Joaquín Díaz

EVOCACIÓN DE VALLADOLID


EVOCACIÓN DE VALLADOLID

El Norte de Castilla - La Partitura

04-05-2013



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Dice Antonio Corral Castanedo en un precioso texto suyo que ahora se reedita que “somos de nuestra infancia, pertenecemos siempre a ella, la llevamos en todo momento con nosotros”. Las palabras de Antonio Corral nos recuerdan que las ciudades en las que nacemos y vivimos pueden flotar –como en la novela de Verne– por encima de su propia realidad material: la piedra, el ladrillo, la madera y el cristal van creando, en efecto, una trabazón que termina por dibujar ese perfil físico que da personalidad al conjunto y ayuda a reconocer sus límites y sus contornos. Pero una ciudad, lo he dicho muchas veces y ésta puede ser una ocasión oportuna para recordarlo, existe por algo más. Puede estar constituida también por el conjunto de imágenes que se esconden en las memorias de sus habitantes. Imágenes que se imprimen en el recuerdo de las personas ya desde su infancia y que son más perdurables que los materiales de los muros, a los que sobreviven y superan.



Antonio Corral se eleva en este libro por encima de esos muros para edificar el lugar virtual y propio en el que transcurrió su infancia, para "reconstruir" la historia e identificarse con ella y con sus protagonistas recurriendo a sensaciones. Hay un tipo de identidad "natural", que procede de la acumulación de valores éticos y estéticos, que se va produciendo en una comunidad a lo largo de su historia y hay otra especie en la que, con todas esas calidades, se construye un modelo de comportamiento colectivo, algo así como un espejo en el que nos reconocemos y nos reconocen los demás.

Giner de los Ríos y Unamuno defendían, por constituir una historia diferente, la historia de las ideas, esa descripción interna de los hechos que nos podía hacer protagonistas de nuestras propias memorias y que nos autorizaba a escribir humanidad con mayúscula. Creo que Antonio Corral nos seduce y nos humaniza con este texto en el que la sensibilidad supera a la simple narración y se superpone a ella con resultados tan emotivos como cuando descubre por primera vez la soledad y el tedio, asomado al patio de su casa en una tarde de domingo, pesimista y vencida. También describe las mañanas urbanas de olores, claridades y sonidos: ¿Qué vallisoletano cuya edad se aproxime al medio siglo no recuerda alguno de los pregones con los que, fundamentalmente por la mañana, nos obsequiaban las calles bulliciosas –que no ruidosas– de nuestra infancia? Piñeros, cacharreros, traperos, lecheros, carteros y hasta un centenar de personajes investidos de la autoridad que su oficio les confería, transmitían de viva voz su mercancía con ecos familiares. Tales cantinelas respondían a unas formas muy decantadas por el uso y muy pulidas, que a todas luces resultaban altamente eficaces, desde los recursos tradicionales del pregón escueto hasta la improvisación calculada del charlatán. Del mismo modo que el ciego llamaba la atención de sus potenciales clientes con una serie de fórmulas melódicas altisonantes, así los vendedores callejeros echaban mano de proclamas sonoras en las que el ritmo, la entonación, el volumen y lógicamente el mensaje, contribuían a la identificación del producto y del vendedor. Había, pues, en ese pregón, varios elementos que interesaba comunicar: en primer lugar, si es que no quedaba suficientemente claro con la presencia física, qué se vendía; en segundo lugar, las cualidades del producto y por último las características concretas que lo hacían deseable y adquirible, como por ejemplo la procedencia o la frescura (aunque sobre ambas pudiesen caber dudas razonables). Todos estos extremos y otros pueden comprobarse en las descripciones literarias y plásticas que Antonio Corral rescata del pintoresquismo banal para convertirlas en un verdadero estudio antropológico de tipos populares, incluyendo en ese apartado a los inefables locos vallisoletanos. Gracias al magisterio de su texto, sincero y versátil, uno puede completar el recuerdo personal o la imagen infantil de aquellas calles animadas, con trazos artísticos o literarios que abarcan desde la Edad Media hasta el momento en que nuestra mentalidad –es decir, el conjunto de vivencias y conocimientos que transmitían sentido e identidad a nuestra vida– comienza a tambalearse bajo el peso de una moderna y aséptica visión del mundo y de sus habitantes. Hasta el instante en que –y recurro a la palabra misma de Antonio Corral– la madurez asesinó al milagro que teníamos en nuestras manos infantiles.



Marcel Jousse, el jesuita francés que mejor estudió la oralidad, comparaba el papel de la memoria en el universo intelectual con el principio de la gravedad en el universo físico. Probablemente al individuo de nuestros días, que ya compra por internet y que sólo por curiosidad o snobismo se acerca a los mercados –de donde, por cierto, han desaparecido las balanzas, los cestos, los gritos y el trato físico– todos estos recuerdos le resulten tan ajenos como la cultura que representan, pero nada de lo que acontece en el campo de la tradición es superficial ni mucho menos superfluo. Las leyes antropológicas del lenguaje –esas que unen la palabra a la acción, que identifican la voz con el gesto– sirven para marcar el camino del acercamiento entre individuos y para facilitar su comunicación, de modo que la pretensión de eliminar gratuitamente alguno de sus códigos puede provocar el desequilibrio vaticinado ya por el jesuita francés hace casi un siglo.



Una de las grandes equivocaciones de nuestra civilización occidental en el siglo XX fue aplicar a todo en la vida un sentido único del tiempo y una mirada excluyente de la ciencia: identificar la existencia con un camino lineal, con un recorrido argumental en el que cada individuo desarrollaba paso a paso su propia historia. Pero con ese modo de entender la peregrinación personal, la contemplación del pasado significaba un retroceso. Sólo tenía sentido avanzar a toda costa sin mirar hacia atrás y dejando a los lados, por aparentemente innecesarias, tierras fértiles. Antonio Corral jamás cayó en esa trampa. Se entretuvo en describir con delicadeza extrema y con elegante mirada los lugares por los que pasó. Aún recuerdo el homenaje que la Diputación de Valladolid le tributó con motivo de la reedición de una de sus obras más populares y entrañables, la titulada Villa por Villa. En ella, el escritor y académico hacía un retrato histórico, etnográfico, social, de todos y cada uno de los pueblos de Valladolid manteniendo el tono poético y equilibrado que caracterizaba su estilo literario, tantas veces alabado y premiado. Villa por villa dio en su momento al género periodístico –apareció por entregas en El Norte de Castilla– una altura ejemplar y se constituyó en herramienta de trabajo imprescindible para quien quisiera adentrarse en la Castilla misteriosa –a medias joya y a medias ruina– que atesoraba en sus surcos, muchas veces sin saberlo, esa semilla valiosa y regeneradora que cautivó a poetas y escritores de varias generaciones.



Con el texto que ahora se reedita, gracias a la iniciativa de la Fundación Andrés Coello y de la editorial “Cuatro y el gato”, Valladolid recupera la infancia sensible y pictórica de un artista a quien el destino convirtió en notario de la belleza y el sentimiento. La ciudad y la provincia le deben algunas de sus mejores descripciones pero, por encima de todo, quedan para siempre deudoras de su amor por lo imposible, de su memoria rica y necesaria.