Joaquín Díaz

CANTOS DE SIRENAS


CANTOS DE SIRENAS

El Norte de Castilla - La Partitura

16-03-2013



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Nuestra vida es como un rompecabezas cuyas piezas tratamos de ordenar, juntar y casar siguiendo una cierta lógica. En la medida en que un mito se adapta a nuestras vivencias o puede servirnos de guía en alguna encrucijada, lo convertimos sin demora en una pieza válida y lo incorporamos al puzzle totalmente convencidos de que encaja en el lugar que le asignamos y satisfechos además por el hecho de que la figura se complete aparentemente. La literatura clásica nos acerca en la Odisea la imagen de un Ulises viajero, alejado por los hados de su casa como los héroes de los cuentos, a quien la hechicera Circe –enamorada de él– quiere salvar del peligro de las sirenas, seres crueles que atraen al navegante con sus endiablados cánticos para luego devorarlo. Es bien sabido que las sirenas tenían un poco de Ishtar, otro poco de Dércetis, otro poco de Astargatis y un toque venusino, dando como resultado un ser cuya feminidad asustaba tanto como su zoomorfismo, estuviese éste cubierto de plumas o de escamas.



Mis recuerdos infantiles y juveniles están plagados del sonido de otras sirenas –las que se había inventado el ingeniero francés Charles Cagniard– que penetrarían en la memoria sonora de millones de personas durante los siglos XIX y XX en los pueblos y ciudades de una sociedad en pleno desarrollo industrial. Aquellas sirenas que llamaban al trabajo desde las altas chimeneas de ladrillo, sin embargo, ni cantaban para mí ni tampoco me seducían. Las escuchaba indiferente y abstraído mientras me dirigía a la estación del Norte de la Renfe para tomar el tren que me llevaría a Madrid –ese puerto tan anhelado por los jóvenes de mi generación– donde otras sirenas me esperarían con su funesto canto. Unas y otras, en cualquier caso, eran el reflejo de una época marcada por la fuerza del vapor y por la actividad fabril e industriosa que cambió el mundo, alejando al individuo del refugio natural de la tierra y fascinándole con cultivos de hierro y acero que modificaron su hábitat y su comportamiento.







En el caso de Valladolid, sólo a quienes trataron de pintarla –desde Anton Van der Wingaerde a Alfred Guesdon– se les ocurrió huir del centro y subirse a los cerros circundantes o a aparatos aerostáticos para tratar de separarse del bullicio de la ciudad y dar de ella una vista más noble y más cabal. Wingaerde la vio desde la cuesta de la Maruquesa y algún que otro fotógrafo ochocentista se encaramó al cerro de la Gallinera para abarcar el cada vez más abundante caserío, mientras que Alfred Guesdon se embarcaba, según parece acompañado por el fotógrafo Charles Clifford, en la cestilla de un globo para presentarnos una urbe enmarcada por las sucesivas puertas –la del Carmen, la del Campo– que daban acceso a un interior agrupado alrededor del peculiar octógono, concebido para prisión y que acabaría siendo la Academia de Caballería. Guesdon y Wingaerde coincidían –al igual que luego lo harían otros retratistas con sus instantáneas– en su pretensión de adaptar la arquitectura al paisaje, haciendo destacar del conjunto solamente esas torres que la religión edificó para recordar a los hombres el camino del cielo, tan elevado como difícil.



Es curioso que algunos de los fotógrafos más destacados del siglo XIX fuesen arquitectos. O tal vez debería plantearlo al revés: es curioso que numerosos y notables arquitectos decimonónicos fuesen también aficionados a la fotografía. Parece como si hubiesen querido construir una ciudad ideal desde la perspectiva de la distancia o de la altura. Guesdon, a través de los ojos de Clifford que era quien le preparaba los daguerrotipos y le estampaba los sueños al colodión, y otros arquitectos posteriores, como Max Junghändel, imbuidos de un espíritu pucelano que para sí quisieran los propios habitantes de la ciudad. Y lo del “espíritu pucelano” no es expresión gratuita. Alguna vez he echado mi cuarto a espadas en el tema del nombre de “pucela” haciéndolo provenir de un tipo de cemento llamado pucelánico –material silíceo y cal hidratada– que comercializó y vendió a fines del siglo XIX el industrial Silió ligándolo para siempre al nombre de la ciudad por medio de unos sacos en los que se leía: “Cemento Puzolano de Valladolid”. Y digo que no es gratuito porque precisamente el arquitecto berlinés Max Junghändel quiso ir un poco más allá del uso de la puzolana que ya se conocía desde el tiempo de los romanos y patentó un tipo de piedra artificial en cuya composición incluía la cáscara de arroz, del mismo modo que la paja había servido desde tiempo inmemorial para ser mezclada con el barro en los adobes. En agosto de 1919, y residiendo ya en la costa oeste de los Estados Unidos –concretamente en San Francisco– registró en la oficina de patentes con el número 1.363.879 un invento de su autoría para ser usado en materiales de construcción y en la fabricación de bloques. Al describir su invento, con el que pretendía superar las dificultades y peligros derivados de la añadidura de arena y grava para formar el concreto, Junghändel detallaba que “para preparar mi invención tomo cualquier buen cemento, como el Portland, el Romano, el oxiclorídico u otros, y lo mezclo con cáscara de arroz, preferentemente estabilizada o tratada con cloruro de calcio, en proporción que la mezcla contenga del 30 al 80 por ciento de agregación, añadiendo suficiente agua hasta que la masa adquiera la consistencia apropiada”.



Como se ve, los cantos de sirenas del arquitecto alemán eran distintos de los que yo escuchaba en mis madrugadas juveniles camino del futuro, pero sus torres y chimeneas apuntaban al cielo de la edificación con un invento que hubiese suscrito –y tal vez con la misma mano– cualquier constructor del Imperio Romano, se llamase Marco Vitruvio o Marco Agripa.








¿Qué dirían Wingaerde, Guesdon, Clifford y Junghändel al contemplar las nuevas perspectivas con las que la arquitectura del siglo XX rompió la horizontalidad? Supongo que los altos edificios que sustituyeron a los campanarios o a las chimeneas de las fábricas pretendieron también protegernos –el ser humano siempre temió al frío y al calor–, pero nos han dejado coritos de recuerdos (ausente Juan Martín “El Catarro” de esa orilla del Pisuerga, huérfana de cajones de lavanderas) y sin la medida de lo humano, que es otra forma de intemperie.