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EMA, exvotos de Japón

MARTIN CRIADO, Arturo

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 426.

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Introducción

Los ema actuales son pequeñas tablillas de pino, de unos 15x10 centímetros, con una imagen serigrafiada en una cara y libre la otra, donde se escriben peticiones o agradecimientos a las divinidades tanto sintoístas como budistas, pues, si bien es, en principio, un elemento de culto propio de la religión sintoísta, la larga convivencia y el sincretismo entre ambas religiones ha hecho que compartan muchos rasgos cultuales como este[1]. Son ofrendas dirigidas a una divinidad concreta por medio de las que se pide un bien de cualquier tipo en relación con uno mismo o algún familiar, o bien se agradece el favor ya recibido (fig. 1). El término japonés ema se suele traducir por medio de las expresiones inglesas «votive offering» o «votive picture», literalmente ‘ofrenda votiva’ o ‘imagen votiva’, pero en sentido estricto solo una parte de estas tablillas, las que expresan agradecimiento, se podrían considerar exvotos, si bien en Europa también muchas de las ofrendas votivas son de petición más que de agradecimiento, es decir, tienen más de votos que de exvotos.

La palabra japonesa ema quiere decir, literalmente, imagen (e-) de caballo (-ma). Esto se debe a que, en un principio, lo que se ofrecía realmente a los dioses eran caballos vivos, ofrenda que, lógicamente, no estaba al alcance de todo el mundo. De hecho, este tipo de ofrendas ha seguido existiendo y en el santuario Toshogu de Nikko, donde se hallan las tumbas de los primeros Tokugawa, el clan feudal que gobernó Japón con mano de hierro desde el siglo xvii al xix (periodo Edo), existe el famoso establo donde vivían los caballos ofrecidos a los dioses, aunque hoy día es más conocido porque en una de sus paredes de madera están tallados los famosos tres monos, que se tapan la boca, los ojos y los oídos, entre otras imágenes de monos no tan conocidas[2]. En muchos otros santuarios había caballos vivos, y todavía los hay en alguno, como en el santuario de Kamigamo Jinja, al norte de Kioto. Después los caballos reales fueron siendo sustituidos por sus imágenes, que resultaban más asequibles para la mayoría. Este es un proceso que ya los antiguos se plantearon, pues no creían justo que los dioses trataran mejor a los ricos por ser mejores sus ofrendas. Entre los griegos se decía que cada persona tenía que hacer sacrificios «de acuerdo con sus medios»[3]. Junto a ofrendas valiosas, los santuarios, desde la Prehistoria, se llenaron de sustitutos pintados o esculpidos de valor simbólico[4]. En otros santuarios japoneses, encontramos estatuas de caballos de tamaño natural, como la que se puede ver en el famoso santuario de Fushimi Inari (fig. 2), al que se hacen ofrendas de zanahorias como al caballo vivo de Kamigamo Jinja.

El caballo en la cultura japonesa tenía gran importancia tanto en la vida cotidiana, como animal de transporte y de guerra, como en la religión, ya que era considerado montura de los dioses, en la que ellos se trasladaban, o una especie de mensajero divino, que llevaba las peticiones y ofrendas de las personas hasta la divinidad. Además, estaban relacionados con los ritos y sacrificios de la lluvia. Para pedir que lloviera, se ofrecía un caballo negro, como los nubarrones oscuros de la tormenta, que ocasionan fuertes lluvias. Para que dejara de llover, se ofrecía un caballo blanco, como las nubes algodonosas que cubren el cielo cuando la tormenta ha pasado[5]. Hay otras teorías que proponen que quizás los ema antiguos tenían como fin conseguir la protección divina a los caballos, o que es posible que el caballo fuera un mensajero de los muertos, que los relacionaba con el mundo de los vivos[6], pero se consideran poco plausibles.

Las tablillas pintadas con imágenes de caballos son muy antiguas; se conoce un par de ellas del periodo Nara (siglo viii)[7], y, en imágenes pintadas del periodo Kamakura (siglos xii-xiv), se aprecian templos en los que aparecen ema de caballos. En siglos posteriores se pintan cuadros de gran tamaño, obra a veces de pintores conocidos, encargo de guerreros o de ricos comerciantes, conocidos como oema, y considerados obras de arte. Para exponerlos a la vista de todo el mundo, a partir del siglo xv se construyen emado, edificios rectangulares en forma de pórticos abiertos, con columnas de madera, si bien en algunos templos budistas están colgados en las paredes exteriores bajo los aleros. El emado más antiguo conservado es el del santuario de Kitano, en Kioto (fig. 3), construido en el año de 1606[8].

Estos pórticos suelen estar en un lugar secundario dentro del amplio recinto del santuario, un poco apartados. Algunos se encuentran bastante abandonados, a veces vallados, como el del santuario Yasaka, antiguo Gion, de Kioto, para que nadie entre y use ese espacio techado como refugio y zona de descanso, que es para lo que sirve en la mayoría de los casos. Muchos, como el de Kitano, tienen máquinas expendedoras de bebida y comida, y una especie de banquimesas donde uno puede sentarse a comer o simplemente a descansar. Los cuadros votivos se hallan colgados todos alrededor, protegidos por el tejado saliente, y en el interior, cuyo alto techo está dividido en espacios cuadrangulares donde se amontonan los cuadros pintados y algunos en relieve (fig. 4).

Oema. Exvotos de tamaño grande

Hay dos tipos de ema: los de gran tamaño, algunos fueron elaborados por artistas profesionales, son denominados oema y por lo general se consideran obras de arte. Los de pequeño tamaño, tablillas artesanales, hoy día de producción industrial, se denominan koema y se clasifican como arte popular[9]. En general, los oema son antiguos, la mayoría de los conservados son del período Edo (siglos xvii-xix), y solo algunos pocos del siglo xx. Los samurai y comerciantes mejor situados en la sociedad los encargaban a pintores y escultores profesionales, pero también los hay confeccionados por artesanos o aficionados, a veces los propios oferentes. Son pinturas de formato rectangular ejecutadas con diferentes técnicas directamente sobre una o varias tablas, y suelen estar enmarcados. También los hay pintados con tintas de colores sobre papel, pero son menos frecuentes.

La imagen del caballo no falta en cualquier colección de ema de santuarios sintoístas o de templos budistas. Se representa al caballo solo, en diferentes actitudes, en distintos colores, aunque el que más abunda es el blanco. Suele llevar brida pero no montura, y en su lugar está envuelto con la típica tela japonesa para regalo, furoshiki, como si fuera un hatillo que se regala (fig. 5).

En la ciudad de Takayama, población de la prefectura de Gifu enclavada en un valle entre montañas, que tiene un magnífico museo etnográfico, Hida no Sato, que sigue el modelo nórdico europeo, son famosos sus caballos pintados con tintas sobre papel (fig. 6).

Además de ofrecerlos a los dioses, se colocan a la entrada de las casas como amuletos protectores. Junto al caballo, es frecuente encontrar representaciones de otros animales importantes en la cultura japonesa: vacas, toros, gallos, palomas, etc. (figs. 7 y 8).

Si se representan los animales que se ofrecen a los dioses, no podían faltar las imágenes de estos, si bien el sintoísmo tiende a ser anicónico y en sus santuarios la presencia divina se indica por el gohei, especie de arbolito hecho de papel, o el espejo, por lo que estas son más frecuentes en los templos budistas. Como ejemplo he elegido el de Nigatsudo, en Nara, la antigua capital imperial, que es un templo subsidiario del monumental Todaiji. Está consagrado a Kannon, la diosa del budismo japonés que procede del bodhisattva Avalokitesvara, el más importante de los bodhisattva y «para muchos creyentes mahayana, es sencillamente la figura más importante del panteón budista»[10]. En una de las tablas que cuelgan en los muros exteriores del templo, aparece la imagen de la diosa en bajorrelieve pintado, de pie y sobre una flor de loto (fig. 9). Hay otros exvotos en los que la divinidad, representada sobre una pequeña nube blanca, realiza un milagro. En el de la figura 10, lanza sus rayos sobre unos ladrones que han abierto un boquete para robar una casa y que huyen despavoridos.

En el santuario de Kitano, de Kioto, hay una pintura que representa a Confucio[11] sentado en un trono acompañado de dos grupos de hombres dispuestos simétricamente a ambos lados y, entre ellos, un pequeño kirin. No hay que olvidar que, durante el periodo Edo, la figura de Confucio y su doctrina conoció un nuevo auge en Japón, pues los Tokugawa se sintieron más cercanos al confucianismo que al budismo predominante hasta entonces[12]. En este cuadro (fig. 11) se alude a la leyenda de Confucio y el kirin, animal fantástico con cabeza de dragón, cuerpo de caballo aunque con pezuñas hendidas de vacuno, envuelto en llamas. Es un animal que aparece en la tierra muy de tarde en tarde, para anunciar una nueva era, o el nacimiento de un ser extraordinario. Por eso la madre de Confucio encontró uno poco antes de que él naciera, y también se presentó antes de que muriera. El kirin es un ser que anuncia paz, alegría, prosperidad, éxito y longevidad. Hoy día es muy conocido gracias a que es el nombre y el logotipo de una marca de cerveza japonesa.

Junto a los dioses o personajes divinizados, encontramos representaciones de los hombres, sobre todo de los de clase más alta, los samurai, y de los de la más baja, los comerciantes, pero que durante el período Edo acabarán siendo los más ricos y poderosos después de los señores feudales. De estos dos grupos sociales proceden muchos de los cuadros votivos de los santuarios, pues su alto poder adquisitivo les permitía encargarlos a pintores profesionales. Las imágenes de samurai son muy frecuentes y antiguas. No se pueden considerar retratos, sino que suelen representar a personajes históricos famosos por alguna hazaña con los que los comitentes se sienten identificados. Por ejemplo, un gran ema del santuario de Kitano representa una batalla de las guerras Genpei (fig. 12), que tuvieron lugar a finales del siglo xii, en las que el clan Minamoto derrotó y exterminó al clan Taira, lo que tuvo como consecuencia más importante el primer gobierno de shogunes, que establecieron su capital en Kamakura. Parece que este exvoto representa un detalle de la batalla naval de Dan-no-ura, la última de la guerra, pues en ella murieron los personajes más importantes del clan Taira, y supuso el fin de la misma. Es la materia que se canta en la gran obra de la literatura oral épica japonesa Heike monogatari, recientemente traducida al español[13].

Muchas de las pinturas votivas que ofrendaron los comerciantes están relacionadas con los grandes peligros que tenían que correr para comerciar con el continente asiático, adonde se trasladaban en pequeños barcos que, a veces, eran destrozados por los temporales (fig. 13).

El comercio marítimo, a lo largo de la historia, generaba oportunidades de grandes negocios y riqueza, pero también peligros que, si el azar o los dioses no eran propicios, podían arruinar a cualquiera. Por eso, grandes pueblos marineros, como los antiguos griegos, los portugueses y los españoles, dedicaron tantos exvotos marineros en sus santuarios. Antes de comenzar el viaje, que siempre se esperaba peligroso, no era raro que los comerciantes o viajeros calmaran su ansiedad y su miedo haciendo votos a las divinidades y que, si acababa felizmente, visitaran los santuarios para darles las gracias, en especial si habían pasado por una situación comprometida, una tempestad o un ataque de piratas por ejemplo, de los que habían salido con vida.

Hay unos cuantos tipos de ema de asunto especial, que no se encuentran en cualquier santuario o templo, sino en lugares muy concretos, especializados podríamos decir. En primer lugar, está el sangaku, un tipo de ofrenda a los dioses que nos puede parecer de lo más extraña, pues es una tabla en la que se plantean varios problemas geométricos, generalmente acompañados de figuras y, a veces, también de las soluciones[14].

En segundo lugar, tenemos varios relacionados con los abortos y los niños muertos, que solo se ofrecen al dios Jizo (fig. 14).

Las tablillas que hacen referencia al aborto, sea espontáneo o provocado, se denominan mizuko, y las que se refieren al infanticidio, kogaeshi y mabiki. Relacionados con estos están los exvotos mukasari, que representan una boda ficticia de niños muertos, por cualquier causa, en edad temprana, para que disfruten del matrimonio en el otro mundo. Si en el párrafo anterior expresaba la extrañeza ante los exvotos de tipo matemático, no es menor la que suele producirse en el viajero cuando contempla estos, así como toda la parafernalia que hay en los santuarios y templos de este dios, Jizo, que es omnipresente en Japón. Por donde quiera que vayamos veremos estatuas, a veces simples pedruscos, con el gorro y el babero rojos. Jizo es el dios de los niños, protector en especial de los niños muertos, y, junto a Kannon, el más popular del país. Se le suele representar como un peregrino. Hace más de un siglo, F. H. Davis decía que

... se trata de la creación de innumerables mujeres japonesas, que anhelaban proyectar en el Más Allá la imagen de una deidad que fuera a la vez Padre y Madre de las almas de sus pequeños... Un estudio detallado de la naturaleza de Jizo revela todas aquellas cualidades ideales de la mujer japonesa: el amor, el sentido de la belleza y su infinita compasión[15].

En tercer y último lugar, existen un tipo de exvotos funerarios, kuyo ema o kuyo egaku, que solamente se dan en la región de Iwate[16]. Son retratos pintados o fotográficos de los siglos xix y xx que se colocaban en los santuarios a la muerte de la persona. Parece ser que su intención es hacer patente la nueva situación social de los muertos, que siguen de alguna manera formando parte de la sociedad en cuanto que su bienestar en el otro mundo depende en cierta medida de las oraciones de los vivos. Esos cuadros o fotografías colgados en los santuarios constituyen un vínculo entre los dos mundos, y un recordatorio de su reciprocidad, más si tenemos en cuenta que en la religión japonesa cualquier muerto es un kami, es decir, un numen, un dios.

Koema. Exvotos modernos

La mayoría de los ema grandes tenían forma rectangular, pero hay algunos que adoptan la forma de una casita, pentagonal y, cuando se popularizaron los ema serigrafiados de pequeño tamaño[17], lo hicieron con la forma de un pentágono irregular, si bien hay algunas otras formas (de espejo, de corazón, de cabeza de ciertos animales relacionados con el santuario, etc.), alguna de las cuales veremos. Suelen llevar una cuerdecita para colgarlos en las escarpias que hay en unos armazones de madera o metálicos por distintas zonas de los santuarios y templos (fig. 15). En los más concurridos, se acumulan enormes cantidades y son quemados periódicamente; sin embargo, en los pequeños, se ven ema deteriorados por el sol y la lluvia, que llevan allí mucho tiempo.

Los motivos representados en una de las caras son muy variados. Siguen abundando las imágenes de caballos, con diseños de todo tipo, realistas unos, esquemáticos otros. En un mismo santuario se hallan a veces figuras de caballos distintas. Por ejemplo, en el santuario de Shirahige jinja de Kanazawa se puede elegir entre media docena de diseños distintos de caballos (fig. 16), todos blancos pero en diferentes actitudes y acompañados de otros motivos secundarios: uno lleva un gohei sobre su silla, otro una flecha en la boca, etc. Es bastante frecuente el motivo de la yegua acompañada de su potro (fig. 17).

De todas formas, la mayoría de los motivos representados en las tablillas votivas están relacionados con las divinidades que se veneran en cada santuario, con los bienes que se suelen solicitar o agradecer, o con alguna fiesta. Por ejemplo, muy visitados son los santuarios de la diosa Benzaiten, cuyo nombre más usado es el abreviado Benten, diosa de origen budista, Sarasvati, fundida con el dios serpiente sintoísta Ugajin. Es una diosa acuática, de ahí su relación con la serpiente y el dragón, así como la agricultura, la música, la poesía, el amor, y en general la buena fortuna. Benten tiene como emblema tres triángulos ordenados en un diseño triangular (fig. 18), esquematización de las escamas del dragón. Este emblema pasó a ser el mon o blasón de la familia Hojo, que gobernó en Kamakura, lugar especialmente ligado a la diosa, así como la cercana isla de Enoshima[18], sobre la que se dice que descendió desde los cielos (fig. 19).

Benten es representada en alguna ocasión como una bella mujer desnuda, o, más a menudo, como una mujer con rasgos indios que toca un instrumento de cuerda (fig. 20), biwa o laúd japonés, que antaño usaban los ciegos. Su relación con la serpiente es también muy evidente (fig. 21). Así explicaba un investigador la imagen de un exvoto de una mujer que duerme y sueña que una serpiente avanza hacia ella con la boca abierta:

Esta mujer es devota de la diosa Benten, y el mensajero favorito de Benten es la serpiente. Esta mujer sufriente ha ofrecido muchas oraciones a su diosa: por fin ha llegado el sueño deseado, la serpiente, con sus mandíbulas abiertas, ha engullido su enfermedad y esta mujer despierta curada[19].

Benten es la única diosa del famoso grupo de los siete dioses de la fortuna, que, si bien cada uno tiene su propia personalidad, a veces se los representa en alegre camaradería en su barco del tesoro que representa la llegada de los buenos deseos el día de Año Nuevo (fig. 22). Además de la citada diosa, forman el grupo Daikoku, Ebisu, Bisamonte, Fukurokoju, Hotei y Jurojin. Todos ellos tienen carácter positivo, todos conceden a sus devotos dones muy preciados. Por ejemplo, Daikoku (fig. 23) es un dios sonriente que lleva un mazo en la mano derecha y un saco a la espalda. Suele estar sentado sobre dos balas de arroz, y significa la prosperidad económica.

Hachiman, el dios sintoísta de los guerreros, es el emperador Ojin divinizado. El que la paloma sea su mensajero y animal emblemático se debe a que era un ave relacionada con la clase samurai, que la empleaba sobre todo en las comunicaciones bélicas (fig. 24). La leyenda «De cómo dos palomas salvaron a Yoritomo»[20] cuenta que el shogún Yoritomo consiguió escapar de la muerte tras una derrota militar gracias a dos palomas y cuando el héroe llegó a ser shogún

ordenó erigir santuarios en honor de Hachiman, el dios de la Guerra, en reconocimiento a su ayuda, pues en Japón las palomas son mensajeras de la guerra y no de la paz, como ocurre en Occidente[21].

Sin embargo, parece que en los últimos años algunos diseños han evolucionado hacía una visión occidental de la paloma. En algunos diseños, las dos palomas enfrentadas han formado un corazón y han pasado a tener un claro sentido de amor de pareja (fig. 25), lo que está todavía más claro en los ema con forma de corazón del santuario de Hachiman Wakamiya, en los que aparece el lazo símbolo de la unión conyugal (fig. 26). El corazón, símbolo ya universal del amor (I love), convertido en un ideograma, se emplea en otros lugares como el santuario Futarasan de Nikko, dedicado a dos montañas emparejadas (Nantai varón y Nyotai mujer) que conceden éxito en el amor, por lo que los mensajes son del tipo fulanito quiere a fulanita, o fulanita busca a quién querer (fig. 27).

Ohokuni-nushi es un dios ilustre por su origen, pues es hijo de Susanoo, el hermano rebelde de Amaterasu, la diosa sol. Es el dios del gran santuario de Izumo, pero le están dedicados otros muchos, como el pequeño, pero famosísimo, santuario de Jishu, situado dentro del recinto de Kyomizu-dera, cuyo edificio principal está construido sobre altos pilotes en una ladera de las montañas del este (Higashiyama) de Kioto. En las escaleras de la entrada al santuario, está representado en una estatua de bronce con la Liebre Blanca de Inaba, y así aparece en los exvotos del santuario (fig. 28). La leyenda del dios parece un cuento maravilloso en el que Ohokuni-nushi vence a sus ochenta hermanos y se casa con la doncella de Inaba con la ayuda de la liebre, a la que él ha socorrido antes. Naumann cree que, aunque la leyenda presenta gran semejanza con los cuentos de los animales agradecidos que ayudan a triunfar al bobo o al hermano pequeño y débil, esta historia narrada en el Kojiki trata sobre el orden del mundo y el conocimiento que el dios demuestra poseer como para gobernarlo[22].

Saru, ‘mono’, también significa ‘evitar’ o ‘expulsar’, por lo que se le considera una divinidad protectora contra todo tipo de males[23] y dadora de fertilidad. El más famoso es Masaru, el dios mono del monte Hie, cercano a Kioto, donde tiene su gran santuario, del cual hay advocaciones por otros muchos lugares, como Takayama (fig. 29).

Inari es otra de las divinidades más populares de Japón, dios andrógino del arroz, de la buena cosecha y, por extensión, de la riqueza. No hay templo o santuario grande donde no haya una pequeña capilla dedicada a él, identificada por las dos estatuas de zorro que hay a la entrada junto al tori, como se representa en algún exvoto (fig. 30), pues el zorro es su mensajero o su encarnación. El gran santuario de Inari se halla al sur de Kioto, a varios kilómetros de la ciudad, en Fushimi. Ocupa todo un monte surcado de caminos, muchos de los cuales están cubiertos de toris, formando verdaderos túneles, que han sido ofrecidos por particulares o por empresas que esperan la protección divina. En Fushimi hay bastantes diseños de ema, aparte de ofrendas como pequeños toris o ristras de grullas hechas de papel. Entre ellos, hay un tipo que empieza a ponerse de moda en algunos santuarios, consistente en una tablilla con forma distinta al pentágono y un diseño apenas esbozado que el devoto terminará de dibujar. En este caso, la tablilla tiene la forma de la cabeza de un zorro, donde solo se han esbozado las orejas y unas cejas rectilíneas, por lo que permite dibujar cualquier tipo de rostro o la figura preferida (fig. 31).

Como decía, este tipo de tablillas pensadas para que el dedicante las complete con sus dibujos se hallan en unos cuantos lugares y tienen mucha aceptación. En Nara, el dios tutelar de la ciudad y del clan Fujiwara es Kasuga, cuyo animal, el ciervo, vaga en libertad por el santuario, los parques y bosques de alrededor, por lo que hay exvotos cuya forma representa la silueta de la cabeza del ciervo que cada uno pinta como quiere (fig. 32).

En otros casos, los oferentes aprovechan el reverso de la tablilla, donde debe ir la petición o el agradecimiento a los dioses, para dar rienda suelta a su afición artística y expresar estos tanto por medios verbales como visuales (fig. 33).

Daruma es la pronunciación japonesa de Bodhidharma, un santón budista cuya leyenda lo relaciona con el origen de la planta del té, que nació de sus párpados cortados para no dormirse mientras meditaba[24]. Los artesanos hacen figuritas de este personaje cuyas formas se han ido estilizando hasta convertirlo en una muñeca redonda como un tentetieso. Destacan sus grandes ojos de trasnochador, por lo que a veces se le ha relacionado con el búho. Es una figura muy popular que se quema en Año Nuevo para conseguir que se cumplan los buenos propósitos (fig. 34). Si Daruma ha terminado siendo una especie de juguete amuleto, hay otros muchos personajes que tienen un estatuto entre divino y lúdico que los ha hecho tremendamente populares. Son los bakemono, «seres del más allá», espíritus de naturaleza juguetona, maligna a veces. Se distinguen tres clases: los yurei vienen a ser como las ánimas, espectros; yokai son los duendes y henge son animales que se transforman en hombres[25]. Muchos de estos personajes están ligados a ciertos santuarios, y su imagen se reproduce en estatuas y ema. Un ejemplo es el tengu de Kurama, de gran narizota roja, muy popular en el festival nocturno de otoño que se celebra en este pequeño pueblo de las montañas del noreste de Kioto (fig. 35). Un tengu es un yokai, un duende o un espíritu volador, entre hombre y pájaro, a veces benéfico y maléfico otras. Entre los henge, animales que a veces se transforman en humanos, destacan kitsune, el zorro, cuya versión benigna se relaciona con el dios Inari, y tanuki, el tejón (fig. 36), representado con un gran estómago de tragaldabas, por lo que imágenes suyas aparecen a la puerta de algunos restaurantes.

Como ya hemos comentado antes, los dos dioses budistas más populares de Japón son los bodhisattvas Kannon (fig. 37) y Jizo. A pesar de que en la actualidad en los templos budistas no se ofrecen muchos ema, sobre todo si se compara con los santuarios sintoístas, sí que se hallan tablillas votivas dedicadas a estos dioses de la piedad y la misericordia.

Junto a las tablillas antiguas de tipo mizuko ema, encontramos en templos budistas o capillas dedicados a Jizo tablillas modernas pentagonales serigrafiadas, como estas (fig. 38) del templo Jotoku-ji de Kioto. Tienen como particularidad que se cuelgan al revés, y su imagen es una cruz gamada[26] sobre una hokusi ichi, o «linterna japonesa», que es un fruto rojo o anaranjado de la planta Physalis alkekengi, una solanácea de uso medicinal, para aliviar la fiebre y el malestar de las embarazadas, y religioso, pues se emplea como ofrenda en la fiesta de Jizo, y a los difuntos en las fiestas de bon.

En el templo budista de Yatadera, situado en una de las calles comerciales más concurridas del centro de Kioto, hay ema que representan el infierno budista, caracterizado por el fuego, como el cristiano, con su caldera de Pedro Botero y todo, a la que son arrojadas las ánimas por diablos monstruosos. Pero allí aparece el buen dios Jizo, que, además de ser protector de los niños, salva a los muertos de las llamas infernales (fig. 39). En este templo hay una estatua de Jizo de la que se dice que fue tallada en el infierno, adonde se trasladó el escultor y la realizó mirando al dios.

En muchos casos, la imagen serigrafiada en la tablilla representa un motivo relacionado con el asunto concreto que se solicita o agradece. Al comienzo de este artículo, en la figura 1, mostraba cómo en un templo budista de Kamakura ofrecen ema de tipo general, con la imagen del caballo, que sirve para pedir o agradecer cualquier tipo de favor, y tablillas que solo sirven para solicitar un parto fácil y un hijo deseado. Las tablillas de Jizo recién vistas expresan también esta direccionalidad específica, así como alguna otra de las mencionadas antes. Para terminar, quiero mostrar un par de ellas, una relacionada con la salud y otra con la belleza. En el santuario Kasuga de Nara, hay otro santuario subsidiario denominado Wakamiya[27], en el cual se levanta una capilla dedicada a una divinidad a la que las mujeres solicitan la curación de enfermedades relacionadas con los pechos y los ovarios, en especial cáncer de mama y ovarios, con exvotos específicos (fig. 40). En el santuario Kawai, de Kioto, que forma parte del gran conjunto del santuario de Shimogamo, hay un tipo de tablilla en forma de espejo, que representa un rostro de mujer trazado con los mínimos rasgos que cada oferente amplía a su gusto. Este santuario sintoísta está dedicado a Tamayorihime-no-mikoto, divinidad protectora de las mujeres, que le solicitan belleza a través de este tipo de ofrenda (fig. 41).

Como en otras religiones, las ofrendas votivas son un elemento fundamental de la relación personal entre los devotos y las divinidades. Más allá del pintoresquismo que puede haber en los exvotos coloristas, hay una vivencia religiosa y moral imprescindible en toda sociedad, que es la de la reciprocidad, que se manifiesta de esta manera tan, podríamos decir, materialista, pero que tiene carácter simbólico y que, a quienes conciben la religión como una filosofía idealista, les parece detestable. En Japón la religión votiva se vive con naturalidad, tanto entre personas mayores como entre jóvenes, y no debería extrañarnos demasiado, pues, en las modernas sociedades individualistas, la religión votiva nos permite una manera individualizada de relación con los dioses, lejos del control clerical que cada vez se ve con mayor desconfianza. Por otro lado, es una manera de relación abierta, en la que cualquier tipo de petición se considera posible y legítima.



NOTAS

[1] Sobre la religión sintoísta japonesa, una introducción muy asequible es Sokyo Ono y W. P. Woodard, Shinto: The kami way. Tokyo: Tuttle Publisisng, 1ª edición de 1962. Hay edición española publicada por Satori. Véase también F. Lanzaco Salafranca, Introducción a la cultura japonesa. Pensamiento y religión. Valladolid: Universidad de Valladolid y Cajaduero, 2000.

[2] Se cree que en el Japón antiguo se emplearon monos amaestrados para cuidar los caballos, lo que explicaría que se eligiera este tema para decorar las paredes de los establos. Uno de los dos ema más antiguos conocidos, hallados recientemente, que pertenecen al periodo Nara (siglo viii), es una tablilla con una imagen de un caballo llevado de la rienda por un mono. Véase «Japan’s oldest votive tablets showing monkey leading a horse, and a cow are unearthed» en http://www.okayamau.ac.jp/user/kouhou/ebulletin/news/vol4/news_002.pdf (Cons. 09-11-2015)

[3] Walter Burkert atribuye este dicho a Hesíodo; véase La creación de lo sagrado. La huella de la biología en las religiones antiguas. Barcelona: Acantilado, 2009, p. 249.

[4] Burkert, Ib., cita a Servio: «Y debes saber que en los tratos sagrados las falsificaciones se aceptan en lugar de las cosas reales». E. E. Evans-Pritchard, La religión nuer. Madrid: Taurus, 1982, afirma que el objeto de los sacrificios de este pueblo africano es siempre un buey, que, en caso de necesidad puede sustituirse por un carnero o un cabrito o, incluso, «si, por alguna razón, fuera imposible sacrificar a un animal, los Nuer pueden sacrificar en su lugar, o como expediente temporal, un pequeño pepino rastrero de aspecto nudoso llamado kwol, o kwol yang, pepino de vaca (Cucumis prophetarum), que se cría en las huertas», p. 237.

[5] Esta relación del color negro con la lluvia es conocida en muchas culturas. En Roma, «a las divinidades el mundo superior se les ofrecía víctimas blancas, y a las del mundo subterráneo víctimas negras», según M. A. Marcos Casquero, «Creencias y supersticiones relacionadas con el color», en Creencias y supersticiones en el mundo clásico y medieval. XIV jornadas de estudios cásicos de Castilla y León. León: Universidad de León, 2000, pp. 131-171, cita en p. 152. En las pp. 158-159, el autor cita numerosos ejemplos de otras culturas, basándose en Frazer, en las que «cuando se pretende provocar la lluvia el color que habitualmente se utiliza es el negro.»

[6] Iam Reader, «Letters to the Gods-The Form and Meaning of Ema-», Japanese Journal of Religious Studies, 18.1, 1991, pp. 28-29.

[7] Una tablilla tiene una imagen de un caballo guiado por un mono y otra la de una vaca. Véase nota 2.

[8] Iam Reader, Op. cit., p. 30.

[9] H. K. Snow, Ema: Display Practices of Edo Period Votive Paintings. Disertación para obtener el grado de doctor de filosofía por la universidad de Stanford, julio 2010, p. 5. https://stacks.stanford.edu/file/druid.../Snow_Ema-augmented.pdf (Cons. 22-10-2015)

[10] H. W. Schumann, Las imágenes del budismo. Diccionario iconográfico del budismo mahayana y tantrayana. Madrid: Abada Editores, 2007, p. 117. El bodhisattva, bosatsu en japonés, se caracteriza porque ha renunciado a su propia perfección para ayudar a los demás, por eso el rasgo que caracteriza a Kannon es la compasión.

[11] En el sintoísmo, cualquier persona muerta puede ser un kami, un dios, y más si ha hecho en vida algo importante.

[12] F. Lanzaco Salafranca dice que, durante el período Tokugawa, «se implantó una moral confucionista muy severa, con numerosas reglamentaciones detalladas y severas», Op. cit., p. 93.

[13]Heike monogatari. Traducción del japonés por Carlos Rubio y Rumi Tami Moratalla. Madrid: Gredos, 2009.

[14] Sangaku (Japanese votive tablets featuring mathematical puzzles) en www.Sangaku.info; G. Huvent, Le mmystère des énigmes géométriques japonaises. París: Dunod, 2008; F. Fouz, «Sangaku, geometría en los templos japoneses», abril 2003, http://www.hezkuntza.ejgv.euskadi.eus/r43-573/es/contenidos/informacion/dia6_sigma/es_sigma/adjuntos/sigma_22/14_Sangaku.pdf (Cons. 6-05-2016); https://es.wikipedia.org/wiki/Sangaku, cuyo artículo en español es, por una vez, mucho mejor que en inglés.

[15]Mitos y leyendas de Japón. Gijón: Satori, 2008 (1913), p. 81.

[16] C. Thompson, «Visiones olvidadas del más allá. Los retratos votivos póstumos del siglo xix en Iwate (Japón) redescubiertos», Revista Sans Soleil. Estudios de la imagen, 5. 2, 2013, pp. 164-175.

[17] A partir de 1945, después de la Guerra Mundial, se produjo una disminución de las ofrendas votivas y alguien tuvo la idea de hacer un diseño nuevo estandarizado utilizando el procedimiento de la serigrafía. En lugar de que el donante las confeccionara o encargara, serán los propios santuarios, o las tiendas cercanas que venden artículos religiosos, quienes se encargan de su comercialización. Hoy día en las tiendas no se suelen vender: en varias de las que hay en Asakusa Dori, en Tokio, solo les quedaba algún ema abandonado por un rincón. Cuando quise comprar uno, no sabía nadie el precio y me lo acabaron regalando.

[18] A. Míguez Santa Cruz, «El Mon. Una breve historia de la heráldica japonesa», Historia y genealogía, 3, 2013, pp. 195-218, véase p. 201.

[19] J. H. Deforest, «EMA. The votive pictures of Japan», 1914, p. 12. https://archive.org/details/emavotivepicture00deforich (Cons. 6-05-2016)

[20] F. Hadland Davis, Mitos y leyendas de Japón. Gijón: Satori Ediciones, 2008, pp. 208-209.

[21]Ib. p. 209.

[22] Nelly Naumann, Antiguos mitos japoneses. Barcelona: Herder, 2008, pp. 112-129. Una recreación de esta leyenda en Carlos Rubio, Los mitos de Japón. Entre la historia y la leyenda. Madrid: Alianza Editorial, 2012, pp. 335-345.

[23] J. H. Deforest, Op. cit., p. 17

[24] F. Hadland Davis, Op. cit., pp. 222-223.

[25] Daniel Aguilar, Japón sobrenatural. Susurros de la otra orilla. Gijón: Satori, 2013, p. 29.

[26] Sobre el uso de la cruz gamada por el budismo, véase mi artículo «Imágenes de la esvástica en el arte popular», Revista de Folklore, 398, abril de 2015, pp. 4-22, en concreto pp. 10-12. http://media.cervantesvirtual.com/jdiaz/rf398.pdf.

[27] Wakamiya se denomina a todo santuario dependiente, donde reside algún dios hijo o familiar del dios del santuario principal, o donde el dios principal se retira temporalmente. En el santuario Kasuga de Nara hay cuatro subsantuarios, cada uno dedicado a un dios sintoísta. El dios del tercero, Ame no Koyame y la diosa el cuarto Himegami tuvieron un hijo, Ame no oshikumone, que apareció en forma de serpiente, según cuenta la leyenda: «en el año 1003 una pequeña serpiente surgió de una masa translúcida y gelatinosa que había crecido debajo del piso del cuarto santuario. La serpiente entonces avanzó lentamente por el cuarto santuario, y los observadores dedujeron que su madre era Himegami. Años después, la deidad infantil fue instalada en su propio santuario», en E. Ten Grotenhuis, Japanese Mandalas: Representations of Sacred Geography. Honolulu: University of Hawai Press, 1999, p. 145. https://books.google.es/books/about/Japanese_Mandalas.html?id=XZBGcjQrQX4C (Cons. 2-03-2016).