Desde comienzos del XIX algunos fabricantes (Courcell, Clementi, Collard and Company, etc.) habían intentado que el piano pudiese ejecutarse mecánicamente por medio de rodillos o cilindros con púas. En 1842 se patentó la palanca neumática, que permitía accionar los macillos gracias al aire y unos rollos de papel perforado. La pianola fue inventada finalmente por Edwin S. Votey en 1895. El invento permitía incluso variar la expresión y acentuación al ejecutar la pieza. Poco más tarde adquirió los derechos sobre el instrumento la compañía Aeolian, de Nueva York, que ya había experimentado con inventos mecánicos como el Organette desde 1878. Esta misma marca emprendió a comienzos de los años 20 del siglo XX una campaña para perfeccionar la Pianola que quedó definitivamente truncada en la gran depresión económica de 1929. Esta pianola fue fabricada por Hazen en Madrid.




El camino de inventores y científicos en busca de un sistema que fuese capaz de imitar la voz humana, antes de poder grabarla, almacenarla y reproducirla, fue tan largo como interesante. En ese recorrido podríamos encontrar autómatas, cabezas parlantes o instrumentos que pretendían no sólo producir sonidos similares a los emitidos por la laringe del individuo sino sorprender, entretener, deleitar y facilitar la ejecución de melodías a cualquier mortal sin necesidad de ser músico avezado. Son conocidos los precedentes del barón húngaro Wolfgang von Kempelen con su Fonoautófono (1788), el checo Robertson con su Fonoaugon (1810) o el barón francés Leon Scott de Martinville con su Fonoautógrafo (1857). El siglo XIX fue el siglo de las patentes de inventos mecánicos y un período de transición hasta culminar con el Fonógrafo de Edison y el Gramófono de Berliner, antecedentes de los ingenios que han llenado de música nuestras casas y nuestra vida. En todo ese tiempo, durante casi un siglo, apareció y se difundió una serie de aparatos musicales o sonoros cuyos sonidos tenían más que ver con la mecánica que con la música.