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De Todos los Santos a Halloween: costumbres y creencias populares en Chillarón de Cuenca

OSMA SORIA, Miguel

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 423.

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Cuando pensamos en el Día de Halloween en la actualidad, rápidamente recordamos los grupos de niños que recorren las calles en tan señalado día, ataviados con sus terroríficos disfraces, practicando el famoso «truco o trato» y reclamando golosinas y dulces a los asustados vecinos que les abren sus puertas. Esta imagen se ha venido popularizando desde los años ochenta por el influjo cultural norteamericano, difundido ampliamente en los grandes medios de comunicación, y ha arraigado en buena parte de la geografía española. Sin embargo, hace no demasiados años, el Día de Todos los Santos y el Día de Difuntos traían aparejadas una serie de tradiciones y costumbres (también creencias) que hoy en día han desaparecido, junto a otras que sobreviven más o menos transformadas en la actual coyuntura sociocultural asociada a Halloween.

La intención de este texto es intentar atestiguar el cambio y la transformación de las costumbres populares practicadas en el Día de Todos los Santos en un pequeño pueblo conquense (Chillarón de Cuenca) desde la época de la posguerra tardía hasta la actualidad. La metodología del trabajo se ha basado en entrevistas[1] semidirigidas a personas de distintos rangos de edad, desde los 80 hasta los 30 años, y en la observación participante en las actuales celebraciones que ese día se practican en la localidad.

El día y la noche, el jolgorio y el respeto

Los testimonios recogidos en la investigación nos indican que, durante la posguerra tardía, el Día de Todos los Santos y el Día de Difuntos se vivían de una manera dicotómica. El día y la tarde de Todos los Santos, con toda una serie de costumbres enfocadas al disfrute y la sociabilidad, y la noche de Todos los Santos y el Día de Difuntos (llamado en Chillarón el Día de Finaos), donde la medianoche se recuerda como un momento liminar que da paso a unas horas de recogimiento y respeto, debido a que las ánimas del purgatorio podían traspasar el umbral y «andaban sueltas» por las calles, hasta el final del Día de Difuntos.

La celebración del Día de Todos los Santos se preparaba con esmero durante todo el año, lo que denota la importancia que tenía antiguamente. Las chicas jóvenes del pueblo realizaban una recogida de las judías sobrantes del esmote[2] durante todo el año, para poder comprar chocolate o dulces, también «huesos de santo», ese día. Con el dinero obtenido con la venta de la recogida de judías, se compraba chocolate o dulces de manera grupal y se almorzaba en casa de alguno de los miembros del grupo. Cada año se cambiaba de casa y la madre de alguna de las chicas les preparaba el almuerzo. A veces, también preparaban bizcochos, aportando cada miembro del grupo un ingrediente para su preparación. Toda la gente del pueblo, según los testimonios recogidos, almorzaba grupalmente, en un acto claro de socialización, según familias o grupos más afines (los jóvenes con su grupo de amigos).

Después de este almuerzo, las mozas del pueblo se dedicaban a la preparación de un ritual muy interesante. Durante todo el año, habían recogido botijos viejos y cerámicas sobrantes por todas las casas. Todos los vecinos aportaban sus cerámicas, según una informante «porque todos tenían, cuando menos, un nieto o un sobrino que participaría en el juego». Las cerámicas que las mozas iban recogiendo a lo largo del año eran guardadas en algún corral o cohorte[3], fuera del alcance de los mozos del pueblo. Si los mozos conseguían encontrar el escondrijo de las cerámicas durante el año, los destruían: «Ese era el plan que llevábamos durante el año», declara una informante; «los chicos no se podían enterar de dónde estaban, porque nos los rompían».

Al llegar la tarde, las mozas del pueblo iban a recoger los botijos al lugar donde estaban escondidos, y salían con ellos por las calles del pueblo. Desde ese momento, se desarrollaba una especie de juego o rito en el que los muchachos tenían que perseguir a las muchachas para conseguir romper sus cerámicas. El juego se desarrollaba por todas las calles y se basaba en persecuciones, luchas, cogidas, etc. A veces, los muchachos intentaban «romper los botijos a pedrás» y las muchachas debían intentar conservar sus cerámicas. En ocasiones, cuando un mozo agarraba a una moza, esta rompía el botijo contra el suelo, para que el muchacho no fuese el que acabara haciéndolo trizas.

Esta costumbre es percibida por todos los informantes como muy divertida, y todos guardan muy buen recuerdo de ella. Al acabar la tarde, con el juego finalizado, los testimonios de los entrevistados dan una visión del pueblo lleno de cascotes de cerámica («Antes no pasaba nada, no había tantos coches como ahora») y de una satisfacción personal de los participantes por el disfrute de la actividad. Según una informante: «Se rompían muchísimos botijos, no te lo imaginas, se quedaba el pueblo lleno de cascotes, salíamos a los botijos to los muchachos y muchachas, ¡y lo bien que lo pasábamos!».

Al rito de los botijos le precedía la subida al cementerio para adecentar las tumbas y orar por los difuntos de la familia. Los informantes no han puesto demasiado énfasis en esta cuestión cuando han sido preguntados por ella. Lo único destacable por algunos de ellos es que al cementerio subían grupos de mujeres, en un ambiente de tristeza generalizada. Según los testimonios, era usual escuchar llantos durante el tiempo en el que la gente permanecía allí. Los informantes contrastan la diferencia entre el «respeto» que había por los difuntos en esa época y lo que perciben ahora. Otra informante destaca que «se ponía mucho más esmero» en las ofrendas y la decoración de las tumbas.

A la caída de la tarde, cesaba, según las informaciones, la actividad en las calles del pueblo. «Esa noche no se podía salir, porque soltaban a las ánimas del purgatorio», dice una informante. En las casas se cenaban puches[4], y la atmósfera en los domicilios se envolvía, según los testimonios, en un halo de miedo y respeto.

Esa noche se encendían las famosas lamparillas por los difuntos de la familia, atestiguadas en el manual de Luis de Hoyos[5]. En esa noche, en los domicilios, se encendían unas lamparillas que flotaban en un recipiente, comúnmente de cerámica, con una capa de agua y otra de aceite. «Como no había perras, hijo mío, como ahora que nos sobra de to, eso se hacían unas lamparillas que flotaban, en una capilla de agua que luego se le echaba aceite por encima. Las vendían en la tienda, unas cajitas con seis lamparillas, y la gente que tenía menos posibles las hacía con papel y una cerilla, ¿sabes?, como flotaban en aceite pues eso se quedaba así». «Luego ya después pues se ponían velas y eso». Se ha comprobado en las entrevistas que muchas de las mujeres mayores siguen manteniendo velas durante todo el año por sus difuntos.

Respecto al sentimiento de los informantes sobre la noche de los Santos, los testimonios atestiguan que sentían mucho respeto esa noche. La gente no salía a la calle, y no se podía salir solo. En las casas debía mantenerse silencio, incluso abriendo y cerrando las puertas en las casas. «La gente estaba atemorizada, sobre todo desde la noche de los Santos, a las 12, y durante el Día de los Finaos». Los informantes dicen que se contaban «muchas cosas de ánimas». «Pero de verdad que se sentía mucho respeto, hijo mío, no te lo imaginas». Los testimonios de los informantes son reveladores en este sentido: «Mira, hijo mío, de eso se hablaba o no se hablaba ¿sabes?». En este contexto, muchos de los informantes remarcan cosas como: «La gente era muy crédula»; «Era to mentira, pero se decía». Como vemos, el miedo y el respeto a las ánimas estaban muy presentes en esa época, apegado a un horario muy concreto: desde las 12 de la noche de los Santos y durante todo el Día de Finaos (de Difuntos).

La costumbre de salir con las calabazas se atestigua perfectamente gracias a las entrevistas. Por la tarde-noche del Día de los Santos, los muchachos salían con las calaveras talladas en calabazas, iluminadas con una vela en su interior por las calles del pueblo. Según los informantes, «salíamos a dejarlas en el cerro, pero nunca íbamos solos». Los informantes más mayores que nos hablaron de esta costumbre remarcan que era «mucho más antigua». «Sí, hombre, eso era ya antes que yo. Las hacía cuando era pequeño», cuenta un informante de más de ochenta años. Parece que en la primera época que intentamos atestiguar no se pedían aguinaldos para las ánimas con las calaveras de calabaza. En este sentido, un hombre de Fuentes Claras (un pueblo cercano) nos relató cómo, cuando era joven, se disfrazaban de ánimas por la tarde: «Con cuatro remiendos te disfrazabas de espantajo».

De la misma forma, por la tarde-noche se atestigua otra costumbre referente a los puches. Según los testimonios, se hacían dos tipos de puches: unos con azúcar y otros sin azúcar. Los azucarados eran para cenarlos esa noche, y los que no lo estaban tenían como destino tapar las cerraduras de las casas. Solo hemos podido testimoniar que las cerraduras se tapaban con puches: «Por los mozos del pueblo, que salían también de juerga por la tarde». No hemos podido comprobar si se tapaban por la creencia de que las ánimas podían entrar por las cerraduras, como cuenta Luis de Hoyos en el Manual de folklore[6]. Respecto a los puches, se ha podido recoger otra anécdota: «Las ánimas podían venir a darles vueltas a los puches: si venían, no se podían comer». Se cuenta que, si se observaba que los puches habían sido removidos con un dedo «fantasmal», se tiraban directamente a la basura.

Respecto a tapar las cerraduras con puches y sacar las calabazas por la tarde-noche, las informaciones han revelado que esas dos actividades las llevaban a cabo únicamente varones. «Sí, sí, eso eran los muchachos», declara una informante. Otra informante declara que eran los mozos del pueblo los que tapaban las cerraduras con puches, y solían «chisparse con anís».

Durante la realización de las entrevistas, hemos podido atestiguar varias leyendas que se contaban respecto a la noche del Día de los Santos. Una de las más repetidas por los informantes es que no se podía salir a cazar, porque las ánimas podían estar sueltas por los montes[7], y no se podía matar a las liebres: «Al abuelo de Amadeo se le apareció una liebre con una cosa roja en la cabeza, y se levantaba sobre las dos patas, y por mucho que le tiraba tiros no se moría». La leyenda se atestigua cuatro veces con ligeras variaciones entre los entrevistados. Otra leyenda que hemos podido recoger es la de «la fantasma»: se decía que salía una mujer por mitad del pueblo vestida de blanco. Un informante cuenta que después se dijo que era un hombre disfrazado, que aprovechaba el Día de los Santos para cortejar a una mujer poniéndose una sábana por encima, escudándose en el miedo de la gente a lo sobrenatural en aquella fecha.

En este mismo contexto pudimos recoger otra leyenda: «Mi tío Pernales contaba que le vinieron persiguiendo las ánimas con una rastra, desde Colliguilla, cuando venía con el carro». Otra informante nos cuenta que a los niños se les contaban historias de aparecidos cuando cenaban las puches, y que, si salían a la calle, las ánimas les pondrían las «orejas de bacalao». Como vemos, de una manera o de otra, las historias de fantasmas, aparecidos y ánimas estaban muy presentes esa noche. Según una informante, su madre recogía agua bendita y la esparcía por las paredes de la casa el Día de los Santos, «para que no viniera el demonio». En este sentido, hemos recogido otra información interesante: las campanas de la iglesia sonaban «un buen rato» durante la noche de los Santos, para recordar a los fieles que debían rezar por las ánimas del purgatorio, y quizá con la misma función profiláctica y de protección de la que había gozado su sonido durante los siglos anteriores.

Pasada la noche de Todos los Santos, llegaba el Día de los Finaos. Durante los nueve días anteriores se habían venido celebrando las misas del Novenario de Ánimas, que culminaban con las dos misas del Día de Difuntos. En ese día, las gentes procuraban incluso no alzar la voz por las calles. Las ánimas del purgatorio podían salir de él hasta que pasara el día; por lo tanto, se les debía un respeto especial y había que rezar por ellas. Ese día se celebraban dos misas, una por la mañana «para que los labradores no se fueran al campo sin recibir la misa, por lo que pudiera pasar»; y otra a las 12, la hora normal. De cualquier modo, nadie debía salir a la calle ese día sin el poder profiláctico de las misas: se conservaba la creencia de que asistir a una de ellas te protegería de las ánimas durante ese día.

El Novenario de Ánimas se cerraba con la Misa de Ánimas del día 2 de noviembre. Esta misa estaba presidida por un catafalco, cubierto por una tela morada con una calavera pintada de blanco. Una informante, encargada del repique de campanas para la misa de ese día («eran tres toques, el primero con repique y los dos siguientes no»), nos informa que pasaba mucho miedo ese día, por si al subir al campanario se le aparecía «algo», y que recuerda el ambiente «tétrico» de la iglesia presidida por el catafalco.

El concepto de miedo y de opresión que se hace notar entre los entrevistados más mayores comienza a diluirse cuando hablamos con personas de unos sesenta años y menores. Hemos podido recoger testimonios que nos hablan de que, a partir de una época, «los curas ya te decían que eso eran tonterías, que no hiciéramos caso». De la misma forma, algunas familias eran, según los testimonios, mucho más crédulas, y «sufrían el miedo» de forma mucho más exacerbada. En cualquier caso, podemos constatar cómo se van produciendo cambios con el paso de los años.

La costumbre de la recogida de judías también se transforma con el paso del tiempo. De los años de posguerra y escasez, donde se recogían judías todo el año para poder comprar la merienda de los santos, se pasa a recogerlas solo durante el día anterior, de forma testimonial, pues, como hemos podido recoger en las entrevistas, la gente ya podía comprarse bollos y chocolate. En unos pocos años (no sabemos cuántos), el rito de la recogida de judías acaba desapareciendo.

El juego de los botijos se testimonia sin variaciones en las personas entrevistadas de unos sesenta años. El rito se pierde cuando entrevistamos personas menores de cincuenta, así que podemos decir, de una manera muy laxa, que en los años setenta el rito de los botijos ha perdido su forma original. El rito se transforma, y los informantes de unos cincuenta años nos cuentan que colocaban los botijos encima de un murete, encima de la tapia del cementerio, y el objetivo era romperlos a pedradas, una especie de competición de puntería. Los informantes de estas edades nos informan que se sigue manteniendo el almuerzo de chocolate y bollos con los grupos de amigos, y que por las tardes se meriendan puches también con los amigos. Se ha perdido ya, de la misma forma, la costumbre de tapar las cerraduras con puches.

En esta época recogemos que se siguen celebrando las dos misas señaladas anteriormente, pero, desde luego, en las sensaciones trasmitidas por los informantes se ha perdido totalmente el miedo y esa sensación de «respeto» tan señalada por los más mayores. Los informantes de esta edad nos señalan que salían con las calabazas a pedir dinero por las «ánimas benditas», y que después subían a colocarlas a la tapia del cementerio. La principal actividad que se desarrolla por las tardes-noches por parte de los mozos, además de las calabazas, es asustar a los grupos de chiquillos y a los grupos de mozas que salen por el pueblo.

Se acerca Halloween

A partir de los años setenta, y en los ochenta, se produce un tremendo auge, o surge la moda de grabar psicofonías en el cementerio en el Día de los Santos por parte de los jóvenes. Muchos de los testimonios recogidos nos cuentan que, después de las bromas y de asustar a los chiquillos con las calabazas, subían por la noche al cementerio a realizar esta actividad. «Solíamos levantar alguna lápida y meter la grabadora dentro», nos cuenta un informante, entre otras tantas anécdotas relacionadas con el tema. La percepción de estas actividades por su parte es emocionante, pero alejada de cualquier miedo que recuerde al pasado. Como vemos, el «contacto» con lo sobrenatural se sigue produciendo en esa noche, aunque las formas, los ritos, las percepciones y las creencias cambien.

En esta misma franja cronológica, pero algunos años después, en los años ochenta, se comenzaron a organizar en el pueblo de nuestro estudio unos concursos de calabazas el Día de los Santos. En estos años parece que se mantuvo la tradición de almorzar chocolate, merendar puches y los citados concursos de calabazas[8] (además de subirlas al cementerio por la noche).

Gracias a los testimonios de personas que cuentan actualmente con alrededor de treinta años, hemos podido reconstruir el estado de las costumbres en el pueblo en los años noventa[9]. Básicamente, la única actividad que se realizaba era la fabricación de las calabazas, y después salir por la tarde a pedir dinero para las «ánimas benditas». A los niños del pueblo les gustaba mucho ir a los huertos a intentar robar alguna calabaza, aunque muchas veces los dueños acababan regalándolas, o se las habían guardado los padres para la realización de la fiesta. Por supuesto que las historias de ánimas y apariciones se seguían contando, y el ambiente «sobrenatural» y de contacto con la muerte se seguía manteniendo, pero en un estado muy débil, y desde luego desde una perspectiva mucho más amigable. Los niños seguían subiendo las calabazas al cementerio o al cerro al terminar la recogida de aguinaldos, y vivían el día con una especial excitación. Las cuadrillas de mozos y mozas seguían aprovechando ese día para que los niños fueran objeto de sus sustos y bromas. La costumbre de merendar el chocolate y las puches, así como la ruptura de los botijos, se encontraban ya en esta época totalmente perdidas.

¿Qué es lo que pasó? En los años noventa, en algún momento que no hemos podido constatar, pasó a celebrarse el Día de las Calabazas el 31 de octubre, seguramente porque en España, poco a poco, se iba poniendo de moda la celebración de Halloween. La costumbre principal entre los niños comenzó a ser la preparación y la salida con las calabazas el día 31; y el día 1 de noviembre, cuando tradicionalmente se habían realizado las costumbres de almorzar chocolate, puches, etc., se quedó arrinconado con la única actividad de la visita al cementerio, que se siguió celebrando (al igual que las misas, etc.), pero sin tener nada que ver ya con la parte festiva de las costumbres.

Pero el Día de las Calabazas no pasó a ser algo parecido al Halloween americano automáticamente. Hasta al menos el comienzo del siglo xxi, las costumbres del Día de las Calabazas se mantuvieron prácticamente intactas. Los niños continuaban preparando sus calabazas, pidiendo «para las ánimas» y subiendo al final de la jornada al cementerio para depositarlas y sufriendo las bromas de los mozos más mayores. Unos años después, ha podido observarse una especie de «fusión» entre Halloween y el Día de las Calabazas, cuando los niños salían disfrazados, pero manteniendo el rito de preparación de la calabaza, saliendo a pedir dinero para las ánimas y depositando después su calabaza en el cementerio. Solo en los últimos años, el «truco o trato» se ha instalado en Chillarón, dejando de lado casi todo el rastro del Día de las Calabazas, y actualmente se celebra junto con otra serie de actividades.

El Día de Todos los Santos en la actualidad

En el año 2011 una asociación cultural de Chillarón, junto con los jóvenes del pueblo, decidió tomar una iniciativa para la revitalización de la fiesta de Todos los Santos y aumentar la cohesión social y el acercamiento de los vecinos del pueblo en ese día, y al mismo tiempo para realizar actividades para los niños del municipio. Desde ese año, se han venido realizando diversas actividades todos los años, bajo la denominación del Día de Halloween, como una procesión de la Santa Compaña, un desfile de una carroza infantil, merienda de puches, baile de disfraces para los niños, etc. Podemos observar el cartel con las actividades de 2014 en la imagen que ofrecemos (figura 1). Según los organizadores de la fiesta, además de recordar algunas tradiciones que se habían perdido, como las de los botijos y los puches, se quería rememorar el Día de los Santos para los niños del pueblo, pues el recuerdo general de toda la gente que organiza los eventos es que el Día de Todos los Santos era un día muy especial y divertido en su niñez y juventud.

Sin duda, debemos notar que son las formas del Día de Halloween las que dominan las celebraciones y la mayoría de las actividades, a pesar de que se intenten rememorar las costumbres de las puches y botijos. Una de las actividades más interesantes que podemos observar en esta fiesta en Chillarón en la actualidad es la de la procesión de la Santa Compaña, que se celebra el día 31 y precede al baile de disfraces para los niños que cierra las actividades de esa tarde. Según los organizadores, «se pretendía hacer algo tétrico, en consonancia con las creencias que se dan en este día: juntar el mundo de los muertos con el de los vivos. También hacemos referencia a la Santa Compaña porque es una de las tradiciones más bonitas, y entronca con las creencias que teníamos en el pueblo sobre las ánimas que estaban sueltas por el monte, y que podían pasar al mundo de los vivos en esos días».

La procesión se compone de una calabaza muy grande que se transporta sobre unas andas por las calles del pueblo, por las afueras y por los cerros, por los participantes, que se disfrazan de esqueletos con capa y capucha (figuras 2, 3 y 4). Detrás de la comitiva principal se colocan otros participantes con tambores de turbas[10] y túnicas, pintados de zombis (figura 5), que van marcando el ritmo, y en los momentos de mayor éxtasis tocan más fuerte y rápido. En una ocasión, un participante se vistió de cura y fue presidiendo la procesión leyendo versículos de la Biblia en voz alta (esto le dio a la procesión un ambiente muy «tétrico», que gustó mucho a los participantes). Durante el desarrollo de la procesión, se combinan momentos de silencio con momentos de excitación, donde los participantes repiten fuertemente las palabras ¡Dominus mortis!, y los tambores tocan rápido y fuerte. Este es uno de los momentos que más gustan a los niños, pues hemos podido observar que este año, antes de la salida de la procesión, un grupo de niños gritaba la frase sin parar mientras esperaban la salida. Debemos señalar que antes y después de la salida de la procesión se observan los típicos grupos de niños disfrazados practicando el «truco o trato». Ni una sola calabaza hecha a mano (excepto la de la procesión) ha podido ser observada en el pueblo este año.

Detrás de la procesión se enmarañan los vecinos del pueblo, de todas las edades, que la siguen por todo su recorrido. A la vez, se saca una carroza para los niños más pequeños, decorada con motivos de Halloween (figura 6). La gente más mayor del pueblo ha aceptado sin reservas esta nueva costumbre y participa cada vez que se realiza, no habiendo existido ningún tipo de queja al respecto.

Después de la procesión, se celebra para los niños un baile de disfraces, también con la típica decoración de Halloween. También, después de la procesión, se monta y se escenifica un «pasaje del terror» (figura 7).

El día 1 de noviembre se celebra, al mediodía, un concurso de gachas. Se preparan varias sartenes y se ofrece de premio un vino y un jamón. Toda la gente del pueblo come junta y oficia de juez para premiar el mejor plato. La tarde del sábado suele dedicarse a ofrecer la típica merienda de puches y una queimada (figuras 8 y 9). Los puches han sido especialmente bien acogidos, pues los habitantes más mayores del pueblo son los que las preparan y enseñan a prepararlas a los más jóvenes. Entre las conversaciones que se escuchaban, podían oírse varias relativas a cuando en el pueblo las gentes se reunían en las casas para merendar puches.

Aunque en el 2014 no se ha programado, los años anteriores se hizo, para los niños, un intento de revitalización de la tradición de los botijos. Como podemos ver en la imagen (figura 10), se colgaron botijos a modo de piñata, y los niños debían intentar romperlos con un bastón de madera. Hemos visto que esta forma de «romper los botijos» no tiene nada que ver con la antigua costumbre que se practicaba en el pueblo, ni siquiera tiene que ver con la manera en que los mozos rompían los botijos en los años setenta, sobre un muro y a pedradas.



NOTAS

[1] Todas las entrevistas realizadas para este trabajo están en posesión del autor.

[2] Verbo que significa ‘quitar las cáscaras de los frutos secos’. El verbo no se recoge en el diccionario de la RAE, pero se encuentra en un diccionario de localismos de la zona soriana: http://soria-goig.com/vocabulario/pag_0604.htm.

[3] Corral donde se guardaban los cerdos.

[4] Una especie de gachas dulces elaboradas con harina, agua y azúcar, a veces con torreznos.

[5] De Hoyos, L., Manual de folklore, Madrid, 1947, pp. 359-369.

[6] De Hoyos, L., Manual de folklore, Madrid, 1947, pp. 359-369.

[7] Cómo no recordar la famosa leyenda de Gustavo Adolfo Becker: «El monte de la ánimas».

[8] Obviamente, también se mantiene la costumbre de visitar los cementerios, pero no hemos podido abarcar tanto en la investigación para profundizar en ella y averiguar si se producen cambios de interés.

[9] De la misma forma, los recuerdos del autor de estas líneas contribuyen a la redacción de este párrafo, por haber estado presente y participado en la fiesta en muchos de los años de su niñez.

[10] Nombre popular de la típica procesión conquense Camino del Calvario que se celebra en la madrugada del Jueves Santo en Cuenca.