LA ERA DEL BIEN Y DEL MAL

Virtudes: La esperanza



Lámina con una división original: en la parte superior un solo cuadro, amplio; en la única franja inferior aparecen tres escenas complementarias.

1. El dibujo grande, perfectamente cuadrado, tiene inscrito en su interior una doble circunferencia; en su interior la alegoría de la esperanza, como una matrona, sentada, con las manos juntas, que aguarda la salvación definitiva mientras permanece en este mundo. Está contemplando el cielo al que aspira. A sus pies aparece escrito: “Spes”.
Los enjutas que determina la circunferencia tienen, en la parte superior, sendas cruces inscritas en círculos, semejantes a las que habían aparecido en la ropa de algunos de los cristianos (lámina 43); las enjutas inferiores tienen unas anclas, símbolo tradicional de la esperanza.

2. La segunda escena es la que ocupa el lugar central de las tres de la franja inferior. La explicación al pie aclara: “La oración es hija de la esperanza”, y muestra a dos mujeres ––madre e hija— rezando ante una imagen de María, mientras un barco lucha contra el oleaje no lejos de la costa. (En la lámina 56 aparecía algo similar a propósito de la oración; aquí se hace referencia en el contexto de la esperanza).

3. A la izquierda de la escena anterior, un hombre, con gesto de desesperación está cavilando si vale la pena poner fin a su vida; tras él, como consejero, el diablo, que busca su perdición, ante el hecho de la desesperación.

4. La escena de la derecha de la franja inferior muestra la presunción, representada por una mujer joven, enjoyada, apoyada en una caja de caudales, en la que no caben siquiera unos sacos de dinero, que se amontonan a sus pies. El símbolo del pavo real que la acompaña denota su presunción, su orgullo, la seguridad en sí misma, en su belleza, juventud y dinero, en los que ha puesto su esperanza.

Luis Resines










Como la mayoría de los niños españoles de la postguerra, me aprendí en el catecismo las virtudes teologales y, supongo que como todos ellos, no entendí nada. Por la época de la confirmación se convirtieron en un verdadero problema. Lo de creer lo que no vimos se me hacía muy cuesta arriba. Y lo de amar al prójimo por Dios, completamente imposible: a lo más que llegaba con algunos prójimos era a soportarlos, y de ahí no pasaba.

En cuanto a la esperanza, creo que incurrí en flagrante herejía porque nunca la vi como una virtud sino como un rasgo del carácter: había personas optimistas que todo lo veían de color de rosa y siempre esperaban que los problemas se resolviesen; y otras como yo, que se pasaban la vida imaginando catástrofes y sintiendo que aquello que se avecinaba no lo arreglaba ni Dios.

Desde luego nunca he pecado contra la esperanza por presunción o soberbia, pero sí por desesperación. Me emociona esa imagen de la madre y la niña rezando mientras el barco lucha contra el temporal. Y no me identifico con el varón desesperado, vestido de negro. Yo no rezo, pero, cuando las cosas vienen muy mal dadas digo: “mamá, ayúdame”, con la confianza de que, desde donde ella esté, va a echarme una mano. Supongo que eso también debe de ser esperanza.

Marina Mayoral. Escritora



Exposición