Joaquín Díaz



DIARIO POR LA PAZ

La paz la guerra del Golfo

02-08-1990



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El Diario por la Paz me pide una colaboración y, telefónicamente, me comprometo a enviarla en el plazo más breve posible; hasta donde llega mi memoria siempre me he declarado públicamente no-violento y, sin embargo, antes de comenzar a escribir y mientras releo distraídamente el esquema del artículo, me asaltan de repente dudas terribles. Creo que me falta ilusión para enhebrar estas líneas y verdaderamente no sé bien a qué achacar tal carencia de entusiasmo. Hojeando este Diario por la Paz llego a la conclusión de que una postura neutral se hace difícil; en estas circunstancias los nervios de muchas personas se desatan y atenazan el corazón y la garganta obligando a pronunciar palabras que, en otra situación -con más calma y más razonadamente-, se callarían o se matizarían. Esto es lo peor del tiempo de guerra: no hay lugar para los matices; todo es inútilmente brutal, ferozmente radicalizado, como las dos figuras de Goya hundidas en tierra hasta las rodillas y enzarzadas en una eterna pelea a garrotazos.

Dudo sobre cómo expresar mi opinión de forma positiva; tengo que alegar claramente mi rechazo hacia las actitudes bélicas y, no obstante, no estoy ni siquiera seguro de cómo reaccionaría si algún ser querido de los de mi entorno es atacado o amenazado. Teóricamente me repugna la guerra y más aún sus consecuencias pero al mismo tiempo me desespera la indefensión del individuo ante el Estado que él mismo ha creado; su escasez de recursos para contrarrestar, solamente con la opinión, aquellas decisiones de los gobernantes que le atañen o le comprometen gravemente. Los medios de comunicación también contribuyen a desestabilizar el libre pensamiento del ser humano al publicar en lugar preminente entrevistas con determinadas personas, más o menos populares, cuya ejemplaridad en otras materias parece dar gravedad o autoridad a sus respuestas, no siendo en realidad más que una opinión, sólo una opinión más. En estos momentos hay gente que pretende afianzar su criterio obligando al vecino a que piense lo mismo que él, arrastrándole hacia un torbellino de violencia del que raramente se puede escapar después. Ante tal confusión levanto mi voz clara e individual contra la guerra y contra los desastres que provoca. Seremos una generación a la que corresponderá nuevamente la tarea de buscar justificaciones para explicarle a la siguiente por qué se iniciaron las hostilidades, en vez de confesar que tuvimos miedo a mirar en nuestro interior y a contarnos unos a otros las dudas sobre la utilidad de semejante barbarie. Habremos adelantado en tecnología, pero el espíritu humano sigue sacando a la luz de vez en cuando el código que regía en las cavernas prehistóricas.