Joaquín Díaz

LA HISTORIA INCOMPLETA


LA HISTORIA INCOMPLETA

El Norte de Castilla - La Partitura

30-01-2016



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A quienes estudiaron el bachillerato según el plan de 1953 les resultará todavía familiar la asignatura de «Geografía e Historia». Ambas disciplinas se agrupaban en una sola denominación porque la relación de hechos de la segunda se daba necesariamente en un espacio físico que se estudiaba en la primera. Esos estudios eran tan inamovibles como los límites de los Estados: cada «nación», surgida de los pactos y de las políticas nacionales del siglo XVIII, defendía sus fronteras -las físicas y las morales- con pomposas declaraciones de guerra a las que seguían al cabo de un tiempo anheladas paces, firmadas cuando el pueblo no podía más de sufrimiento o de miseria.

El tiempo ha demostrado que hay muchas clases de historia y que la denominada «historia real» -esa que se supone describía objetivamente los hechos sucedidos- sólo se comprende si va acompañada de la historia poética, de la historia legendaria, de la historia soñada, de la historia social y política, de la historia de las creencias, de la historia de los individuos que protagonizaron actos heroicos o de los relatos -ciertos o no- de personajes a quienes el pueblo admiró y protegió en su memoria.

Todas esas historias de la historia, con sus símbolos y emblemas, con sus himnos y alardes, con sus glorias y bajezas cotidianas, componen el panorama que se nos ofrece a los ojos como un paisaje que podemos contemplar en su conjunto, o fragmentariamente, o con unos prismáticos que acercarán las distintas realidades a nuestros ojos.

Los antiguos, al tratar de justificar con historias sus más remotos orígenes -fuesen o no legendarios-, se encontraron con un problema que trataron de resolver creando distintas categorías en las que pudiesen caber la realidad y la fantasía. Aristóteles escribía en su «Poética»: «La distinción entre el historiador y el poeta no consiste en que uno escriba en prosa y el otro en verso; se podrá poner en versos la obra de Herodoto y seguiría siendo una clase de historia. La diferencia estriba en que uno relata lo que ha sucedido, y el otro lo que podría haber acontecido. De aquí que la poesía sea más filosófica y de mayor dignidad que la historia, puesto que sus afirmaciones son más bien universales, mientras que las de la historia son particulares».

Se refería sin duda el filósofo al concepto que en su tiempo se tenía de la historia, más basado en la averiguación e interpretación de unos hechos concretos que en los cambios producidos con el transcurso de los mismos. Los romanos solucionaron el dilema con una dosis de la propia medicina: «Quod gratis asseritur, gratis negatur», decía el proverbio latino (o sea lo que se afirma sin pruebas se puede negar sin pruebas). Siglos más tarde, San Isidoro, completando la idea de Aristóteles, hablaba de tres tipos de categorías para definir lo sucedido: «historiae» -o sea los hechos que realmente ocurrieron-, «argumenta» -es decir lo que podría haber pasado pero no pasó- y «fabulae» -o lo que es lo mismo, lo que nunca pasó ni pudo haber pasado-. Inventos y falacias, fábulas y hechos históricos fueron creando de esta forma -con la autocomplacencia y la consentida mistificación de escritores e historiadores- unos arquetipos que se difundieron a través de los medios más eficaces, entre los que estaban, cómo no, los impresos populares y la tradición oral porque la lengua, la literatura y la poesía son, en todas las épocas, el mejor vehículo para entrar en la particular casa del espíritu y convencer a través de la palabra.

En cualquier caso, parece que la «invención» de las naciones y la consecuente aparición del nacionalismo exigía a sus promotores algunas pruebas que justificasen el origen de sus linajes y la antigüedad de sus genealogías. Existe entre algunos historiadores la idea de que con los Borbones se introdujo en España la necesidad de adaptación a un nuevo clima político salido de la Paz de Westfalia que exigía unidad territorial a los Estados para el establecimiento de una auténtica soberanía nacional. Sin embargo, se puede constatar que ese intento de fundar una conciencia política sobre la unidad territorial es muy antiguo y ya había sido utilizado antes; incluso mucho antes de que los Borbones fundaran su dinastía. En la Plaza de Oriente, por ejemplo, todavía se puede admirar la estatua de Ataúlfo como primer rey «español» y las historias fabulosas aparecidas desde Annio de Viterbo convierten al imaginativo dominico en uno de los más conspicuos pseudohistoriadores al crear, siguiendo a un monje primitivo y un poco apócrifo llamado Beroso, su propia prehistoria de España. A partir de ahí todo es posible, especialmente cuando la historia entra en el ámbito de lo doméstico y hay que explicar los hechos de forma sencilla y comprensible. Porque la historia forma parte del recuerdo de cada uno de nosotros. No sólo es el pasado sobre el cual se ha construido el devenir de las naciones sino un conjunto de hechos que marcaron la vida y la mentalidad de las personas. Es el territorio donde la memoria encuentra los ingredientes que reservará para ir cocinando a fuego lento la existencia.

Hay hechos que marcan por múltiples razones la vida de un país y de sus habitantes. Podría decirse que las guerras ocupan, con gran diferencia, el lugar preferente entre los sucesos memorables. La vida y la muerte dejan de ser entonces esos hitos familiares que van señalando los cambios generacionales para convertirse en motivo de narración y, en consecuencia, de opinión. Desde ese momento la Historia se transforma en «historias», alimentadas por la iconografía, el teatro o las canciones populares que pasarán a la tradición oral.

Los papeles impresos, a los que se suele denominar remendería o «ephemera» y donde aparecían las creaciones populares que contaban poéticamente los hechos, no eran tan efímeros como se suponía. Es decir, que a veces por causa de las propias características del papel, que lo hacían estético, curioso o interesante, la intención transitoria del impreso quedaba anulada, conservándose y aun apreciándose tanto como cualquier libro de texto. Ni todos los libros decían cosas sabias o recomendables ni todos los impresos merecieron ser coleccionados, por supuesto. Lo que se evidencia, sin embargo, es que ese tipo de papel, que solía venderse por el módico precio de un cuarto, estuvo presente en las vidas de muchas personas con más frecuencia que el otro –el encuadernado y bendecido por los sabios- ya que su liviandad, su carácter fungible o la temporalidad de su contenido no menoscabaron en absoluto su belleza o su interés como objeto coleccionable y funcional.

Algunos autores consideran que el género de cordel pudo servir, antes del apogeo de los periódicos, para construir un entramado ideológico a favor del poder civil y religioso sin respetar en muchos casos la verdad de los hechos. Pero ¿qué diferencia había entre los impresos vendidos por ciegos que a fines del siglo XIX contaban a los españoles la guerra en Cuba o Filipinas, por ejemplo, y los periódicos de Pulitzer y Hearst que aparentemente contaban «la verdad» a los norteamericanos? Pues tal vez solamente el tipo y el tamaño del papel. Lo demás, los hechos narrados parcial o interesadamente, las cifras de muertos que convertían tragedias en fríos datos, los partes oficiales, las justificaciones de los protagonistas a la luz de sus propias estrategias, no fueron sino visiones incompletas de una historia cambiante y proteica, de un edificio construido sobre la memoria de los héroes pero también sobre el olvido de las víctimas.