Joaquín Díaz

PRESENTACION DE MEMORIAS DE UNA DEPRESIÓN


PRESENTACION DE MEMORIAS DE UNA DEPRESIÓN

Acerca del libro y su génesis

14-04-2017



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Casi todos los psiquiatras suelen coincidir en el diagnóstico según el cual, entre los 50 y los 60 años, se puede producir en el individuo una reacción que cabría denominarse eufemísticamente como "melancolía involutiva". La energía mental o psíquica sufre entonces un deterioro y tiende a bloquearse, incapacitando a quien padece ese trastorno para poner en marcha sus funciones habituales. Lo interno comienza a tener más importancia que lo externo y el carácter acaba modificándose con una multitud de alteraciones que inciden finalmente sobre la salud física. Sabemos que ésta -la salud- depende de diferentes sistemas que componen y animan al organismo pero también sabemos de su endeblez e inestabilidad. Hemos aceptado que los momentos de felicidad en la vida son escasos, pero cuando notamos que la infelicidad se prolonga y comienza a provocar efectos preocupantes o anómalos hay que pensar en la probabilidad de una patología.
Todos estos hechos que suponían un trago difícil de pasar y describir cuando redacté el texto que estamos presentando esta mañana en la Academia, son más fáciles de aceptar hoy, veinte años después, cuando uno está acercándose a la última casilla del juego de la vida, que en los tableros de la oca, en los que todos hemos participado alguna vez, estaba representada por el número 63. Al contemplar el tablero en las actuales circunstancias, se observan con mejor perspectiva los recodos del camino y se minimizan los obstáculos. En tal situación, el pozo, la cárcel o incluso la muerte pierden su severa carga o su carácter punitivo y dejan de preocuparnos, o bien se transforman simplemente en iconos representativos de aquello que pudimos no haber hecho. Y en ese apartado, que se parece mucho a un bazar chino porque hay en él de todo y todo rebajado, se acumulan también los actos que acaso pudimos realizar inconscientemente, o por inercia, o por costumbre, pero que siempre supusieron un avance, un movimiento en el recorrido existencial. Recorrido, por cierto, en el que tratamos de armonizar nuestros propios deseos y ambiciones, con aquello que se supone que la vida nos tiene preparado: la dorada infancia, la inquieta adolescencia, los primeros estudios, la separación del ámbito familiar en que hemos nacido para crear uno nuevo en el que transcurrirá nuestra trayectoria, el trabajo, las obligaciones, las responsabilidades -las que nosotros aceptamos y las que nos proporcionan quienes nos rodean-, en fin, toda una serie de cargas contingentes que complican, -o enriquecen a veces, justo es decirlo- nuestro personal tablero hasta hacerlo único e irrepetible.
Si muy a menudo se ha asimilado al juego de la oca con una metáfora de la vida es porque en sus casillas aparece todo aquello que la tradición nos ha enseñado a transportar como bagaje vital y que muchas veces hemos aprendido a través de relatos: el juego tiene, como nosotros, un principio y un fin; están presentes en él los animales y la naturaleza; son frecuentes los obstáculos (como el peligro de no poder movernos, la suerte que sale al paso, la desgracia) y sobre todo representa el viaje laberíntico de la existencia con sus variantes imprevisibles en las que la fortuna actúa de forma determinante. Basado en la suerte de dos dados, el juego pretende ser, por tanto, un remedo del propio camino de la vida y sus obstáculos, representados por 63 casillas cuyo número no es arbitrario. Las teorías hipocráticas, que tuvieron en la antigüedad muchos seguidores, dividían la existencia del ser humano en el mundo en nueve períodos de siete años cada uno. En esos períodos se iban produciendo determinados hechos como la dentición, la pubertad, la madurez, las crisis, que en el juego quedaban representados por diversas figuras, que generalmente eran las mismas en todos los países donde el juego se difundió y que retrasaban, entorpecían o favorecían el recorrido. La llegada al número final suponía un éxito porque significaba una combinación de habilidad y suerte. Pico della Mirandola, en su Oratio de hominis dignitate, aseguraba haber comprendido en qué consistía la suerte que le había correspondido al hombre en el orden universal, es decir en aquel tablero de casillas sucesivas de que estoy hablando. Según su discurso, escrito para demostrar a sus detractores "no tanto que sabía muchas cosas sino que sabía cosas que ellos ignoraban", -según ese discurso, digo-Dios había hablado a Adán en estos términos: "No te he dado un lugar definido, un particular aspecto ni una prerrogativa peculiar. Esto persigue el objetivo de que tengas el lugar, el aspecto y las diferencias que conscientemente elijas, y que, de acuerdo con tu intención, ganes y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas normas que he prescrito. Sin embargo tú, no limitado por carencia alguna, la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. En el centro del mundo te he colocado para que observes con comodidad cuanto en él existe. Así, no te he creado ni celeste ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el propósito de que tú, como juez y supremo artífice de ti mismo, te dieses la forma y te plasmases en la obra que eligieras. Tanto podrás degenerar en esas bestias inferiores como regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores".
Pico della Mirandola inauguraba el Renacimiento con una tesis abierta y atrevida: solo el amor a la sabiduría y por tanto a la vida será capaz de regenerarnos, de hacernos renacer por encima del determinismo o de la suerte adversa. Por supuesto que conocía los problemas de su época, que no se diferenciaban mucho de los de otras épocas, pero invitaba a superarlos combatiendo, principalmente con las armas de la reflexión. Vuelvo a recurrir a su palabra: "Todo este filosofar, en efecto, es más bien objeto de desprecio y de afrenta (tal es la miseria de nuestro tiempo) que de honor y de gloria. Y esta dañina y deformada convicción ha prevalecido hasta tal punto en la mentalidad de la mayoría que, según ellos, sólo unos pocos o quizás nadie debería filosofar".
Pero no me voy a entretener en este episodio sobre el libre albedrío, uno más entre aquellos que pasaron prácticamente inadvertidos en la historia del conocimiento, y sugiero que volvamos al tablero. En el número 58, ya cerca del final del recorrido, aparece una calavera con dos tibias, símbolo de la muerte: ¿por qué en algunos tableros se añade a ese símbolo la frase "peligro de muerte"? Trataré de explicar lo que para mí es ahora una evidencia pero que cuando sufrí el proceso depresivo sólo constituía una intuición, aunque finalmente me sirviera para reaccionar.
Pues ese icono amenazante aparece porque hay, en efecto, una forma de morir en vida antes de nuestra desaparición física. Y no es casualidad que esa casilla se sitúe justamente antes de la penúltima oca, la que podría hacernos saltar directamente a la casilla 63, que representa el paraíso, es decir el ameno lugar en el que plantas, árboles y flores embellecen aquel paisaje donde también puede haber animales y a donde los seres humanos regresamos para recuperar la gracia original, esa que nos libraba de defectos e imperfecciones. Tampoco es casualidad que los mitos y las creencias sobre el renacimiento alberguen fantasías ya presentes en textos antiquísimos o en la propia tradición. Una de las últimas "funciones" estudiadas por Vladimir Propp en los cuentos de tradición oral tenía que ver con la transfiguración que daba al héroe del relato una nueva apariencia, esto es, que le regeneraba. En el orden de las funciones descritas por el antropólogo ruso, es la inmediatamente anterior al castigo recibido por el malo que dará paso a la ascensión final del héroe al trono.
Siempre recuerdo que el primer contacto de tipo académico que tuve con las narraciones populares, tan ricas y sugerentes, fue en un congreso sobre literatura donde coincidí con Maxime Chevalier, un hispanista francés especialista en cuentos, sobre todo los del Siglo de Oro. En una mesa redonda, Chevalier recordó que uno de los problemas con que en aquel momento se enfrentaba el relato tradicional era que casi nadie recogía ya cuentos en España; finalizado el acto me acerqué a decirle que ponía a su disposición cerca de un centenar de relatos que, hasta esa fecha -y como producto colateral de un trabajo de campo dedicado sobre todo a romances y canciones- habíamos recogido en Valladolid. Ambos decidimos finalmente hacer un libro juntos y a partir de ese instante me interesé más en serio por el cuento, cuya terminología ya me había producido hasta ese momento una cierta inquietud por su clara equivocidad; me parecía -y me remito a dichos, a frases hechas y conocidas de todos como "no me vengas con cuentos" o "eres un cuentista"- que tanto lo que se transmitía en esos relatos como la persona encargada de comunicarlo estaban sometidos a un prejuicio crítico por parte de la sociedad, que dudaba de la seriedad del transmisor y rechazaba abiertamente sus fantasías. Y es que esa "dañina y deformada convicción" que denunciaba Pico della Mirandola en quienes según él tenían legañas en los ojos y preferían no limpiarlas, siguió presente en la época de la Ilustración en las voces de aquellos que condenaban los contenidos de los cuentos (es decir, de la sabiduría popular), y los tildaban de patrañas, y llegó y sobrepasó el Romanticismo alcanzando a nuestros días, para impregnar nuestra educación y calar hasta los huesos como una lluvia ácida persistente y maligna.

Pero insisto: ¿a qué peligro de muerte se refería el cartel de la casilla 58? En aquel momento, quise pensar que hacía referencia a cualquier actitud conformista que no implicara un desafío a lo establecido, que hacía referencia a la pasividad dañina que no fuese capaz de provocar una cólera incontrolada ante lo inevitable y que no fuese acompañada de una reacción de protesta ante la derrota previsible. Y es que ese era, en el fondo, el origen de toda depresión y era también el camino seguido por la ficha de cada jugador en el proceso de la vida.
La depresión que originó este libro me llevó a sospechar, por tanto, que el número 58 tenía un cierto significado. Siempre he confesado que la lectura me sostuvo en las horas difíciles, incluso cuando me costaba concentrarme por efecto de la propia dolencia o de los remedios que tomaba para combatirla. Repasando entonces algunos libros sobre numerología, recordé que Julio Verne había escrito una de sus novelas alrededor del juego de la oca y volví a leer su texto. El argumento de Verne, que él tituló El testamento de un excéntrico, cuenta que un millonario de Chicago, miembro de un club de personas raras, deja al morir una fortuna de 60 millones de dólares a quien gane una partida del juego de la oca ante notario según sus instrucciones. Los jugadores serían seis, elegidos en un sorteo, más una persona cuya identidad no se desvelaba y al que se llamaba XKZ. Ese misterioso personaje resultaba ser finalmente el propio millonario, quien, habiendo vuelto a la vida después de sufrir una catalepsia organizó con el notario y el presidente del club de los excéntricos, la extraña partida. Julio Verne hacía decir al notario en presencia de los jugadores: "Por consecuencia de dicha disposición, y descontando estas casillas (el notario se refería a las que representaban a una oca, que eran catorce), quedan cuarenta y nueve, de las que únicamente seis obligan al jugador a pagar primas, o sea una prima de la sexta, donde hay un puente para ir a la doce; dos primas a la diecinueve, donde debe esperar en la posada a que sus contrincantes hayan jugado dos golpes; tres primas a la treinta y uno, donde se encuentra un pozo, en cuyo fondo permanece hasta que otro venga a ocupar su sitio; dos primas a la cuarenta y dos, o sea la del laberinto que puede abandonar enseguida para volver a la treinta, donde hay un ramo de flores; tres primas a la cincuenta y dos, en la que quedará preso mientras no sea remplazado y en fin, tres primas a la cincuenta y ocho, donde hay una cabeza de muerto, con la obligación de recomenzar la partida.”
Recuerdo que la lectura de la novela me entusiasmó y perturbó hasta el extremo de provocarme sueños en los que, de alguna forma aparecía el número 58, el más gravoso para el jugador y por tanto el más valorado o temido. En una de esas visiones, casi una pesadilla, veía el número 8 como dos serpientes unidas y enfrentadas y el 5 como otra serpiente que se preparaba para atacar a las dos anteriores. Algunos textos que contrasté sobre interpretación de sueños coincidían en que soñar con el número 58 auguraba un cambio o un progreso que habría de experimentarse en breve tiempo.
Volví a recurrir a los escritos de Carl Jung, a quien tantas veces había acudido para consultar temas de antropología, y constaté que para él la aparición de la serpiente era un signo de que en el inconsciente estaba ocurriendo alguna cosa importante, posiblemente un conflicto con la conciencia, y que esos sueños, siempre interpretados por supuesto a la luz de la propia vida, podrían ser positivos o negativos según el enfoque que se les diera.
Creo que todo este proceso coincidió con un cambio de medicación, y me gusta recordar que en el prospecto del Vandral -el antidepresivo que prometía sacarme de la ansiedad social- se reconocía que, pese a no comprenderse perfectamente cómo funcionaba el medicamento se sabía que podía ayudar a aumentar los niveles de serotonina y de noradrenalina. Probablemente la confesión de la empresa farmacéutica provocó también en mí la necesaria reacción. Algo tenía que hacer por mí mismo para solucionar el problema que me atenazaba, y pienso que ahí empezó, consciente o inconscientemente, el camino de regreso a la "normalidad". Y escribo normalidad entre comillas porque a día de hoy sigo dudando si lo normal es lo cotidiano o es lo inalcanzable; aquello que buscamos desesperadamente pero que rara vez encontramos porque no tiene un emplazamiento preciso.
Poco después -no existen las casualidades-, escribí un texto sobre ese no-lugar que años más tarde me serviría para presentar un trabajo precioso de Javier Bergia y Luis Delgado titulado Ishinohana, o sea la flor de piedra. Con ese texto voy a terminar para dar forma de círculo sagrado o mandala a todo esto: "Todos estamos protegidos por la sombra de la utopía. En algunos casos –por desgracia cada vez más frecuentes y mayoritarios- esa sombra se extiende y se cierne amenazante sobre quienes han elegido un espacio habitado para vivir e ilusoriamente lo han bautizado con algún topónimo. Utopía es un término tan equívoco que descoloca a quienes pretenden colocarlo en algún lugar. No en vano su etimología está reclamando permanentemente la desubicación inteligente en un espacio que se da la mano con la ucronía. No sé a quién o a qué habrá que agradecer la disponibilidad constante de la utopía como recurso terapéutico en ese manicomio que es la sociedad moderna. La utopía humanista, que se inicia en Petrarca y se cierra con Erasmo de Rotterdam después de dos siglos de sueño inconcluso para la belleza, el arte y la inteligencia, pretendía el retorno a los valores de las culturas griega y romana, y algunos aseguran que fue la base de una nueva civilización. No lo sé. Tal vez prefiero no saberlo. Creo que la utopía es como la rosa –mejor no tocarla, porque es así- y se aparece (como la Virgen se aparece a los pastores) en esas oquedades recónditas donde no se practica lo banal ni se respiran globalizaciones forzadas".
Voy terminando. Durante todo el siglo XX y parte del XXI nos ha costado reparar en las posibilidades de lo antiguo como fondo de uso común que se hace presente y se personaliza cada vez que se dice de nuevo y por tanto se vuelve a crear en la mente y en la voz del individuo.
Escribía el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer:
Cuando encontramos en la tradición algo que comprendemos, se trata siempre de un acontecer. Cuando alguien recoge una palabra de la tradición, cuando hace hablar a esa palabra, también a ese alguien le sucede algo.
Es decir, cuando la tradición vuelve a hablar, emerge algo que es desde entonces y que antes no era. Cada vez que con la voz, con el gesto, con la imaginación, reproducimos un conocimiento del pasado y lo actualizamos, lo volvemos a crear.
Ese precisamente ha sido mi propósito en este libro. Recordar y recrear situaciones personales que fueron desafortunadas o crueles pero que hoy me permiten contemplarlas y pintarlas con una paleta en la que existan colores que otorguen al cuadro un sentido más positivo. En la medida en que lo consiga y les pueda servir a otros me sentiré útil y satisfecho.