Joaquín Díaz

EL LLANTO DEL TRIGO


EL LLANTO DEL TRIGO

Para la presentación de un libro de Luis Miguel de Dios

09-12-2016



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Hace unos días apareció en los medios de comunicación como noticia de agencia que la agricultura llamada "moderna", surgió en el año 8.500 antes de Cristo. La noticia, poco novedosa por cierto, venía a recordar que, aunque el cultivo de cereales se inició cinco o seis mil años antes, fue en el octavo milenio anterior a nuestra era cuando la selección de semillas y la domesticación de las variedades incidió definitivamente en la solidificación del raquis o tallo de las plantas, contribuyendo a que los granos no cayeran naturalmente al suelo, como sucedía con las especies silvestres, sino que pudiesen ser recogidos manualmente. Ese pequeño detalle tuvo mucho que ver con el abandono de los cultivos nómadas y con el asentamiento paulatino del ser humano en las tierras cultivadas, apareciendo lo que podríamos denominar "vinculación a la tierra" y consiguientemente las leyes que regularon el perfeccionamiento en la producción así como el respeto a la propiedad. Muchos siglos más tarde el napolitano Giambattista Vico vendría a recordarnos en su Scienza nuova la trascendencia del lenguaje y de la palabra como base para la creación de unos principios o normas aceptados por todos. Al igual que Platón, consideró el lenguaje de la sabiduría antigua, esa que se había transmitido oralmente, como el lenguaje de una ley común que se respetaba porque comunicaba determinados valores, incluso en forma poética. No en balde el autor declaraba en su Autobiografía, publicada en 1725, su deuda incontestable con las teorías platónicas. Vico aseguraba que la imaginación siempre fue más fructífera que la lógica y situaba el origen del lenguaje en el gesto diferente y creador al que seguían una evolución de la palabra y una transformación de su significado. Así, explicaba, por ejemplo, que de la palabra lex, que originalmente usaron los romanos para denominar la recogida de frutos, salió el verbo legere que significó recolectar. De ahí provino el uso posterior de lex como colección o recolección, luego como “grupo de gente que se reunía para cosechar”, después simplemente como grupo de gente que se reunía, de donde saldrían por último las normas o leyes que se promulgaban y aprobaban precisamente en esas reuniones. Leer sería, al fin y al cabo algo así como agavillar palabras y la ley una puesta en común de las voluntades populares. Para Vico memoria y fantasía se daban la mano, y según él la evolución del aprendizaje en la humanidad era algo tan natural como la degeneración o el olvido.
El libro que hoy se presenta tiene mucho que ver con todo esto: quien lo escribe es un profesional del lenguaje, es decir una persona a quien le resultan familiares y casi cotidianas las leyes que rigen el uso funcional de las palabras, pero también -y yo diría que más aún- es un enamorado del terruño y por tanto alguien a quien la vinculación del individuo con la tierra le parece tan sagrada como necesaria. Y digo lo de sagrada no tanto en el sentido de relación con cualquier tipo de divinidad (y él lo tendría bien fácil porque se apellida de Dios) sino en su significación de aquello que, por heredado -por patrimonial-, debe ser respetado y mimado hasta en sus más pequeños detalles.
La globalización -buena o mala- no es un fenómeno exclusivo de nuestros días. Creo que hay pocos hechos más significativos de una inevitable deshumanización de la sociedad moderna que la imposición en el siglo XIX del sistema métrico decimal. Es cierto que su implantación trató de gobernar un poco el caos de medidas que se había desatado desde tiempo inmemorial y que amenazaba incluso al pequeño comercio interprovincial, pero también lo es que intentó hacer desaparecer del trabajo cotidiano los vestigios relacionados con el hombre y los animales domésticos de su entorno (el pie, el palmo, el codo, la braza, la pulgada, la yugada -que era el trabajo diario de un yugo de bueyes-) para sustituirlos por un sistema que basaba su patrón en la distancia, en concreto en la diezmillonésima parte de una línea que uniera el polo y el ecuador. Desaparecían así, o se alejaban al menos, los esfuerzos humanos para identificar las tierras que trabajaba con las medidas de su propio cuerpo. Más aún, desaparecía el rastro de la inteligencia individual que había permitido bautizar a las personas y a las cosas con un nombre propio y apropiado.
El libro de relatos escrito por Luis Miguel de Dios es, desde el principio hasta el fin, un recordatorio de todo eso: los motes que cada persona recibe tienen tanto sentido como los nombres con que se identifica a los pagos, a las sendas, a los arroyos o a los tesos y que sirven para distinguir a unos de otros porque apelan a la entidad, es decir a su razón de ser y de existir. Si en ello va implícita además una significación poética o un sentimiento estamos ante uno de los mejores logros del ser humano. También tiene sentido por tanto que Luis Miguel de Dios llame la atención sobre el estado actual de ese binomio hombre-tierra con un título sugestivo: el llanto del trigo. No habría significado lo mismo si hubiera titulado su libro "el llanto del garbanzo", por ejemplo. Y es que el trigo no es cualquier cosa. Es un fruto con el que alimentamos el cuerpo y el alma. Hace unos días lo recordé en Mayorga, precisamente en el museo del pan: en realidad, si hay algo que pueda salvar a nuestra sociedad del desencuentro con su pasado y sus raíces, ese algo está en el atavismo, que es una forma casi inconsciente de imitar a nuestros abuelos. Y entre los productos atávicos que rodean al individuo de hoy sin que éste lo perciba, destacan, por derecho histórico y por su permanente utilidad, el trigo, la harina y el pan. Durante generaciones se mantuvo una costumbre que consistía en besar el pedazo de pan que, por accidente, caía de la mesa al suelo; en ese acto que nuestros padres nos obligaban a repetir cada vez que tal cosa sucedía había tantos significados como uno quisiera buscar: respeto a la jerarquía, respeto al pasado, respeto al trabajo, respeto a la naturaleza transformada en alimento... Tal vez la diversidad de significados se uniesen en un solo producto porque en su materia, tan cotidiana y tan fungible, estaban los secretos más antiguos de la vida del ser humano: su capacidad para influir en el entorno, el descubrimiento de la fecundidad del terreno, su ambición por manipular las cosas con la ayuda de ingenios mecánicos, hasta su audacia al utilizar recursos transustanciándolos sin conocer ciertamente los principios que los modificaban, como sucedía cada vez que la masa leudaba o fermentaba por efecto de la levadura...El trigo, y más aún el pan nuestro de cada día nos gratifican porque nos sacralizan y nos devuelven al limbo de lo común en aras de los cinco sentidos. Y en ese limbo de lo común ha situado su observatorio Luis Miguel de Dios, como lo situaron antes que él Cornelio Celso, Plinio, Columela, Alonso de Herrera, Rodrigo Zamorano o el Doctor Laguna, por citar sólo algunos autores que tantas horas nos han proporcionado de lectura y tanto provecho para el mejor conocimiento del campo y de sus cultivos. A todas esas lecturas, diversas y entretenidas, añade Luis Miguel una más -propia y peculiar-, que le toca por derecho y que le aproxima a un periodismo siempre actual y siempre necesario: los problemas de la sociedad de nuestros días. Ahí están la vida inesperada y la muerte cruel e inexplicable. La despoblación por fuera y por dentro. La huida y la peregrinación. Las enfermedades y la soledad. La fuerza de la tierra y la riqueza de las palabras atadas a ella o sembradas en un tempero adecuado. Las estaciones del año y la climatología, saetillas despiadadas en el reloj del labrador...En fin, todo eso y mucho más se encontrará quien se aproxime a la lectura de estos doce textos, rotundos y llenos de días y de dichos, como los doce meses del año. Unos más cortos y otros más largos pero todos ellos con mucho que vivir y comentar gracias a la habilidad del autor para relatar lo que le rodea y sobre todo aquello que le parece mejorable.