Un cilindro de púas accionado por una manivela permitía que unas llaves se abriesen y cerrasen para dejar pasar o cerrar el paso del aire que transcurría previamente por unos tubos o por unas lengüetas. La misma manivela hacía funcionar unos fuelles para administrar el aire. Este tipo de órgano sirvió durante muchos años para mantener los servicios religiosos en numerosas iglesias pequeñas, de ahí que el repertorio de los cilindros suela ser de himnos o canciones litúrgicas. En 1772 la compañía inglesa Flight ya vendía órganos con el mecanismo del cilindro de púas.
El órgano de cilindro o rodillo Gem, similar en su funcionamiento a los órganos de cilindro europeos, se anunciaba desde su origen como The new american roller organ y se ofrecía como un instrumento capaz de tocar perfectamente marchas, valses, polkas, jigs, reels, fragmentos de óperas, canciones populares y música de iglesia. Según la publicidad de la época, podía competir con ventaja las posibilidades y precios de las cajas de música suizas y francesas que costaban 100 dólares y más.
Hay anuncios en periódicos americanos desde 1885 hasta 1920, lo que puede dar idea de los muchos instrumentos que se vendieron y de la música que se codificó en cilindros para su ejecución (teniendo en cuenta que ya desde los comienzos se ofrecían más de 250 canciones de repertorio).
La invención del organito doméstico se debió a Henry Morris, Samuel Tisdel y Frederick Labar, quienes lo patentaron en 1887. La compañía que lo fabricó, la Autophone Company de Itaca, Nueva York, ya había probado suerte con autófonos desde unos años antes. El Gem Roller Organ venía a posibilitar que en cualquier hogar americano se pudiese interpretar música sin necesidad de tener un gran mueble y, lo que era más importante, sin necesidad de saber tocar un instrumento complicado. Una manivela se encargaba de hacer girar un cilindro con púas cuya acción levantaba las llaves por donde salía el aire, que previamente había pasado por una lengüetas. Sencillo e ingenioso, el Gem Roller Organ no tuvo competidores pese a que la misma compañía que lo distribuía creó otros como el Concert Roller Organ (también de 20 notas pero en formato más elegante) y el Grand Roller Organ (con 32 notas y en madera de roble).




El camino de inventores y científicos en busca de un sistema que fuese capaz de imitar la voz humana, antes de poder grabarla, almacenarla y reproducirla, fue tan largo como interesante. En ese recorrido podríamos encontrar autómatas, cabezas parlantes o instrumentos que pretendían no sólo producir sonidos similares a los emitidos por la laringe del individuo sino sorprender, entretener, deleitar y facilitar la ejecución de melodías a cualquier mortal sin necesidad de ser músico avezado. Son conocidos los precedentes del barón húngaro Wolfgang von Kempelen con su Fonoautófono (1788), el checo Robertson con su Fonoaugon (1810) o el barón francés Leon Scott de Martinville con su Fonoautógrafo (1857). El siglo XIX fue el siglo de las patentes de inventos mecánicos y un período de transición hasta culminar con el Fonógrafo de Edison y el Gramófono de Berliner, antecedentes de los ingenios que han llenado de música nuestras casas y nuestra vida. En todo ese tiempo, durante casi un siglo, apareció y se difundió una serie de aparatos musicales o sonoros cuyos sonidos tenían más que ver con la mecánica que con la música.