Joaquín Díaz

FABULOSO INVENTO


FABULOSO INVENTO

El Norte de Castilla - La Partitura

26-09-2014



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Con la invención del término "folklore" a mediados del siglo XIX, no sólo aparece un vocablo nuevo para designar la sabiduría popular sino que se abre un nuevo mundo de apariencia exótica y antigua dentro del mundo propio, de la propia civilización. La fingida extrañeza ante las costumbres y comportamientos rurales (considerados antiguos o poco evolucionados y relacionados casi siempre con un pasado de pobreza del que nadie querría acordarse) está magistralmente plasmada en el cuento popular del muchacho que regresa a su pueblo natal después de haber hecho el servicio militar (a veces la única salida que esperaba a los mozos aldeanos) y afecta encontrar todo cambiado e ignorar los nombres de las cosas que antaño tuvo como más comunes. Cuando pisa sin querer un rastrillo y el mango le golpea en las narices, recuerda todo de repente y grita: ¡Coño con el rastro!. Y es que ese "rastro", o sea lo que representan los saberes heredados por tradición, constituye siempre un compromiso que nos obliga a reflexionar porque nos atañe y nos recuerda permanentemente de dónde procedemos. Muchos de los conocimientos recibidos de la tradición tienen una gran antigüedad y, por lo mismo, se han ido puliendo, perfeccionando en su forma y contenido al pasar el tiempo. Otros son más modernos pero poseen al menos un estilo y unas características comunes que los definen como propios de un lugar y de unas gentes. Parte de esa sabiduría pertenece al acervo común de la humanidad. Otra parte ha nacido al abrigo de lo local, pero en ambos casos todos esos hechos han llegado a nuestra generación gracias a una evolución que los ha colocado con aparente exactitud en el momento presente.

Al inventor de la palabra "folklore", el anticuario y editor inglés William Thoms, le preocupaba que en su época no se hubiese inventado todavía un término preciso con el que designar los restos de aquel pasado que, pese a la antigüedad mayor o menor de su origen, seguía teniendo actualidad por constituir la parte más genuina y representativa del individuo: su verdad y su mentira.

Es bien conocida la historia del neologismo, que obedeció a una necesidad casi obsesiva de usar correctamente el lenguaje para llegar a comprender a quien lo usa: Thoms escribió en la revista "Athenaeum" una serie de columnas bajo el seudónimo de Ambrose Merton, dedicando su atención en la primera de ellas -aparecida en 1846- tanto a las expresiones populares como al fervor que venían despertado los relatos y novelas antiguas en el editor Charles Wentworth, propietario de la publicación:

"Sus páginas me han proporcionado tantas evidencias del interés que usted tiene hacia lo que en Inglaterra llamamos antigüedades populares o Literatura Popular (aunque se podría decir que es más mentalidad que literatura, y podría denominarse mejor con el compuesto sajón folk-lore: the lore of the people), que guardo la esperanza de reclutar su ayuda para recoger las pocas espigas que quedan esparcidas sobre el campo en que nuestros predecesores consiguieron buena cosecha. Todos cuantos han hecho de los usos, costumbres, prácticas, supersticiones, coplas y proverbios antiguos el objeto de sus estudios, tienen que llegar a dos conclusiones: la primera cuánto de lo curioso o interesante de esta materia se ha perdido por completo; la segunda es que mucho de ello puede rescatarse aún, si se le dedica una atención oportuna. Lo que Hone trató de hacer en su "Every-Day Book", el periódico "Athenaeum" puede llevarlo a cabo diez veces más efectivamente, reuniendo el inmenso número de hechos pequeños, referentes al tema que he mencionado, que están diseminados en la memoria de millones de lectores, y conservándolos en sus páginas hasta que aparezca otro Jacobo Grimm que preste a la mitología de las Islas Británicas los buenos servicios que este profundo filólogo y estudioso de la antigüedad ha llevado a cabo para la mitología de Alemania. El presente siglo no ha producido quizás un libro más notable, aunque algo imperfecto como su propio autor confiesa, que la segunda edición de la "Deutsche Mithologie"; pero ¿qué es esta última? Un conjunto de hechos pequeños, muchos de los cuales, cuando se los considera separadamente -aunque insignificantes con respecto al sistema en que el pensamiento del autor los ha conectado-, adquieren un valor que quien los registró por primera vez jamás soñó poder atribuirles. Todas estas informaciones no han de ser útiles exclusivamente al anticuario inglés. La relación entre el folklore de Inglaterra (no olvide que yo reclamo haber introducido el término folk-lore, como Disraeli ha creado el de Father-Land para la literatura de su país) y el de Alemania es tan íntima, que dichas informaciones servirán probablemente para enriquecer futuras ediciones de la Mithologie de Grimm".

Las alusiones a Jacobo Grimm, no eran ni gratuitas ni extemporáneas ya que el famoso mitólogo alemán, fundador de la gramática histórica y famoso recopilador de cuentos, había querido ser incluso más preciso en el uso del lenguaje al atribuir al significado de cada término un sentido que se enriquecía con el contexto: "La lingüística que cultivo y de la que parto no ha podido nunca llenarme plenamente -escribió Grimm-, y por eso me he sentido más satisfecho siempre que he podido llegar de las palabras a las cosas". La frase, utilizada luego por el filólogo Hugo Schuchardt para combatir a los neogramáticos alemanes que pretendían basar la vida entera en unas inmutables leyes fonéticas, sirvió de base para crear el método denominado "Sachen und Wörter", en el que, siguiendo la opinión del sabio alemán, "cada palabra tenía su propio ambiente". Aquel empeño se convirtió en ley, creó seguidores y bien pronto la dialectología y la etnografía tuvieron defensores comunes que, a pesar de las diferencias de matiz, lucharon por dar conjuntamente una explicación del mundo y de su evolución. Michel Foucault, hacia 1966, vino a aportar una nueva perspectiva a la cuestión tras confesar que en su texto titulado "Las palabras y las cosas" había tenido mucho que ver una obra de Jorge Luis Borges en la que el escritor argentino creaba una tipología de animales siguiendo a una enciclopedia china -Borges hablaba de animales pertenecientes al emperador, embalsamados, amaestrados, lechones, sirenas, animales fabulosos, perros sueltos, etc.-, cuya lógica parecía estar fuera de nuestro universo cultural. Y sin embargo esa lógica existía y existirá siempre. Todo depende de la mirada y de la búsqueda de puntos comunes entre el lenguaje y el espacio. Foucault experimenta en el primer capítulo de su obra con el cuadro de Velázquez que representa a las Meninas y reconoce que, aunque las personas que aparecen en el cuadro tienen nombre propio, su espacio no es realmente el que estamos contemplando sino el formado por las sucesiones de la sintaxis, que crean un árbol con innumerables ramificaciones.

Resulta curioso que la pretensión de Thoms de crear términos exactos que se ajustaran a la semántica, le jugara tan mala pasada y la palabra "folklore" terminara convirtiéndose en un concepto equívoco al que se le atribuyen tantos significados. Tal vez Thoms era consciente de que eso iba a pasar y eligió como lema de la publicación "Notes and Queries" -de la que fue editor durante muchos años- una frase del capitán Cuttle, personaje de una obra de Dickens ("Dombey e hijo") que, medio en serio medio en broma, venía a cuestionar la vida y su pretendida exactitud con un fino humor. La frase era: "Cuando lo encuentres, anótalo". Es decir, o anotas lo que escuchas, aunque sea falso, o no anotes nada.
"-Wally, muchacho -repuso el capitán-, en los proverbios de Salomón podrás leer el versículo siguiente: "ojalá no carezcamos de un amigo en la necesidad, ni de una botella que ofrecerle". Cuando lo hayas encontrado, anótalo".

El versículo, por supuesto, era un invento tan intencionado, tan fabuloso y legendario, como la palabra "folklore", pero a Thoms le permitió entrar en la historia.