Joaquín Díaz

EDITORIAL


EDITORIAL

Revista de Folklore

Muerte como final del mal

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Segismundo, en la Comedia de Calderón que lleva por título La vida es sueño, demanda ansiosamente explicación sobre la vida. ¿Es la existencia ese sueño -tal vez esa pesadilla- a la que el individuo está fatalmente abocado?: ...el vivir sólo es soñar / y la experiencia me enseña / que el hombre que vive, sueña / lo que es hasta despertar...

Pero ese despertar, esa consciencia -que el autor sugiere adquirimos con la muerte- no es sino el resultado de una exégesis viciada del Cristianismo que, a partir del Renacimiento, se impone a cualquier otra consideración. Se debilita así el concepto medieval (diriamos que más natural) del morir, que tan bien supo reflejar Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre. De este modo, aunque la vida sigue siendo un periodo transitorio, efímero, es ese periodo en el que, sobre todas las cosas, predomina el Mal. La muerte, en cambio, nos reserva la posibilidad, que aquí se nos niega, de un estado feliz, con ausencia total de maldades y carencias. No es extraño por tanto que el famoso soneto de Miguel de Mañara contenido en su libro Discurso de la Verdad, venga a resumir el estado de la cuestión con estas palabras:

Y ¿qué es morir?: Dejarnos las pasiones.

¡Luego el vivir es una amarga muerte!

¡Luego el morir es una dulce vida!

No seria ocioso recordar aquí que esta trasposición de conceptos, que esta visión hostil de la vida, pudo y puede ser aún una de las causas de esas maturalezas melancólicas que tan frecuentemente se ven sumidas en profundos y duraderos letargos cuya salida es a menudo incierta. Si la vida es una privación constante de felicidad no es absurdo pensar que, de esa privación, de esa pérdida se deriven periodos depresivos que nos acerquen inadvertidamente al concepto de mal que antes hemos descrito.