas manos se presionaba contra el abdomen, de forma que el agua salía con gran fuerza hacia los balcones; donde estaban las mujeres que no se atrevían a exponerse a las libertades callejeras de esos días. Algunos no se contentaban con hacer lavativas de madera, sino que usaban como tales los cañoncitos de hierro con los que se tiraba a los nublados en verano.

Pues bien, mediada la tarde del Domingo Gordo, las pandas se reunían en los lagares (cada una tenía el suyo, donde los días festivos merendaban) y mientras se vestían, merendaban bacalao seco y vino, en generosas cantidades. Durante el resto de la tarde recorrían las calles manchando o golpeando a quienes encontrasen, rodeados por una nube de chiquillos que los insultaban y empujaban, tratando de tirarlos al suelo. Si encontraban alguna casa abierta por descuido, entraban a perseguir a las chicas y ensuciaban todo. Este día no se solían cometer burradas que sí abundaban el martes siguiente.

Al anochecer aparecían los músicos por la plaza (un redoblante y dos gaitas, normalmente; cuatro o cinco años antes de la guerra civil se sustituyeron por un organillo, porque había problemas para conseguir gaiteros, al coincidir las fiestas en todos los pueblos), y los primeros eran la señal para que cesase la actividad de los mamarrachos y todo el pueblo acudía al baile que duraba unas dos horas. Cuando finalizaba, las pandas de mozos merendaban en los lagares el guiso de cordero que les habían preparado los carniceros. Posteriormente se sustituyó este guiso tradicional por las chuletas que se asaban directamente en los lagares.

El Lunes de Carnaval era día laborable, aunque la mayoría sólo trabajaba hasta media tarde. Los chicos no tenían escuela el lunes ni el martes y eran los únicos que se disfrazaban, junto a algunos mozalbetes.

MARTES DE CARNAVAL

Sólo se trabajaba hasta mediodía y hacia las dos de la tarde comenzaban a salir los mamarrachos. Eran los momentos culminantes del Carnaval: algunas pandas habían preparado una especie de parodias o bromas que ahora realizaban; he aquí alguna que he recogido de boca de su protagonista:

-Vestir a un mozo de San Roque (santo de gran devoción en el pueblo, como en toda Castilla) y colocarlo sobre unas rústicas andas, llevando alrededor un círculo de cañas clavadas en las tablas; el resto de los mozos marchaba en procesión bailando al santo, como normalmente se hace el 16 de agosto en la fiesta de San Roque.

-Salir uno de los mamarrachos sin pantalones y con un saco más corto de lo normal. Cuando divisaba algún grupo de mujeres, bailaba una peonza y al agacharse para bailarla en la mano enseñaba el trasero a las espectadoras.

-Montar una barbería en plena calle, con una silla rota, con una escoba como brocha y una hoz como navaja. Con estos instrumentos afeitaba a los que se prestaban a ello, que no faltaban.

Como puede verse por estos ejemplos eran ocurrencias más o menos repentinas y muy simples. La mayoría de las personas toleraba estas y otras bromas más o menos pesadas con buen humor, aunque nunca faltaban las peleas, originadas quizás por el exceso de vino más que por otra cosa.

Los quintos sacaban, únicamente esta tarde, la vaquilla, que habían construido con dos palos largos que terminaban en cuernos y dos travesaños que unían los largueros. Del travesaño posterior colgaba un cencerro que avisaba de su llegada. Uno de los quintos se colocaba este armazón sobre los hombros, lo sujetaba con las manos y se cubría con una manta o saco, dejando un espacio para ver.

La vaquilla corría continuamente por las calles, seguida de los quintos, y embestía a quien encontrara a su paso; sus topetazos eran peligrosos, por lo que los mamarrachos se protegían el pecho y la espalda con trapos viejos, que formaban dos grandes bultos en los que golpeaban los cuernos. Así protegidos, la provocaban para que embistiese; cuando uno era alcanzado y caía al suelo, docenas de mamarrachos se echaban encima de la víctima, formando un confuso montón.

Casi todos los años la vaquilla quedaba destrozada y era necesario hacer una nueva para el siguiente. Si llegaba entera hasta el final de la tarde, desaparecía antes del baile, que se hacía, como el Domingo, al anochecer y se cerraba con la merienda en los lagares.

De esta manera fueron los carnavales en este lugar ribereño hasta la guerra civil. Después continuaron saliendo los mamarrachos hasta los años sesenta, de manera más o menos clandestina. Luego nada. Hasta hoy, en que algunos nostálgicos lo vuelven a celebrar a su modo, que. no tiene nada que ver con el Carnaval tradicional.

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(1) Es una voz formada a partir de Moharrache, con el influjo de "momo" (gesto) y "mamar". Moharrache procede de la voz árabe muhary, que quiere decir "bufón". Julius KLEIN dice: "Originariamente, una máscara o mascarada. Era costumbre de los moharraches el apropiarse aves de corral u ovejas con fines festivos. Los miembros de la Mesta en especial, sufrieron mucho con esta costumbre, porque las Navidades, Pascua de Resurrección y otras grandes festividades les encontraban alejados de sus hogares serranos. Acabaron por aplicar el nombre de los juerguistas a las contribuciones a que se veían sometidos..." (Julius KLEIN: La Mesta. Madrid, 1981, pág. 444).