La diferencia entre este tipo de caja y otras similares era que no tenía motor, de modo que el cilindro de púas había que accionarlo con una manivela que se encontraba en la parte exterior de la caja. Desde el siglo XVIII los mejores fabricantes fueron los relojeros, así que la mayoría de las cajas provenían de Suiza y Alemania. Esta caja, sin embargo, es francesa, tiene forma circular y presenta en la parte superior una manivela de metal con pomo de pasta. Sobre la caja va pintada una joven ataviada con una túnica al estilo clásico que tanto gustó durante la época romántica. Alrededor de la caja van seis liras en relieve.




El camino de inventores y científicos en busca de un sistema que fuese capaz de imitar la voz humana, antes de poder grabarla, almacenarla y reproducirla, fue tan largo como interesante. En ese recorrido podríamos encontrar autómatas, cabezas parlantes o instrumentos que pretendían no sólo producir sonidos similares a los emitidos por la laringe del individuo sino sorprender, entretener, deleitar y facilitar la ejecución de melodías a cualquier mortal sin necesidad de ser músico avezado. Son conocidos los precedentes del barón húngaro Wolfgang von Kempelen con su Fonoautófono (1788), el checo Robertson con su Fonoaugon (1810) o el barón francés Leon Scott de Martinville con su Fonoautógrafo (1857). El siglo XIX fue el siglo de las patentes de inventos mecánicos y un período de transición hasta culminar con el Fonógrafo de Edison y el Gramófono de Berliner, antecedentes de los ingenios que han llenado de música nuestras casas y nuestra vida. En todo ese tiempo, durante casi un siglo, apareció y se difundió una serie de aparatos musicales o sonoros cuyos sonidos tenían más que ver con la mecánica que con la música.