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Antiguos mercados madrileños

PERIS BARRIO, Alejandro

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 419.

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El destino principal de las mercancías que transportaban en siglos pasados los arrieros y carreteros madrileños, después de recorrer pésimos caminos, cruzar los ríos por peligrosos vados o por inseguros puentes, expuestos al peligro del bandolerismo, etc., eran las ferias y los mercados que se celebraban en varias poblaciones, los Reales Sitios y, sobre todo, la capital.

Las ferias y los mercados tuvieron en Castilla y León bastante importancia y los trajinantes que acudían a ellas gozaban de protección jurídica no solo en la población donde se celebraban, sino en los viajes de ida y vuelta. En el Fuero de Guadalajara de 1137, por ejemplo, se ordenaba[1]:

Mercaderes que vinieren allí no los prendan ningún omne en carrera nin en Cibdad, et si alguno los prendare peche al rey sesenta sólidos.

En Alcalá de Henares se hacían dos ferias al año: una el 24 de agosto y otra el 15 de noviembre. La primera ya existía en la Edad Media y en 1252 Alfonso X concedía exenciones a los mercaderes que la visitaban. Sancho IV y Fernando IV otorgaron también privilegios a esa feria.

La feria de noviembre fue concedida por Carlos I en 1517 y tenía menos importancia comercial. Solían venderse en ella sobre todo libros, por lo que se le llamaba la «feria del estudiante».

En Arganda hubo una curiosa feria nocturna «con candelas encendidas» de bienes raíces que duraba desde el día de Navidad hasta Año Nuevo. En el último tercio del siglo xvi ya se consideraba su existencia «de costumbre inmemorial»[2].

El rey Fernando IV concedió en 1304 un privilegio a Buitrago del Lozoya para que se celebrara una feria allí desde el día de Todos los Santos hasta el 7 de noviembre. A ella acudían muchos arrieros de pueblos madrileños, como Villarejo de Salvanés, Estremera, Vallecas, Chinchón y Arganda, que vendían allí frutas y verduras.

En El Escorial, desde poco después de la terminación del monasterio en 1584, se reunía una feria.

En Talamanca de Jarama se convocaban dos ferias anuales en el siglo xvi, una el día de la Asunción y otra el día de San Mateo, el 21 de septiembre, por concesión de Carlos I. En estas ferias se comerciaba principalmente con sayal y paño ordinario que llevaban allí arrieros de varios pueblos madrileños.

También se vendían principalmente paños y lienzos en la feria que, por privilegio real de 29 de abril de 1613, se celebraba en Valdemoro.

Existieron otras ferias de menor importancia en otras poblaciones madrileñas como Villarejo de Salvanés, Colmenar Viejo, Móstoles, Navalcarnero, Brunete, Torrejón de Velasco, etc.

A mediados del siglo xix se celebraban estas ferias en la provincia de Madrid[3]:

13 de junio: La Cabrera

10 de agosto: El Escorial

11 de agosto: Villa del Prado

14 de agosto: Chinchón

21 de agosto: Torrelaguna

24 de agosto: Alcalá de Henares

27 de agosto: Getafe

30 de agosto: Colmenar Viejo

4 de septiembre: Aranjuez y San Martín de Valdeiglesias

5 de septiembre: Navalcarnero

14 de septiembre: Horcajo de la Sierra

4 de octubre: Villarejo de Salvanés

24 de octubre: Valdemoro

1 de noviembre: Buitrago del Lozoya

15 de noviembre: Alcalá de Henares

En 1904 se concedió licencia para que existiera una feria en Montejo de la Sierra el día de San Miguel.

En los numerosos mercados que hubo también en la provincia se comerciaba principalmente con productos agrícolas.

Los Reales Sitios de Aranjuez, San Ildefonso, San Lorenzo de El Escorial y El Pardo fueron importantes centros de atracción para los trajinantes madrileños. Arrieros y carreteros de la provincia de Madrid colaboraron en la construcción de sus edificios aportando los materiales necesarios. Posteriormente, y al ser esos lugares residencias temporales de los monarcas, necesitaron de un importante abastecimiento de comestibles, cereales y paja para las Reales Caballerizas, etc., que en buena parte eran proporcionados por vecinos de los pueblos madrileños.

Especial importancia tuvo la participación de los arrieros y carreteros de la provincia de Madrid en la construcción y posterior ornamentación del monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Después, esa población llegó a ser un importante mercado también para los productos alimenticios como pan, vino, cereales, etc., necesarios para los numerosos artesanos que allí trabajaban y para los vecinos que se fueron concentrando después.

Para proporcionar esos artículos se utilizó el sistema de obligados: personas a cuyo cargo corría la provisión de distintas mercancías, a lo que se comprometían por contrato o escritura pública.

La mayoría de esos obligados eran vecinos de los pueblos próximos como Brunete, Guadarrama, Colmenar del Arroyo, Valdemorillo, etc., aunque también los hubo de otros lugares más alejados. En el archivo del monasterio se conservan bastantes de esos contratos de obligados. En 1575, por ejemplo, tres arrieros de Brunete (Juan Calvo, Juan Sanmartín y Juan Rodríguez) se comprometían a suministrar durante un período de tiempo pan y trigo. Estos mismos productos los transportaron también varios vecinos de Valdemorillo. Un vecino de Fresnedillas (Pedro Chubieco) acarreaba hacia 1582 el carbón necesario para las fraguas del monasterio. Un carretero de Guadarrama (Francisco Montero) fue el encargado durante varios años de surtir plomo de Linares, mármol de Granada, etc. al monasterio. Blas de Gavilanes, vecino de Colmenar del Arroyo, abasteció a El Escorial durante bastante tiempo de aceite, carne, pescado, tocino, etc. El vino que se consumía en esa población en el último tercio del siglo xvi procedía en buena parte de Aldea del Fresno, Villamanta, Villa del Prado y San Martín de Valdeiglesias. El 15 de marzo de 1575 firmaba un documento Juan Ventero, vecino de esa última población, obligándose a abastecer de vino tinto y blanco «con las bestias que fuera menester» a dos tabernas de El Escorial «para los oficiales y laborantes que residen en la dicha villa»[4].

Le pagaban el vino a Juan Ventero a 28 maravedíes la arroba, pero si tenía que adquirirlo en otra población el precio era de «cuatro maravedíes por legua de cada arroba».

La corte fue el gran mercado al que acudían no solo arrieros y carreteros madrileños, sino de otros lugares más alejados de España. Eran necesarias grandes cantidades de alimentos, combustibles, materiales de construcción, etc. para surtir a una ciudad como Madrid, con una considerable población.

En 1623 el consumo anual de alimentos en la capital era este, según González Dávila[5]:

Carneros: 410 000

Terneras: 15 000

Cabritos: 60 000

Cerdos: 18 000

Vacas: 11 000

Vino: 1 440 000 cántaros

A estas cantidades había que sumar los comestibles que entraban directamente para las casas de los muchos nobles y eclesiásticos que vivían entonces en la capital.

En 1757 se consumieron en Madrid 500 000 arrobas de vino, 96 000 de aceite y 8 625 000 libras de carne, además de grandes cantidades de legumbres, pescado, frutas y hortalizas[6].

En 1784, y en los días comprendidos entre el 23 de junio y el 7 de julio, entraron por las puertas principales de la capital 9 317 carretas, 976 carros y 105 galeras cargados de alimentos, leña, carbón, materiales de construcción, etc. Además de esos carruajes, el día 28 de junio del mismo año entraron también 5 068 cargas. Hay que tener en cuenta que ese día estaba considerado como normal: «… cuio número es poco más o menos el mismo que entra en los demás días»[7].

También sabemos que en el mismo año 1784, los 105 panaderos de Madrid y Vallecas sacaban diariamente del pósito el trigo necesario para fabricar las 1982 fanegas y media de pan que se consumían.

Buena parte de esas mercancías eran proporcionadas por los vecinos de los pueblos madrileños que tuvieron en la capital su «perpetuo mercado», según Madoz[8]:

A la capital vienen a refluir todos los productos del suelo y de la industria de casi todos los pueblos de la provincia, convirtiendo a Madrid en perpetuo mercado.

Varias plazas y plazuelas madrileñas fueron en siglos pasados lugares de venta de comestibles, sobre todo frutas, hortalizas, pan, carne y pescado.

La plaza de San Salvador (hoy de la Villa) fue el más antiguo lugar de actividad comercial y también política. El rey Enrique IV dio licencia para que se hicieran soportales en la plaza «porque las gentes ayan do se poner en tiempo de necesidades…».

En 1494 los soportales no se habían hecho o bien era necesario renovarlos, puesto que, por una cédula de 30 de julio de ese año, los Reyes Católicos concedían al Concejo madrileño «facultad para echar sisa en cantidad de 100.000 maravedíes con objeto de hacer portales en la plaza destinados a la venta de comestibles»[9].

En los años finales del siglo xv, los vendedores fueron instalando sus puestos en la plaza del Arrabal (la que luego sería plaza Mayor), porque, al estar situada extramuros de la villa, quedaba libre del control fiscal.

Las autoridades madrileñas obligaban a los comerciantes a vender solo en los soportales que se habían construido, con el fin de cobrarles impuestos. Los hortelanos y panaderos se negaron a ello y recurrieron al Consejo de Castilla, alegando que esos soportales se habían hecho no con fondos del Concejo, sino con el dinero recaudado con las multas que pagaban los vecinos. El 19 de julio de 1498, por una provisión firmada por los Reyes Católicos, se ordenaba a las autoridades de Madrid que dejaran vender libremente sus mercancías a los comerciantes «en esa dicha villa e sus arrabales fuera de los dichos portales […] sin que por ello paguen cosa alguna»[10].

El 24 de septiembre de 1512, el Concejo madrileño obligaba a los panaderos y fruteros a vender sus géneros bajo tejado, y si no lo hicieran así pagarían una multa de 200 maravedíes que serían destinados al empedrado de esa zona.

Los puestos de la plaza Mayor estaban colocados de forma desordenada, lo que ocasionaba problemas de circulación. Hubo varios intentos de ordenarlos, pero como esa plaza sirvió también de escenario para la celebración de festejos con motivo de bodas y bautizos reales, corridas de toros, representaciones teatrales, canonizaciones y también autos de fe y ajusticiamientos, al quitar los tinglados y volverlos a colocar surgían disputas entre los comerciantes por no respetarse los espacios que a cada uno de ellos les correspondía anteriormente.

Para evitar esto, el corregidor don Francisco Ronquillo mandó en 1690 poner unas losas en el suelo y unos cordeles para que los vendedores no colocaran sus mercancías fuera del sitio que tenían asignado.

Llegó a haber 309 puestos o cajones en la plaza Mayor, pero en 1723 se redujo su número a 245, 81 de ellos para la venta de pescado y el resto para frutas y hortalizas. Los puestos de esta plaza, como los de las restantes, eran concedidos a las personas que los solicitaban, y los poseían mientras el Municipio madrileño lo creyese oportuno.

Los hortelanos de Madrid y su término tuvieron asignados durante algún tiempo 74 puestos de siete pies cada uno en la plaza Mayor, ocupando el espacio comprendido entre el arco de la calle de Toledo y el de Botoneras.

Otros lugares de venta en la capital fueron las plazas de la Red de San Luis, de Santo Domingo, del Rastro, de la Cebada, de Antón Martín, etc.

En la plaza de Antón Martín llegó a haber veinte puestos de pescado y fruta que quedaron destruidos por un incendio, probablemente provocado y por motivos políticos, el 10 de agosto de 1690. Se dudó sobre la conveniencia de volver a instalar los puestos, pero, teniendo en cuenta el perjuicio que se hacía a los vecinos de esa zona, se colocaron de nuevo las mesas y los cajones que lo formaban.

El mercado que se reunía en la Red de San Luis existió durante años hasta que en 1830 se trasladaron los puestos, que afeaban esa zona, a la próxima plaza del Carmen, que se convirtió en el lugar madrileño donde se concentraban mayor número de vendedores.

La plaza de la Cebada recibió ese nombre porque era el lugar donde los labradores de los pueblos próximos a Madrid iban a vender ese cereal en los siglos xvi y xvii. Después, se convirtió durante años en mercado central, y más tarde se construyó en ese lugar un mercado cubierto que aún existe.

A mediados del siglo xix, los puestos de venta de comestibles que existían en Madrid, en distintas plazas y mercados, eran estos:

Lugar / Cajones / Tinglados

Plaza de la Cebada / 115 / 11

Plaza del Carmen / 154 / 11

Plaza de los Mostenses / 55 / 6

Plazuela de Herradores / 16 / -

Plaza del Rastro / 112 / -

Puerta de Moros / 12 / -

Mercado de San Ildefonso / 75 / 47

Mercado de las Cuatro Calles / 19 / -

Mercado de Tres Peces / 36 / 35

Mercado de San Miguel / 128 / 88

Fernández de los Ríos, en el último tercio del siglo xix, decía que, en general, los mercados madrileños eran «miserables tinglados y sucios cajones». Especialmente, consideraba al de la plaza del Carmen como «un inmundo espacio desordenadamente atestado de cajones…»[11].

En otros lugares de la capital se vendían también comestibles: cerca del puente de Toledo, vendían los campesinos de los pueblos próximos sus hortalizas para eludir el pago de impuestos. La sal se vendía principalmente en la calle que hoy se denomina así. La carne solían adquirirla los madrileños en el Rastro y en la calle de la Ternera.

También fueron frecuentes las ventas ambulantes, recorriendo los vendedores las calles madrileñas con sus carros o caballerías. En 1638 quedó prohibido vender el pan que se llevaba sobre las bestias de carga. Tenían que hacerlo obligatoriamente al principio en la plaza Mayor, y posteriormente se autorizó a vender pan en otras plazas, plazuelas y puestos callejeros.

Se celebraban también en Madrid dos ferias y un mercado. Por privilegio del rey Juan II, el 18 de abril de 1447 tenía lugar una feria el día de San Mateo y otra el de San Miguel. Esta dejó de reunirse después por ser poco rentable, quedando solo la que comenzaba el 21 de septiembre y terminaba el 4 de octubre.

La llegada a la corte de tantos trajinantes creaba graves problemas de tráfico en las estrechas calles de entonces, impidiendo el paso a vehículos y viandantes al atravesar los carreteros sus carretas. Se producían frecuentes accidentes también, y eran víctimas de ellos algunas mujeres y niños que, en la temporada en que entraba el carbón en la capital, se dedicaban a recoger el que se caía «con el traqueteo y movimiento de los carros», metiéndose entre ellos. Se prohibió el 10 de marzo de 1788 practicar esa actividad «bajo multa de dos ducados por la primera vez y de no pagarlos, cuatro días de cárcel». La segunda vez tendrían doble pena y la tercera, siendo hombre, la del destino a las armas y, si no era apto, a la Marina. En caso de ser mujer, la pena era de reclusión en el Hospicio de San Fernando durante dos años[12].

El Concejo madrileño, e incluso los monarcas, intentaron muchas veces poner remedio a ese desorden. En octubre de 1493, una ordenanza dispuso «qué cualquier carretero que fuere con carreta corriendo o trotando cargado o vacío» pagaría de multa cien maravedíes. Los carreteros estaban obligados a ir cabalgando sobre una de las caballerías[13].

Esta ordenanza no debió de cumplirse, porque cinco años después tuvo que ser recordada por las autoridades madrileñas.

En el siglo xviii el número de carretas que entraban en la capital aumentó y, por lo tanto, también lo hicieron los problemas de tráfico y los accidentes que se producían en sus calles.

Una orden de 27 de junio de 1742 del corregidor prohibía la entrada de carretas y carros en Madrid los días de feria. Por otro escrito del 1 de febrero de 1752, se limitaba el tiempo que esos vehículos podían permanecer en la capital, que era en invierno hasta las nueve de la mañana y en verano hasta las ocho[14].

Carlos III dio en abril de 1784 unas normas para evitar los atropellos que en las calles madrileñas con frecuencia se producían.

Todas estas medidas ocasionaban perjuicios a los arrieros y carreteros, que protestaron en muchas ocasiones. Esas protestas, unidas a la constante preocupación por que la capital estuviera suficientemente abastecida, hicieron que las ordenanzas se fueran suavizando.

Los problemas de tráfico y los accidentes siguieron existiendo en Madrid y continúan en nuestros días agravados por el mayor número de vehículos y por su mayor velocidad.



NOTAS


[1] García de Valdeavellano, L. El mercado. Madrid, 1932, pág. 120.

[2]Relaciones histórico-geográfico-estadísticas de los pueblos de España: Arganda.

[3] Madoz, P. Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Madrid, 1847.

[4] Archivo del monasterio de San Lorenzo de Escorial, 4-13, pág. 51.

[5] González Dávila, G. Teatro de las grandezas de la Villa de Madrid, corte de los Reyes Católicos de España. Madrid, 1623, pág. 6.

[6] Ringrose, D. R. «Madrid y Castilla 1560-1850. Una capital nacional en una economía regional». Moneda y Crédito, número 111, págs. 79-88.

[7] Archivo Histórico Nacional. Consejos, legajo 923-31, folio 80.

[8] Madoz, P. Op. cit., tomo X, pág. 568.

[9] Domingo Palacio, T. Documentos del Archivo General de Villa de Madrid. Madrid, 1907, tomo III, pág. 384.

[10] Domingo Palacio, T. Op. cit., tomo III, pág. 457.

[11] Fernández de los Ríos, A. Guía de Madrid. Madrid, 1876, pág. 46.

[12] Archivo Histórico Nacional. Consejos, libro 1378.

[13] Leralta García, J. Madrid, villa y coche. Madrid, 1993, pág. 22.

[14] Archivo Histórico Nacional. Consejos, legajo 923-31, folios 1-79.