Joaquín Díaz

Condenados a entendernos


Condenados a entendernos

Vive disfrutando

01-06-2022



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Quiosco en la Plaza Mayor de Valladolid, principios del s. XX

Si hay una palabra que signifique lo mismo en todo el mundo, esa es sin duda la voz “Quiosco”, que se puede escribir con q o con k, pronunciarse chiosco en italiano quiosque en francés, kiosk en inglés, der kiosk en alemán, киоск en ruso o kyösk en turco, pero en todos los casos estaríamos hablando de lo mismo: una caseta, una pequeña construcción desde la cual alguien pretende despertar nuestra imaginación o hacernos soñar. Según la época en que situemos nuestros recuerdos infantiles pueden variar los contenidos de esa caseta, porque las modas son así: imponen tiránica o caprichosamente sus normas para hacerlas luego desaparecer cuando parece que nos vamos acostumbrando a ellas o en cuanto dejan de interesar al pequeño universo del comercio. En cualquier caso, nos referimos a pequeños productos, baratos y fáciles de llevar o consumir, cuya visión invita a su adquisición, bien porque no es algo común bien porque su posesión nos producirá una ilusión o un deleite. En mi época de niño eran frecuentes las barras de regaliz de diferentes marcas, las bolas de anís, los caramelos de menta, los chicles de sabor a fresa o las pipas, pero cualquier persona que me aventaje en edad o tenga menos años que yo podría manifestar sus preferencias y recuerdos en otro sentido y hablar de las chufas, de los cacahuetes, de las almendras, de los cigarrillos, de los cromos o de las caretas de carnaval sin alterar la imagen mercantil y adictiva de los pequeños puestos.

Hay algo en lo que tampoco nos pondríamos de acuerdo y sería en los títulos de los tebeos que ávidamente nos poníamos a leer en cualquier banco de un parque o de una avenida. Los héroes de los cuentos escuchados al amor de la lumbre habían cambiado su nombre y se vestían de otro modo, aunque sus virtudes y defectos continuasen siendo los mismos: en mi época estaba el Capitán Trueno o Roberto Alcázar en el bando nacional, mientras que Roy Rogers, Tarzán, Supermán, el Llanero Solitario o Big Ben Bolt nos llegaban de la América Imperial con sus usos y costumbres que nos sorprendían hasta que empezábamos a practicarlas. Nada que decir del lenguaje escrito, que nos acercaba americanismos por obra y gracia de la editorial Novaro cuyas publicaciones eran distribuidas en España por Queromón editores. Nunca me olvidaré de algunas palabras leídas en aquellas publicaciones, que tuve que consultar al diccionario porque todavía no habían entrado en mi vocabulario, como “abigeo” (con tanto tebeo de vaqueros había mucho robo de ganado, claro), que resultaron ser voces latinas usadas en toda América y tan precisas como descriptivas. Así, “llorando y riendo, iba el niño aprendiendo”, como dice la paremia.

A veces, cuando el comerciante propietario o arrendatario del quiosco se percataba que estaba un poco lejos del público usuario -que era mayoritariamente infantil- enviaba una franquicia en forma de señora mayor con mantón y cesta para todo uso, que se apostaba a la puerta de los colegios para abastecer de chucherías a la chiquillería a la entrada o a la salida de los centros escolares.

Algunos propietarios de quioscos pasaron a la historia por su incesante y “cultural” actividad. Es el caso de Celestino González, dueño sucesivamente de los quioscos de la Plaza Mayor y de la Fuente Dorada en Valladolid, quien a comienzos del siglo XX llegó a ofrecer a su clientela distribuida por toda la Península más de quinientos títulos de zarzuelas y óperas de cuyas transcripciones y reducciones fue autor. Otros adaptadores, como José Aranda y Acisclo Gil en Madrid, también cumplieron el mismo papel, dejando clara en primera página su autoría y mencionando el recurso a la Justicia en el caso de que no se respetara su derecho o que se plagiase su trabajo.
A esa forma de difusión del repertorio lírico y dramático contribuyeron en gran medida algunas imprentas de Valladolid como la de Eduardo Sáenz, la de Julián Torés situada en la calle Sierpe 16, Montero (en la Acera 4 y 6), la Imprenta Castellana, el establecimiento tipográfico de “La Libertad”, Ruiz Zurro y Lozano (Cascajares 3) y hasta la famosa de Fernando Santarén. Sin embargo, quienes distribuyeron por toda España los argumentos de Celestino González fueron sus “corresponsales”, quiosqueros como él, que desde Valencia (José Gallego), Sevilla (Rafael Virtudes), Coruña (Lino Pérez), Bilbao (Esteban García), Gijón (Juan Folguera) y Barcelona (Jaime Llach), repartieron a los cuatro vientos un trabajo tan meritorio como poco conocido.

En la última década del siglo XIX, Celestino solicitó al Ayuntamiento el uso y gestión de un quiosco en la Plaza Mayor (entre la columna mingitoria -o quiosco para necesidades, que no siempre estos negocios fueron limpios- y los soportales de la Acera de San Francisco) que intentó mejorar en 1893 pero que por razones ajenas a su voluntad no pudo reestructurar hasta 1896. Se ve que, a pesar de vender participaciones de lotería en su quiosco, la suerte no quería acompañarle. El proyecto de esa caseta, del maestro de obras Bonifacio Rivero, era un modelo octogonal que se hizo muy popular en la época entre siglos y que aparece en muchas de las fotografías de aquellos años.

Imagen del billete
Billete de lotería de principios del s. XX

Hablando de proyectos de quioscos, en 1863 el arquitecto municipal José Benedicto diseñó un quiosco o templete para tener música en la Plaza Mayor, que no sería sustituido hasta 1927 por otro, diseñado por Domingo Velasco. Todavía no habían entrado las audiciones musicales en la esfera doméstica y la gente se conformaba con acudir a los paseos y parques a escuchar a las bandas, sobre todo de los regimientos militares. Pero quitando los pocos rapaces que crecían con una específica formación musical, en general su entretenimiento consistía más en tirarles chinitas a los músicos para molestarles, que en escucharlos. Años más tarde, algunos pocos -como el que esto escribe- se aprovecharon de que entre los tebeos de su época llegaban de vez en cuando cancioneros, con títulos tan pretenciosos como “Cancionero moderno”, que le servían de entretenimiento y de documentación para hacer un repertorio, que se iría derivando hacia otros estilos y otros gustos.

Escrito por Joaquín Díaz para la edición nº 27 de VD,  junio-julio 2022.
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