Joaquín Díaz

LA PANDERETA PINTADA


LA PANDERETA PINTADA

Sobre la costumbre de pintar panderos

08-06-2011



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Los más recientes estudios bíblicos tienden a considerar el libro del Génesis como el resultado de una serie de relatos orales del segundo milenio antes de Cristo. Si esto es así, tendríamos la primera referencia literaria del uso del pandero en uno de sus capítulos, precisamente el que describe el episodio en que Labán da alcance a Jacob y le reprocha que haya huído diciéndole: “Yo te habría despedido con alegría y con cantares, con panderos y arpas”. En el libro del Exodo, María, la hermana de Moisés y Aarón, toma un pandero y, seguida por otras mujeres que también los llevan, se lanza a alabar a Yavé porque arrojó a los egipcios al mar. La palabra Toph, en hebreo, significaba tambor, pero también cualquier objeto ruidoso en una de cuyas caras se pudiese golpear para hacer ruido, como un pandero. Esta significación iba unida a una historia por lo menos curiosa: una parte del valle de Hinnom, cerca de Jerusalén, se llamaba Tophet, en recuerdo de los sacrificios de niños que en ese lugar se atribuían a los seguidores del Dios Moloch. El lugar fue llamado en griego Gehenna y por sus características y por los hechos que allí tenían lugar bien podía considerarse como la antesala del infierno. Los sacerdotes de la terrible religión se dedicaban a tocar tambores para no escuchar los gritos de los niños sacrificados al dios. Plutarco lo confirma en su libro sobre las supersticiones de los pueblos de la antigüedad cuando dice: “Antes de que la estatua fuese llenada de niños se inundaba la zona con un fuerte ruido de flautas y panderos, de modo que los gritos y lamentos no alcanzaban los oídos de la multitud” (De Superstitiones, 171). Cuando el profeta Ezequiel consigna las palabras que Yavé dirige al rey de Tiro para explicarle la vida del hombre antes de la expulsión del paraíso, dice: “En el Edén estabas, en el jardín de Dios, y en oro estaban labrados los panderos que tenías desde el día de la creación”.
Todos estos relatos hacen suponer que el pandero era un instrumento bien conocido para los hebreos y muy relacionado con los usos litúrgicos, como antes lo fue para otras civilizaciones de las que se conservan restos en los que aparece alguna iconografía. En efecto, en las excavaciones de Catal Hoyouk, en Turquía, se han encontrado, en las paredes de un mausoleo de la que se considera una de las primeras ciudades de la historia, unos sacerdotes tocando panderos para acompañar un rito seguramente funerario. Esa relación entre religión e instrumento golpeado se confirma en muchos otros textos, bíblicos o no, en los que se usa el instrumento para “vencer a los enemigos”, para alabar a Dios o para recibir su palabra.
La pintura sobre piel –sobre la propia piel humana en primer lugar y sobre pieles de animales después- parece ser una costumbre que el individuo ha usado con fines artísticos, de camuflaje para la caza o simplemente de reconocimiento tribal. Esa pintura sobre piel, trasladada a un instrumento ritual como el pandero, parece por tanto, desde los tiempos más antiguos, una realización que podría servir tanto para identificar al objeto, como para transmitirle las propias sensaciones o para plasmar una mentalidad por medio de líneas, colores o formas. En suma, estamos ante una arcaica fórmula de comunicación que adquiere hoy ante esta exposición, un valor casi olímpico y no lo digo en el sentido deportivo. Textos, imágenes y matices se combinan sobre tensas membranas que podrían servir para acompañar, golpeadas o friccionadas, canciones y bailes que se convertirían en un “espectáculo” total auspiciado por las Musas y digno del Olimpo.