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El artista Juan Ferrándiz y el imaginario de la infancia en la Navidad de la segunda mitad del siglo XX

FIDALGO CASARES, María

Publicado en el año 2016 en la Revista de Folklore número 411 - sumario >

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Resumen:

El invento de las tarjetas navideñas en la década de los 40 del siglo xix se atribuye a los británicos Henry Cole y Thomas Shorrock.

En España, su origen está ligado a las felicitaciones que emitían los operarios de diferentes oficios para la petición del aguinaldo navideño.

A mediados del siglo xx, en España se generalizan las tarjetas de felicitación domésticas y adquieren una importancia singular en los ritos infantiles de la Navidad, un panorama que ha trascendido al campo de la etnografía y que viene marcado por la extraordinaria impronta de las iconografías creadas por el artista catalán Juan Ferrándiz.

Palabras clave:

Tarjetas navideñas, Ferrándiz, etnografía, iconografía, ritos de la infancia.

Resume:

The invention of the Christmas Cards in the 40s of the nineteenth century is attributed to the British Henry Cole and Thomas Shorrock. In Spain, its beginning is linked to the congratulations that were printed by workers in order to request a Christmas bonus.

A mid-twentieth century in Spain domestic greeting cards generalize and became very important in childhood’s rites of Christmas, an etnografhic scenario that is marked by the extraordinary imprint of the Catalan artist Juan Ferrándiz.

Keywords:

Christmas Cards, Ferrándiz, Ethnography, Iconography, Childhood rites.

1. La Navidad en el imaginario de la infancia

Los estudios más recientes de la psiquiatría conductista siguen subrayando la importancia de las vivencias y del imaginario de la infancia en el corpus mental y vital de las personas en edad adulta[1]. La huella indeleble de los primeros años de vida en la formación de los individuos ha sido también toda una constante literaria. De clásicos como Rilke o Baudelaire a escritores contemporáneos como Ramiro Fonte, han señalado sin ambages que «la infancia es la patria del hombre»[2].

Dentro de este imaginario, habría que destacar las especiales connotaciones familiares y emocionales que adquieren en la infancia las costumbres navideñas, que suelen quedar grabadas en la memoria durante el resto de la vida[3]. Incluso en la madurez, cuando se acercan estas fechas, hay un cierto revival y los adultos sienten emociones encontradas. Se vuelve la vista atrás para recordar con intensidad y añoranza las navidades vividas de niño, y tal vez porque, como escribió Edna St. Vincent Millay, «la infancia es el reino donde nadie muere»[4], los ausentes se hacen más presentes. Hay una segunda etapa en aquellos que conviven con niños, quienes vuelven a revivir con ilusión a través de sus miradas lo que ya se ha denominado el «espíritu navideño».

En este panorama existieron costumbres y ritos que, pese a su aparente intrascendencia, jalonaron episodios imborrables en todos los que fueron niños alguna vez en la España urbana de mediados del siglo xx, símbolos reconocibles de forma masiva en un tiempo y en un espacio. Algunos han desaparecido y trascienden al campo de la etnografía por ser imposible su retroacción. Entre ellos, algo que fue tan entrañable y cotidiano como fueron las tarjetas navideñas —que desde hace unos años forman parte de lo que en el ámbito documental se llama ephemera[5]— y que vienen marcadas por la extraordinaria impronta de las iconografías creadas por el artista catalán Juan Ferrándiz en la segunda mitad del siglo xx.

2. Origen y desarrollo de las tarjetas navideñas

El invento de las tarjetas navideñas suele atribuirse a sir Henry Cole, director del prestigioso museo londinense Victoria and Albert, quien, en el año 1843, encargó al pintor John Calcott Horsley, maestro litógrafo, que dibujara y pintara una escena navideña, añadiendo unas palabras con deseos de felicidad. Imprimió un millar y, una vez enviadas a todos sus amigos y parientes, vendió las sobrantes al precio de un chelín cada una. Era un tríptico de grabados coloreados a mano consistente en dos paneles laterales (uno representaba el acto de caridad de vestir al desnudo y el otro el de alimentar al hambriento) y una escena central que mostraba a una familia disfrutando alegremente de las fiestas y brindaba por los amigos ausentes. Bajo la imagen estaba impresa la frase: «A Merry Christmas and a Happy New Year To You».

Otras fuentes atribuyen la invención a Thomas Shorrock, de Leith (Escocia), quien en la década de 1840 diseñó unas tarjetas con un divertido personaje sobre la leyenda «A Guide new year tae ye.». La imagen fue criticada por los puritanos, que argumentaban que fomentaba el pernicioso hábito de la bebida. También habría que citar nombres como William Maw Egley —introductor de tarjetas de específico carácter religioso— o Thomas Nast —creador de la imagen de Santa Claus—, quienes contribuyeron a la consolidación del repertorio iconográfico[6].

Veinte años después, ya se imprimían tarjetas navideñas en serie en toda Inglaterra. Las razones de su gran difusión se explican por la confluencia de factores técnicos, estructurales y sociales, como fueron los avances en la imprenta y el desarrollo del servicio de correos, el espaldarazo mediático de la reina Victoria y el gran éxito del relato A Christmas Carol de Charles Dickens[7]. En estas primeras tarjetas se alternaban escenas religiosas con paisajes nevados, flores, hadas e imágenes divertidas y sentimentales de niños y animales.

En Estados Unidos, la tarjeta de Navidad arraigó en el último tercio del siglo xix, cuando el emigrante alemán Louis Prang diseñó hermosísimas tarjetas navideñas que alcanzarían un enorme éxito, ya que consiguió abaratar sus costes hasta hacerlas asequibles al ciudadano medio.

Hay que señalar que el gran éxodo rural, efecto de la industrialización que tuvo lugar en el mundo desarrollado durante este siglo, hizo que prosperara la práctica, ya que los familiares quedaban muy dispersos territorialmente y las comunicaciones no eran fluidas. La tarjeta se convirtió en la toma de contacto anual para conocer el devenir de los parientes. En muchos países fue una tarea exclusivamente femenina y eran las mujeres las que se encargaban, por medio de las tarjetas, de unir a la familia durante estas fechas.

Durante todo el siglo xx la costumbre se fue generalizando en todas las naciones de Europa, EE. UU., así como en las clases más acomodadas de los países del tercer mundo. En Rusia, que a finales del siglo anterior había alcanzado cierto desarrollo, quedaron prohibidas tras la revolución.

En la década de 1940, las organizaciones sin ánimo de lucro comenzaron a incluir dentro de sus presupuestos la emisión de tarjetas con el anagrama de su institución o una imagen inspirada en su labor. Con ellas obtenían beneficios para sufragar sus actividades. Dentro de este campo, las tarjetas de Unicef supusieron todo un revulsivo. Surgieron a final de esta década e iniciaron las famosas campañas mundiales de recaudación de fondos que se han mantenido hasta nuestros días. Se convertirían a lo largo del siglo en las más editadas de toda la historia, con un total de cientos de millones de tarjetas impresas[8].

3. Las tarjetas navideñas en España

El origen de estas tarjetas en España se vincula a las imágenes en papel con las que los operarios de diferentes oficios felicitaban las Pascuas. Los trabajadores las repartían con la nada disimulada intención de obtener una gratificación o propina llamada aguinaldo. Se tiene constancia de una primera felicitación navideña impresa en 1831, obra de los repartidores del Diario de Barcelona, que tendría el valor añadido de ser una década anterior a la de Henry Cole.

A partir de mediados del siglo xix, el avance de la técnica cromolitográfica en el ámbito de las artes gráficas inundó de color estas felicitaciones de servidores públicos, peluqueras, panaderos, modistas, lecheros, electricistas, aprendices, barberos, repartidores de periódicos… llegando a conformar una estética de características propias.

En la mayoría de las tarjetas, el trabajador era el protagonista absoluto que, ataviado con uniforme de gala o atuendo de faena, desempeñaba las actividades propias de su oficio. En viñetas laterales aparecían escenas, alimentos y bebidas típicas navideñas como turrón, pavo, uvas o champán. Más tarde, estas escenas irían evolucionando y adquirirían importante presencia otros elementos: objetos decorativos como bolas o espumillón, así como el abeto y escenas de familias que compraban figuritas del nacimiento. Muchas de estas tarjetas están conservadas en la Biblioteca Nacional, lo que permite analizarlas y estudiar su evolución en cuanto a su iconografía, técnica y estética. El Museo del Ferrocarril también posee una interesante colección.

A principios de siglo xx, junto a las tarjetas «corporativas» de oficios, las principales empresas y organismos oficiales, comerciales o recreativos también enviaban sus felicitaciones[9]. Pero no es hasta mediados de siglo cuando en todas las ciudades españolas se normalice en las familias la costumbre de enviar por correo postal las tarjetas navideñas a parientes, amigos y a «compromisos» varios. Estas tarjetas, destinadas al correo doméstico, son las que aparecen asociadas a los ritos navideños infantiles, y será donde «reine» de forma apabullante la iconografía del artista Juan Ferrándiz.

4. Las tarjetas domésticas y los ritos infantiles

A mediados de los 50, las postales navideñas comenzaron a llamarse vulgarmente christmas[10], pronunciado crismas… palabra que hasta la fecha solo había sido un sinónimo de cráneos y que solía utilizarse para avisar a niños traviesos de una posible rotura[11], pero que era sencillamente la versión españolizada y abreviada del sajón Christmas Card. A comienzos de diciembre, semanas antes de la Navidad oficial, los niños, que normalmente no esperaban nada en los buzones, ya ansiaban con ilusión revisar el correo cuando volvían del colegio para encontrarse con las tarjetas navideñas. Cuando llegaban las vacaciones, las casas se llenaban de dulces, se dejaba de ir al colegio sin estar enfermo, se escribía la carta a los Reyes Magos, y se podía ver en persona al cartero que solía portar un maletón de cuero grueso y recurtido, que llevaba siempre colgado en bandolera, que traía decenas de postales navideñas[12].

Las tarjetas navideñas se enviaban dentro de un sobre franqueado por el sello correspondiente. Los sellos (hoy elementos casi desconocidos para aquellos menores de 25 años) también tenían su atractivo para los niños, ya que eran elementos codiciados... Aun usados, se aprovechaban para fines solidarios (aunque antes no se llamaban así y se preferían las palabras caritativos o humanitarios). Se recolectaban en todos los colegios religiosos y en gran parte de los públicos. Aquellos niños que los portaban se sentían importantes o se les daba cierto reconocimiento en el aula por su contribución... Se decía que eran «para los negritos» (hoy expresión políticamente incorrecta), o «para las misiones». «La Santa Infancia» o la curiosa «los paganitos», como les llamaba Ramiro Fonte[13] en sus novelas. Si los sellos tenían alguna singularidad, hacían las delicias de coleccionistas y pasaban a formar parte de la colección de algún familiar o amigo, ya que la afición filatélica en esos tiempos era bastante frecuente.

El texto de las tarjetas acostumbraba a escribirlo el que tenía mejor letra de la casa y, una vez concluido, se iba pasando a todos los miembros para que firmaran. Hoy resulta muy conmovedor constatar cómo convivían en el mismo espacio las letras inmaduras de los niños, las más redondeadas de los adultos, junto a las picudas de los más ancianos… Si había prisa, algunas veces se hacía trampa y la madre firmaba por todos imitando la letra de los distintos miembros, aunque muchas veces «se notaba».

En la mayoría de los hogares, los christmas se convirtieron en importantes elementos decorativos junto al espumillón, bolas y nacimientos. Algo más tarde llegarían los abetos, naturales o artificiales, que se unirían a la decoración navideña… En algunos salones pudientes, los christmas se situaban encima de la chimenea, que parecía ser su lugar natural, pero, como la mayoría de los hogares españoles urbanos no tenían, se ponían sobre el televisor, en la mesita de la entrada o en algún otro lugar destacado. Normalmente se colocaban abiertos por la mitad para que se mantuvieran de pie. Cuando era una cantidad importante, existía un orgullo inherente en exhibir ante propios y extraños lo que simbolizaban: la demostración fehaciente de tanta gente que se había acordado de ellos en esa época, consecuencia del gran afecto y consideración del que gozaba la familia.

En el núcleo familiar se solía comentar lo bonita que había sido la de fulanita, se echaba en falta la del que siempre solía felicitar y este año no se había recibido, o se comentaba la diligencia de zutano, siempre el primero que llegaba al buzón. En ambientes destacados política o socialmente, solía presumirse de recibirla nada menos que del mismísimo Caudillo, y más tarde de la Casa Real.

El mensaje solía ser estándar: «Feliz Navidad y próspero año nuevo»; los más lacónicos: «Felices Fiestas», y otros incluían mensajes personales más o menos informativos de la situación familiar. Muchas empezaban: «Espero que al recibo de esta estén todos bien. Yo bien, gracias a Dios…». Algunos se salían un poco de lo normal: se escribían torcidos en ascendente, en la cara opuesta, o incluían una participación de lotería, pero todos terminaban con palabras más o menos afectuosas dependiendo de la proximidad del destinatario: «Os quieren», «No os olvidan, «Con cariño», «Recibe nuestro afecto»… o incluso el hoy incomprensible y cuasifeudal «Su más humilde servidor». En muchos casos, era la única toma de contacto anual entre parientes y amigos de localidades distantes.

Una vez terminado el proceso, venía el pegado de los sellos. Aunque en muchas casas había una especie de esponjita en un pequeño envase redondo que se mojaba con agua, los niños solían preferir hacerlo con el básico método del lametón, aunque dejara mal sabor de boca y a veces los sellos así pegados quedaran un poco torcidos.

Después venía el broche de oro: ir a echar las cartas a Correos. En la mayoría de las ciudades españolas, los edificios destinados al servicio postal solían tener cierto empaque. De hecho, en ellos abundaba el estilo ecléctico y los brillantes «neos» y regionalismos refulgían en sus construcciones. A la puerta principal solía accederse por una escalinata que, con las dimensiones de los niños, asemejaba a una escalera palaciega. También era habitual la presencia de puertas giratorias de madera —hoy desaparecidas en la mayor parte de ellos o sustituidas por las de burdo aluminio— que hacía las delicias de los más pequeños, quienes solían aprovechar para dar más vueltas de la cuenta a modo de gratuita atracción infantil.

Otro hito del ritual era el hecho físico de echar las cartas al buzón que casi rozaba lo mágico… Como el buzón solía estar a cierta altura, los niños eran cogidos en brazos, aupados, y ellos mismos las depositaban en las aberturas diseñadas para ello, que eran nada menos que grandes fauces abiertas de majestuosos leones de bronce.

Ante los leones, los niños sentían gran curiosidad por aquella boca terrible que presagiaba un gran abismo, y cierto miedo inconfesable de introducir la mano; de hecho, todos la quitaban muy rápido —por si acaso— cuando depositaban allí las cartas.

El hecho, casi un acontecimiento, les daba un protagonismo indiscutible en el proceso y la gran satisfacción del deber cumplido, aunque también les surgía la incertidumbre agridulce de si las cartas llegarían felizmente a su destino.

5. La temática de las tarjetas

Las tarjetas, en un principio, eran reproducciones de cuadros clásicos de tema navideño… La Adoración de los Magos era muy recurrente, al igual que las escenas nevadas de pintores flamencos. Tenían carácter solemne y regio. Pero todo cambió cuando, en 1952, llegaron a las ciudades españolas las tarjetas de Ferrándiz, un ilustrador catalán que revolucionó por completo este ámbito introduciendo sorpresivamente unas escenas monísimas protagonizadas por unos personajes desproporcionadamente cabezones de ojos casi diminutos —siempre achinados y muy separados—, narices casi anecdóticas y rostros mofletudos, acompañados de un amplio espectro de animales de rostros expresivos y humanizados —ovejas, bueyes, vacas, conejos, pajarillos varios, perros callejeros, gatos y ratones que convivían con ángeles...— y que empatizaron rápidamente con el público de todas las edades. En algunos hogares eran los niños quienes elegían las postales que se adquirían en las papelerías, y las de Ferrándiz se convirtieron en las favoritas. A veces también se compraban a la vez unas cuantas tarjetas «serias», según quienes fueran a ser los destinatarios.

Porque, aunque los organismos siguieron mandando las felicitaciones clásicas, el éxito de Ferrándiz en el ámbito doméstico fue tal que podría decirse que fue el principal artífice del gran revulsivo que popularizó hasta lo inimaginable esta costumbre de los christmas, ya que logró la identificación e implicación de toda la familia y se convirtió en un símbolo icónico que acompañaría durante décadas la celebración de las fiestas… Llegaba la Navidad y las papelerías y los escaparates se llenaban de las caras de Ferrándiz como anuncio de las felices fechas que llegaban en unos años en que la vida era dura, sin apenas dispendios y con pocas celebraciones, pero en la que, para muchos, los sentimientos se vivían más a flor de piel. Junto a Ferrándiz, la lotería, escribir y echar la carta a los Reyes Magos y visitar los belenes de la ciudad eran hitos de la Navidad de los niños urbanos.

Pocos entonces sabían el nombre de Ferrándiz, aunque firmaba todas sus tarjetas en mayúsculas, y hoy posiblemente lo sigan desconociendo, pero puede afirmarse con rotundidad que nadie que fuera niño y no tan niño en estas décadas pudo olvidar este universo de imágenes y escenas beatíficas que quedaron grabadas en el imaginario colectivo de las navidades de antaño para no irse jamás, siendo parte inherente de los recuerdos navideños de un siglo, de una manera silenciosa e inconsciente… pero asombrosamente nítida en la memoria.

6. Juan Ferrándiz Castells

El ilustrador, dibujante y escritor Juan Ferrándiz Castells (Barcelona, 1917-1997) cursó estudios básicos en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona. Durante unos años se dedicó a la realización de dibujos animados y de películas de contenido educativo, donde pudo ejercitar y perfeccionar el dominio del dibujo de animación.

Aunque obtuvo un gran éxito en las decoraciones de cuentos troquelados (Mariuca la castañera, El urbano Ramón, La ardilla hacendosa), fue en su iconografía de la Navidad donde alcanzó cotas de popularidad nunca vistas en el mundo de la ilustración. Las claves de su gran aceptación fueron su gran originalidad, su perfección técnica y su facilidad para idear variaciones inagotables del mismo tema. Paradójicamente, sus ilustraciones de cuentos, aun compartiendo las características de los anteriores, no llegaron nunca al nivel artístico de su temática navideña.

Las figuras de Ferrándiz irradiaban humildad, sencillez, e, inexplicablemente, carecían de rasgos de cursilería que sin embargo sí tuvieron sus centenares de plagiadores. Sin recurrir a complejas técnicas gráficas, lograba transmitir ternura, calidez y humanidad a sus animales y a sus populares pastorcillos de mirada pícara y vestidos con pantalones llenos de remiendos de colores, a sus ángeles descarados, a sus vírgenes niñas maravillosas de caras ladeadas o a sus etéreos Niños Jesús.

Sus escenas parecían inspiradas por una varita mágica que lograba imbuirlas de un aura mística. Su especial captación ambiental anímica y emocional venía potenciada por una hermosa luz dorada que inundaba las composiciones. Ferrándiz habituaba a dibujar con un lápiz corriente marca Staedler, del número 1 o 2, goma de borrar de nata Milán, y plasmaba su mundo de sentimientos en páginas en blanco. Comenzaba las composiciones perfilando las caras con pequeños trazos, buscando potenciar esas expresiones tan características con sus miradas de ojos achinados. Aquellos dibujos, sin técnicas de animación, adquirían el don del movimiento y lo más difícil de la transmisión de sentimientos. «Dentro de mí siempre ha latido un sentimiento profundo de comunicación hacia los demás. Quería expresar conceptos tan trascendentes como paz, justicia, solidaridad, ternura, fraternidad...», afirmó en unas de sus escasas declaraciones.

Aun teniendo un estilo claro y definido, analizando estilísticamente sus obras se observa una gran diferencia cualitativa entre sus creaciones, desde las que son mera repetición de arquetipos hasta deliciosas composiciones de grupo que rozan la genialidad por la delicadeza del dibujo, gradación tonal y distribución en el espacio de decenas de figuras que se arremolinan ante el pesebre de Belén con una captación atmosférica sabiamente lograda. En aquellas representaciones en las que juega con la luz, jamás fue superado, basculando entre escenas que rozan el tenebrismo caravaggiesco (permaneciendo escasas figuras apenas bosquejadas en sombra e iluminando solo los rostros con el haz de luz que irradia del Niño Dios) hasta extraordinarias escenas grupales de pastores y animales bañados de luz dorada en actitudes infantiles.

Sus composiciones verticales de parejas de rostros —normalmente Virgen y Niño— fueron de una exquisitez infrecuente en este tipo de tarjetas. Este esquema vertical lo llevaría posteriormente, y asimismo con un éxito sin precedentes, al mundo del recordatorio de comunión, convirtiéndose también en este campo en el ilustrador más estimado y reconocible.

Ferrándiz se consideraba artista, y, aparte de la ilustración, escribió medio centenar de cuentos en castellano y catalán, poemas e hizo alguna incursión en la escultura[14].

Falleció en agosto de 1997 a la edad de 79 años, y nunca alcanzó un reconocimiento personal paralelo a su éxito comercial, aunque su figura sí fue reconocida internacionalmente. Ferrándiz fundó, junto con otras celebridades, el primer comité de la Unesco en España. Fue galardonado en 1992 con la Cruz de San Jorge de la Generalitat de Cataluña por su trayectoria artística y humana, y diez años después de su muerte, Correos, que tantos beneficios colaterales obtuviera con sus creaciones, reconoció su labor y emitió un sello con una ilustración navideña de su autoría.

En el año 2006, se publicó en la editorial Destino el libro recopilatorio llamado La Navidad de Ferrándiz, libro que rescató buena parte de su legado y único que recoge su trayectoria y su valía. En la actualidad no existe más bibliografía sobre él, jamás se le cita en los libros de arte, aunque afortunadamente una página web comercial pone a disposición de todos todo tipo de artículos relacionados con sus ilustraciones[15].

7. La huella de Ferrándiz

Dado su apabullante éxito, fue plagiado hasta la saciedad. Existieron unos cuantos ilustradores que fueron a su zaga: Constanza Armengol, Juan Vernet, Gallarda, Peralta… ilustradores infantiles y autores de numerosas tarjetas navideñas y de Primera Comunión. Algunos más brillantes que otros, todos reprodujeron sus esquemas. Armengol, que firmaba como Constanza, fue quizá la más destacada. En Galicia, llegó a existir una Ferrándiz galaica, FEBA, una ingeniosa y oportunista dibujante y humorista[16] que descubrió un filón copiando con dignidad los dibujos de Ferrándiz, ataviándolos de galleguitos, y llegó a tener cierta popularidad y gran éxito de ventas en toda Galicia.

En el mundo de la juguetería también se dejó ver su innegable huella en la estética de los muñecos, muy acusada en la marca Famosa, en especial la exitosa Nancy, la estrella de la casa. Hoy todo un mito, nació en 1968 y tuvo tal acogida que, sobre todo en fechas navideñas, se vendieron diez millones de unidades en sus primeros diez años de vida. Sus diseñadores fueron T. Juan y un gran equipo de Famosa, pero es más que obvio que la cara de Nancy reproduce los esquemas de las caras de los dibujos de Ferrándiz.

Todo el ámbito de la papelería y el mundo de la decoración infantil acusaron su influjo y, como curiosidad, comentamos su influencia que llegó hasta en el ámbito militar… Miles de jóvenes que hacían el servicio militar adquirían muñecas ataviadas con uniforme para regalar a novias y madres. Asimismo, también solían comprar postales que incluían imágenes de marineros o soldados junto a espigadas jóvenes de piernas largas. Aunque no eran de su autoría en absoluto, y su valor artístico era nulo, todos tenían en sus caras rasgos claramente emparentados con las figuras de Ferrándiz[17].

8. El fin de los christmas

El sino de los tiempos acabaría con la costumbre doméstica de enviar tarjetas navideñas que parecía tan arraigada que jamás desaparecería… Antes de su desaparición, hechos como la generalización de las tarjetas solidarias de Unicef, el envío de fotos de los niños de la familia felicitando las fiestas y unos christmas que llevaban sobreimpreso un sobrecogedor «pintada con la boca» o «pintada con el pie», que indicaba la autoría de artistas mutilados (artismutis), marcaron el inicio de su decadencia. Luego llegaría la laicización de la sociedad, el abaratamiento de las conferencias telefónicas y, por último, la llegada de la mensajería móvil e internet que, junto a las redes sociales, acabarían de darle la puntilla.

Hoy sobreviven en concursos escolares de dibujo y hasta la fecha las sigue mandando El Corte Inglés.

Al margen de sus valores individuales como artista, la trascendencia de Ferrándiz radica en que es un hito en la iconografía navideña y de comunión.

Tanto es así que todos los ilustradores infantiles contemporáneos y posteriores son, de una u otra manera, deudores de todos sus arquetipos. Hay un antes y un después de Ferrándiz. Una afirmación que en el arte solo se puede hacer con genios consagrados.

Juan Ferrándiz ocupa con grandes merecimientos un capítulo de oro, porque fue sin duda el artista más importante de la intrahistoria infantil española del siglo xx, ya que logró que, durante décadas, generaciones de niños personalizaran con sus imágenes el espíritu de la Navidad, por lo que su valor trasciende el ámbito artístico para entrar en la esfera de la antropología.

Revisitar hoy las ilustraciones de Ferrándiz es toda una experiencia, un viaje entrañable a un pasado que desvela que aquellas imágenes aparentemente intrascendentes eran parte de un ritual mágico, todo un acontecimiento cargado de sentimentalismo, porque lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre.

Y si es cierto, como afirmaba el nobel William Golding, que «el cielo se encuentra alrededor de nosotros en nuestra infancia», ese cielo, sin duda alguna, era el cielo de Ferrándiz.

María Fidalgo Casares. Doctora en Historia

BIBLIOGRAFÍA

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Cirlot, J. E.: Diccionario de símbolos, Barcelona, Labor, 1992.

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Fidalgo Casares, M.: De las tarjetas del Caudillo al antropológico Ferrándiz, Galicia Artabra Digital, 2014.

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VV. AA.: «San Nicolás y otras costumbres navideñas», en Paradigmas, mitos, enigmas y leyendas contemporáneas, Madrid, Nueva Lente, 1986.



NOTAS

[1] Congreso Psiquiatría y Sociedad, 25-27 de septiembre de 2015, Servizo Galego de Saude Santiago de Compostela.

[2] Ramiro Fonte: Vidas de infancia (trilogía): «Os meus ollos», «Os ollos da ponte», «As pontes no ceo», Xerais, 2008.

[3]Neuropsicología del desarrollo infantil. Ed. El Manual Moderno, S. A. de C. V. Ed. Mexicana, 2010.

[4] Edna St. Vincent Millay (1892-1950) fue una poetisa lírica, dramaturga y feminista estadounidense. Fue galardonada con el primer Premio Pulitzer adjudicado a una obra poética.

[5] Hoy hay un gran interés por los ephemera. La palabra deriva del griego y significa ‘cosas que no duran más de un día’. Son materiales impresos, de escasa duración, no producidos para ser conservados. Algunos ephemera son: marcadores de libros, catálogos, tarjetas de felicitación, cartas, folletos, postales, pósteres, letras de cambio, certificados de acciones, entradas de espectáculos, boletos, calendarios de bolsillo, revistas, invitaciones, facturas…

[6] El Museo Británico conserva la gran colección de christmas que reunió la reina María de Inglaterra, y las postales navideñas de la llamada edad de oro de la impresión (1840-1890) han alcanzado elevadas sumas en las subastas. En 2005, una de las tarjetas originales de Horsley fue vendida en casi 9 000 libras.

[7] El libro de Charles Dickens Un cuento de Navidad, publicado en 1843, desempeñó un importante papel en la reinvención de la fiesta de Navidad, un tanto olvidada y que llegó a ser prohibida en diferentes épocas. El libro exalta los valores de la familia, la compasión y el espíritu navideño. Standiford, L.: The Man Who Invented Christmas: How Charles Dickens’s A Christmas Carol Rescued His Career and Revived Our Holiday Spirits, Nueva York, 2008.

[8] En 1949, una niña checa de siete años, Jitka Samkova, pintó el cuadro Gracias para agradecer la ayuda que Unicef había dado a su pueblo. Esta fue la primera tarjeta de Navidad de la que se imprimieron una cantidad limitada de tarjetas. Lo que formaba parte de una modesta actividad de recaudación de fondos se convertiría con el tiempo en todo un fenómeno mundial. Black, M.: UNICEF. The Children and the Nations, Unicef, 1986.

[9] RENFE, CAMPSA, La Marina Española, Instituto Nacional de Previsión, Iberia, Casino de Madrid, Empresa Nacional Bazán, IberDuero y todas las compañías bancarias, entre otras.

[10] En esta palabra se produjo un fenómeno de restricción semántica. Christmas (en cursiva), definido por la RAE como ‘tarjeta ilustrada de felicitación navideña’, mientras que en inglés significa Navidad.

[11] «Como no tengas cuidado te vas a romper la crisma» era frase recurrente ante la posibilidad de romperse la cabeza. En realidad, el crisma era una mezcla de aceite y bálsamo utilizado por los obispos para bautizar, confirmar, consagrar y ordenar en Jueves Santo. Como se aplicaba en la frente, pasó a ser sinónima de ‘cabeza’.

[12] El cartero vestía uniforme de un único color todo el año, pasando posteriormente a diferenciarse en verano (gris) y en invierno (azul marino). Ambos constaban de chaqueta-guerrera y pantalón, con raya roja en ambos lados, corbata y una gorra de plato que le daba un cierto aire de oficialidad. Portaba la valija al hombro (bolsa de cuero) y en algunos casos se ayudaba con un silbato.

[13] Fonte, R.: Os meus ollos, Xerais, 2008. También esta denominación aparece en la exitosa Las cenizas de Ángela, de Frank McCourt, Maeva, 2006.

[14] Diseñó una serie de figuras en madera, tallas navideñas para belenes, en 1969. Sus creaciones literarias vieron la luz a principios de los años cincuenta y continuaron publicándose hasta los años sesenta.

[15]http://www.memoryferrandiz.com.

[16] Felisa Baudot Mansilla (Ferrol, 1924). Dibujante y humorista e hija del gran músico Gregorio Baudot, firmaba con el acrónimo FEBA. Llegó a exponer en varias salas de renombre en exposiciones colectivas y en el Centro Gallego de Madrid en la década de los sesenta.

[17] Ferrol, Cartagena, San Fernando, Cádiz… las ciudades de acusado carácter castrense hacían un lucrativo negocio con estos souvenirs.



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El artista Juan Ferrándiz y el imaginario de la infancia en la Navidad de la segunda mitad del siglo XX

FIDALGO CASARES, María

Publicado en el año 2016 en la Revista de Folklore número 411.

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