Joaquín Díaz

DOMINGO DE PIPIRIPINGO


DOMINGO DE PIPIRIPINGO

El Norte de Castilla - La Partitura

12-05-2014



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Hasta que los cristianos empezaron a llamar domingo al último día de la semana, se le denominaba día del sol. Martín de Braga en su "Sermón contra las supersticiones rurales" (De correctione rusticorum) renegaba de la costumbre que se había extendido por todas partes de llamar los días de la semana basándose en el nombre de los dioses: "Qué clase de locura es que el hombre bautizado en la fe de Cristo no celebre el día del Señor en el que Cristo resucitó y diga que celebra el día de Júpiter, de Mercurio, de Venus y de Saturno, que no poseen ningún día, sino que fueron adúlteros, hechiceros, malvados y que perecieron de mala muerte en su propio país. Pero como hemos dicho, los estúpidos hombres dan pruebas de veneración y de honor a los demonios bajo la apariencia de estos nombres".

Poco después, y en un tono algo más conciliador y menos exaltado, San Isidoro explicaba en sus "Etimologías" que la misma palabra día venía de los Dioses, "los nombres de los cuales pusieron los romanos a unas estrellas. Al primer día llamaron el Sol, que es príncipe de todas las estrellas, así como el primer día es cabeza de todos los días: éste es el día del domingo. El segundo llamaron de la Luna, porque está cerca del Sol por grandeza y por lumbre más que las otras y porque de él toma prestada la luz: éste es el día del lunes. El tercero llamaron de la estrella de Mars, que es dicha Vesper: éste es el día del Martes. El cuarto, la estrella de Mercurio, que unos dicen "cerco blanco": éste es el día del miércoles. El quinto, de la estrella de Júpiter, que llaman Fetón: éste es día de jueves. El sexto, de la estrella de Venus, que dicen Lucifer o lucero, porque entre todas las estrellas ésta ha más lumbre: éste es el día del viernes. El séptimo, de la estrella de Saturno, que es asentada en el sexto cielo y se dice que cumple su curso en treinta años; éste es el día del sábado". Parece que, a pesar de que el emperador Teodosio había decretado que el último día de la semana se llamase del Señor, o sea dies Dominicus, todavía no se había extendido la costumbre de denominarlo así. Tal vez el hecho de dejarlo inhábil para los asuntos judiciales y para otros relacionados con la administración (dies Dominicus non est iuridicus) influyó en la costumbre de destinar definitivamente el domingo para el descanso siguiendo el ejemplo del Creador que hizo un alto en su tarea, tan difícil como laudable. De este modo, y con alternativas y excepciones, los cristianos y los que no lo son, nos obsequiamos un día de cada siete para dedicarlo a "asuntos propios". Suelen ser éstos un cambio en la actividad habitual o una brusca cesación de la misma, aunque muy frecuentemente no suponen ningún descanso para el cuerpo ni para el espíritu pues, pretendiendo hacer algo distinto de lo cotidiano, dejamos para esa ocasión todo lo que se nos ocurre, incluyendo salir de nuestro habitual lugar de residencia...


A mí, el "dies dominicus" me pilla habitualmente poniéndome al día de lo que publica la prensa nacional y tengo que confesar que termino la lectura con los dedos entintados y el alma triste. Tal vez me venza todavía esa ingenuidad juvenil que no he querido perder nunca y que siempre me llevó a considerar al ser humano como un sujeto susceptible de ser mejorado, pero lo cierto es que, a resultas del atracón dominical, debo dedicar el lunes -o sea el día de la luna- a equilibrar todo aquello que ha desestabilizado en mi interior el domingo lunático dejándome para el arrastre. No me extraña la frase con la que, en la Edad Media se definía al que quedaba hecho una piltrafa: "estar hecho un dominguillo", era como decir estar hecho un desastre y se refería al muñeco o pelele relleno de paja y vestido de rojo que se utilizaba antiguamente en los cosos taurinos para incitar al toro a que embistiese. Covarrubias lo describía así: "Es cierta figura de soldado desharrapado, hecho de andrajos y embutido en paja, al cual ponen en la plaza con una lancilla o garrocha para que el toro se cebe en él y lo levante en los cuernos peloteándole. Esta invención es muy antigua y la usaban los romanos en la misma forma y con nombre de primipila o pila, que vale tanto como soldado piquero de los que llevaban las lanzas que llamaban pilas, arma propia de romanos. Pues a este soldado de paja le llamaron dominguillo porque le vestían de colorado, color festivo y dominguero, para que el toro le apeteciese con más rabia, que dicen sigue más a los que van vestidos de este color que a los que visten otros". Lo dicho, después de la lectura excesiva de los diarios quedo como un dominguillo, sacudido y zarandeado por noticias desagradables, por decisiones desacertadas, por injusticias palmarias, por necedades de toda índole, por las ferias de vanidades que se organizan en los mercados de lo trivial y por cualquier tipo de cornada que imaginarse pueda y que me empuja de un lado a otro como un tentetieso anclado en la realidad.

Nuestro destino cruel es que en una sociedad que presume de tener como máxima aspiración la sofisticación y la modernidad nos vemos empitonados por todas las contaminaciones posibles. Contaminación acústica, con ciudades ruidosas en las que, cuando uno pretende huir del ruido de los coches y de los peligros insospechados de las calles con obras interminables, se ve abocado a la suave tortura de la música nunca elegida de los ascensores, a las sintonías inoportunas de los móviles ajenos y hasta de los propios o al martirio de las televisiones de los bares, permanentemente encendidas y condenadas a volúmenes desconsiderados. Contaminación visual, pues nuestra mirada queda exhausta al final de cada jornada después de haber recorrido todas las desdichas del mundo y de haber sufrido como únicas y ciertas las noticias que se nos dice que han sucedido. Contaminación olfativa pues los aromas netos y los olores originarios han pasado por todos los procesos químicos imaginables hasta ser introducidos en un aerosol que promete convertirnos en seres atractivos con insospechados poderes. Contaminación ideológica porque nuestras convicciones, construidas sobre la base de creencias patrimoniales y con el esfuerzo que nuestros padres destinaron a educarnos, se ven ahora seducidas por morales aproximadas, dudosas y equívocas que confunden lo valioso con lo válido. Contaminación del gusto, pues rara vez nuestro paladar percibe algún alimento o bebida que no haya pasado antes por todos los controles sanitarios que les han alejado definitivamente del sabor que la naturaleza les otorgó. Contaminación del tacto ya que por muchas veces que uno se lave las manos a lo largo del día siempre deberá volver al dinero contagioso, sobado por todas las operaciones imaginables y extraído de bolsillos en los que jamás confiaría nadie que estuviese en su sano juicio. Mistificados nuestros sentidos, desnaturalizados nuestros deseos y abducidos permanentemente por falsos paraísos en los que para colmo no hay ni árboles prohibidos, ni serpientes astutas, ni ángeles que nos vengan a recordar que ese no es nuestro lugar original. Pero ¿qué nos puede importar? Hoy domingo, mañana es fiesta: buena vida ésta...¿Dónde han quedado aquellas ansias de libertad que alborotaron nuestros años primeros? ¿Dónde la pretensión de no ser jamás manejado, manipulado, gobernado o utilizado? Cuando de pequeños nos queríamos reír de alguien que presumía sin venir a cuento le cantábamos:

Mañana es domingo, de pipiripingo
se casa Domingo, con una mujer
que tiene las tetas como un cacahués.


Me viene a la memoria la frase de un viejo comerciante de barrio al que trataban de convencer de la necesidad de inmolar su negocio y sus conocimientos heredados en las aras del progreso porque así lo exigían los tiempos y protestaba: "La modernidad es como la lejía, que dicen que elimina la suciedad antigua pero la verdad es que deja un olor insoportable".