Joaquín Díaz

LA BATUTA


LA BATUTA

El Norte de Castilla - La Partitura

10-02-2014



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La transición de un año a otro –ese tránsito, apreciable sólo en el calendario, al que el ser humano dedica tanto tiempo, esfuerzo y dinero– suele ser celebrada por los melómanos de todo el mundo con el Concierto de Año Nuevo retransmitido por la ORF desde la sala dorada del Musikverein vienés. Año tras año, los mejores directores de orquesta del momento se dan cita en un espacio donde la acústica tiene más importancia que la estética. No será banal recordarlo en un siglo en que los grandes templos dedicados a la música suelen preocupar a los arquitectos que los diseñan, más por su aspecto final que por su buena sonoridad, algo tan inasible como inalcanzable.



El 1 de enero pasado, más de 40 millones de espectadores pudimos escuchar y contemplar lo que menos de dos mil personas tuvieron la fortuna de presenciar en directo: a la orquesta filarmónica de Viena dirigida por Daniel Barenboim.

Pasaré por alto el resultado final del concierto, que fue un éxito en la opinión de los críticos musicales más exigentes, para quedarme con algunos aspectos de la realización televisiva que también pueden invitarnos a una reflexión. Es costumbre que las cámaras se trasladen durante el intermedio del concierto fuera del recinto sagrado para mostrar las maravillas de la ciudad de Viena y sus alrededores, haciendo un recorrido de ensueño que sirve de elegante reclamo a millones de turistas y visitantes futuros. Este año el realizador Michael Beyer fue más allá y mostró, con magistral precisión y con trazos concisos, cómo se prepara el concierto y qué personas intervienen en él aunque nunca aparezcan en la pantalla ni reciban ningún reconocimiento.



Desde el Palais Liechtenstein y con coreografía de Ashley Page los bailarines Kathrin Menzinger y Vadim Garbuzov, junto a otros componentes del ballet, nos transportaron a un universo mágico "vestido" por la diseñadora Vivienne Westwood. Tampoco entraré en los detalles de los atuendos pues, sorprendentes y audaces, fueron tratados en su momento por las revistas de moda, encantadas de que las evoluciones de los bailarines se hubiesen convertido en un multitudinario pase de modelos sobre una pasarela tan privilegiada como masiva.



Me quedo, pese a toda esa belleza –cuyo resultado redime al género humano, sus ambiciones y logros–, con los momentos, breves e intensos, en los que el realizador iba mostrando la trama oculta del concierto: quién elige al director y por qué, quién lo recibe en el aeropuerto, quién le acompaña durante su estancia en Austria, quién le prepara su residencia para que esté cómodo y concentrado, quién colabora con la diseñadora en la selección de tejidos y colores, quién cose y ensambla las telas seleccionadas, quién ayuda al coreógrafo, quién maquilla o peina a las bailarinas y las viste, quién ilumina los salones del palacio, quién mantiene impolutas las alfombras de las escaleras por las que los bailarines se desplazan vertiginosamente, quién prepara y distribuye en los atriles las partituras de los músicos, quién coloca esos mismos atriles con precisión milimétrica para que no estorben la salida o la entrada de los miembros de la orquesta, quién coordina los movimientos de la "cabeza caliente" desde la cámara o desde la grúa, quién se encarga de disponer y revisar los micrófonos que llevarán el impecable sonido a todos los rincones del planeta... Personas desconocidas, rostros nunca vistos, nombres ignorados que contribuyen decisivamente a que Barenboim, en el momento justo, pueda levantar tranquilamente la batuta y concentrarse sólo en la música. El director argentino, uno de los que más batutas ha roto o tirado por el aire en su larga carrera precisamente por implicarse tanto en su trabajo, respondió al entusiasmo de todas esas personas con un resultado impecable, memorable.



Escribía Héctor Berlioz en su celebrada obra "Le Chef d`Orchestre" que el director de orquesta debe ver y oír, ser ágil y enérgico, conocer la obra, la naturaleza y la extensión de los instrumentos y acumular una serie de cualidades sin las cuales no se puede establecer esa unión invisible entre él y los músicos de la orquesta. Recordaba también en ese escrito que Beethoven, inconmensurable compositor, destrozó algunos de los estrenos de sus propias obras por querer dirigirlas en persona y que los músicos finalmente optaron por seguir las indicaciones del concertino que fue quien realmente se convirtió en el marcador de compases y señalador de entradas. Pese a todo, Berlioz prefería la batuta del director antes que el arco del violín y señalaba que debía ser mejor blanca que negra, de medio metro de longitud y que debía empuñarse con la mano derecha procurando no sujetarla ni con excesiva firmeza ni de forma lánguida...



Tal vez, si algo eché en falta en la realización de Michael Beyer, fueron unos planos más dedicados a cómo debe prepararse un director de orquesta para que su trabajo sea después comprendido e "interpretado" por los músicos y así alcanzar una perfecta conjunción y un ensamblaje ejemplar. Lo digo porque convendría que alguien fuese demostrando de forma práctica lo necesario que es un buen director de orquesta para que todo funcione bien en la música y en la vida, lo precisa que es su figura como paradigma de una buena conducción para aunar voluntades y armonizar tendencias o caracteres. Nadie sabía –ni creo que a nadie le importase– qué ideas políticas tenían todos esos personajes que contribuyeron a construir algo tan bello, ni tampoco se sabía a qué dios rezaban en sus momentos más íntimos y reservados. Tampoco se le ocurrió al realizador o a alguno de sus colaboradores preguntarles por la economía en Europa ni por el sistema educativo austríaco ni por el funcionamiento de los servicios sociales en Viena ni por la contaminación del Danubio. Estaban de más esas opiniones y sobraban las contestaciones necias a preguntas que no hubiesen venido a cuento. Sin embargo el resultado fue espectacular porque realizaron su trabajo de forma conjunta y exacta, dedicando toda su atención y esfuerzo a una labor minuciosa que requería una abstracción total. Acaso no fuese mala idea que los españoles tomásemos ejemplo: quién sabe si no ha llegado el momento de abstraernos de lo personal, de despreocuparnos de las propias miserias y centrarnos en lo que nos interesa a todos, de emprender acciones solidarias en las que estemos atentos a un proyecto común y que creamos de verdad en él por encima y más allá de las afirmaciones superficiales, de los juicios temerarios, de las manifestaciones intempestivas y de las opiniones descontextualizadas o malinformadas. A lo mejor va siendo hora de remar en la misma dirección con un batelero que sepa a dónde tenemos que ir. O con un director de orquesta que sepa cómo y para qué se usa una batuta...