Se atribuye al ginebrino Antoine Favre la aplicación en 1796 del sistema de láminas metálicas al antiguo invento de la caja de música que hasta entonces se había dotado de campanillas. Con el nuevo invento, las cajas funcionaban con un cilindro de púas que actuaban sobre un peine con láminas vibrantes de acero (que a veces alcanzaba hasta seis octavas). Se usaban en relojes, tabaqueras y cajas de costura –también en jarras de cerveza, como acabamos de comprobar– y a menudo incluían figuras de autómatas sobre la caja.
Debido a las dificultades de ejecución de largas piezas musicales, se crearon los rodillos intercambiables, lo cual llevó al problema añadido del almacenamiento de dichos rodillos. Ésta y otras circunstancias movieron a Paul Lochman en 1889 a crear un tipo de discos en cuya cara inferior se practicaban, sobre el mismo material metálico de que estaban hechos, unas muescas o pestañas que servían para mover las púas tradicionales del cilindro. El aparato en que se ponía el disco se llamaba Symphonion y estaba dotado de una manivela en uno de sus lados que hacía girar un eje vertical sobre el que se encajaba el agujero central del disco. Para facilitar el correcto y uniforme giro del disco se había practicado asimismo otro orificio más pequeño inmediato al central que encajaba en un saliente y que permitía insertar mejor la placa circular. El disco giraba en la dirección de las agujas del reloj y sus muescas o pestañas inferiores iban desplazando una serie de púas móviles integradas en un cilindro (la movilidad de las púas era la principal novedad) que eran las que accionaban las láminas del peine musical. Para que las muescas llegaran a esas púas sin problemas aunque el disco tuviese alabeos, una barra metálica (desde el eje central a uno de los lados) dotada de dos ruedas de goma, oprimía dicho disco al pasar por encima del cilindro, corrigiendo cualquier anomalía.
En el ejemplar mostrado, el peine tiene 40 láminas. Una litografía que representaba la actividad de unos enanos en un lugar bucólico daba carácter a la parte inferior de la tapa –precisamente la que se veía al abrir la caja– al tiempo que servía de publicidad de la firma comercial.




El camino de inventores y científicos en busca de un sistema que fuese capaz de imitar la voz humana, antes de poder grabarla, almacenarla y reproducirla, fue tan largo como interesante. En ese recorrido podríamos encontrar autómatas, cabezas parlantes o instrumentos que pretendían no sólo producir sonidos similares a los emitidos por la laringe del individuo sino sorprender, entretener, deleitar y facilitar la ejecución de melodías a cualquier mortal sin necesidad de ser músico avezado. Son conocidos los precedentes del barón húngaro Wolfgang von Kempelen con su Fonoautófono (1788), el checo Robertson con su Fonoaugon (1810) o el barón francés Leon Scott de Martinville con su Fonoautógrafo (1857). El siglo XIX fue el siglo de las patentes de inventos mecánicos y un período de transición hasta culminar con el Fonógrafo de Edison y el Gramófono de Berliner, antecedentes de los ingenios que han llenado de música nuestras casas y nuestra vida. En todo ese tiempo, durante casi un siglo, apareció y se difundió una serie de aparatos musicales o sonoros cuyos sonidos tenían más que ver con la mecánica que con la música.