Joaquín Díaz

PRÓLOGO AL CATÁLOGO “SUEÑOS DE PLATA”


PRÓLOGO AL CATÁLOGO “SUEÑOS DE PLATA”

El Norte de Castilla. Pluma de cristal

Fotografía etnográfica

10-06-2014



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Comunicación es palabra de la que se abusa hoy día y que no siempre tiene un significado unívoco. Es más, a veces tiene un sentido incompleto, porque hasta hace muy poco tiempo los llamados “medios de comunicación” no nos ofrecían muchas posibilidades de interactuar con ellos. Sin embargo es evidente que la comunicación precisa siempre de un trasmisor y de un receptor cuyas opiniones son, en último término, igualmente legítimas a la hora de enjuiciar o valorar el mensaje. En el caso de la fotografía se trata, no podemos olvidarlo, de ofrecer una imagen o una idea en forma de mensaje, cuyos caracteres sean reconocidos por quien va a recibirlo e interpretarlo. Por tanto hablamos de lenguajes, cuyos términos –en la medida en que traduzcan con mayor o menor exactitud lo que se va a comunicar- nos ayudarán a descifrar todas las claves de la misiva. A veces nos dará la sensación de que el mensaje se ha quedado en la botella porque ésta va cerrada y lacrada, mientras que en otras ocasiones podremos leer entre líneas, como se dice coloquialmente, porque la explicación (pensemos en los “pies” de las imágenes de revistas y periódicos) ha sabido ir más allá de la palabra y de la imagen y sugiere un sentido secundario o un juicio compartido por el subconsciente humano.
La fotografía tiene la cualidad de mostrarnos imágenes e intenciones en un mismo formato, proponiéndonos diversos contenidos que van desde el paisaje global a la particularidad del retrato. La idea de retratar, es decir de quedarnos con la imagen de alguien es muy antigua. Con ese acto, bien fuese realizado por uno mismo o por otra persona encargada especialmente para ello, se pretendía habitualmente guardar un recuerdo de algún familiar, de alguien querido o respetado. De hecho, aunque cambien a lo largo de la historia las técnicas, los soportes e incluso los fines, los principios suelen ser siempre los mismos: recordar, tener memoria de los individuos y de las cosas que los rodeaban o los caracterizaban. En esa intención se encierran, sin embargo, muchas circunstancias, que determinan y hasta califican el hecho: uno puede retratar porque desea guardar vivo el recuerdo de un ser querido, porque quiere fijar en una instantánea algo que se supone que va a dejar de ser o existir inmediatamente, porque pretende captar una expresión o un movimiento de alguna persona en su entorno y esa expresión no se volverá a repetir…Para todas esas cosas y muchas otras que se podrían añadir se requieren dos cualidades en el artista que retrata: arte y técnica. Con el arte, el retratista es capaz de captar la esencia del modelo y convertirla en un hecho estético cuyas circunstancias –habitualmente buscadas- no volverán a repetirse un segundo después. La belleza de lo retratado no está sólo en la persona a quien se pretende fijar sino en el contexto que lo rodea y en la finura y elegancia con que se capta. La otra cualidad, la técnica, se aprende y se mejora, permitiendo al artista trabajar con mayor desahogo y ayudándole a conseguir resultados más convincentes. En cualquier caso, esos resultados son o pueden ser no sólo una evidencia del carácter del retratado sino una manifestación del gusto o de la intención de quien retrata.
Uno de los temas que obsesionaban a los últimos xilógrafos del siglo XIX cuando ya su oficio estaba seriamente amenazado por la fotografía, era reflejar lo “natural”. Es decir, interesaba tomar una imagen y que esa imagen no fuera trucada o artificiosamente manipulada sino que manifestara las cosas tal como eran o, al menos, tal como parecían ser. Resulta curioso, por tanto, comprobar que la primera fotografía que se tomó de un paisaje urbano, en la que aparecían un limpiabotas y un cliente lustrándose los zapatos, sólo reflejara a esos dos personajes, que eran los únicos que estaban en el secreto de la foto y que no se habían movido durante el tiempo de la exposición, cuyo proceso duró aproximadamente 18 minutos. Todo lo que pasaba por su lado y se movía, todo lo “natural”, quedaba borrado del retrato, como si desde su origen la fotografía hubiese decidido “elegir” aquella parte de la “naturaleza” que quisiera en verdad reproducir y perpetuar, siquiera fuese reduciendo su tamaño analógico.
Ya sabemos que al ser humano, como acompañante e imitador de la naturaleza, siempre le ha gustado imaginar y evitar lo obvio: las formas de las nubes sugieren rostros o figuras, los posos del café dibujan la forma del destino y las manchas de tinta le están comunicando al psicoanalizado los secretos de su propia personalidad. Pero, efectivamente, la interpretación de los auspicios es más sencilla en la medida en que el mensaje nos es familiar y sincrónico. En la medida en que dicho mensaje refleja la esencia del tiempo, es decir, no sólo los recuerdos proustianos que nos podrían retrotraer al pequeño placer de revivir algo tan primordial como la infancia, sus imágenes y descubrimientos, sino también todos aquellos elementos algo menos íntimos que hemos tenido ocasión de compartir con muchos de nuestros coetáneos, o con quienes nos precedieron o siguieron, en un destino común y en un espacio concreto. La esencia del tiempo, por tanto, como soporte de la emoción, del sentimiento, de la memoria.
La parte gráfica de este trabajo, de esta publicación, es una lección permanente –antropológica y etnográfica, como no podía ser menos-para quien quiera aprobar la inevitable asignatura de la comunicación, tan importante y tan necesaria para vivir en esta escuela del mundo que el destino nos ha deparado. Todavía es pronto para reconocer el valor de la fotografía para las ciencias sociales, particularmente el valor de esa imagen antropográfica en la que la persona y sus circunstancias superan al interés por las cosas, por las herramientas, por la mecánica, que no serían nada sin el individuo que supo crearlas, usarlas y mejorarlas.
Estas imágenes no se pueden contemplar aisladamente. Detrás de ellas, o al lado, está nuestra propia historia, nuestra vida. El período que abarca –la fotografía es un arte joven- coincide en el tiempo con una época de innumerables cambios: guerras, invenciones, tendencias estéticas, cambios sociales, avances y retrocesos económicos, explican mejor la mentalidad y el deseo de superación de un país marcado por un lado por sus numerosas carencias y por otro por su excesivo patrimonio.
Muchas de las fotografías de esta publicación, aunque ahora estén custodiadas en instituciones, proceden de archivos particulares, es decir de personas que, conscientemente, decidieron conservar su memoria. Decía Ramón Gómez de la Serna en una de sus ingeniosas piruetas verbales, que el coleccionista de sellos se carteaba con el pasado. El coleccionista de imágenes, cualquiera que sea la finalidad de su afición, tiene una voluntad de trascendencia que le hace cabalgar a lomos de la historia, aunque muy frecuentemente cambie el caballo por una alfombra mágica. Pero el coleccionista además da sentido a una simple manía porque relaciona los objetos retratados, los pone en comunicación y, gracias a su curiosidad e interés, los sitúa en un contexto que estudia y valora. La costumbre de guardar fotografías para revivir ha sido una constante que ha creado no sólo afición sino gusto estético. Por lo que se puede ver en esta publicación, esa costumbre fue una moda nacional –supongo que internacional también- durante casi todo el siglo XX y los niños de entonces –que éramos la inmensa mayoría- depositábamos los sueños en las imágenes de esas fotografías que, al igual que los cromos, contribuyeron a formar nuestro sentido estético tanto como Fidias y Policleto. Hora es de reconocerlo.