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El Caracol, una danza ritual tradicional de Prádena de la Sierra (Segovia) el día de San Andrés

HERRERO GOMEZ, Guillermo / ALVAREZ COLLADO, Fuencisla

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 424.

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La Sierra de Guadarrama, en cuya vertiente norte se localiza Prádena de la Sierra, ha determinado sobremanera la vida de este pueblo, del que se tiene documentación desde mediados del siglo xiii, si bien el solar estuvo ocupado ya en la prehistoria, como reflejan los hallazgos de la cueva de Los Enebralejos, con ocupación humana en el Calcolítico, aproximadamente entre los años 2.120 y 1.850 antes de Jesucristo.

Los rigurosos inviernos y los tórridos veranos resultan extremadamente duros para la agricultura, pero no así para la ganadería. Su suelo «ha sido siempre especialmente apto para la ganadería, con preferencia para el ganado ovino lanar, que fue abundante, pero también para el vacuno, siendo apreciadas en especial las terneras de esta zona serrana por la exquisitez de su carne»[1].

Entre el casco urbano de Prádena y las más altas cumbres de la Sierra de Guadarrama —la de mayor altitud en el término municipal es el puerto de Peña Quemada, con 1.833 metros— se sitúa la Cañada Real Soriana Occidental, también llamada ‘la Vera de la Sierra’, una vía pecuaria que partiendo de tierras riojanas acaba en Extremadura, en la provincia de Badajoz. Su recorrido segoviano se inicia en las inmediaciones de Ayllón, atravesando por el piedemonte serrano toda la provincia, despidiéndose de ella cerca de Villacastín, desde donde entra en Ávila.

La Cañada Real Soriana Occidental constituye un elemento clave en la configuración de la historia de Prádena, pues ha condicionado la economía de sus gentes desde tiempo inmemorial. La función de esta vía, considerada por los arqueólogos como «trasunto de precedentes caminos pecuarios utilizados desde época prerromana»[2], era la de facilitar la trashumancia entre zonas geográficas alejadas, conectando los pastos de invierno de las dehesas meridionales y los agostaderos. Posiblemente, la cercana Confloenta, la ciudad romana de Duratón, quedara integrada en la red que posibilitaba los movimientos ganaderos a nivel peninsular[3].

Comprobada, pues, está la continuidad de pastoreo en estas tierras segovianas desde el Neolítico hasta época romana, y sin que se produjeran rupturas, así prosiguió en las siguientes centurias[4]. La Cañada Real Soriana Occidental ha seguido ocupando un papel fundamental en la economía de los pueblos por los que discurre, entre ellos Prádena, hasta que en la segunda mitad del siglo xx se produjo, por diferentes causas, un brusco descenso de su uso. En el siglo xxi ha entrado prácticamente como una reliquia del pasado ganadero.

Pero el influjo de la Cañada Real Soriana Occidental sobre los municipios por donde transita no ha sido únicamente económico. También ha repercutido en la forma de vida de los lugareños y su mentalidad. Esa influencia abarca aspectos muy diferentes. Si el recordado cocinero Tomás Urrialde insistía, una y otra vez, en que los embutidos segovianos no habrían alcanzado justa fama si no hubiera sido por el pimentón que los pastores trashumantes traían de Extremadura[5], recientes estudios profundizan en la conexión entre municipios situados en la Cañada Real Soriana Occidental. Así, Esther Maganto[6] sostiene que, en buena medida, la localización geográfica de los danzantes ataviados con enaguado masculino coincide con dicha vía pecuaria. Para Fuencisla Álvarez[7] no es casualidad que los municipios donde perviven las danzas de palos se sitúen en torno a la Cañada Real Soriana Occidental. Con toda probabilidad, los núcleos de esta vía pecuaria también compartan algunas celebraciones festivas; valga como ejemplo la de San Andrés, que pervive en el municipio de San Andrés de Cameros —la comarca de donde parte la Cañada Real Soriana Occidental—, y también en Prádena.

En el caso de la localidad segoviana, esta fiesta se reduce hoy a un rito de aroma claramente pastoril, dado que no hay ningún acto religioso vinculado.

En la actualidad, a primera hora de la tarde de cada 30 de noviembre, festividad de San Andrés, la chiquillería se reúne en la plaza principal del pueblo. Los más mayores tienen 14 ó 15 años. Los más pequeños, 6 ó 7. Nunca acuden niñas. «Deben quedarse en casa —explica Manuel Manrique (23 años)—; antiguamente, si aparecía alguna, corrían tras ella para darla un varazo; ahora, simplemente se intenta asustarla, pero no se la atiza».

La indumentaria es la corriente de los chicos de esa edad. Salvo los cencerros. Cada uno se coloca varios, cruzados sobre el tórax. Son cencerros heredados, que van pasando de padres a hijos. Por lo común, son grandes, de los utilizados por las vacas. Alguno hay también pequeño, de oveja, pero en este caso únicamente los portan los más pequeños del grupo, «para que pesen menos».

A las cinco en punto comienza el rito, que no requiere de ensayos previos los días anteriores. El de mayor edad inicia el que llaman «el Caracol de recogida», formando un gran círculo donde se coloca a los congregados por edad, distanciados entre sí varios metros, de forma que el último —el más pequeño— acaba junto al mayor, al que suelen denominan «guía» o «pastor» («yo le llamo así porque le relaciono con el rebaño de ovejas; es él quien debe coger las ovejas y guiarlas por el pueblo», afirma Jorge García, de 22 años). Este «pastor» comienza a saltar, haciendo sonar sus cencerros, y el resto del grupo hace lo mismo, en el lugar asignado a cada uno. Tras un breve rato, el «guía» comienza dar la vuelta al redondel, sorteando a sus componentes —al primero por la derecha y al siguiente por la izquierda, y así sucesivamente—. Acabada la primera vuelta, se coloca, detrás del «guía», el segundo de edad, iniciando otro giro. Esta coreografía se repite tantas veces como miembros tenga el corro, hasta que la circunferencia inicial se transforma en hilera. En ese momento, el grupo abandona la plaza, a toda velocidad, sin que los chicos pierdan la posición que ocupan en la fila. Únicamente se salen de ella los de mayor edad, que portan varas, habitualmente de fresno. Estos últimos van controlando la hilera, «para que los más pequeños no se salgan de ella o se queden retrasados», además de asustar a las chicas con las que se encuentran.

El recorrido no es lineal, sino que se va haciendo curvas, culebreando. El «pastor» decide el itinerario del grupo, que no está definido previamente. «Se va por donde él dice», señala Jorge García. «Se intenta pasar por las principales calles de la parte vieja del pueblo, a la zona nueva no se sube», agrega Manuel Manrique. Los vecinos que escuchan desde sus casas el cencerreo suelen salir a la calle a ver el espectáculo. La carrera dura en torno a media hora, siendo su meta la cercana cueva de Las Grajas. Allí se descansa un rato, tiempo suficiente para que los veteranos muestren la cavidad a los nóveles. La intención declarada es la de que los más pequeños «vean lo que hay y lo puedan enseñar cuando sean ellos los mayores», explica Manuel Manrique. En esta visita guiada a la gruta también se intenta dar un susto a los menores, a costa de los murciélagos, hoy menos abundantes que antaño.

Desde Las Grajas, el grupo se dirige luego a la plaza principal de Prádena, de nuevo culebreando. Y ya en el destino final tiene lugar «el Caracol de dejada», inverso al inicial «de recogida», de forma que tras dar todos los chicos una vuelta entera, el último para de correr, quedándose en el lugar que le indica el «pastor» pero no quieto, pues debe botar para hacer sonar sus cencerros. En el segundo rodeo a la plaza se para el penúltimo, a un par de metros del primero que se quedó, y así sucesivamente. Al igual que en «el Caracol de recogida», los participantes van zigzagueando, de forma que superan a uno de los que está saltando en un punto por la derecha y al siguiente por la izquierda. La última vuelta la hace únicamente el «pastor», quien al final se coloca en el lugar que cierra el círculo. Durante unos segundos, el estruendo continúa. Todos botan en su lugar, hasta que el «pastor» para. El resto hace acto seguido lo mismo. El rito ha finalizado.

Ya por la noche, los más veteranos del grupo suelen ir a cenar a Las Grajas, aceptándose la entrada de jóvenes de mayor edad que no han participado en la cencerrada. Se hace una lumbre para quien quiera cocinar allí, si bien algunos prefieren llevar la cena de casa.

En la actualidad, el rito se celebra el día de San Andrés, y se repite el fin de semana más próximo. En cuanto a su significado, Jorge García reconoce haber escuchado a los mayores de su familia que «algo tenía que ver» con la trashumancia. Por su parte, Manuel Manrique se felicita por la pervivencia del rito. «Si sigue todavía —declara— es que algo hemos hecho bien; lo hemos dado continuidad», dando a entender que cada generación es un eslabón de una invisible cadena que une a todos los que han sido y son hijos de Prádena. «Ver a los chicos cómo lo hacen es un orgullo; (el rito) es una tradición de nuestro pueblo y se debe respetar», concluye.

Como es lógico, el rito no ha permanecido inalterado. Hasta donde alcanza la memoria de las personas de mayor edad de Prádena ha ido cambiando de forma progresiva en las últimas décadas. No es algo extraño, pues las fiestas no dejan de ser reflejo de la permanente evolución del ser humano.

«¡Claro que ha cambiado la fiesta!», sostiene Lorenzo Sanz (64 años). «Cada vez hay menos chicos», agrega. Aunque, para empezar, resulta innegable la disminución del número de participantes en el rito, ese hecho se deriva, principalmente, del brusco descenso poblacional sufrido por Prádena desde la segunda mitad del siglo xx. En cuanto a la coreografía del ritual, y a pesar de que Sanz sostiene que «la danza no ha cambiado mucho» en el último medio siglo, lo cierto es que a continuación señala diferencias. Dice, a modo de ejemplo, que quien dirigía la danza, el «pastor», era «el de mayor edad o el que tenía los mejores cencerros». Sobre los cencerros, apunta que «normalmente eran dos, iguales, para que sonaran igual». Y, en cuanto al significado de San Andrés en Prádena, sostiene que es una fiesta «más bien de pastores» dado que, según se contaba desde antiguo «desciende de los pastores».

Si este último informante, participante en la cencerrada hace cerca medio siglo, ofrece datos sobre las variaciones registradas desde entonces, la evolución del rito se hace más evidente al escuchar a personas de mayor edad, que lo vivieron hace unos 75 años. Pablo Álvaro (86 años) asegura, para empezar, que en su infancia el rito se celebraba únicamente el 30 de noviembre, festividad de San Andrés. Se desarrollaba durante toda la jornada, tanto en horario matutino como vespertino. «Todo el día estábamos con los cencerros», asegura. Las clases de la escuela de Prádena se suspendían ese día, para felicidad de la chiquillería, que consideraba que aquel «era el mejor día, el que todos estábamos esperando que llegara». Participaban en la danza los chicos desde seis a catorce años; «los que íbamos a la escuela», resume Álvaro, aunque advirtiendo que siempre se unía al grupo, para cencerrear, «algún pastorcillo que no iba a la escuela». En total, se juntaban «110 ó 115 chicos», una cifra notablemente superior a la de la danza actual.

A quien dirigía la danza le llamaban «el manso». «En cada rebaño —explica Álvaro— siempre tiene que haber un carnero, el manso, para dirigir a las ovejas». En cuanto al resto de participantes, no se colocaban por edad, sino que «se escogía por los cencerros». Por lo común, cada chico llevaba dos. La norma era que «los mejores (cencerros), los primeros». La danza se efectuaba no solo en la plaza de Prádena, sino «en todas las plazuelas» del pueblo. La gran cantidad de participantes convertía el rito en un auténtico espectáculo, en el que «cuando entraba el último en una plazuela, estaba ya saliendo el primero de ella». En cuanto al dibujo de los danzantes, Álvaro asegura que «antes era más en forma de caracol; ahora lo que se forma es un círculo». En ese sentido, advierte que, en su infancia, el caracol se iba cerrando de forma progresiva y «cuando estaba hecho, ‘el manso’ lo cortaba», de forma que el primero pasaba entre dos de los componentes de la misma que iban detrás de él.

Álvaro insiste en que, en su época, el lugar de reunión de quienes iban a cencerrear era la cueva de Las Grajas, donde se cogían algunos murciélagos que, atados a una vara larga, servían para asustar a las chicas con las que después se topaban quienes hacían ‘el Caracol’. Acabada la danza, se regresaba a Las Grajas. Y allí, en una lumbre, se asaban patatas.

Aunque Álvaro «nunca» oyó decir que en Prádena hubiera actos religiosos en honor a San Andrés el día de su festividad, sí recuerda actos profanos en tal jornada, en concreto «había baile nocturno, en el salón La Gloria». Y los chicos solían asistir, si bien antes ataban con un pañuelo los cencerros, «para que no sonaran».

Otras danzas rituales serpenteantes en la provincia de Segovia

Prádena no es la única localidad de la provincia de Segovia donde se mantiene una danza ritual serpenteante.

Del Caracol o Culebra descrito se extraen dos contenidos diseminados por distintos momentos festivos en la provincia: los cencerros, y la propia figura derivada del motivo serpenteante. Los cencerros, asociados a cencerradas como la celebrada el día de Reyes en Tabanera del Monte, actualmente perdida; y la propia figura del Caracol o Culebra, diseminada por un amplio número de danzas rituales de la provincia.

Como ejemplo, en ‘la Sierra’ —entendiendo como tal una de las zonas en las que se divide el mapa de danzas de la provincia—[8], a lo largo de la Cañada Real Soriana Occidental se han identificado varias manifestaciones con la figura de Caracol o Culebra. En concreto, en San Pedro de Gaíllos y Arcones.

Motivos serpenteantes, y la presencia del que va recogiendo a cada uno de los integrantes para formar la culebra se aprecian en la danza ritual ‘la Cruz’ de San Pedro de Gaíllos y ‘el Caracol’ de Arcones. Se trata de danzas homólogas en coreografía y melodía, las cuales se interpretan con la dulzaina y se estructuran en una sola parte, repetida sucesivamente, hasta que se completa la danza.

La danza ‘La Cruz’ de San Pedro de Gaíllos, bajo un ritmo melódico de 5/8, es ejecutada por un grupo de ocho «danzantas»[9] desde la figura de la Cruz —de ahí el nombre que recibe—, mientras el zarragón las va recogiendo una a una para saludar a la imagen, mientras escriben un serpenteo, dejándolas nuevamente en sus posiciones con el mismo movimiento. Las «danzantas» van cambiándose de puesto, y al final de cada mudanza siempre terminan en forma de cruz[10].

En ‘el Caracol’ de Arcones se aprecian distintas estructuras dentro de la coreografía realizada por el grupo mixto de ocho danzantes: hilera de dos, engarzado de brazos, formación en cruz, y el serpenteo o Caracol que dará nombre a la danza. Un danzante —aquí no aparece el personaje de ‘la zorra’ o ‘el zarragón’— serpentea entre el resto y a este movimiento se van sumando uno a uno el resto de los componentes, mientras hacen y deshacen una cruz. Todo esto sobre una melodía en 5/8, aunque algunas transcripciones, posiblemente poco depuradas, transcriban originales en 3/8.

En Segovia perviven, por tanto, formaciones en cruz denominadas Caracol, y formaciones de caracol llamadas Cruz. Su diseño melódico, muy similar, invita a pensar en la misma danza, o al menos en una etiología común de la misma, así como de los diseños y figuras de la coreografía.

Pero el área de distribución de las danzas descriptivas de ‘el Caracol’ y ‘la Culebra’, formadas a partir de un guía que va recogiendo al resto de danzantes, no se ciñe a la provincia de Segovia, encontrándose multitud de casos fuera de ella.

Siguiendo el rastro de la Cañada Real Soriana Occidental hacia Extremadura, en un entorno pastoril, se descubre una en Portaje (Cáceres)[11]. Allí, «danzaban ritualmente dentro de la iglesia el caracol cuando se acercaban a comulgar y cuando se retiraban del altar mayor». También en Montehermoso (Cáceres), en la danza ‘la Culebra’, se representa el movimiento de este animal, cuando el palotero coge a cada uno de los danzaores hasta que se forma una fila con la que se van describiendo las ondulaciones del reptil.

Más allá de Extremadura, en la provincia de Huelva, se encuentran más ejemplos. A. J. Delgado Méndez[12] ha estudiado la danza del Caracol en los Montes de San Benito, que se ejecuta en la comida que da el mayordomo y que sirve como agradecimiento al que se va y al nuevo; igualmente, en Villablanca hay una mudanza denominada ‘la Culebra’. Los testimonios recogidos sostienen que éste se realizaba cuando los pastores se reunían. En ella, el manijero hace una fila y va recogiendo a todos los danzantes.

Esta última mudanza, denominada ‘la Culebra’, es descrita igualmente por J. Agudo Torrico et alii[13] cuando escriben sobre ‘la Danza de Palos o de Pastores’ de Villablanca:

Dispuestos en fila, el manijero va pasando por detrás de los danzantes que le siguen. En la medida que lo hace arrastra tras de sí a sus compañeros, que van pasando alternativamente por detrás de cada uno de los danzantes por los que ya ha pasado el manijero, hasta que todos lo hacen y se recompone la fila.

Por tanto, desde Segovia hasta Plasencia y desde Plasencia hasta Huelva, a través de las cañadas, se constata la presencia de la danza ‘la Culebra/el Caracol’, lo que se antoja como una prueba indiscutible de patrimonio inmaterial compartido, en este caso asociado a la cultura pastoril.

Un posible significado de la figura del caracol o la culebra en las danzas de pastores

Mira Ortiz[14], explicando la simbología de la danza ‘el Caracol’ y ‘la Culebra’, de Murcia, apunta que estas danzas basadas en hacer y deshacer una espiral a base de pasos complejos simbolizan las dificultades del propio hombre en el camino de la vida. A su entender, hacer la espiral simboliza andar por el mal camino, y equivale al estado del hombre en pecado; y deshacerla es encontrar el buen camino, simbolizado en la resurrección. De este modo, la danza compone una espiral, hasta encerrarse en el centro, para después deshacerla o salir de ella. Ése podría ser su simbolismo, su mensaje espiritual: morir y resucitar.

Esta misma autora defiende que el origen de estas danzas podría situarse en la cultura celta, argumentando a favor de tal tesis las analogías que guardan con la denominada ‘Danza del Sol’. En ambos casos, se desarrollan sobre un recorrido laberíntico o circular, que acaban superando hasta encontrar el camino acertado.



NOTAS


[1] MUNICIO GÓMEZ, LUCIANO: «Prádena de la Sierra y su ochavo. Apuntes para la historia». Diputación Provincial de Segovia y Ayuntamiento de Prádena. Segovia, 2000.

[2] MARTÍNEZ CABALLERO, SANTIAGO, en «La ciudad de Confluentia — Duratón y su territorio», artículo incluido en el libro «Segovia romana II. Gentes y territorios». Caja Segovia, Obra Social y Cultural. Segovia, 2010.

[3] MARTÍNEZ CABALLERO, SANTIAGO, en opus. cit. Página 209.

[4] HERRERO GÓMEZ, GUILLERMO, en «Cultura pastoril», de Fran Bernardino. Diputación Provincial de Segovia. Segovia, 2016

[5] Comunicación personal con Guillermo Herrero.

[6] MAGANTO HURTADO, ESTHER: «Los danzantes de enagüillas en la provincia de Segovia. Mapa geográfico-festivo a comienzos del siglo xxi». Instituto de la Cultura Tradicional ‘Manuel González Herrero’. Segovia, 2015.

[7] ALVAREZ COLLADO, FUENCISLA: «Las danzas de paloteo en la provincia de Segovia: mapas de danza diacrónico y sincrónico, y análisis de su interpretación». Jentilbaratz. Cuadernos de folclore nº14. Páginas 301-315. 2012.

[8] ALVAREZ COLLADO, Fuencisla: «Las danzas de palos en la provincia de Segovia: estudio etnomusicológico y repertorio para dulzaina». Diputación Provincial de Segovia. Segovia, 2015. En el mencionado trabajo, la autora considera que el mapa de danzas provincial tiene tres zonas bien definidas: ‘Circundantes Capital’, ‘Sierra’ y ‘Llano’.

[9] Se utiliza este término por ser el que aparece desde el siglo xvii de forma recurrente en libros de cofradías para denominar a los grupos femeninos que participaban con sus danzas en las procesiones.

[10] ORGAZ, PABLO. Declaraciones realizadas por este dulzainero de la localidad en el vídeo «Las danzas de San Pedro».

[11] BARRIOS MANZANO, M. P. «Danza y ritual en España». CIOFF. 2009.

[12] DELGADO MÉNDEZ, A. J. «Tradición y patrimonio. Imágenes de permanencia y cambio en las danzas rituales onubenses». Tesis doctoral inédita, dirigida por Juan Agudo Torrico, del Departamento de Antropología Social de la Universidad de Sevilla. 2016.

[13] AGUDO TORRICO, J.; JIMÉNEZ DE MADARIAGA, C.; GARCÍA GALLARDO, F.J.; y ARREONDO PÉREZ, H. «Danzas de la provincia de Huelva». Diputación de Huelva, 2010.

[14] MIRA ORTIZ, I. «Simbolismo de la danza del Caracol y de la Caracola de Los Armaos de Semana Santa en Domingo de Resurrección». Congreso Internacional de Hermandades y Cofradías. Murcia, 2008.