Joaquín Díaz

IMÁGENES E IMAGINACIÓN


IMÁGENES E IMAGINACIÓN

El Norte de Castilla - La Partitura

14-05-2011



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Podría decirse que el II Concilio de Nicea, celebrado en la provincia de Bitinia en el año 787, señala inequívocamente el comienzo del interés ortodoxo y oficial –o sea bendecido por la Iglesia- hacia las imágenes y representaciones religiosas. Convocado por la necesidad de sentar doctrina y acabar con la desviación que provocó la iconoclastia de León III el Isáurico, los asistentes al Concilio acordaron y determinaron lo siguiente: “Continuando la enseñanza divinamente inspirada de nuestros santos Padres y la tradición de la Iglesia católica definimos con toda exactitud y cuidado que las venerables y santas imágenes, como también la imagen de la preciosa y vivificante cruz, así como también las santas imágenes, tanto las pintadas como las de mosaico u otra materia conveniente, se expongan en las santas iglesias de Dios, en los vasos sagrados y ornamentos, en las paredes y en cuadros, en las casas y en los caminos: tanto las imágenes de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, como las de nuestra Señora inmaculada la santa Madre de Dios, de los santos ángeles y de todos los santos y justos”. San Juan Damasceno, en su defensa razonada de las representaciones de santos, había justificado pocos años antes el uso de toda esa iconografía al escribir: "La belleza y el color de las imágenes estimulan mi oración. Es una fiesta para mis ojos, del mismo modo que el espectáculo del campo estimula mi corazón para dar gloria a Dios”.

Esta necesidad personal del espíritu que asimilaba la oración con las sensaciones estéticas o de los sentidos vino a añadirse a una larga lista de fines didácticos que también encontraban argumentos a favor de la contemplación devota de los iconos. La acendrada tradición de la Iglesia, desarrollada durante toda la Edad Media, de adoctrinar y catequizar (principalmente a los iletrados, que eran mayoría) con la ayuda de grandes cartelones llamados carocas o con los argumentos vertebrados y catequéticos de los retablos (cuyas imágenes podían transmitir ideas y hechos de forma asequible y ordenada), se complementó con el uso de un tipo concreto de papel suelto, sobre el que se dibujaban e iluminaban representaciones de santos, que se vendía con el fin de fomentar la devoción a los mismos. En la obra de Antonio Lobera El por qué de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios, el presbítero hace preguntar a “un “curioso” a quien contesta un vicario por boca de San Buenaventura: “¿Qué fruto sacamos de las pinturas de los santos en las iglesias y habitaciones donde asistimos o en la calle donde las colocamos?: Mucho, dice San Buenaventura. Lo primero, para que los sencillos, que no saben leer y los niños, se vayan instruyendo en la humildad, en las vidas, tormentos y martirios que padecieron los santos. Lo segundo, para que a su ejemplo nos conformemos en los trabajos, siguiendo su vida y su paciencia. Lo tercero para levantar nuestro corazón a amar a Dios, a sus santos y a nuestros prójimos por amor de Dios. En el Sínodo 7 se dice que san Gregorio Nacianceno al ver la imagen de Abraham que iba a sacrificar a su hijo Isaac, no podía detener el llanto. Nosotros los católicos, al ver la imagen de Cristo crucificado, nos movemos a dolor, sentimiento y lágrimas. Al ver a Nuestra Señora de los Dolores, se nos rompe el corazón. Oh, cuántos han dado fin, y dejado sus malas intenciones, al ver una imagen de un santo penitente…”.


El uso de las representaciones iconográficas para encender la devoción, por tanto, es bien antiguo. Antes de la invención de la imprenta ya se usaba la técnica xilográfica para imprimir, sobre tejidos especialmente, aunque también conocemos la existencia de barajas para jugar y de imágenes religiosas para todos los usos citados. El taco de madera más antiguo que se conoce para aplicar probablemente a este propósito formaba parte de un conjunto hallado en una abadía de Francia y denominado "El centurión y dos soldados" o también "Le bois Protat" en recuerdo de quien lo adquirió tras ser hallado en La Ferté y después lo donó a la Biblioteca Nacional de Francia. Representa una escena de la crucifixión en la que uno de los militares romanos, Longinos según algunos evangelistas, exclama "vere filius Dei erat iste", frase famosa que se reproduce en una filacteria. El taco de nogal fue fechado por Protat (que era impresor y coleccionista) hacia 1370, aunque no se sabe si se habría utilizado para imprimir sobre tela o sobre pergamino. Un poco posteriores son, pero ya españolas, las estampas citadas en unos inventarios de la ciudad de Vic utilizadas para adornar dormitorios y salas. La fecha del primer inventario, 1403, indica con toda probabilidad que ya serían populares años atrás; todas son de tema religioso, predominando la coronación de la Virgen, Jesús crucificado y algunos arcángeles como San Miguel y San Gabriel.


La llamada Biblia de los pobres, La Historia Christi in figuris y otros libros similares demuestran a las claras la afición por pintar estos temas y extender su uso devocional en cualquier ámbito. Las figuras pintadas excitaban la imaginación, tanto como antes lo hicieran los relatos sobre la vida de Jesús, particularmente aquellos que servían para explicar o complementar a los evangelios sinópticos y que quedaron relegados y tildados de apócrifos a partir del tercer Concilio de Cartago del año 397. Los dramas que se representaban en los templos durante toda la Edad Media eran también y precisamente eso: actuaciones dramáticas con las que se conmemoraba principalmente el nacimiento o la pasión de Cristo y a través de las cuales se seguía atentamente la historia contada y escenificada.


En cualquier caso, hasta el descubrimiento del citado taco del centurión, se consideró como el más antiguo grabado xilográfico uno que representaba a San Cristóbal que se halló pegado a un manuscrito; en él se observaban algunos de los hechos milagrosos atribuidos al santo que ya se habían narrado en escritos legendarios como el libro de Santiago de Vorágine La leyenda dorada. Se veía a San Cristóbal, cuyo nombre anterior a la conversión era el de Réprobo, atravesando un profundo río con el niño Jesús a sus espaldas y orientado hacia la orilla por el farol que empuñaba en su mano el ermitaño que lo convirtió.
¿Quién podría poner en duda la eficacia de estos iconos populares en la transmisión del imaginario popular? Creo que una de las primeras personas que utiliza la palabra “imaginario” para referirse al conjunto de conocimientos intelectuales o gráficos que, en forma de magma simbólico, sirven de motor al ser humano, es Cornelius Castoriadis. El término usado por el filósofo francés nacido en Estambul se adecúa muy bien a esta costumbre tan compleja. Detrás de las imágenes populares hay todo un conjunto de saberes que las dieron origen y contribuyeron a retratar y perfilar sus expresiones, sus posturas, su carácter: es toda esa iconografía antigua, esos relatos pretéritos, aquellas leyendas asombrosas que alimentaron las miradas y las mentes de miles y miles de personas y sostuvieron su fervor durante siglos. Ese imaginario, construido en un lenguaje compartido y comprendido, ha arrastrado consigo personajes, anécdotas, oraciones, canciones, usos convertidos en costumbre y toda clase de elementos con los que se ha ido edificando el recuerdo y la piedad. Castoriadis decía, atreviéndose a contradecir a Aristóteles, que lo que la sociedad busca y necesita no es la sabiduría sino la creencia. Es decir, no los conocimientos científicos y pretendidamente reales sino la certeza personal de lo creíble. Es lo inmaterial, el patrimonio no tangible que reside en nuestra memoria y que regresa en forma de gesto, de expresión o de imagen.