Joaquín Díaz

¡EL MEJOR!


¡EL MEJOR!

El Norte de Castilla - La Partitura

06-02-2010



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El Ariston es la marca registrada de un organillo neumático de manivela con lengüetas libres inventado por Paul Ehrlich

Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw, en la zarzuela «Luisa Fernanda», a cuyo libreto puso música Federico Moreno Torroba, nos dan, posiblemente sin saberlo, una de las claves del éxito de los instrumentos mecánicos en el siglo XIX: la facilidad para ser transportados de un lugar a otro y su versatilidad para aceptar todo tipo de música. La escena a que me voy a referir se desarrolla en Madrid y en concreto en la romería de San Antonio de la Florida; unas parejas están bailando al son de una habanera cuya melodía interpretó en un cuadro anterior un músico ambulante.



La canción nos resulta conocidísima:

Marchaba a ser soldado
cuando al mozo le salió a despedir
la moza que le amaba
y que quería con él partir...


El subtítulo de la Habanera es «El saboyano» y termina con una curiosa indicación: «El saboyano, tocando su aristón, se va por el fondo izquierda...». De todos es sabido que músicos de distintas regiones italianas invadieron Europa, desde mediados del siglo XIX con sus instrumentos mecánicos (aristones, organillos o manubrios, manopanes, belloniones, cajas de música, etc). La anécdota de Mussolini lanzando una arenga a los organilleros que se ganaban la vida en las calles de Londres, para que volviesen a la patria y luchasen contra el enemigo inglés es reveladora. Bien cierto es, sin embargo, que en España teníamos nuestra propia escuela de músicos ambulantes con tradición ya contrastada a lo largo de los siglos y no necesitábamos que otros copleros viniesen de fuera, pero de hecho lo hicieron.

El Ariston es la marca registrada de un organillo neumático de manivela con lengüetas libres. Su inventor, Paul Ehrlich, comenzó fabricando en Leipzig en 1876 un tipo de organillo pequeño (el Orchestrionette) y pocos años más tarde crearía otro modelo (el «Non plus ultra», que un año después se llamaría Ariston) para el ámbito doméstico (40 x 40 x 25 cms.), que funcionaba con discos de cartón perforado y que bien pronto alcanzaría una gran popularidad (se vendieron cientos de miles de aparatos y se perforaron en disco hasta seis mil melodías distintas). Por eso no le importó que otros inventores como Julius Zimmermann, Ernst Holzweissig o Ludwig Hupfeld alcanzaran la gloria de haber creado órganos de más voces: frente a los instrumentos de Ehrlich con 24 y 36 voces, los de Hupfeld, por ejemplo, llegaron a dar hasta 61 notas. Otras compañías, como la Pietschmann und Soehne –uno de cuyos creadores fue el inventor Carl Pietschmann- o la Munroe Company registraron patentes diferentes entre 1881 y 1883 como la Organina, el Herophon (de disco cuadrado en el que se movía el mecanismo interior en vez del disco) o el Manopan (en el que la canción se codificaba en un rollo de papel). De hecho, muchos otros creadores como John Mc Tammany o Oliver Arno ya andaban, por la misma época, patentando invenciones para hacer sonar órganos y cajas neumáticas de parecida factura.

En diciembre de 1883 Ehrlich patentó el Ariston para todo el mundo, si bien reconociendo lo que era exactamente suyo:

1. Un sistema nuevo de intercambio de medios discos para cuando la canción era excesivamente larga y el disco se terminaba (figura 6 de la patente).
2 La codificación de la canción sobre un disco de cartón, en vez de sobre una tarjeta o en un rollo de papel.
Y 3. La barra y el peine externo que permitían moverse las válvulas para que saliera el aire y produjera la vibración de las lengüetas.

La combinación de todos estos nuevos elementos, unido al deseo generalizado de tener música mecánica en los hogares y al desarrollo de la música teatral que sirvió para difundir los pasajes musicales más pegadizos, produjo un resultado espectacular en poco tiempo. Se creó entre la burguesía una necesidad de poseer instrumentos mecánicos para los salones de los hogares, necesidad que, en el caso de los estratos sociales con menor poder adquisitivo, se satisfacía en las calles gracias a los músicos ambulantes que llevaban esos mismos instrumentos. Sólo el éxito posterior de aparatos como el Polyphon (con discos de metal y cilindro de púas) o del Fonógrafo, acabaron con el reinado largo y fructífero del fabricante.

Ernst Paul Ehrlich, nació en 1849 en Reudnitz y murió en Leipzig. Vivió permanentemente en Gohlis y trabajó siempre como fabricante de instrumentos musicales en Leipzig. A partir de 1876 alquiló una fábrica de violines antiguos y comenzó a desarrollar el instrumento que he mencionado antes llamado Orchestrionette, con una banda sin fin que trataba de mejorar la mecánica de los rodillos por medio de un doble cilindro.

Mientras trabajaba en el Orchestrionette se dedicó a perfeccionar el Ariston, con discos de cartón redondo. En el Ariston (palabra que podía significar «El mejor»), la manivela, hacía moverse al mismo tiempo el fuelle y el disco de orificio perforado. La caja, en la que había un «secreto» o reserva situado entre los fuelles y los pistones que se abrían para dejar pasar el aire a través de las lengüetas, era de madera de pino y contenía diferentes partes que facilitaban, simplemente con el movimiento de la manivela, la ejecución de una canción por disco. Del mismo modo que sucedería poco más tarde con los rodillos de cera y de ebonita, la ejecución tenía una duración limitada que imposibilitaba la escucha de temas con más de dos minutos. Para superar esta dificultad, Ehrlich inventó los ya mencionados medios discos pero incluso llegó a fabricar más adelante, en 1890, unos discos seccionados que se deslizaban sucesivamente pudiendo alcanzar los cuatro minutos de duración. Naturalmente, cuanto más complicada es una máquina más posibilidades tiene de fallar y, finalmente, no alcanzó este último invento la popularidad deseada. En cualquier caso, Ehrlich reclamaba como idea suya «la pluralidad de varios segmentos superpuestos que, unidos al pivote central, iban deslizándose, cada uno de ellos sobre el precedente».

Mientras Paul Ehrlich vivió, mantuvo su fábrica y su empresa con la ayuda de su hermano Emil que hacía las funciones de capataz. Jamás se planteó un problema social en la empresa –aun siendo una época de gran conflictividad- ya que los salarios eran holgados y nadie mostraba descontento o creaba conflictos. Éstos llegaron más bien por la propia gestión de los propietarios y, sobre todo, por la inevitable competencia de nuevos aparatos que desplazaron el gusto popular. Emil, una vez muerto Paul, mantuvo todavía unos años la compañía hasta que quebró en 1909 y vendió el edificio y los derechos a la empresa mayorista de aparatos de música de W. Dietrich, precisamente uno de sus principales competidores.