Joaquín Díaz

CANTARES DE TETUÁN


CANTARES DE TETUÁN

Texto para la presentación del cancionero de Larrea

13-06-2012



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He tenido ocasión de comprobar en el pasado, el entusiasmo de los sefardíes por su cultura, tan judía y tan española al mismo tiempo. Ya fuese cuando preparaba algún disco sobre las canticas –para lo cual solía recurrir a la memoria de las madres de mis amigos judíos, las inefables nonas preservadoras del espíritu de Sefarad-, ya fuese cuando comprobaba en las propias comunidades dispersas por América que el pecado de la modernidad todavía no había hecho mella en exceso en el repertorio familiar, ese entusiasmo me confortó y fue mi guía. Es probable incluso que haya contribuido en gran manera a engrosar el número de trabajos que publiqué, a lo largo de muchos años de actividad discográfica, sobre el legado sefardí. Cuando comencé a interesarme por la música judeo-española, allá por el lejano año de 1965, apenas se encontraban en el mercado fonográfico grabaciones, tanto de las llamadas “de campo” como de las denominadas comerciales, de modo que tuve que recurrir a unos cuantos amigos y a otros pocos cancioneros para reunir un número suficiente de temas con el que completar el primer disco monográfico. Muchos años después –casi 50, si quisiéramos redondear las cifras- es tan rico y tan variado el cultivo académico y estético de tan espléndido legado que sería insensato no reconocer el valor de lo estudiado y recuperado en este medio siglo. Me queda, en lo personal, el orgullo de haber conocido a muchos sefardíes irrepetibles y entrañables, cuyos consejos y conocimientos me ayudaron a ser mejor persona y más versátil cantante. A todos ellos y a quienes contribuyeron desde diferentes campos al enriquecimiento del patrimonio judeo-español vaya desde aquí un reconocimiento sincero y devoto.
A lo largo de estos años, muchos cancioneros fueron revelando las joyas que atesoraba el patrimonio particular de los judíos de Marruecos. Desde 1896 en que Salomon Levy envía tres romances de Orán a Menéndez Pidal o Baruch Bentata anota el romance de “Victorioso vuelve el Cid” en un cuaderno personal, han pasado muchas cosas. Cantores y cantoras han colaborado con anotadores y anotadoras para que la tradición, al menos la oral y la escrita, no desapareciese. No hubiese venido mal, además, una tercera vía, la del reconocimiento del imaginario poético y fantástico de los judíos españoles, a la hora de explicar por qué personajes como el Cid sobrevivieron entre ellos hasta nuestros días gracias a esos “cantares” o romances en los que se hablaba de lugares tan lejanos (Toro, Burgos, Cardeña) y de hazañas “retocadas” pero indefectiblemente heroicas. ¿Qué extraña connivencia con el ámbito del mito llevaba a una mujer sefardí de Tetuán, por ejemplo, a recordar la leyenda de Belissent, la hija de Carlomagno, y retenerla en la memoria? ¿Y qué atractivo podía tener para la comunidad judeo-española la historia de Bernardo del Carpio cuando ya estaba olvidada en el lugar donde se había originado?
La aparición de las “nuevas mitologías”, apoyadas por medios tan poderosos como la televisión o el cine y basadas en obras literarias de reciente creación, plantea de nuevo la eterna necesidad del ser humano de inventar mitos para su existencia. Ya desde la mitología clásica aparecen personajes que encarnan los valores más esenciales y primarios, disfrazados bajo diferentes ropajes. Esos personajes, llamados de muchas formas en diferentes civilizaciones y culturas, presentan frecuentemente similitudes en sus comportamientos y en sus reacciones hasta el extremo de confirmar la existencia de unos arquetipos casi permanentes en el tiempo que atañen a todo el género humano y que le sirven de espejo. Carl Jung pensaba que tenemos una propensión a crear símbolos y atribuía a los sueños el papel de compensadores de una realidad incómoda o catalizadores capaces de explicar las necesidades del individuo: «No se trata de representaciones heredadas, sino de posibilidades heredadas de representaciones. Tampoco son herencias individuales, sino, en lo esencial, generales, como se puede comprobar por ser los arquetipos un fenómeno universal». Freud llamaba a esas imágenes, análogas a los mitos primitivos, “remanentes arcaicos”. En cualquier caso, parecen reminiscencias de modelos muy antiguos a través de los cuales se expresaban algunas comunidades y justificaban su comportamiento. La sociedad tomaba así como ejemplo a héroes construidos sobre los valores que tenía o quería tener esa misma sociedad. En buena parte, esos valores iban dibujando el perfil del héroe al que se quería imitar.
En realidad no sabemos bien si el héroe Bernardo del Carpio, por ejemplo, deja de pertenecer a la Historia en un momento dado para entrar por derecho propio en el mundo de lo legendario o si procede de él directamente a través de algunas crónicas. Cierto que algunos de los hechos narrados sobre su vida en los romances podían ser falsos, pero contribuían a dibujar al personaje con rasgos, ya fabulosos ya ambiguos, en los que se apoyaba la imaginación popular para hacer su propio e interesado retrato. El matrimonio no consentido, por ejemplo, que es el origen del nacimiento de Bernardo, ya aparece en la leyenda de Don Pelayo como el detonante de la reacción del rey asturiano contra Munuza. El enfrentamiento al poder o la prudencia para no enfrentarse a él son otros dos elementos que aparentemente se contradicen y sin embargo son virtudes complementarias en un héroe, capaz de discernir y elegir lo mejor para actuar. Finalmente el diálogo que se le atribuye con las armas de su propio padre antes de vestirse con ellas le sitúan en el plano de persona prudente que hace el mejor uso del pasado para incorporar lo mejor de otros tiempos al presente.
A través de cientos de ejemplos romancísticos, Bernardo o Rodrigo Díaz van completando su biografía escasa gracias a textos escritos fundamentalmente en los siglos XVI y XVII –pero también en el XVIII y XIX- cuyo conjunto combina las hazañas más sobresalientes de sus vidas con determinadas circunstancias legendarias, asimismo atribuidas a otros personajes heroicos europeos, lo cual contribuye a darles un carácter más universal. Decenas de adjetivos, repartidos en éste o aquel romance, van sumando en Bernardo y en Rodrigo una serie de atributos que, según la época en que se analicen, podrían considerarse cualidades o defectos, pero que, en cualquier caso, nos ofrecen un lado humano de los personajes con unos valores ejemplares que quedan siempre por encima de las reacciones momentáneas.
Por todo lo anteriormente dicho y pese a que hoy no están de moda muchas de las aspiraciones de Bernardo o de Rodrigo yo me inclinaría a pensar que son héroes absolutamente necesarios y ejemplarizantes porque necesarias son sus virtudes en nuestra sociedad: espíritu de sacrificio, esfuerzo impagado, discreción, templanza, sentimientos nobles. Me quedaría, entre todos esos calificativos, con el lema que Gabriel Lobo y Lasso de la Vega, gran creador de romances de fines del siglo XVI, le atribuye a Bernardo en uno de sus textos cuando describe:
Un latiente corazón / puesto en un puño cerrado
por toda parte oprimido / roja sangre destilando
y un letrero que decía: / “Romper tengo de apretado”.
Qué hermosa divisa para un emblema modelo: el corazón roto por un empeño digno e intachable.
Algo de todo esto explica Baruj Garzón, desde el lenguaje del afecto y la emoción, al hablar en la presentación de este CD, del “embeleso” que producían estos temas y que sería algo muy cercano a la ensoñación, facultad indispensable para la creación y recreación poéticas.
Al esfuerzo realizado por Menéndez Pidal, Manrique de Lara, Manuel Ortega, Juan Martínez Ruiz, Paul Benichou, o, más recientemente, Samuel Armistead o Susana Weich-Shahak para difundir el cancionero sefardí del norte de Africa tendríamos que añadir algunos trabajos que, por diversas razones, han ido quedando olvidados o sencillamente se han obviado por diferentes razones. Uno de ellos, el Cancionero judío del norte de Marruecos (1952-1954) debido a Arcadio de Larrea, no alcanzó nunca precisamente buenas críticas. Es cierto que su autor, a quien llegué a conocer y tratar ligeramente a partir del año 1968, no se caracterizó por sus dotes para cultivar amistades y siempre fue considerado como un personaje “difícil” con toda la carga semántica que la palabra pudiese acarrear. Algunas biografías recientes que tratan de recuperar su trabajo y su personalidad hablan de su “aguda inteligencia y enorme capacidad intuitiva” a la hora de valorar sus méritos, con independencia de su concepto de la amistad. Mi experiencia se reduce a varios encuentros en los que siempre compartí su presencia con otras personas, de modo que no puedo hablar de entrevistas cercanas en las que tuviera oportunidad de charlar de temas particulares o de conocerle más en profundidad. Sí que puedo decir que coincidí con él y con Manuel García Matos en Madrid en 1969, siendo jurados los tres de un concurso que había convocado la librería Cultart en uno de esos períodos en que no se encontraba cerrada por orden gubernativa. En fin, para evitar más rodeos volveré al tema de su Cancionero que volvió a ponérseme de actualidad con motivo de una conversación tenida con José Manuel Fraile y con Antonio Lorenzo Vélez hará unos 20 años. Revisé el texto y las melodías y comprobé asimismo la poca simpatía que había despertado la obra en diferentes recensiones de estudiosos como Daniel Devoto o Samuel Armistead.
Cuando hace un par de años decidimos el Quarteto Medieval de Urueña y yo que tendríamos que grabar algo juntos aunque no fuese más que para demostrar que vivíamos en el mismo sitio y teníamos gustos musicales comunes, volvió a salir el tema de Larrea y su Cancionero. César Carazo uno de los miembros fundadores del Quarteto había hecho algunas transcripciones y adaptaciones de una docena de romances –cantares como los llamaban en Tetuán- del libro, y a Luis Delgado y a mí nos pareció la ocasión perfecta para recordar al autor y a su trabajo casi seis décadas después de la aparición del Cancionero en el Instituto de Estudios Africanos. El resultado es lo que ustedes van a escuchar esta tarde y esperamos sinceramente que lo disfruten tanto como nosotros lo hicimos al grabarlo e interpretarlo.