Joaquín Díaz

RECUERDOS BURGALESES


RECUERDOS BURGALESES

En la entrega del premio Federico Olmeda, en Burgos

18-03-2013



-.-


Mis primeras palabras han de ser de reconocimiento hacia el jurado que me ha otorgado el premio que hoy nos reúne aquí y de gratitud para el Comité de Folklore Ciudad de Burgos que lo convocó.
El nombre de Federico Olmeda, ligado a este galardón por derecho propio, significa mucho para Burgos pero también para mí. Olmeda supo reconocer en fecha temprana el valor de la tradición oral y emprendió con pocos medios y mucho entusiasmo la recopilación y estudio de un cancionero que hoy es un legado cultural para todos los burgaleses. Pero además Olmeda tuvo la ocurrencia de conmemorar un suceso histórico –la guerra de la Independencia- con un curioso artículo que salió en agosto de 1908 en las páginas de “La Ilustración Española y Americana” y que me sirvió de inspiración para el disco “Canciones de la Guerra de la Independencia”, una de las pocas grabaciones que existen sobre la música de ese período de la historia de España. Federico Olmeda recogió, de la memoria de un paisano suyo, una serie de temas para transcribirlos en dicho artículo. Sin duda el sistema usado por el sacerdote músico no era nada nuevo: así se habían transmitido los conocimientos de una generación a la siguiente durante siglos, pero en el momento en que se produjo este recordatorio comenzaban a perder terreno los recursos de la oralidad y triunfaba la “verdad” escrita y la imagen persuasiva por encima de lo verbal. En cualquier caso ahí nos queda el documento, recibido prácticamente de la tradición oral “directa” ya que Olmeda entrevistó a un anciano que había aprendido de niño esos temas de boca de otro anciano. Federico Olmeda se dedicó toda su vida con fervor a recoger el caudal popular que añadía a las aguas superficiales de la moda las corrientes más profundas y ocultas de cuatro períodos o afluentes cuyo flujo había sido recogido ya cauce arriba: el primer período correspondía a los estertores del Neoclasicismo y llegaría hasta el final de la guerra de independencia; desde esa fecha hasta mediados del siglo XIX predominaría el espíritu romántico, produciéndose a continuación, desde 1850 a 1875, una reacción realista que prepararía la época inmediatamente anterior al 98 y que podría definirse como de "descubrimiento del folklore". Precisamente en ese lapso de tiempo, poco antes del artículo de Olmeda del que estoy hablando, se desarrollaron los intentos de Antonio Machado y Alvarez por crear la Sociedad del Folkore Español y se generalizaron entre las sociedades excursionistas los primeros cuestionarios en los que se incluía como novedad la posibilidad de preguntar por canciones. Yo no sé qué pensaría Olmeda del viaje realizado a través del tiempo por esas canciones populares hasta estabilizarse en la memoria de las gentes pero prefiero quedarme con la curiosidad porque en el misterio de las cosas está a veces su belleza. Muchas veces me he preguntado también cuáles serían las verdaderas intenciones del padre jesuita Joseph Marie Amiot cuando escuchaba y anotaba canciones en Pekín y cuáles las que llevaron a Jesse Walter Fawkes a grabar en un fonógrafo antiguos relatos de una tribu de indios diez años antes de que acabase el siglo XIX. En Amiot habría, desde luego, una innegable dosis de sorpresa al escuchar la música china y compararla con la de su propia cultura, de ahí su interés en escribir la música tal y como él la escuchaba y en remitirla a Francia para que se conociera. De hecho, sabemos que Amiot intentó incluso divulgar en la corte de Qiang Long alguna pieza para clave de Rameau, lo que significaría que, aun sin quererlo, estaba estableciendo una comparación, método que volvería a usarse en el siglo XX si bien más perfeccionado. Probablemente esa tentación de comparar lo popular con lo culto la tuvo también Olmeda. En Fawkes, sin embargo, existe ya la preocupación, presente entre los etnólogos desde el Romanticismo, de que lo popular estaba en inminente peligro de extinción.
Esa misma cantinela se hace presente durante la vida de Olmeda y afecta a buena parte del material recogido durante el período en el que vive. Dicha cantinela se resumía en lo siguiente: si no actuamos rápidamente y capturamos las voces del pasado, se perderán para siempre. Federico Olmeda se dedica con fervor casi religioso –no podía ser menos en un presbítero de su tiempo- a recoger y anotar el magisterio de la vida, ese que encerraba de forma natural y sencilla el orgullo de una forma de ser, de una mentalidad cuyos valores ya se estaban echando en falta incluso antes de haberlos perdido por completo. Parece mentira que hoy sea mucho más sencillo restaurar la memoria de un ordenador gracias a un programa MBR (master boot record) que restaurar la memoria de nuestro propio pueblo. Hay más interés por el continente que por el contenido de las cosas, de modo que labores como la de Federico Olmeda no sólo deben ser admiradas y encomiadas sino que dignifican a quienes las apoyan y dan sentido verdadero a nuestra vida entroncándola con sus mejores valores.
Todo esto significa que me solidarizo con lo que significa el premio además de agradecer en el alma que se me conceda. Mi vinculación con Burgos viene de muchos años atrás, probablemente de 1968, que es cuando doy mi primer recital en esta ciudad para un grupo de profesores de español en el extranjero. Después de aquello he venido tantas veces y por tantos motivos que necesitaría toda esta sesión para ser justo y mencionar a las innumerables personas que me han honrado con su amistad y con los que he pasado momentos inolvidables. Perdónenme todos ellos que el reconocimiento sea global y anónimo.
Dice la Biblia que "los locos tienen el corazón en la boca", y yo creo que esta tarde me he acercado un poco a esa locura de la que hablaba el libro de los libros al comprobar tantas muestras de afecto que me han obligado a convertir en palabras lo que el corazón sentía. Repito: gracias a todos por todo. Nunca como ahora he tenido tan fuerte la sensación de que lo mejor de mi vida han sido los demás. Todo este tiempo pasado, dedicado a la hermosa profesión que elegí hace casi 50 años, lo he gastado en demostrar que la tradición no era esa pesada carga de la que había que despojarse para viajar más ligero hacia el futuro sino todo lo contrario; tengo la certeza de que cuanto más escasa y reducida sea la base sobre la que se asienten nuestros pies, menos posibilidades tendremos de elevarnos sobre el presente para encarar un porvenir fecundo. La clave del verdadero crecimiento está, pues, en el conocimiento y el orgullo ante el propio patrimonio cultural que se nos ha transmitido. En ese sentido me permito animar a todos, pero muy especialmente a los jóvenes, a que no desprecien nunca la posibilidad de descubrir y valorar las raíces, las profundas raíces que nos atan a la tierra que nos vio nacer y que nos nutrió y nos sigue nutriendo. Creo que este concepto elevado a la categoría de principio es el modo correcto de entender la tradición.

Recuerdo -siempre lo he recordado- el relato que contaba mi madre de aquel rey que, aun teniendo poder y riqueza, enfermó de tristeza y tuvo que ser atendido por todos los médicos del reino; ninguno daba con el remedio hasta que uno recomendó la curiosa solución de imponer sobre los hombros del monarca la camisa del hombre más feliz que se encontrara. Después de buscar días y días hallaron, tras una peña, a un pastor que reía, cantaba y se sentía el hombre más dichoso del universo. Al saltar los soldados sobre él para arrebatarle la camisa se encontraron con el chasco de que no la llevaba.

Bueno, pues hoy me siento como aquel pastor: no me cambiaría por nadie en el mundo; creo que, sin tener nada, lo tengo todo: el afecto, la comprensión y el reconocimiento a mi trabajo. Gracias otra vez y para siempre por todo ello.