Joaquín Díaz

COSER Y CANTAR


COSER Y CANTAR

El Norte de Castilla - La Partitura

21-06-2014



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Decían los antiguos que "coser y hacer albardas, todo es dar puntadas", como queriendo dar a entender que para conseguir determinadas cosas bastaría con la determinación de hacerlas y el esfuerzo que se quisiese poner en terminarlas. Tal vez de aquel refrán saldría después la frase hecha "coser y cantar", cuya aplicación ha venido a ser habitual cuando queremos expresar lo fácil que puede resultarnos algo. Como casi siempre que se usa una frase proverbial, parece que se sobreentiende una segunda parte, que ya no es necesario recordar aunque en su momento tuviera uso y sentido o sirviera para explicar el contexto. En este caso sería "coser y cantar, todo es empezar", como queriendo revelar en ese colofón que la dificultad de cualquier empresa estribaría más en la voluntad de iniciarla que en el trabajo posterior. Parece deducirse también que para coser habría que tomar aguja, dedal e hilo a fin de que la puntada estuviera completa. De cualquier modo las dos actividades, tanto la de coser como la de cantar, venían juntas en el refrán porque podían simultanearse -en una se empleaban las manos y en la otra la cabeza- y ello sólo podría explicarse siendo una mujer quien se ocupara de ambas, haciéndolo con una soltura y desparpajo que hubiese estado vedado para un varón.

No sé si por esa razón u otras, hasta el siglo XIX sólo las mujeres cosían, o, entrando ya en el campo de los gremios, los oficiales y sastres encargados de vestir a todos, o sea a pobres y a ricos. Y recalco lo de pobres y ricos porque, desde fines de la Edad Media hasta bien entrado el Renacimiento hubo, entre quienes tenían en sus manos el gobierno y la administración de justicia en los reinos de España, una preocupación constante por evitar la utilización abusiva de los bordados (y sobre todo de su coste) en los trajes civiles. Se detectaba que por algún lado había engaño o fraude y éste solía consistir en que los bordadores daban los patrones a los sastres, y éstos y sus mujeres ponían por las nubes la mano de obra, de modo que lo que cosían "cantaba" demasiado.

"Y si esto hubiesen de ser vestidos de caballeros y señores y personas de renta -recordaban las Cortes al Rey Carlos-, tolerable cosa era, pero la nación de estos reinos es de tal calidad, como se ve, que no queda hidalgo ni escudero ni mercader ni oficial que no use de los dichos trajes, de donde vienen a empobrecerse muchos y no tener de qué pagar las alcabalas y servicios a Vuestra Majestad; por ende, a V.M. suplicamos lo mande quitar del todo con esta moderación: que en ninguna ropa de vestir haya ni se pueda traer otra guarnición sino sólo un pasamano o un ribete o pestaña de seda de ancho de un dedo, y que no se pueda forrar ninguna ropa en otra seda ni tafetán. Otrosí, porque la pragmática de los brocados y tela de oro y plata se guarda mal, a lo menos fuera de la Corte, suplicamos a V.M. de nuevo la mande guardar y poner mayores penas..."

Estas peticiones se hacían lloviendo sobre mojado porque en ocasiones anteriores ya se había alertado acerca del perjuicio que hacía a la economía del reino el que "lo que unos traen, quieran traer los otros", sobre todo en materia de bordados, brocados, dorados, hilos tirados, telas de oro y plata y labrados. La prohibición se hacía, pues, teniendo en cuenta no sólo el alto precio que habían de pagar los españoles por su vicio de presumir vistiendo a la manera de los reyes, sino considerando además la inclinación de los naturales de estos reinos a contravenir las leyes, costumbre que nos sigue distinguiendo.

El tema, repito, venía de antiguo y ya en muchas ocasiones se había mandado guardar y ejecutar unas normas semejantes, lo cual, lejos de resolver el problema, había suscitado nuevos fraudes por parte de los oficiales y "menestrales de manos" quienes, para no incurrir en las penas correspondientes, habían inventado otras formas de bordado y recamado que disparaban las costas en las hechuras llegando a ser más cara la mano de obra que el precio real del vestido. Vamos, que más que cantar, los gobernantes ponían el grito en el cielo al ver que las haciendas se perdían allí donde según ellos no debían perderse...

Otro cantar era el de los tejidos y los telares. El ruido de estos ingenios, a pesar de que tenía un maravilloso pulso rítmico y creaba una auténtica sinfonía con su movimiento, no solía dar opción al artesano a cantar en alto, de modo que debía de ensayar "para adentro" sus cánticos y esperar una ocasión más propicia para lucir antes los vecinos su voz y su memoria. Y al escribir estas líneas me acuerdo, cómo no, de la inolvidable Dolores Fernández Geijo, del Val de San Lorenzo, que tanto y tan bien había ensayado sus romances siguiendo el ritmo del telar...Dolores era de otro tiempo y otro mundo, porque ya desde el siglo XIX había entrado en los hogares una nueva invención que acabó con lanzaderas, con agujas, con los hilos (los de lana, los de seda y hasta los de Ariadna, que tal vez podrían habernos guiado para salvarnos de los "telares" actuales), con las canciones y con todo lo que sonara a antigüedad.

Además de la evolución de las fábricas de tejidos, probablemente el invento que más contribuyó a la imposición de la moda y sus tiranías en todos los hogares españoles fue la máquina de coser. Aunque su invención se atribuye a numerosos autores, se asegura que el primer prototipo usado con provecho fue el del austríaco Josef Madersperger, quien regaló la patente del curioso aparato, que fabricó en 1825 y que aún se conserva en el Museo de la Técnica de Viena.


Un norteamericano de origen judío, Isaac Merrit Singer, patentó en 1857 una máquina de coser similar a la de Madersperger y otros inventores posteriores. Su principal aportación, que sin embargo no patentó, fue incorporar a la máquina una rueda, accionada con los pies por medio de un gran pedal, que permitía a la persona que cosía usar ambas manos. Sus máquinas daban tan buen resultado que pronto se impusieron a las de sus competidores.

Algunos malintencionados atribuyen la invención del nuevo modelo de máquina de coser al hecho de que Singer tuviera dos esposas y 8 hijos, con la consiguiente carga doméstica que ello suponía (dos mujeres eran demasiado para un cuerpo aunque fuese tan "cantarín" como el de Singer), y precisamente eso le hizo agudizar el ingenio para buscar algo en lo cual mantenerlas entretenidas. Sus biógrafos recuerdan que mientras estaba casado con su primera mujer, Catalina Haley, mantuvo relaciones con Mary Ann Sponsler a quien no contó nada de su estado, tal vez porque una de las muchas profesiones en las que probó suerte fuese la de actor. En cualquier caso se le recuerda como una persona imaginativa que inventó diferentes máquinas aunque la más conocida y la que le hizo pasar a la posteridad fue la de coser.

En Valladolid la empresa Singer se instaló en la calle de Regalado 6 desde los años 60 del siglo XIX, y ya bastante después pasó a la calle del Duque de la Victoria. La cosedora tuvo tanto éxito y estuvo tan en boca de todos, que en 1886 se estrenó una Zarzuela titulada “Máquinas Singer”, que en Valladolid al menos se representó con notable aceptación en el Pabellón Español, en el Campo Grande.

O sea, lo de siempre: coser y cantar...